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miércoles, 22 de diciembre de 2021

Casa de citas / Andrzej Sapkowski / Brujos y monstruos


Andrzej Sapkowski

BRUJOS Y MONSTRUOS


  —Ajá. No creo que peque de indiscreto, entonces, si pregunto quién eres.
    —Un brujo.
    —Ajá —repitió Nivellen un poco después—. Si no recuerdo mal, los brujos se ganan la vida de una manera curiosa. Matan monstruos por dinero.
    —Recuerdas bien.
    De nuevo se hizo el silencio. Las llamas de las velas temblaron, expulsaron hacia arriba unas estrechísimas lenguas de fuego, se reflejaron en los grabados de las copas de cristal, en las cascadas de cera que se deslizaban por el candelabro. Nivellen se sentó inmóvil, meneando apenas las enormes orejas.
    —Pongamos —dijo al fin— que alcanzas a desenvainar la espada antes de que te agarre. Pongamos que alcanzas incluso a golpearme con ella. Con mi peso, no es suficiente para pararme, te tiraré al suelo con el propio impulso. Y luego deciden los dientes. Qué piensas, brujo, ¿quién de nosotros dos tiene más ventaja si llega el momento de morder gargantas?
    Geralt, sujetando con el pulgar la caperuza de la jarra, se echó más vino, bebió un trago, se apoyó en el respaldo de su silla. Miró al monstruo con una sonrisa, y era aquélla una sonrisa harto amenazadora.
    —Síííí —dijo prolongadamente Nivellen, hurgándose con las uñas en los huecos de las muelas—. Hay que reconocer que sabes responder a las preguntas sin usar muchas palabras. Interesante, cómo te las vas a apañar con la siguiente que te hago. ¿Quién te ha pagado por mí?
    —Nadie. Estoy aquí por casualidad.
    —¿No me mientes?
    —No tengo por costumbre mentir.
    —¿Y qué tienes por costumbre? Me han hablado de los brujos. Recuerdo que los brujos raptan niños pequeños a los que dan luego unas hierbas mágicas. Los que sobreviven se convierten ellos mismos en brujos, hechiceros con habilidades inhumanas. Se les enseña a matar, se les elimina todo sentimiento e impulso propio de seres humanos. Se hace de ellos monstruos que han de matar a otros monstruos. He oído por ahí que ya va siendo hora de que alguien comience a cazar brujos. Porque monstruos hay cada vez menos, y brujos cada vez más. Come perdices, antes de que se enfríen.

Casa de citas / Andrzej Sapkowski / Mujeres

 


Andrzej Sapkowski

MUJERES


1

—Mucho, mucho tiempo me quedé en el castillo como el ratón en su ratonera, sin sacar la nariz al exterior. Si aparecía alguien, y esto sucedía raramente, no salía, sino que mandaba a la casa que hiciera golpear dos o tres veces las ventanas o aullaba un poco a través de las gárgolas del canalón y, por lo general, esto bastaba para que el tipo dejara tras de sí una bonita nube de polvo. Así fue hasta el día en el que, un pálido amanecer, miro por la ventana y, ¿qué veo? Un gordo arranca una rosa del rosal de mi tía. Y has de saber que no se trataba de cualquier tontería, sino de rosas azules de Nazair, el esqueje lo había traído mi padre. La rabia me embargó y salté al patio. El gordo, cuando recobró la voz que había perdido al verme, murmuró que tan sólo quería una de aquellas rosas para su hija, que le perdonara y la dejara la vida y la salud. Ya me había decidido a echarlo de una patada por la puerta principal cuando se me ocurrió algo, me acordé de un cuento que me contara una vez Lenka, mi niñera, un vejestorio. Cuernos, pensé, se dice que las muchachas hermosas transforman las ranas en príncipes, y al revés, así que quizás... Puede que en esas habladurías haya una pizca de verdad, una posibilidad... Salté media legua, aullé de tal modo que las parras se desprendieron de los muros y grité: «¡Tu hija o la vida!», no se me ocurrió nada mejor. El mercader, porque era un mercader, se echó a llorar y después me dijo que su hija tenía ocho años. ¿Qué pasa, te ríes?
    —No.
    —Porque yo no sabía si llorar o reír por mi suerte de mierda. Me dio pena el mercader, no podía ver cómo temblaba, le invité a entrar, le agasajé y cuando se iba le metí oro y piedras preciosas en su bolsa. Has de saber que en los subterráneos quedaban todavía muchas riquezas desde los tiempos de mi padre, no sabía muy bien qué hacer con ellas, así que me podía permitir tal gesto. El mercader se iluminó, me dio las gracias hasta quedarse seco. Debió de vanagloriarse de sus aventuras donde fuera porque no habían pasado dos meses cuando apareció otro mercader por aquí. Traía preparadas bolsas de sobra. Y una hija. También de sobra.

