lunes, 11 de mayo de 2020

Casa de citas / Maj Sjöwall / Per Wahlöö / El hombre del balcón V

Photographer: Christoph Poloczek - Pollography​/A... - Dark Beauty

Maj Sjöwall / Per Wahlöö 
EL HOMBRE DEL BALCÓN

5


Al atracador no le importaba el tiempo.
Por la tarde había empezado a llover. Primero fue una lluvia intensa, luego una llovizna que se filtraba lentamente; por último, hacia las siete, cesó por completo. Pero las nubes continuaban a baja altura y el cielo seguía encapotado, así que resultaba obvio que pronto volvería a llover. Eran las nueve y el crepúsculo se extendía despacio, bajo la bóveda de los árboles. Aún quedaba un rato hasta que encendieran las farolas.
El atracador se desprendió del chubasquero fino y lo puso a su lado, en el banco del parque. Calzaba zapatillas de deporte, vestía pantalones caqui y un elegante jersey de Dralon gris con monograma en el bolsillo del pecho. Alrededor del cuello, atado con un nudo suelto, llevaba un pañuelo rojo grande. Hacía más de dos horas que estaba dando vueltas por el parque y sus inmediaciones. Durante este tiempo había visto a una decena de personas, a las que observó detenidamente, calibrándolas. En dos ocasiones estudió a los viandantes con un interés especial. Se trataba en ambos casos no de una persona, sino de dos. La primera pareja estaba formada por un hombre y una mujer, más jóvenes que él. La mujer llevaba sandalias y un corto vestido de verano con dibujo en blanco y negro; el chico, un elegante blazer azul y pantalones grises. Se habían internado por senderos sombríos en la zona más apartada del parque. Allí permanecieron, abrazándose. La chica se quedó de pie, de espaldas contra un árbol. Pasados unos segundos, el joven metió la mano derecha bajo la falda, por dentro del elástico de la braga y comenzó a manosear entre las piernas de la chica. Enseguida ella separó los pies y dijo: « ¿Y si viene alguien?». Por lo visto, se trataba de una observación protocolaria, pues acto seguido cerró los ojos y empezó a mecer el bajo vientre rítmicamente, contoneándose, y clavó las uñas de la mano izquierda en la nuca del chico, cuidadosamente pelada al cepillo. No pudo ver qué hacía con la otra mano, pese a estar tan cerca de ellos que incluso podía entrever las bragas de malla, blancas.
Los había seguido caminando por la hierba, a pasos silenciosos, y se quedó agazapado tras los arbustos, a menos de diez metros de distancia. Sopesó detenidamente los pros y los contras. Una intervención agradaba a su sentido del humor, pero la chica no llevaba bolso. Además, iba a ser difícil impedir que chillara, cosa que complicaría el ejercicio de su profesión. Por último, el chico le parecía ahora más grande y de hombros más anchos que en un primer momento. Y tampoco estaba claro que llevara dinero en la cartera. Los argumentos en contra de una intervención resultaron contundentes, así que se retiró tan sigilosamente como había llegado. No era un mirón, tenía cosas más importantes que hacer. Además, seguramente no quedaba ya mucho que ver. Un rato después, vio a los jóvenes abandonar el parque, ahora a considerable distancia el uno del otro. Cruzaron la calle y entraron en un edificio residencial, cuya fachada denotaba una burguesía instalada y de buenas costumbres. En el portal, la chica se ajustó bragas y sujetador y se pasó por las cejas la punta de un dedo mojado. El joven se peinaba.
A las ocho y media, llamó su atención una segunda pareja. Un Volvo rojo se detuvo delante de la ferretería de la esquina. En los asientos delanteros viajaban dos hombres. Uno de ellos descendió y entró en el parque. Iba con la cabeza descubierta y llevaba una gabardina beis. Al cabo de unos minutos el otro también bajó y entró en el parque por otro camino. Éste llevaba gorra y un blazer de tweed pero no abrigo. Pasado un cuarto de hora, regresaron al coche desde diferentes direcciones, con algún minuto de intervalo. Él estaba de espaldas, con la mirada dirigida al escaparate de la ferretería, y pudo oír perfectamente todo lo que se decían.
—¿Bueno?
—¡Bah!
—¿Y ahora qué hacemos?
—¿Vamos al bosque de Lill-Jan?
—¿Con este tiempo?
—Bueno…
—Venga, vale. Pero luego nos tomamos un café.
—De acuerdo.
Cerraron de golpe las puertas del coche y desaparecieron. Ahora eran alrededor de las nueve y él estaba en el banco, esperando. La descubrió nada más entrar en el parque y enseguida adivinó el camino que tomaría. Era una mujer rolliza de mediana edad, con abrigo, paraguas y un bolso grande. Prometedor. Tal vez la dueña de un quiosco. Se levantó y se puso el chubasquero, cruzó el césped en diagonal y se agazapó tras los arbustos. La mujer se iba acercando cada vez más, andaba por la senda del parque, ahora casi estaba en frente… y dentro de cinco segundos, quizá diez… Con la mano izquierda se caló el pañuelo hasta el puente de la nariz a la vez que metía los dedos de la mano derecha en el puño americano. La distancia era ya de menos de cuatro metros. Avanzaba con rapidez y sus pasos por el césped húmedo resultaban prácticamente inaudibles.
Pero no del todo. Estaba todavía un metro detrás de la mujer cuando ésta se volvió y, al verle, abrió la boca para gritar. Sin pensárselo, la golpeó en la boca con todas sus fuerzas. Se oyó un crujido bajo el puño americano: la mujer dejó caer el paraguas y cayó de rodillas, agarrando el bolso con ambas manos, como si protegiera a un bebé.
Volvió a golpearla en la nariz y el puño americano crujió de nuevo. La mujer cayó hacia atrás, con las piernas dobladas por debajo del cuerpo. No emitió sonido alguno. Sangraba profusamente y apenas parecía consciente. Aun así, él cogió un puñado de arena del suelo y se lo echó a los ojos. Justo en el instante en que él reventaba el bolso de un tirón, la cabeza de la mujer cayó de lado, su mandíbula se abrió y empezó a vomitar. Cartera, portamonedas, reloj de pulsera. No estaba nada mal. El atracador ya estaba saliendo del parque. «Como si protegiera a un bebé —pensó—. Podría haber sido tan bonito y pulcro. Limpio. Maldita bruja».

Un cuarto de hora más tarde ya estaba en casa. Eran las nueve y media de la noche, el 9 de junio de 1967, viernes. Veinte minutos más tarde se puso a llover.


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