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martes, 5 de mayo de 2020

Casa de citas / Hennning Mankell / Cuerdas



Henning Mankell
CUERDAS

  
   Después de unas horas había empezado a roer las cuerdas.
    La sensación de que estaba volviéndose loco había estado allí todo el tiempo. No podía ver, algo le tapaba los ojos y oscurecía el mundo. Tampoco podía oír. Algo que habían metido en sus oídos le oprimía los tímpanos. Los sonidos estaban allí. Pero procedían de dentro. Un zumbido interior que pugnaba por salir, no al contrario. Lo que más le atormentaba era, con todo, que no podía moverse. Eso era lo que le estaba volviendo loco. A pesar de que estaba tumbado, completamente tendido de espaldas, tenía todo el tiempo la sensación de que se caía, una caída vertiginosa, sin fin. Tal vez era sólo una alucinación, una imagen exterior del hecho de que se rompía en pedazos por dentro. La locura estaba separando su cuerpo y su conciencia en partes que ya no se relacionaban entre sí.
    Sin embargo, intentaba aferrarse a la realidad. Se obligaba desesperadamente a pensar. La racionalidad y la capacidad de mantener la calma al máximo le darían quizá la explicación de lo que había ocurrido. «¿Por qué no podía moverse? ¿Dónde estaba? Y ¿por qué?».
    Había intentado combatir el pánico y la insidiosa locura hasta el máximo obligándose a tener control del tiempo. Contaba minutos y horas, se obligaba a seguir una rutina imposible que no tenía principio ni tampoco fin. Como la luz no cambiaba —estaba siempre igual de oscuro, y se había despertado donde yacía, atado, de espaldas— y no tenía memoria de ningún traslado, no había un principio. Podía haber nacido donde estaba.
    Era en esa sensación en la que la locura tenía su inicio. Durante los breves instantes en los que lograba alejar de sí el pánico y pensar con claridad, trataba de aferrarse a todo lo que, sin embargo, parecía tener que ver con la realidad.
    Había algo de lo que podía partir.
    Aquello sobre lo que yacía. Eso no eran figuraciones. Sabía que estaba acostado de espaldas y que aquello sobre lo que estaba acostado era duro.
    La camisa se le había arrugado por encima de la cadera izquierda y tenía la piel directamente encima de lo que le sostenía. La superficie era rugosa. Cuando trató de moverse sintió que le raspaba la piel. Estaba sobre un suelo de cemento.
    ¿Por qué estaba allí? ¿Cómo había llegado allí? Volvió al último punto de partida normal que había tenido, antes de que la repentina oscuridad hubiera caído sobre él. Pero ya ahí empezaba a resultar todo confuso. Sabía lo que había ocurrido. Y sin embargo, no. Y fue al empezar a dudar de lo que eran figuraciones y de lo que había ocurrido realmente cuando cayó presa del pánico. Entonces pudo empezar a llorar. Por poco tiempo, intensamente, pero terminó con idéntica rapidez, puesto que nadie podía oírle. Nunca lloraba cuando nadie le oía. Hay personas que sólo lloran cuando nadie puede oírlas. Pero él no era así.
    En realidad, eso era lo único de lo que estaba completamente seguro. De que nadie podía oírle. Dondequiera que se encontrara, dondequiera que se hubiera echado este espantoso suelo de cemento, aun que flotase libremente en un universo por completo desconocido para él, no había nadie cerca. Nadie que pudiera oírle.
    Más allá de la acechante locura estaban los únicos puntos de referencia que le quedaban. De todo lo demás había sido despojado, no sólo de su identidad sino también de sus pantalones. Había sido la noche antes de emprender el viaje a Nairobi. Casi a medianoche; ya había cerrado la maleta y se había sentado a la mesa escritorio para repasar una última vez sus documentos de viaje. Todavía podía verlo todo muy claramente ante sí. Sin saberlo entonces, se encontraba en una sala de espera de la muerte que una persona desconocida había dispuesto para él. El pasaporte estaba a la izquierda del escritorio. Tenía en la mano los pasajes de vuelo. En las rodillas, el sobre de plástico con los billetes de dólares, las tarjetas de crédito y los cheques de viaje, esperando a que los controlara también. Sonó el teléfono. Lo apartó todo, cogió el auricular y contestó.
    Como había sido la última voz viva que había oído, se agarraba a ella con todas las fuerzas que le quedaban. Era el último eslabón que le unía a esa realidad que todavía mantenía la locura a distancia.
    Era una hermosa voz, muy suave y agradable, y supo inmediatamente que había hablado con una mujer desconocida. Una mujer a la que nunca en su vida había visto.
    Quería comprar rosas. Primero se había disculpado por llamar y molestar tan tarde. Pero tenía una gran necesidad de comprar rosas. No había dicho por qué, pero él la había creído de inmediato. Era inimaginable que alguien fingiese necesitar rosas. No recordaba haber preguntado, ni a ella ni a sí mismo, qué era lo que había ocurrido, por qué se había dado cuenta de repente de que no tenía las rosas que necesitaba, a pesar de que era muy tarde y ya no había ninguna floristería abierta.
    Pero no había dudado. Vivía cerca de su tienda, aún no era tan tarde como para estar acostado. Le llevaría a lo sumo diez minutos hacerle ese favor.
    Ahora que yacía en la oscuridad, recordando, se dio cuenta de que había algo que no podía explicar. Él había tenido todo el tiempo la sensación de que la mujer que llamaba estaba en un lugar cercano. Había una razón, no se sabía cuál, que hacía que ella le hubiera llamado precisamente a él.
    ¿Quién era ella? ¿Qué había pasado después?
    Se había puesto el abrigo y había salido a la calle. Llevaba en la mano las llaves de la tienda. No hacía viento, pero una ráfaga fría le alcanzó cuando iba por la calle mojada. Había llovido, un chaparrón repentino que terminó con la misma rapidez con que había empezado. Se había parado delante de la puerta de la tienda que daba a la calle. Se acordaba de que la había abierto y había entrado. Luego, el mundo estalló en pedazos.
    No era ya capaz de decir cuántas veces había ido por la calle en sus pensamientos, cuando el pánico cedía un poco, por un instante, haciendo un alto en el constante y tembloroso dolor. Tenía que haber habido alguien allí. «Yo esperaba que hubiera una mujer a la puerta de la tienda. Pero allí no había nadie. Podía haberme dado la vuelta e irme a casa. Podía haberme enfadado porque alguien me había hecho objeto de una broma pesada. Pero abrí la tienda porque sabía que ella vendría. Dijo que necesitaba verdaderamente las rosas».
    Nadie miente sobre rosas.
    La calle estaba desierta. Eso lo sabía con seguridad. Un solo detalle en la imagen le inquietaba. Había visto un coche aparcado en algún punto impreciso. Con las luces encendidas. Cuando él se volvió hacia la puerta para buscar el orificio de la cerradura y abrir, el coche estaba a su espalda. Con los faros encendidos. Y después se había hundido el mundo en un penetrante resplandor.
    Sólo encontraba una explicación y le ponía histérico de terror: tenía que haber sido un asalto. Detrás de él, en las sombras, había alguien a quien no había visto. Pero ¿una mujer que llama una noche y pide rosas?
    No llegaba más allá. Ahí terminaba todo lo que era comprensible y posible de entender con la razón. Y era entonces cuando, con un violento esfuerzo, conseguía retorcer las manos atadas hasta acercarlas a la boca para poder empezar a morder las cuerdas. Al principio había tirado de las cuerdas con los dientes como si fuera un hambriento animal depredador que se echase sobre un cadáver. Enseguida se rompió un diente del maxilar inferior. El dolor fue violento al principio, para desaparecer tan rápidamente como había empezado. Cuando volvió a roer las cuerdas —pensando en sí mismo como un animal apresado que roía su propio hueso para liberarse— lo hizo despacio.
    Roer las duras y resecas cuerdas era como una mano piadosa. Si no podía liberarse, al menos al roer alejaba de sí la locura. Mientras mordía las cuerdas podía pensar con relativa claridad. Había sido atacado. Le tenían preso, tirado en el suelo. Dos veces al día, o tal vez por la noche, se oían sonidos rasposos junto a él. Una mano enfundada en un guante le abría la boca y le echaba agua. Nunca otra cosa, agua, ni fría ni caliente. La mano que le cogía las mandíbulas era más decidida que dura. Luego le metían una paja en la boca. Él sorbía un caldo tibio y luego volvía a quedar solo en la oscuridad y el silencio.
    Le habían asaltado, estaba atado. Bajo él, un suelo de cemento. Alguien le mantenía con vida. Pensó que ahora llevaba ya una semana allí. Trató de entender por qué. Tenía que haber un error. Pero ¿qué error? ¿Por qué tenía que estar una persona tirada y atada en un suelo de cemento? En alguna parte de su cabeza barruntaba que la locura tenía su origen en una idea que, simplemente, no se atrevía a dejar aflorar. No había ningún error. Lo horroroso que le ocurría estaba destinado justamente a él, a nadie más que a él, y ¿cómo iba a terminar en realidad? La pesadilla quizás iba a durar toda la eternidad y no sabía por qué.
    Dos veces al día, o por la noche, le daban agua y comida. Dos veces al día también, le arrastraban por los pies hasta que llegaba a un agujero que había en el suelo. No llevaba pantalones, habían desaparecido. Sólo llevaba la camisa, y lo arrastraban de nuevo hasta el mismo sitio cuando había terminado. No tenía nada con que limpiarse. Además tenía las manos atadas. Notaba olor en torno suyo.
    A suciedad. Pero también a perfume.
    ¿Era una persona que estaba cerca de él? ¿La mujer que quería comprar rosas? ¿O era sólo un par de manos enguantadas? Manos que le arrastraban hasta el agujero del suelo. Y un tenue y casi imperceptible aroma a perfume que se mantenía tras las comidas y las visitas al retrete. De alguna parte tenían que venir las manos y el perfume.
    Por supuesto que había tratado de hablar a aquellas manos. En alguna parte tenía que haber una boca. Y oídos. Quienquiera que le hubiera hecho esto debía también poder oír lo que él tenía que decir.
    Cada vez que sentía las manos sobre su cara o sus hombros había tratado de hablar de algún modo. Imploraba, se enfurecía, trataba de ser su propio abogado defensor hablando con serenidad y premeditadamente.
    «Hay unos derechos», había sostenido, sollozando a veces y a veces furioso. «Unos derechos que incluso los presos tienen. El derecho a saber por qué se ha perdido todo derecho. Si alguien despoja a una persona de ese derecho, el universo ya no tiene el menor sentido».
    Ni siquiera pedía que le dejaran en libertad. Sólo quería, al principio, saber por qué estaba preso. Nada más. Pero por lo menos eso. No obtenía respuesta. Las manos no tenían cuerpo, no tenían boca, no tenían oídos. Finalmente había rugido y gritado presa de la máxima angustia. Pero ni siquiera se notó la menor reacción en las manos. Sólo la paja en la boca. Y el leve aroma de un perfume intenso y acre.