2
    Nivellen metió los pies debajo de la mesa, se estiró hasta que el sillón crujió.
    —Por segunda vez hablé con un mercader —siguió—. Acordamos que me dejaría a la hija por un año. Hube de ayudarle a cargar el saco en la mula, él solo no hubiera sido capaz.
    —¿Y la muchacha?
    —Durante algún tiempo le daban convulsiones cuando me veía, estaba convencida de que me la iba a comer. Pero al cabo de un mes comíamos ya en la misma mesa, charlábamos y dábamos largos paseos. Y aunque era simpática y muy despabilada, la lengua se me quedaba pegada cuando hablaba con ella. Sabes, Geralt, siempre he sido tímido con las mujeres, siempre he hecho el ridículo, incluso con las mozas de los establos, ésas que tienen estiércol en las pantorrillas, a las que los muchachos de la banda se llevaban de acá para allá a su gusto. Hasta ésas se burlaban de mí. Y qué no será ahora, pensé, con este morro. No fui capaz, ni siquiera, de mencionar la causa por la que había pagado tan caro por un año de su vida. El año continuó más largo que un día sin pan, hasta que al fin apareció el mercader y se la llevó. Yo entonces, resignado, me encerré en casa y durante algunos meses no reaccioné ante ninguno de los sujetos con hijas que fueron viniendo. Pero después de pasar un año en compañía, me di cuenta de lo difícil que era no tener nadie a quien abrir la boca—. El monstruo produjo un sonido que había de ser un suspiro pero que sonó como si tuviera hipo.

3
    —La siguiente se llamaba Fenne. Era pequeña, nerviosa y parlotera, un verdadero ratoncito. No me tenía miedo en absoluto. Un día, justo el día de mi mayoría de edad, nos emborrachamos con licor de miel y... je, je. Inmediatamente después me eché abajo de la cama y directo al espejo. Lo reconozco, me sentí decepcionado y rabioso. El morro estaba allí, tal y como era, puede que incluso con el añadido de una expresión más estúpida. ¡Y dicen que en los cuentos se encierra la sabiduría del pueblo! Una mierda de sabiduría, Geralt. Pero Fenne intentó con mucho ardor que olvidara mis preocupaciones. No te haces una idea de qué muchacha más alegre era. ¿Sabes lo que se le ocurrió? Asustábamos los dos juntos a los visitantes no deseados. Imagínate: entra uno en el patio, echa un vistazo y de pronto, con un aullido, le salto encima yo, a cuatro patas, y Fenne que, completamente desnuda, está sentada en mi lomo y sopla el cuerno de caza del abuelo.

4
    Nivellen se convulsionó de risa, le brillaba el blanco de los colmillos.
    —Fenne —continuó— estuvo en casa un año entero, luego volvió con su familia, con una gran dote. Pensaba casarse con cierto criador de cerdos, un viudo.
    —Sigue, Nivellen. Esto es muy entretenido.
    —¿Tú crees? —dijo el monstruo, arrascándose entre las orejas con un crujido—. Venga, vale. La siguiente, Prímula, era la hija de un caballero empobrecido. El caballero, cuando llegó aquí, tenía un caballo esquelético y una cota de mallas herrumbrosa e increíblemente larga. Era asqueroso, Geralt, ya te digo, como un montón de estiércol, y echaba a su alrededor una peste parecida. Prímula, me dejaría cortar una mano, debía de haber sido concebida cuando él estaba en la guerra, porque era bastante bonita. Y yo no le producía miedo, cosa no tan extraña al fin y al cabo, pues en comparación con su progenitor podía dármelas hasta de garboso. Ella tenía, como luego pude comprobar, un temperamento considerable, pero yo, habiendo cobrado confianza en mí mismo, tampoco me dormí en mis laureles. Apenas dos semanas después me encontraba ya en unas muy estrechas relaciones con Prímula, durante las cuales solía tirarme de la oreja y gritar: «¡Muérdeme, animal!», «¡Despedázame, bestia!». Y parecidas tonterías. Yo, en los descansos, corría al espejo, pero, imagínate, Geralt, que me miraba en él con creciente desasosiego. Cada vez me apetecía menos volver a ser aquella persona menos sana. Sabes, Geralt, antes yo era un flojucho, había crecido siempre metido en casa. Antes estaba siempre enfermo, tosía y se me salían los mocos, mientras que ahora no se me pegaba nada. ¿Y los dientes? ¡No te creerías cómo tenía de podridos los dientes! ¿Y ahora? Puedo morder la pata de una silla. ¿Quieres que muerda la pata de una silla?
    —No. No quiero.
    —Y mejor así. —El monstruo abrió la boca—. A las señoritas les hacía gracia cuando alardeaba de ello y me han quedado pocas sillas en casa. —Nivellen bostezó, a causa de lo cual la lengua se le enrolló como una trompeta.

5
    —Me ha cansado tanta plática, Geralt. En pocas palabras: después hubo otras dos, Ilka y Venimira. Todo sucedió del mismo modo, hasta el aburrimiento. Al principio una mezcla de miedo y reserva, luego un pelín de simpatía, reforzada por pequeños, aunque costosos, souvenires, luego «Muérdeme, cómeme entera», luego el regreso del papá, triste despedida y una merma cada vez más apreciable del tesoro. Decidí estar solo por una larga temporada. Por supuesto, hace ya bastante que he dejado de creer en que el besito de una virgen pueda cambiar mi forma. Y me he conformado con ello. Es más, he llegado a la conclusión de que está bien como está y de que no hace falta ningún cambio.
    —¿Ninguno, Nivellen?
    —Como te digo. Ya te he contado, la salud de caballo que está relacionada con esta forma es lo primero. Lo segundo: mi rareza funciona como un afrodisíaco para las mujeres. ¡No te rías! Estoy más que seguro de que como ser humano tendría que correr mucho para hacerme con una como, por ejemplo, Venimira, que era una virgen muy hermosa. A mí se me da que a uno como al del retrato ni siquiera lo miraría. Y en tercer lugar: seguridad. Padre tenía enemigos, un par de ellos sobrevivieron. Aquéllos a los que mi banda bajo mi penoso mando enviara al otro barrio tenían parientes. En el sótano hay oro. Si no fuera por el miedo que produzco, alguien vendría a por él. Aunque no fueran más que pueblerinos con sus viernos.
    —Pareces completamente seguro —dijo Geralt mientras jugueteaba con una copa vacía— de que en esta figura no has hecho nada a nadie. A ningún padre, a ninguna hija. A ningún pariente ni novio de las hijas. ¿Qué dices, Nivellen?
    —Espera, Geralt —se enfadó el monstruo—. ¿De qué hablas? Los padres no cabían en sí de gozo, ya te he contado, fui liberal más allá de lo imaginable. ¿Y las hijas? No las viste cuando llegaron aquí, con vestidos de lana basta, con las manitas blancas de la lejía de lavar, con la espalda doblada de llevar cántaros. Prímula, todavía dos semanas después de llegar, tenía marcas en la espalda y los muslos del cinturón de cuero con el que le zurraba la badana su noble padre. Y aquí andaban como princesas, lo único que llevaban en la mano era el abanico y ni siquiera sabían dónde estaba la cocina. Las vestí y las llené de oropeles. Con hechizos, les traía agua caliente a su gusto para que se bañaran en una bañera de latón que mi padre había robado en Assengard para mi madre. ¿Te imaginas? ¡Una bañera de latón! Pocos condes, qué digo, pocos monarcas tienen en su casa una bañera de latón. Para ellas ésta era una casa de cuento de hadas, Geralt. Y en lo que respecta a la cama... Cuernos, la virtud es en estos tiempos más rara que los dragones alpinos. Yo no las obligué a nada, Geralt.
    —Pero sospechabas que alguien me había pagado para matarte. ¿Quién podía haber pagado?
    —Algún canalla al que le apetecieran los restos de mi sótano y no tuviera más hijas —dijo con fuerza Nivellen—. La codicia humana no conoce fronteras.
    —¿Y nadie más?
    —Y nadie más.
    Ambos callaron, mirando las temblorosas llamas de las velas.