    Vislumbró su perdición. Lo único que le mantenía era el roer tenazmente las cuerdas. Todavía, después de lo que debía de ser ya por lo menos una semana, apenas había podido roer más que la dura superficie de la cuerda. Pero era así como podía imaginarse la única salvación posible. Sobrevivía royendo. Dentro de una semana más, habría regresado del viaje en mitad del cual debería estar ahora mismo, si no hubiera bajado a la tienda a buscar un manojo de rosas. Estaría en el interior de un bosque de orquídeas en Kenia y su conciencia se habría llenado de los aromas más maravillosos. Dentro de una semana le esperaban de vuelta. Y cuando no volviera, Vanja Andersson empezaría a preguntarse qué pasaba. Si es que no lo estaba haciendo ya. Era otra posibilidad que no debía perder de vista. La agencia de viajes debía tener control de sus clientes. Él había pagado su billete, pero nunca había acudido al aeropuerto de Kastrup. Alguien tenía que echarle en falta. Vanja Andersson y la agencia de viajes eran sus únicas posibilidades de salvación. Mientras tanto, él roería las cuerdas para no perder el juicio por completo. El que todavía le quedaba.
    Sabía que estaba en el infierno. Pero ignoraba por qué.
    El miedo estaba en sus dientes, que tallaban las duras cuerdas. El miedo y la única salvación imaginable.
    Seguía royendo.
    Y entremedias lloraba. Le daban calambres. Pero, con todo, seguía royendo.



Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 41-43


Casa de citas / Henning Mankell / Baiba



Henning Mankell
BAIBA

   El martes 27 de septiembre, la lluvia seguía cayendo sobre Escania. Los meteorólogos habían anunciado que al cálido verano le seguiría un otoño lluvioso. Hasta el momento no había ocurrido nada que contradijera sus pronósticos.
    La noche anterior, cuando Wallander volvió a casa después de su primer día de trabajo tras el viaje a Italia y preparó una cena chapucera que luego se obligó a comer de muy mala gana, trató varias veces de hablar con su hija Linda, que vivía en Estocolmo. Dejó abierta la puerta del balcón porque la persistente lluvia había parado un rato. Notó que se sentía irritado porque Linda no había llamado para preguntar cómo había ido el viaje. Trató de convencerse, aunque sin lograrlo del todo, de que era porque tenía mucho que hacer. Precisamente ese otoño combinaba sus estudios en una escuela de teatro privada con el trabajo como camarera en un restaurante del barrio de Kungsholm.
    A las once llamó también por teléfono a Riga para hablar con Baiba. Para entonces había empezado a llover de nuevo y hacía viento. Se dio cuenta de que ya resultaba difícil recordar los cálidos días de Roma.
    Pero si había hecho otra cosa en Roma aparte de disfrutar del calor y servirle de compañía a su padre era pensar en Baiba. Cuando Baiba y él, en el verano, sólo unos meses antes, habían ido juntos a Dinamarca, y Wallander se sentía agotado y triste a consecuencia de la ingrata persecución del asesino de catorce años, uno de los últimos días de su estancia le había preguntado si quería casarse con él. Ella le contestó con evasivas, sin cerrar necesariamente todas las puertas. Tampoco intentó disimular las razones de sus dudas. Habían paseado por la inmensa playa de Skagen, donde se encuentran los dos mares, y donde, por cierto, Wallander había paseado también, muchos años antes, con Mona, su primera esposa, y también en una ocasión posterior, cuando tuvo una depresión y se planteó muy seriamente dejar la policía. Las tardes habían sido casi tropicales por el calor. De algún modo se dieron cuenta de que un partido del Mundial de Fútbol mantenía a la gente pegada a la televisión y dejaba las playas inusualmente desiertas. Iban paseando por allí, cogiendo piedrecillas y caracolas, y Baiba dijo que no estaba segura de poder pensar en vivir con un policía por segunda vez en su vida.
    Su primer marido, el comandante de policía letón Karlis, había sido asesinado en 1992. Fue entonces cuando Wallander la conoció, durante unos días confusos e irreales que pasó en Riga. En Roma, Wallander se había hecho la pregunta de si verdaderamente y en lo más profundo de su interior quería casarse una segunda vez. ¿Era necesario siquiera casarse? ¿Atarse con lazos formales y complicados que apenas tenían ya la menor validez en estos tiempos que eran los suyos? Él había vivido un largo matrimonio con la madre de Linda. Cuando un día, hacía cinco años, ella le hizo enfrentarse de repente con el hecho de que quería separarse, se quedó completamente perplejo, sin entender nada. Era ahora cuando, por primera vez, creía comprender y, por lo menos en parte, tal vez también aceptar las razones por las que ella había querido empezar una nueva vida sin él. Ahora podía darse cuenta de por qué había pasado lo que tenía que pasar. Podía abarcar la parte que le correspondía, reconocer incluso que con su constante ausencia y su creciente desinterés por lo que era importante en la vida de ella, tenía la mayor parte de culpa. Si es que podía hablarse de culpa. Una parte del camino la habían hecho juntos. Después, los caminos se fueron separando, tan despacio e inadvertidamente que sólo cuando ya era demasiado tarde quedó claro lo que había ocurrido. Y entonces ya cada uno estaba fuera de la vista del otro.
    Había pensado mucho en esto durante los días de Roma. Y, al fin, llegó a la conclusión de que verdaderamente quería casarse con Baiba. Quería que ella se trasladase a Ystad. Y se había decidido también a dejar su piso de la calle de Mariagatan y cambiarlo por un chalet. En algún lugar próximo en las afueras de la ciudad. Con un jardín ya hecho. Un chalet barato, pero en un estado que él pudiera hacerse cargo de todas las reparaciones. También había pensado en si se compraría el perro con el que durante tanto tiempo había soñado.
    De todo eso había hablado con Baiba aquel lunes por la tarde cuando volvía a llover sobre Ystad. Fue como seguir la conversación que había tenido en su cabeza en Roma. También entonces había hablado con ella, aunque no estaba presente. En alguna ocasión había empezado a hablar en voz alta consigo mismo. Por supuesto que eso no se le escapó a su padre, que caminaba a su lado en plena canícula. Su padre, en un tono mordaz, pero no del todo antipático, había preguntado quién de los dos estaba en realidad envejeciendo y perdiendo la cabeza.
    Ella contestó enseguida. A él le pareció contenta. Le contó el viaje y después repitió la pregunta que le había hecho en el verano. Durante un instante, el silencio fue y vino entre Riga e Ystad. Luego, ella dijo que también había estado pensando. Sus dudas seguían ahí, no habían disminuido, pero tampoco aumentado.
    —Ven —dijo Wallander—. De esto no podemos hablar por un cable telefónico.
    —Bueno —dijo ella—. Iré.
    No habían decidido cuándo. De eso hablarían más tarde. Ella trabajaba en la Universidad de Riga. Tenía que planear sus periodos vacacionales con mucha antelación. Pero cuando Wallander colgó el auricular, le pareció que sentía la seguridad de que estaba en camino de una nueva fase de su vida. Ella iba a venir. Él iba a casarse de nuevo. Esa noche tardó mucho en dormirse. Varias veces se levantó de la cama, se puso junto a la ventana de la cocina a mirar llover. Pensó que iba a echar de menos la farola que se balanceaba fuera, sola al viento.


Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 41-43

Casa de citas / Henning Mankell / Un feliz viaje a Roma

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Fontana de Trevi, Roma

Henning Mankell
UN FELIZ VIAJE A ROMA

La quinta mujer, Henning Mankell | Blogs Clubs Lectura das ...   Apenas pasadas las cinco de la mañana del lunes 26 de septiembre, Kurt Wallander se despertó en su cama en el piso de la calle de Mariagatan, en el centro de Ystad.
    Lo primero que hizo al abrir los ojos fue mirarse las manos. Estaban morenas. Volvió a apoyarse en la almohada y escuchó la lluvia otoñal que tamborileaba contra los cristales del dormitorio. Una sensación de bienestar se apoderó de él al pensar en el viaje que había llegado a su fin dos días antes en el aeropuerto de Kastrup. Había pasado una semana entera con su padre en Roma. Hacía mucho calor y él se había puesto moreno. Por las tardes, cuando más apretaba el calor, buscaban algún banco en Villa Borghese, donde su padre se sentaba a la sombra mientras él se quitaba la camisa y cerraba los ojos bajo el sol. Ésa era la única diferencia que habían tenido durante todo el viaje, pues a su padre le resultaba imposible comprender que fuera tan presumido que dedicara tiempo a broncearse. Pero había sido una controversia insignificante, casi como si sólo hubiera surgido para que tuvieran un poco de perspectiva respecto al viaje.
    «El feliz viaje», pensó Wallander tumbado en su cama. «Fuimos a Roma mi padre y yo y todo resultó bien. Mejor de lo que jamás hubiera podido figurarme o esperar».
    Miró el reloj de la mesilla, junto a la cama. Iba a reincorporarse al trabajo esa mañana. Pero no tenía prisa. Podía quedarse un rato más en la cama. Se inclinó sobre el montón de periódicos que había hojea do la noche anterior. Empezó a leer los resultados de las elecciones. Como estaba en Roma el día de los comicios, había votado por correo. Ahora podía constatar que los socialdemócratas habían obtenido más del cuarenta y cinco por ciento de los votos. Pero ¿qué podía significar eso, en realidad? ¿Implicaba algún cambio?
    Dejó caer el periódico en el suelo. Regresó de nuevo a Roma con el pensamiento.
    Se habían hospedado en un hotel barato cercano al Campo dei Fiori. Desde una terraza que se extendía sobre sus habitaciones tenían una amplia y hermosa vista de la ciudad. Allí tomaban su café por la mañana y planeaban lo que iban a hacer durante el día. No habían surgido discusiones. El padre de Wallander sabía en todo momento lo que quería ver. Wallander se preocupaba a veces de que quería demasiadas cosas, de que no iba a tener fuerzas. En todo momento estuvo pendiente también de que su padre diera muestras de confusión o de ausencia. La enfermedad estaba allí, latente, los dos lo sabían. La enfermedad de extraño nombre: Alzheimer. Pero durante toda esa semana, la semana del viaje feliz, el padre mostró un humor excelente. A Wallander casi se le hacía un nudo en la garganta porque el viaje perteneciera ya al pasado, porque fuera algo ya ocurrido y ahora sólo quedara como un recuerdo. Nunca más volverían a Roma, era la única vez que habían hecho el viaje, él y su padre, que pronto cumpliría ochenta años.
    Allí había habido momentos de gran intimidad entre ellos. Por primera vez en casi cuarenta años.
    Wallander pensó en el descubrimiento que había hecho: que eran muy parecidos, mucho más de lo que antes había querido reconocer. Entre otras cosas, que los dos eran personas muy madrugadoras. Cuando Wallander informó a su padre de que el hotel no servía el desayuno antes de las siete, éste protestó inmediatamente. Agarró a Wallander para bajar a la recepción y en una mezcla del sueco de Escania, algunas palabras inglesas, posiblemente algo de alemán y sobre todo con unas cuantas palabras inconexas en italiano, consiguió dejar claro que él quería el breakfast presto. No tardi. Absolutamente no tardi. Por alguna razón había dicho también varias veces passaggio a livello cuando explicó la necesidad de que el hotel adelantase el servicio de desayuno por lo menos una hora, a las seis, la hora a la cual o se les servía el desayuno o se verían obligados a buscar otro hotel. Passaggio a livello, decía su padre, y el personal de la recepción le contempló con asombro, pero también con respeto.
    Por supuesto que consiguieron el desayuno a las seis. Wallander vio después en su diccionario de italiano que passaggio a livello significaba nudo de comunicaciones. Supuso que su padre se había confundido con alguna otra frase. Pero no barruntaba con cuál y tenía el suficiente sentido común para no preguntar nada.
    Wallander escuchaba la lluvia. El viaje a Roma, una sola y breve semana, que en el recuerdo era como una experiencia inmensa y asombrosa. Su padre no solamente se había mostrado decidido acerca de la hora en que quería desayunar. También, de manera natural y muy consciente había guiado a su hijo por la ciudad y había sabido lo que quería ver. Nada había ocurrido al azar, Wallander comprendió que su padre había planeado ese viaje toda su vida. Fue una peregrinación, una romería, en la que había podido tomar parte. Él fue un componente del viaje del padre, un servidor invisible pero siempre presente. Había un significado secreto en el viaje que nunca podría entender del todo. Su padre había ido a Roma para ver algo que ya parecía haber experimentado en su interior antes.
    El tercer día visitaron la Capilla Sixtina. Casi una hora entera se pasó el padre de Wallander contemplando el techo pintado por Miguel Ángel. Fue como ver a un anciano dirigir una oración sin palabras directamente al cielo. El propio Wallander sintió dolor en la nuca y tuvo que dejar de mirar. Se dio cuenta de que estaba viendo algo muy hermoso. Pero también de que su padre veía infinitamente más. Durante un instante se preguntó maliciosamente si tal vez su padre buscaba un urogallo o una puesta de sol en el gran fresco de la cúpula. Pero se arrepintió de su pensamiento. No cabía la menor duda de que su padre, por muy banal que fuese como pintor, estaba contemplando la obra de un maestro con devoción y entusiasmo.