6
    —Nivellen —dijo de pronto el brujo—. ¿Estás solo ahora?
    —Brujo —dijo el monstruo al cabo de un rato—, pienso que tengo ahora razones suficientes para insultarte con palabras indecorosas, cogerte por el pescuezo y tirarte por las escaleras. ¿Sabes por qué? Porque me tratas como si fuera idiota. Desde el principio veo como colocas la oreja, como miras de soslayo la puerta. Sabes muy bien que no vivo solo. ¿Tengo razón?
    —La tienes. Perdón.
    —Al cuerno con tus perdones. ¿La has visto?
    —Sí. En el bosque, junto a la puerta. ¿Es ésa la causa por la que hace algún tiempo que los mercaderes y sus hijas se van de aquí con las manos vacías?
    —¿Y sabes eso también? Sí, es por eso.
    —Me permites que pregunte...
    —No. No te permito.
    De nuevo se hizo el silencio.
    —Qué más da, como quieras —dijo por fin el brujo, levantándose—. Gracias por tu hospitalidad, señor. Es hora de seguir mi camino.
    —De acuerdo. —Nivellen se levantó también—. Por determinadas razones no puedo ofrecerte pasar la noche en el castillo y no te aconsejo pernoctar en estos bosques. Desde que los alrededores se despoblaron, las noches son peligrosas por aquí. Debes volver a la carretera antes de que anochezca.
    —Lo tendré en cuenta, Nivellen. ¿Estás seguro de que no necesitas mi ayuda?
    El monstruo lo miró de soslayo.
    —¿Y estás seguro de que podrías ayudarme? ¿Serías capaz de quitarme esto?
    —No hablaba sólo de eso.
    —No has contestado a mi pregunta. O, mejor dicho... Creo que has contestado. No serías capaz.
    Geralt le miró directamente a los ojos.
    —Tuvisteis mala suerte —dijo—. De todos los santuarios en Gelibol y el Valle de Nimnar elegisteis justo Coram Agh Tera, la Araña de Cabeza de León. Para quitar un maleficio de la sacerdotisa de Coram Agh Tera, hacen falta conocimientos y capacidades que yo no poseo.
    —¿Y quién las posee?
    —¿Te interesa, entonces? Has dicho que todo está bien como está.
    —Como está, sí. Pero no como puede llegar a ser. Tengo miedo de que...
    —¿De qué tienes miedo?
    El monstruo se detuvo en las puertas de la estancia, se dio la vuelta.
    —Estoy harto de que siempre preguntes, brujo, en vez de contestarme. Está claro que hay que preguntarte de modo adecuado. Escucha, desde hace cierto tiempo tengo unos sueños terribles. Puede que la palabra «monstruosos» fuera mejor. ¿Tengo razón al tener miedo? En pocas palabras, por favor.
    —¿Después de esos sueños, al despertarte, no tienes nunca los pies manchados de barro? ¿Hojas de árboles en las sábanas?
    —No.
    —¿Y tampoco...?
    —No. En pocas palabras, por favor.
    —Haces bien en tener miedo.
    —¿Se puede contagiar? En pocas palabras, por favor.
    —No.
    —Por fin. Vamos, te acompañaré.
    En el patio mientras Geralt arreglaba las albardas, Nivellen acarició las patas a la yegua, le dio palmaditas en el cuello. Sardinilla, contenta de los mimos, bajó la cabeza.
    —Los animales me quieren —se enorgulleció el monstruo—. Y a mí me gustan también. Mi gata Tragoncilla, aunque se escapó al principio, luego volvió conmigo. Durante mucho tiempo fue el único ser vivo que me acompañó en mi soledad. A Vereena también...
    Se interrumpió, cerró la boca. Geralt se sonrió.
    —¿También le gustan los gatos?
    —Los pájaros. —Nivellen mostró los dientes—. Se me escapó, cuernos. Y qué más me da. No es una hija de mercader más, Geralt, ni una búsqueda más de si en viejas historias se encierra una pizca de verdad. Esto es algo serio. Nos amamos. Si te ríes te rompo los morros.
    Geralt no se rió.
    —Tu Vereena —dijo— es seguramente una náyade. ¿Lo sabías?
    —Me lo imaginaba. Delgaducha. Morena. Habla poco, en una lengua que no conozco. No come comida humana. Se pierde en el bosque durante días, luego vuelve. ¿Es normal esto?
    —Más o menos. —El brujo apretó la cincha—. Seguro que piensas que no volvería a ti si te convirtieras en ser humano.
    —Estoy seguro. Sabes cómo temen las náyades a los humanos. Pocos han visto una náyade de cerca. Y yo y Vereena... Ah, cuernos. Buena suerte, Geralt.
    —Buena suerte, Nivellen.
    El brujo dio con los talones en los costados de la yegua, se dirigió hacia la puerta. El monstruo se arrastró a su lado.
    —¿Geralt?
    —Habla.
    —No soy tan tonto como piensas. Llegaste aquí siguiendo las huellas de alguno de los mercaderes que estuvieron por aquí hace poco. ¿Le sucedió algo a alguno?
    —Sí.
    —El último estuvo aquí hace tres días. Con una hija, no de las más guapas, en cualquier caso. Ordené a la casa cerrar todas las puertas y postigos, no di señales de vida. Anduvieron un poco por el patio y se fueron. La muchacha cortó una rosa del rosal de la tía y se la prendió en el vestido. Búscalos en otro sitio. Pero ten cuidado, estos alrededores son horribles. Ya te dije que por la noche el bosque no es muy seguro. Se ven y se escuchan cosas poco buenas.
    —Gracias, Nivellen. Me acordaré de ti. Quien sabe, puede que encuentre a alguien que...
    —Puede. Y puede que no. Es mi problema, Geralt, mi vida y mi castigo. Me he acostumbrado a soportar esto. Si empeora, también me acostumbraré. Y si empeora demasiado, no busques a nadie, ven aquí tú solo y termina el asunto. Como los brujos. Suerte, Geralt.
    Nivellen se dio la vuelta y marchó enérgicamente en dirección al palacio. No se volvió a mirar ni una sola vez.

Andrzej Sapkowski / Un huésped

 


Andrzej Sapkowski

UN HUÉSPED


Un huésped en casa, es como Dios en casa. No todos los días se encuentra uno a alguien que al verme no salga corriendo ni se desmaye.



martes, 21 de diciembre de 2021

Casa de citas / Andrzej Sapkowski / Tiempos asquerosos

 


Andrzej Sapkowski

TIEMPOS ASQUEROSOS

1

Vivimos tiempos asquerosos. Pululan por ahí todo tipo de porquerías. En Mahakam, en las montañas, hormiguean los bobolakos. Antes en los bosques aullaban los lobos y ahora, sin ir más lejos, hay espectros, borowikis de esos, lobisomes y otras basuras. En las aldeas, las náyades y las plañideras roban niños, lo menos ciento llevan ya. Monstruos de los que nadie había oído hacía tiempo, se le ponen a uno los pelos de punta. No es de extrañar, Geralt, que haya tanta demanda de vuestros servicios.

2

Nuestro amado Foltest, cuando aún era príncipe, en el reinado del viejo Medell, su padre, nos enseñó de lo que era capaz, y era capaz de mucho. Contábamos con que se le pasaría con la edad. Y hete aquí que poco antes de su coronación, justo poco después de la muerte del viejo rey, Foltest se superó a sí mismo. Todos nos quedamos boquiabiertos. En pocas palabras: le hizo un hijo a su propia hermana Adda. Adda era más joven que él, siempre estaban juntos, pero nadie se lo podía imaginar, bueno, quizás la reina. Rápidamente: nos damos cuenta, y aquí Adda con una tripa así, y Foltest comienza a hablar de boda. Con la hermana, ¿te das cuenta, Geralt? La situación se volvió crítica de la leche, porque justo entonces a Vizimir de Novigrado se le ocurrió querer casar a su Dalka con Foltest y envió un embajador, y entonces tuvimos que agarrar al rey de las manos y de los pies porque quería insultar y golpear a los mensajeros. Lo conseguimos, y menos mal, porque si Vizimir se hubiera enfadado nos habría sacado los hígados. Después, no sin la ayuda de Adda, que tenía influencia sobre su hermano, conseguimos quitarle de la cabeza al rapaz la idea de una boda inmediata. Bueno, y luego Adda dio a luz en la fecha prevista, ¡y cómo! Ahora estate atento porque la cosa empieza. A aquello que nació no lo vio mucha gente, pero una comadrona se tiró por la ventana de la torre y se mató, y la otra perdió el seso y hasta el día de hoy sigue grillada. Por ello juzgo que el bastardo no debía de ser especialmente encantador. Era una niña. De todas formas murió enseguida, nadie, en cualquier caso, se había dado mucha prisa en anudarle el cordón umbilical. Adda, por suerte, no sobrevivió al parto. Y luego, hermano, Foltest cometió de nuevo otra estupidez. Habría que haber quemado a la bastarda, qué sé yo, o haberla enterrado allá en algún despoblado, y no guardarla en un sarcófago en los subterráneos del alcázar.

3

¡Esta historia ya dura seis años y pico! La estrige acaba con medio centenar de personas al año, ahora algo menos, porque todos se mantienen alejados del alcázar. No, hermano, yo creo en los hechizos, he visto más de uno y creo, hasta cierto punto, por supuesto, en las capacidades de magos y brujos. Pero ese desencantamiento es una tontería, ideada por un viejo giboso y lleno de mocos que se volvió tonto perdido de tanto comer comida de eremita, una tontería en la que no cree nadie. Exceptuando a Foltest. No, Geralt. Adda dio a luz a una estrige porque se acostó con su propio hermano, ésta es la verdad y ningún sortilegio puede hacer nada. La estrige devora personas como todas las estriges y hay que matarla, simple y llanamente. Escucha, hace dos años unos palurdos de un pueblo en el culo del mundo, allá por Mahakam, a los que un dragón se les comía las ovejas, se fueron todos juntos, se lo cargaron a estacazos y ni siquiera vieron necesario jactarse de ello. Y nosotros, aquí en Wyzima, esperamos a que suceda un milagro, echamos el cerrojo a las puertas cada luna llena o atamos a los criminales a un palo delante del alcázar, contando con que la bestia se los coma y vuelva a su tumba.


Andrzej Sapkowski / El brujo




Casa de citas / Andrzej Sapkowski / Después dijeron


 

Andrzej Sapkowski

DESPUÉS DIJERON


Después dijeron que aquel hombre había venido desde el norte por la Puerta de los Cordeleros. Entró a pie, llevando de las riendas a su caballo. Era por la tarde y los tenderetes de los cordeleros y de los talabarteros estaban ya cerrados y la callejuela se encontraba vacía. La tarde era calurosa pero aquel hombre traía un capote negro sobre los hombros. Llamaba la atención.
    Se detuvo ante la venta del Viejo Narakort, se mantuvo de pie un instante, escuchó el rumor de las voces. La venta, como de costumbre a aquella hora, estaba llena de gente.
    El desconocido no entró en el Viejo Narakort. Condujo el caballo más adelante, hacia el final de la calle. Allí había otra taberna, más pequeña, llamada El Zorro. Estaba casi vacía. Aquella taberna no gozaba de la mejor fama.
    El ventero sacó la cabeza de un cuenco con pepinillos en vinagre y dirigió su mirada hacia el huésped. El extraño, todavía con el capote puesto, estaba de pie frente al mostrador, rígido, inmóvil, en silencio.
    —¿Qué va a ser?
    —Cerveza —dijo el desconocido. Tenía una voz desagradable.
    El posadero se limpió las manos en el delantal de tela y llenó una jarra de barro. La jarra estaba desportillada.
    El desconocido no era viejo, pero tenía los cabellos completamente blancos. Por debajo del abrigo llevaba una raída almilla de cuero, anudada por encima de los hombros y bajo las axilas. Cuando se quitó el capote todos se dieron cuenta de que llevaba una espada en un cinturón al dorso. No era esto extraño, pues en Wyzima casi todos portaban armas, pero nadie acostumbraba a llevar el estoque a la espalda como si fuera un arco o una aljaba.
    El desconocido no se sentó a la mesa, entre los escasos clientes, continuó de pie delante del mostrador, apuntando hacia el posadero con ojos penetrantes. Bebió un trago.
    —Busco posada busco para la noche.
    —Pues no hay —refunfuñó el ventero mirando las botas del cliente, sucias y llenas de polvo—. Preguntad acaso en el Viejo Narakort.
    —Preferiría aquí.
    —No hay. —El ventero reconoció al fin el acento del desconocido. Era de Rivia.
    —Pagaré bien —dijo el extraño muy bajito, como inseguro.
    Justo entonces fue cuando comenzó toda esta abominable historia. Un jayán picado de viruelas, que no había apartado su lúgubre mirada del extraño desde el momento mismo de su entrada, se levantó y se acercó al mostrador. Dos de sus camaradas se quedaron por detrás, a menos de dos pasos.
    —¡Ya te han dicho que no hay sitio, bellaco, rivio vagabundo! —gargajeó el picado de pie junto al desconocido—. ¡No necesitamos gente como tú aquí, en Wyzima, ésta es una ciudad decente!
    El desconocido tomó su jarra y se apartó. Miró al ventero, pero éste evitó sus ojos. No se le ocurriría defender a un rivio. Al fin y al cabo, ¿a quién le gustaban los rivios?
    —Todos los rivios son unos ladrones —continuó el picado, dejando un olor a cerveza, ajo y rabia—. ¿Escuchas lo que te digo, degenerado?
    —No te oye. Tiene boñigas en las orejas —dijo uno de los que estaban detrás. El otro se rió.
    —Paga y lárgate —vociferó el caracañado.
    El desconocido le miró por primera vez.
    —Cuando termine mi cerveza.
    —Te vamos a echar una mano —gruñó el jayán. Arrancó la jarra de las manos del rivio y al mismo tiempo, agarrándole por los hombros, clavó los dedos en las correas de cuero que cruzaban el pecho del extraño. Uno de los de detrás preparó el puño para golpearle. El extraño se revolvió en su sitio, haciendo perder el equilibrio al picado. La espada silbó en el aire y brilló un momento a la luz de las lamparillas. Hubo una agitación. Gritos. Uno de los otros parroquianos se precipitó hacia la salida. Una silla cayó con un crujido, la loza de barro se desparramó por el suelo con un chasquido sordo. El ventero, con los labios temblando, miró a la destrozada cara del picado, cuyos dedos aferrados al borde del mostrador se iban desprendiendo, desapareciendo de la vista como si se hundiera en el agua. Los otros dos estaban tendidos en el suelo. Uno inmóvil, el otro retorciéndose de dolor y agitándose en un charco oscuro que crecía rápidamente. En el ambiente vibró, hiriendo los oídos, un agudo e histérico grito de mujer. El ventero, asustado, tomó aliento y comenzó a vomitar.
    El desconocido retrocedió hasta la pared. Encogido, tenso, alerta. Sujetaba la espada con las dos manos, agitando la punta en el aire. Nadie se movía. El miedo, como un viento helado, cubría las caras, soldaba los miembros, cegaba las gargantas.
    Un piquete de la ronda, compuesto por tres guardias, entró en la venta con estruendo. Debía de haber estado cerca. Para el servicio llevaban porras envueltas en tiras de cuero pero, al ver los cuerpos, echaron mano con rapidez a los estoques. El rivio pegó la espalda contra la pared y con la mano izquierda sacó un estilete de la bota.
    —¡Tira eso! —vociferó uno de los guardias con la voz temblona—. ¡Tíralo, canalla! ¡Te vienes con nosotros!
    Otro guardia dio una patada a la mesa que le impedía acercarse al rivio por detrás.
    —¡Ve a por refuerzo, Treska! —gritó al tercero, que estaba más cerca de la puerta.
    —No hace falta —dijo el extraño, bajando la espada—. Iré por mi propio pie.
    —Claro que vienes, hijo de perra, pero encadenado —le increpó el que estaba temblando—. ¡Arroja la espada o te rompo la crisma!
    El rivio se enderezó. Con rapidez, colocó la hoja debajo de la axila izquierda y con la mano derecha elevada hacia arriba, en dirección a los guardias, marcó en el aire un rápido y complicado signo. Comenzaron a brillar los numerosos gemelos situados en las vueltas de los puños, unos puños largos hasta los codos del caftán de cuero.
    Los guardias se retiraron, protegiéndose los rostros con sus antebrazos. Uno de los parroquianos dio un salto, otros, de nuevo, se acercaron a la puerta, la mujer volvió a gritar, salvajemente, con estridencia.

    —Iré por mi propio pie —repitió el desconocido con una extraña voz metálica—. Y vosotros tres por delante, llevadme al corregidor. Desconozco el camino.
    —Sí, señor —barbotó el guardia, dejando caer la cabeza. Se movió hacia la puerta, inseguro. Los dos restantes salieron detrás de él, apresurados. El extraño siguió sus pasos, guardando la espada en su vaina y el estilete en la bota. Cuando pasaban las mesas, los clientes escondían los rostros entre los gorgueros de los jubones.


Andrzej Sapkowski / El brujo








Casa de citas / Andrzej Saprowski / "Más de una lágrima he llorado..."


 


Andrzej Sapkowski

LA SIRENA

"Más de una lágrima he llorado..."

X

    Al día siguiente organizaron algo así como una cena festiva. En una de las aldeas por las que pasaron, Essi y Geralt compraron un corderillo ya preparado. Mientras ellos mercaban, Jaskier robó con sigilo ajo, cebolla y zanahorias del huertecillo de detrás de la choza. Al irse, arramplaron aun un pequeño caldero de lata de la cerca de detrás de la fragua. El caldero estaba un poco agujereado pero el brujo lo lañó con la Señal de Igni.
    La cena tuvo lugar en un calvero, en lo profundo del monte. El fuego chasqueaba alegremente, el caldero borboteaba. Geralt lo removía cuidadosamente con una rama de abeto descorchada que hacía las veces de cuchara de cocina. Jaskier peló la cebolla y cortó las zanahorias. Ojazos, que no tenía ni idea de cocinar, les amenizaba el tiempo tocando el laúd y cantando cuplés picantes. 

    Fue una cena festiva. Porque por la mañana temprano tenían que separarse, por la mañana cada uno de ellos tenía que irse por su camino, en busca de algo que, sin embargo, ya tenían. Pero no sabían que lo tenían, ni siquiera podían imaginárselo. No se imaginaban adónde los llevarían los caminos que iban a tener que recorrer por la mañana. Cada uno por su lado.
    Después de comer, bebieron de la cerveza que les había regalado Drouhard, charlaron y se rieron, Jaskier y Essi hicieron apuestas con sus canciones. Geralt, con las manos detrás de la cabeza, tumbado sobre un lecho de ramas de abeto, pensaba que nunca había oído tan hermosas voces y tan hermosos romances. Pensó en Yennefer. Pensó también en Essi. Tenía el presentimiento de que...
    Para terminar, Ojazos cantó junto con Jaskier el famoso dueto de Cyntia y Vertvern, una maravillosa canción de amor que comenzaba con las palabras: «Más de una lágrima he llorado...». Y a Geralt le parecía que hasta los árboles se inclinaban a escuchar a aquellos dos.
    Luego Ojazos, que olía a verbena, se tumbó junto a él, le apretó por el cuello, apoyó la cabeza sobre su pecho, suspiró quizá dos veces y se durmió tranquila. El brujo se quedó dormido más tarde, mucho más tarde.
    Jaskier, contemplando el fuego moribundo, estuvo sentado aún más tiempo, solo, rasgueando el laúd sin hacer mucho ruido.
    Comenzó con unos cuantos acordes, a partir de los cuales cristalizó una serena y elegante melodía. Los versos adecuados se formaron al mismo tiempo que la melodía, las palabras se incrustaban en la música, se quedaban en ella como si fueran insectos dentro de ámbar dorado y translúcido.
    El romance hablaba de cierto brujo y cierta poetisa. De cómo el brujo y la poetisa se conocieron a la orilla del mar, entre los chillidos de las gaviotas; cómo se enamoraron desde el primer momento. De cuán hermoso y fuerte era su amor. De que nada, ni siquiera la muerte, sería capaz de destruir aquel amor ni de separarlos.
    Jaskier sabía que pocas personas creerían la historia que contaba el romance, pero no se preocupó por ello. Sabía que los romances no se escriben para que se crea en ellos, sino para emocionar.
    Algunos años después, Jaskier podría haber cambiado el contenido del romance, haber escrito sobre lo que sucedió en realidad. No lo hizo. La verdadera historia no hubiera emocionado a nadie. ¿Quién querría escuchar que el brujo y Ojazos se separaron y no se volvieron a ver nunca más, ni una sola vez? ¿Que cuatro años más tarde Ojazos murió de viruela durante una epidemia que asoló Wyzima? ¿Que él, Jaskier, la sacó en sus brazos de entre los cadáveres quemados en las hogueras y la enterró lejos de la ciudad, en el bosque, sola y tranquila, y junto con ella, tal y como había pedido, dos cosas: su laúd y su perla celeste? Una perla de la que nunca se separó.
    No, Jaskier se quedó con la primera versión del romance. Pero aun así, jamás llegó a cantarla. Nunca. A nadie.
    Al amanecer, aún en la oscuridad, hasta su campamento se arrastró un lobisome hambriento y rabioso, pero al ver que era Jaskier quien allí estaba, escuchó un momento y se fue.

Andrzej Sapkowski
La espada del destino