    Wallander abrió los ojos. Seguía el golpeteo de la lluvia.
    Fue esa misma tarde, la tercera en la era común romana, cuando tuvo la sensación de que su padre preparaba algo que quería mantener en secreto. No sabía de dónde procedía la sensación. Habían cenado en la Via Veneto; a Wallander le había parecido demasiado caro, pero su padre se empeñó en que podían permitírselo. Estaban haciendo su primer y último viaje juntos a Roma. Así que tenían que permitirse comer bien. Luego volvieron a casa paseando despacio por la ciudad. La tarde era tibia, por todas partes había gente y el padre de Wallander estuvo hablando de los frescos de la Capilla Sixtina. Se equivocaron dos veces antes de llegar al hotel. El padre de Wallander disfrutaba de un gran respeto después de la insurrección del desayuno y les dieron las llaves con grandes reverencias. Subieron a pie, se dieron las buenas noches en el pasillo y cerraron la puerta de sus habitaciones. Wallander se acostó y se puso a escuchar los ruidos que subían de la calle. Tal vez pensaba en Baiba, tal vez sólo estaba a punto de dormirse.
    Pero de súbito se sintió totalmente despierto. Algo le había desazonado. Después de un rato se puso la bata y bajó a la recepción. Todo estaba en silencio. El portero de noche estaba sentado viendo una pequeña televisión con el sonido muy bajo en la habitación de detrás de la recepción. Wallander compró una botella de agua mineral. El recepcionista era un joven que trabajaba por las noches para financiar sus estudios de teología. Eso ya se lo había contado a Wallander la primera vez que bajó a la recepción a comprar agua. Tenía el pelo oscuro y rizado, era de Padua, se llamaba Mario y hablaba inglés estupendamente. Wallander estaba con la botella de agua en la mano cuando de pronto se oyó a sí mismo pedir al joven portero de noche que subiera a su habitación a despertarle si su padre aparecía por la recepción durante la noche y a lo mejor hasta salía del hotel. El recepcionista se había quedado mirándole, tal vez sorprendido, tal vez había trabajado lo bastante para que ningún deseo nocturno de los huéspedes pudiera sorprenderle. Había inclinado la cabeza diciendo, sí, sí, claro, si el viejo señor Wallander salía por la noche, él llamaría inmediatamente a la puerta de la habitación número 32.
    Fue la sexta noche cuando ocurrió. Ese día habían estado paseando por el Foro y también habían visitado la Galleria Doria Pamphili. Por la noche habían pasado por los oscuros túneles que llevaban a la Escalinata di Piazza di Spagna desde Villa Borghese y allí cenaron de manera que Wallander se escandalizó cuando vio la cuenta. Era una de sus últimas noches, el viaje feliz que ya no podía ser más que justamente eso, feliz, se acercaba a su fin. El padre de Wallander mostraba la misma energía y la misma curiosidad de todos los días hasta entonces. Habían seguido paseando por la ciudad y se habían detenido en un bar para tomar un café y brindar con una copa de
grappa. En el hotel, les dieron sus respectivas llaves, la noche era tan cálida como todas las otras noches aquella semana de septiembre y Wallander se durmió en cuanto puso la cabeza en la almohada.
    A la una y media llamaron a la puerta.
    En un primer momento no supo dónde estaba. Pero cuando aún medio dormido corrió a abrir, el portero de noche le explicó en su excelente inglés que el viejo signor Wallander acababa de dejar el hotel. Wallander se vistió apresuradamente. Al salir vio a su padre andar con pasos decididos por el otro lado de la calle. Wallander le siguió a distancia, pensando que ahora, por primera vez en su vida, estaba siguiendo a su propio padre, y se había dado cuenta de que sus presentimientos habían sido acertados. Al principio Wallander no estaba seguro de adónde se dirigían. Luego, cuando las calles empezaron a estrecharse, advirtió que se dirigían a la Escalinata. Siguió manteniendo la distancia con su padre. Y luego, en la cálida noche romana, le vio subir los muchos escalones de la Escalinata hasta llegar a la iglesia de las dos torres. Una vez allí, su padre se sentó; se le vislumbraba como un puntito negro allá en lo alto, y Wallander se mantuvo escondido en las sombras. Su padre permaneció allí casi una hora. Luego se incorporó y volvió a bajar las escaleras. Wallander continuó siguiéndole, ésa había sido la misión más secreta que jamás había llevado a cabo, y no tardaron en llegar a la Fontana de Trevi, donde su padre, sin embargo, no echó ninguna moneda por encima del hombro sino que se limitó a contemplar el agua que salía a chorros en la gran fuente. Su cara estaba entonces tan iluminada por una farola, que Wallander pudo notar un destello en sus ojos.
    Luego regresaron al hotel.
    Al día siguiente tomaron el avión de Alitalia para Copenhague, el padre de Wallander sentado junto a la ventanilla, de la misma manera que en el viaje de ida, y Wallander vio en sus manos que se había puesto moreno. Hasta que no tomaron el transbordador de vuelta a Limhamn no le preguntó a su padre si estaba contento del viaje. Éste asintió con la cabeza, murmuró algo inaudible y Wallander supo que más entusiasmo que eso no podía pedir. Gertrud estaba esperándoles en Limhamn y les llevó a casa. Dejaron a Wallander en Ystad y cuando éste llamó por teléfono más tarde para preguntar si todo estaba en orden, Gertrud contestó que su padre ya estaba en su estudio pintando su eternamente repetido motivo, la puesta de sol sobre un paisaje inmóvil y en calma.



Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 30-34




lunes, 4 de mayo de 2020

Casa de citas / Henning Mankell / La carta


Woman Reading a Letter, 1910
Adeline Albright Wigand

Henning Mankell
LA CARTA

La quinta mujer, Henning Mankell | Blogs Clubs Lectura das ...   La carta llegó a Ystad el 19 de agosto.
    Como el sello de correos era de Argelia y por tanto tenía que ser de su madre, la mujer no la abrió inmediatamente. Quería estar tranquila para leerla. Por el abultado sobre podía deducir que era una carta de muchos folios. Tampoco había tenido noticias de su madre desde hacía más de tres meses. Seguramente ahora tenía muchas cosas que contar. Dejó la carta en la mesa del cuarto de estar para leerla por la noche. En su interior albergaba una vaga pregunta. ¿Por qué habría escrito su madre esta vez el nombre y la dirección a máquina? Pero pensó que la respuesta estaría seguramente en la carta. Sólo a eso de medianoche abrió la puerta de la terraza y se acomodó en la hamaca, que apenas cabía entre todas sus macetas. Era una hermosa y cálida noche de agosto. Tal vez una de las últimas de aquel año. El otoño ya estaba ahí, invisible, al acecho. Abrió el sobre y empezó a leer.


    Sólo después, cuando hubo leído la carta hasta el final y la había apartado de sí, se echó a llorar.
    Dedujo también entonces que la carta tenía que haberla escrito una mujer. No fue sólo la hermosa letra lo que la convenció. Fue también algo en la elección de las palabras, en cómo la mujer desconocida, vacilante y cautelosa, trataba de contar de la manera más considerada posible todo el horror sucedido.
    Pero no había nada considerado. Allí se reflejaba únicamente lo sucedido. Nada más.
    La mujer que había escrito la carta se llamaba Françoise Bertrand y era policía. Sin que apareciera con toda claridad, podía deducirse que trabajaba como investigadora en la brigada central de homicidios de Argelia. Así es como había entrado en contacto con los sucesos que ocurrieron una noche de mayo en la ciudad de El Qued, al suroeste de Argel.
    En apariencia, el asunto era claro,
inteligible y totalmente horroroso. Unos desconocidos habían asesinado a cuatro monjas de nacionalidad francesa. Pertenecían con seguridad a los fundamentalistas que habían decidido expulsar del país a todos los ciudadanos extranjeros. El estado se debilitaría para luego destruirse a sí mismo. En el vacío que surgiera, se establecería un estado fundamentalista. Las cuatro monjas habían sido degolladas, no se había encontrado ningún rastro de los asesinos, sólo sangre, por todas partes sangre densa y coagulada.
    Pero allí se encontraba también esa quinta mujer, una turista sueca que había renovado varias veces su permiso de estancia en el país y que, por casualidad, había hecho una visita a las monjas la noche en que los desconocidos se presentaron con sus cuchillos. En el pasaporte de su bolso pudieron ver que se llamaba Anna Ander, que tenía sesenta y seis años y que se encontraba legalmente en el país con visado de turista. También un billete de avión con la vuelta sin cerrar. Como ya era bastante grave lo de las cuatro monjas asesinadas, y como Anna Ander parecía viajar sola, los policías decidieron, tras presiones políticas, no darse por enterados de esta quinta mujer. Sencillamente, no estaba allí durante la noche fatal. Su cama había estado vacía. En lugar de ello la hicieron morir en un accidente de coche y la enterraron luego, sin nombre y como desconocida, en una tumba anónima. Todas sus pertenencias se hicieron desaparecer, destruyeron todas sus huellas. Y aquí es cuando entró en escena Françoise Bertrand. «Una mañana a primera hora mi jefe me llamó», escribía en su larga carta, «para decirme que fuera inmediatamente a El Qued».a mujer ya había sido enterrada. La misión de Françoise Bertrand era hacer desaparecer los últimos restos de posibles huellas y destruir después su pasaporte y sus otras pertenencias.
    Anna Ander no habría llegado ni estado jamás en Argelia. Habría dejado de existir como un asunto argelino, borrada de todos los registros. Fue entonces cuando Françoise Bertrand encontró un bolso que los descuidados policías no habían descubierto. Debió de haberse quedado detrás de un armario. O tal vez encima del alto armario y se había caído, ella no lo sabía con exactitud. Pero allí había cartas que Anna Ander había escrito, o por lo menos empezado, y estaban dirigidas a su hija, que vivía en una ciudad llamada Ystad, en la lejana Suecia. Françoise pedía disculpas por haber leído esos papeles privados. Se había valido de un artista sueco alcoholizado que ella conocía en Argel y él se las tradujo, sin sospechar de qué se trataba en realidad. Ella escribió las traducciones de las cartas y, al final, se fue clarificando una imagen. Para entonces ya había sufrido muchos remordimientos de conciencia por lo sucedido con esta quinta mujer. No sólo porque había sido brutalmente asesinada en Argelia, el país que tanto amaba Françoise y que tan herido y lacerado estaba por contradicciones internas. Había tratado de explicar lo que pasaba en su país y también había contado cosas de sí misma. Su padre había nacido en Francia pero había ido a Argelia de niño con sus padres. Allí había crecido, allí se había casado después con una argelina y Françoise, que era la hija mayor, había tenido durante mucho tiempo la sensación de estar con un pie en Francia y otro en Argelia. Pero ahora ya no tenía dudas. Su patria era Argelia. Y por eso sufría tanto con las contradicciones que desgarraban en pedazos al país. También se debía a eso que no quisiera contribuir más en ofenderse a sí misma y a su país haciendo desaparecer a esta mujer, escondiendo la verdad en un accidente de automóvil imaginario y no asumiendo siquiera la responsabilidad de que Anna Ander había estado realmente en su país. Françoise Bertrand había empezado a sufrir insomnio, escribía. Por fin se había decidido a escribir a la hija desconocida de la mujer muerta contándole la verdad. Se impuso la obligación de reprimir la lealtad que sentía hacia el cuerpo de policía. Pedía que su nombre no fuera revelado. «Es la verdad lo que escribo», decía al final de la larga carta. «Tal vez haga mal en contarlo que ha ocurrido. Pero ¿podía hacer otra cosa? Encontré un bolso con cartas que una mujer había escrito a su hija. Lo que cuento ahora es cómo han llegado a mis manos para enviarlas a mi vez a su destino».
    En su envío, Françoise Bertrand adjuntaba las cartas inacabadas.
    Allí estaba también el pasaporte de Anna Ander.
    Pero su hija no había leído las cartas. Las puso sobre el piso de la terraza y lloró largo rato. Al amanecer se levantó y fue a la cocina. Permaneció inmóvil mucho rato, sentada a la mesa de la cocina. Tenía la cabeza completamente vacía. Pero luego empezó a pensar. Todo le pareció de pronto muy fácil. Se dio cuenta de que todos aquellos años los había pasado dando vueltas y esperando. Antes no lo había comprendido. Ni qué esperaba ni a qué. Ahora lo sabía. Tenía una misión y ya no había por qué esperar para llevarla a cabo. Era el momento. Su madre se había ido. Una puerta se había abierto de par en par.
    Se levantó y fue a buscar la caja con los trozos de papel recortados y el gran cuaderno de bitácora que estaba en un cajón debajo de la cama de su habitación. Extendió los pedazos de papel en la mesa delante de sí. Sabía que eran exactamente cuarenta y tres pedazos. En uno de ellos había una cruz negra. Luego empezó a desdoblar los trozos uno por uno.
    La cruz estaba en el trozo número veintisiete. Abrió el cuaderno de bitácora y siguió las líneas con nombres hasta que llegó a la columna número veintisiete. Contempló el nombre que ella misma había escrito allí y vio cómo aparecía lentamente un rostro.
    Luego cerró el libro y volvió a poner los trozos de papel en la caja.
    Su madre había muerto.
    Ya no había dentro de ella ninguna duda. Tampoco la posibilidad de echarse atrás.
    Se daría a sí misma un año. Para elaborar el dolor, para hacer todos los preparativos. Pero no más.
    Volvió a salir al balcón. Fumó un cigarrillo contemplando la ciudad que ya había despertado. La lluvia se estaba acercando desde el mar.
    Poco después de las siete se acostó.
    Era la mañana del 20 de agosto de 1993.

Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 17-20

Casa de citas / Henning Mankell / Una quinta mujer


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Henning Mankell
UNA QUINTA MUJER

La quinta mujer, Henning Mankell | Blogs Clubs Lectura das ...   Después tampoco pudo recordar mucho de lo que había pasado. La mujer que yacía en la cama, con una sábana blanca por encima, tal vez tenía el cabello gris. La había visto borrosamente porque la luz que entraba de la calle era muy pálida. Se había despertado en el mismo instante en que él levantó la sábana. Pero no tuvo tiempo de gritar ni de entender lo que pasaba antes de que él, de un solo tajo, le cortara el cuello y diera rápidamente un paso atrás para que la sangre no le salpicara. Luego se dio la vuelta y regresó al pasillo. Todo había ocurrido en menos de medio minuto. En alguna parte de su interior habían sonado los segundos. Estaban a punto de abandonar el pasillo cuando uno de los hombres dijo algo en voz baja. Durante un instante el jefe se quedó petrificado como si no supiese qué hacer.
    Había otra mujer en una de las habitaciones. Una quinta mujer.
    No tenía que haber estado allí. Era forastera. Tal vez estaba sólo de visita.
    Pero era también extranjera. El hombre que la había descubierto lo había comprobado.
    El jefe entró en la habitación. Tras él, Farid vio que la mujer se había encogido en la cama. Su miedo le produjo malestar. En la otra cama yacía una mujer muerta. La blanca sábana estaba empapada en sangre.
    El jefe sacó su cuchillo del bolsillo y le cortó el cuello también a la quinta mujer.
    A continuación abandonaron la casa tan subrepticiamente como habían llegado. El coche les esperaba en la oscuridad. Al amanecer ya habían dejado muy atrás El Qued y a las cinco mujeres muertas.
    Era el mes de mayo de 1993.

Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 16-17

Casa de citas / Henning Mankell / La misión sagrada

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Henning Mankell
LA MISIÓN SAGRADA

La quinta mujer, Henning Mankell | Blogs Clubs Lectura das ...La noche en que salieron para llevar a cabo su misión sagrada reinaba una gran tranquilidad.
    El que se llamaba Farid y era el más joven de los cuatro hombres pensó después que ni siquiera los perros habían hecho el menor ruido. Habían estado envueltos por la tibia noche y el viento que llegaba acariciante en débiles ráfagas desde el desierto era casi imperceptible. Luego esperaron la caída de la noche. El coche que les había llevado por el largo camino desde Argel hasta el lugar de encuentro en Dar Aziza era viejo y tenía mala suspensión. Dos veces tuvieron que interrumpir el viaje. La primera vez, para arreglar un pinchazo en la rueda trasera de la izquierda. Para entonces no habían hecho ni siquiera la mitad del camino. Farid, que nunca antes había salido de la capital, se había sentado a la sombra de un bloque de piedra junto a la carretera y contemplaba asombrado los notables cambios del paisaje. El neumático, cuya cubierta de goma estaba reventada y gastada, se había roto enseguida, casi al norte de Bou Saada. Llevó mucho tiempo soltar las oxidadas tuercas y montar la rueda de recambio. Farid había comprendido por la conversación en voz baja de los otros que iban a retrasarse y que por eso no iban a tener tiempo de parar a comer. Luego el viaje continuó. Justo a las afueras de El Qued el motor se paró. Tardaron más de una hora en localizar la avería y en repararla pasablemente. Su líder, un hombre pálido de unos treinta años, con barba oscura y unos ojos brillantes que sólo los que viven la vocación del Profeta pueden tener, apremiaba con encolerizados chillidos al chofer, que sudaba sobre el recalentado motor. Farid no sabía su nombre. Por razones de seguridad no sabía quién era ni de dónde había venido.
    Tampoco sabía cómo se llamaban los otros dos hombres. Sólo sabía su propio nombre.
    Luego continuaron, la oscuridad ya había caído sobre ellos y sólo tenían agua para beber, nada para comer.
    Cuando por fin llegaron a El Qued la noche era, pues, muy serena.
    Se detuvieron en alguna parte dentro del laberinto de calles cerca de un mercado. En cuanto se bajaron, el coche desapareció. Después, desde algún lugar se desprendió de las sombras un quinto hombre y les guió hacia otro sitio.
    Fue precisamente entonces, mientras se apresuraban en la oscuridad a lo largo de calles desconocidas, cuando Farid empezó a pensar en serio en lo que pronto iba a suceder.
    Con la mano podía tocar el cuchillo de filo ligeramente curvo que llevaba en una funda en las profundidades de uno de los bolsillos del caftán.
    Había sido su hermano, Rachid ben Mehidi, el que primero habló con él de los extranjeros. Durante las noches tibias habían estado sentados en el tejado de la casa de su padre mirando las resplandecientes luces de Argel. Farid ya sabía entonces que Rachid ben Mehidi estaba profundamente comprometido con la lucha para convertir a su país en un estado islámico que no obedeciera a otras leyes que las prescritas por el Profeta. Todas las noches hablaba con Farid de la importancia de expulsar del país a los extranjeros. Farid se había sentido halagado de que su hermano dedicara tiempo a discutir de política con él. A pesar de que al principio no comprendía todo lo que decía. Fue sólo más tarde cuando se dio cuenta de que Rachid tenía otra razón muy diferente para dedicarle tanto tiempo. Quería que el propio Farid participase en la expulsión de los extranjeros.
    Esto había ocurrido hacía más de un año. Y ahora, cuando Farid iba con los otros hombres vestidos de negro por las estrechas y oscuras callejuelas en las que el cálido aire nocturno parecía completamente inmóvil, iba camino de cumplir el deseo de Rachid. Los extranjeros iban a ser expulsados. Pero no serían escoltados hasta los puertos o los aeropuertos. Serían asesinados. Los que aún no habían venido al país preferirían así quedarse donde estaban.
    «Tu misión es sagrada», había repetido constantemente Rachid. «El Profeta estará contento. Tu porvenir será muy brillante cuando hayamos transformado este país según sus deseos».
    Farid palpó el cuchillo en el bolsillo. Se lo había entregado Rachid la noche anterior, cuando se despidieron en el tejado. Tenía una hermosa empuñadura de marfil.
    Se detuvieron al llegar a las afueras de la ciudad. Las calles se abrían a una plaza. El cielo estrellado sobre sus cabezas era muy claro. Estaban en las sombras junto a una casa de ladrillo con las persianas bajadas delante de las tiendas. Al otro lado de la calle había un gran chalet de piedra tras una alta verja de hierro. El hombre que les había llevado hasta allí desapareció sin ruido entre las sombras. Volvían a ser sólo cuatro. Todo estaba muy tranquilo. Farid no había experimentado nunca nada igual. En Argel no había nunca tanto silencio. Durante los diecinueve años de su vida nunca se había encontrado en un silencio tan denso como entonces.
    Ni siquiera los perros, pensó. Ni siquiera los perros que están aquí en la oscuridad, puedo oír.
    Había luz en algunas ventanas del chalet de enfrente. Un autobús con los focos rotos y vacilantes pasó traqueteando por la calle. Después volvió a quedarse todo en silencio.
    Una de las luces de las ventanas se apagó. Farid trató de calcular el tiempo. Quizás habían estado esperando una media hora. Tenía mucha hambre puesto que no había comido nada desde muy temprano por la mañana. El agua de las dos botellas también se había acabado. Pero no quería pedir más. El hombre que les dirigía se pondría furioso. Iban a realizar una misión sagrada y se le ocurría pedir agua.
    Se apagó otra luz. Poco después, la última. La casa de enfrente estaba ahora a oscuras. Siguieron esperando. Luego, el líder hizo un gesto y cruzaron la calle corriendo. Junto a la verja había un viejo guarda sentado durmiendo. Tenía una porra de madera en la mano. El jefe le dio una patada. Cuando el guarda se despertó, Farid vio cómo el jefe le ponía un cuchillo en la cara y le susurraba algo al oído. Aunque la luz de la calle era escasa, Farid pudo ver el miedo en los ojos del viejo guarda. Luego se levantó y se fue de allí cojeando con las piernas agarrotadas. La verja crujió débilmente cuando la abrieron y se deslizaron en el jardín. Olía intensamente a jazmín y a alguna especia que Farid reconocía; pero cuyo nombre no recordaba. Todo seguía muy tranquilo. En un letrero que estaba junto a la alta puerta de la casa había un texto: ORDEN DE LAS HERMANAS CRISTIANAS . Farid trató de pensar qué podía significar. En ese preciso instante sintió una mano en su hombro. Dio un respingo. Era el jefe quien le tocaba. Por primera vez habló, en voz baja, para que ni siquiera el viento nocturno pudiera oír lo que se dijera.
    —Somos cuatro —dijo—. Dentro de la casa hay también cuatro personas. Duermen, una en cada habitación. Están a ambos lados de un pasillo. Son viejas y no opondrán resistencia.
    Farid miró a los dos hombres que estaban a su lado. Eran unos años mayores que él. De pronto Farid tuvo la seguridad de que ya habían participado en acciones anteriores. El único nuevo era él. Sin embargo no sintió la menor inquietud. Rachid le había prometido que, lo que hacía, lo hacía por el Profeta.
    El jefe le miró como si hubiera leído sus pensamientos.
    —En esa casa viven cuatro mujeres —dijo a continuación—. Todas son extranjeras que se han negado a abandonar voluntariamente nuestro país. Por eso han elegido la muerte. Además, son cristianas.
    «Voy a matar a una mujer», pensó Farid rápidamente. Rachid no le había dicho nada de eso.
    De ello sólo podía haber una explicación.
    No importaba. Daba igual.
    Luego, entraron en la casa. La puerta de acceso tenía una cerradura que se abrió fácilmente con la hoja de un cuchillo. Allí dentro, en lo oscuro, donde hacía mucho calor porque el aire estaba en completa quietud, encendieron linternas y subieron con sigilo la amplia escalera que recorría la casa. En el pasillo del piso superior, colgaba del techo una única bombilla. Todo seguía en absoluto silencio. Ante ellos había cuatro puertas cerradas. Ya habían sacado los cuchillos. El jefe señaló las puertas e hizo un gesto con la cabeza. Farid sabía que ahora no podía dudar. Rachid había dicho que todo tenía que suceder muy deprisa. Debía evitar mirar a los ojos. Debía mirar solamente la garganta y luego cortar, con dureza y decisión.


Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 13-16


domingo, 3 de mayo de 2020

Casa de citas / Henning Mankell / El poeta

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Henning Mankell
EL POETA

    
Poco después de las diez de la noche se dio al fin por satisfecho con el poema.
    Las últimas estrofas habían sido difíciles de escribir y le habían llevado mucho tiempo. Había tratado de encontrar una expresión melancólica que fuera al mismo tiempo hermosa. Varios borradores fueron a parar a la papelera. En dos ocasiones estuvo a punto de dejarlo. Pero ahora tenía el poema sobre la mesa. Era su elegía al pico mediano, un ave en vías de extinción en Suecia y que no se había vuelto a ver en el país desde los años ochenta. Otra ave más camino de ser desalojada por el hombre.
    Se levantó del escritorio y estiró la espalda. Cada año le resultaba más difícil pasar mucho tiempo sentado con sus escritos.
    «Un hombre viejo como yo ya no debe escribir versos», pensó. «A los setenta y ocho años los pensamientos de uno apenas tienen ya valor para nadie más que para sí mismo». Pero sabía que eso no era cierto. Que era sólo en occidente donde se miraba a los ancianos con condescendencia o con despreciativa compasión. En otras culturas la vejez era respetada como el tiempo de la lúcida sabiduría. Seguiría escribiendo versos mientras viviera. Mientras tuviera fuerzas para coger una pluma y su cabeza estuviera tan clara como ahora. No sabía hacer otra cosa. Ya no. Antes había sido un buen vendedor de coches. Tan bueno que había dejado atrás a otros vendedores. Tenía, con razón, fama de ser duro y difícil en las discusiones y los negocios. Y por supuesto que había vendido coches. En sus buenos tiempos había tenido sucursales en Tomelilla y en Sjöbo. Pudo reunir una fortuna lo bastante grande para vivir como vivía.
    Y sin embargo, eran los versos lo único que significaba algo. Todo lo demás eran necesidades superficiales. Los versos que estaban allí, en la mesa, le producían una satisfacción que no sentía apenas de otro modo.
    Corrió las cortinas de las grandes ventanas que daban a los campos que se ondulaban suavemente bajando hacia el mar, que estaba en alguna parte más allá del horizonte. Luego se acercó a la librería. Nueve poemarios había publicado durante su vida. Allí estaban, juntos. Ninguno de ellos había vendido más que pequeñas ediciones. Trescientos ejemplares, algo más tal vez. Los que habían sobrado estaban en cajas, abajo en el sótano. Pero no es que los hubiera desterrado él allí. Seguían siendo su orgullo. Sin embargo, había decidido tiempo atrás que un día los quemaría. Sacaría las cajas al patio y les aplicaría una cerilla. El día en que recibiera su sentencia de muerte, de la boca de un médico o por su propia intuición de que no le quedaba mucha vida por delante, se desharía de los delgados fascículos que nadie había querido comprar. No dejaría que nadie los tirase a la basura.
    Contempló los libros que estaban en los estantes. Toda su vida había leído poesía. Había aprendido muchos poemas de memoria. Tampoco se hacía ilusiones. Sus poemas no eran los mejores que se habían escrito. Pero tampoco eran los peores. En cada uno de los poemarios, aparecidos con un intervalo de aproximadamente cinco años desde finales de 1940, había estrofas que podían medirse con cualquiera. Pero él había sido vendedor de coches, no poeta. Sus poemas no habían sido reseñados en las páginas de cultura. No había recibido ninguna distinción literaria. Además, había costeado él mismo la edición de sus libros. El primer poemario que terminó lo envió a las grandes editoriales de Estocolmo. Finalmente, se lo devolvieron con breves notas impresas de rechazo. Un redactor, sin embargo, se había tomado la molestia de hacer un comentario personal diciendo que nadie podía tener interés en leer poemas que, al parecer, no trataban más que de pájaros. «La vida interior del aguzanieves no interesa», le escribió.
    Después de aquello, no volvió a dirigirse a las editoriales.
    Se había costeado sus ediciones él mismo. Cubiertas sencillas, texto negro sobre fondo blanco. Nada caro. Las palabras escritas entre las cubiertas eran lo único que importaba. Pese a todo, eran muchos los que, al cabo de los años, habían leído sus poemas. Muchos habían manifestado también su aprecio.
    Y ahora había escrito un nuevo poemario. Sobre el pico mediano, el hermoso pájaro que ya no se podía ver en Suecia.
    «Poeta de pájaros», pensó.
    «Casi todo lo que he escrito trata de pájaros. De aleteos, ruidos nocturnos, reclamos aislados en la lejanía. En el mundo de las aves he vislumbrado los secretos más profundos de la vida».
    Volvió al escritorio y cogió el papel. La última estrofa había salido bien por fin. Dejó caer el papel sobre la mesa. Sintió una punzada de dolor en la espalda al seguir andando por la gran habitación. ¿Estaría enfermando? Cada día se paraba a detectar señales de que su cuerpo había empezado a fallarle. Toda su vida se había mantenido en buena forma. Nunca había fumado, había sido sobrio con la comida y la bebida. Ello le había proporcionado una buena salud. Pero pronto cumpliría ochenta años. El final de su vida se acercaba cada vez más. Fue a la cocina y se sirvió una taza de café de la cafetera, que estaba siempre puesta. El poema que había escrito le llenaba de melancolía y de alegría a un tiempo.
    «El otoño de la edad», pensó. «Un nombre que le va bien. Todo lo que escribo puede ser lo último. Y estamos en septiembre. Es otoño. Tanto en el calendario como en mi vida».
    Cogió la taza de café y volvió al cuarto de estar. Se sentó con cuidado en una de las butacas de piel marrón que le habían acompañado durante más de cuarenta años. Las había comprado para celebrar su triunfo cuando obtuvo la representación de Volkswagen para el sur de Suecia. En una mesita junto al brazo del sillón estaba la fotografía de Werner, el pastor alemán que más echaba de menos de todos los perros que había tenido a lo largo de su vida. Hacerse viejo era quedarse solo. Las personas que han llenado la vida de uno se han ido muriendo. Al final, también los perros desaparecían en las tinieblas. Pronto sólo iba a quedar él. En un determinado momento de la vida, todas las personas estaban solas en el mundo. Sobre ese pensamiento había tratado de escribir un poema hacía poco. Pero no le había salido. ¿Tal vez debía intentarlo de nuevo ahora que había terminado la elegía sobre el pico mediano? Pero él sabía escribir sobre pájaros, no sobre personas. A los pájaros se les podía entender. Las personas eran casi siempre incomprensibles. ¿Se había entendido alguna vez a sí mismo siquiera? Escribir poemas sobre lo que no entendía sería como meterse en un terreno prohibido.
    Cerró los ojos y se acordó de pronto de la pregunta de las diez mil coronas, a finales de los años cincuenta, o tal vez a principios de los sesenta. La imagen de la tele era todavía en blanco y negro. Un hombre joven se había presentado al concurso sobre el tema «Pájaros». Un hombre joven, bizco y muy repeinado. Había contestado a todas las preguntas y recibido un cheque por la, en aquella época, enorme cantidad de diez mil coronas.
    Él no había estado en el estudio de la televisión, en la jaula insonorizada con los auriculares en las orejas. Él estaba justamente en este mismo sillón. Pero también había sabido todas las respuestas. Ni si quiera hubiera necesitado pedir más tiempo para pensar. Pero a él nadie le había dado diez mil coronas. Nadie sabía de sus enormes conocimientos sobre pájaros. Él había seguido escribiendo sus poemas. Salió de sus ensoñaciones con un respingo. Un ruido había captado su atención. Prestó oídos en la habitación a oscuras. ¿Andaba alguien por el patio?
    Desechó la idea. Eran sólo figuraciones. Hacerse viejo significaba entre otras muchas cosas que uno se inquietaba por nada. Tenía buenas cerraduras en las puertas. En su habitación, en el piso de arriba, tenía una escopeta de perdigones, y una pistola a mano en un cajón de la cocina. Si algún intruso llegaba a su aislada finca, situada justo al norte de Ystad, estaba en condiciones de defenderse. Y no dudaría en hacerlo.
    Se levantó del sillón. Sintió otra punzada en la espalda. El dolor iba y venía en oleadas. Dejó la taza de café en la encimera de la cocina y miró su reloj de pulsera. Casi las once. Era hora de salir. Miró con los ojos entrecerrados el termómetro de la parte de fuera de la ventana de la cocina y vio que la temperatura era de siete grados sobre cero. La presión atmosférica estaba subiendo. Un viento suave procedente del suroeste soplaba sobre Escania. Se daban las condiciones ideales, pensó. Esta noche pasarían bandadas de aves en dirección sur. Las voladoras de grandes distancias pasarían a millares con alas invisibles sobre su cabeza. Él no podría verlas. Pero sí sentirlas en la oscuridad, muy en lo alto. Durante más de cincuenta años se había pasado una incalculable cantidad de noches de otoño en los campos, sólo para poder experimentar la sensación de que las bandadas nocturnas estaban allí, sobre él.
    Es todo un cielo el que se traslada, pensaba muchas veces. Orquestas sinfónicas completas de silenciosas aves canoras que emigran ante el invierno que se acerca, en dirección a países más cálidos. Muy dentro de sus genes llevan el instinto de partir. Y su insuperable capacidad de navegar según las estrellas y los campos magnéticos las guía siempre con acierto. Buscan los vientos favorables, han almacenado sus capas de grasa, están en condiciones de mantenerse en el aire horas y horas.
    Todo un cielo, vibrante de alas, se va a su peregrinación de todos los años. Bandadas de pájaros hacia La Meca.
    ¿Qué es un hombre comparado con un ave migratoria nocturna? ¿Un hombre viejo y solo, pegado a la tierra? Y allá, muy en lo alto, todo un cielo que se va.
    Pensaba con frecuencia que era como realizar un acto religioso. Su propia misa solemne otoñal, estar allí en la oscuridad sintiendo cómo se iban las aves migratorias. Y luego, a la llegada de la primavera, estar allí también para recibirlas.
    Las bandadas nocturnas eran su religión.
    Fue al vestíbulo y se quedó de pie con la mano en el perchero. Luego volvió al cuarto de estar y se puso el jersey que estaba en un taburete junto al escritorio.
    Hacerse viejo significaba, además de todos los otros achaques, que también se empezaba a tener frío antes.
    Contempló una vez más el poema terminado en la mesa. La elegía al pico mediano. Había salido finalmente como él quería. Tal vez iba a vivir lo bastante para poder reunir los poemas suficientes para un décimo y último libro de poesía. Ya se podía figurar el título: «Misa solemne en la noche».
    Fue de nuevo al vestíbulo, se puso la cazadora y se encajó una gorra de visera bien baja sobre la frente. Luego abrió la puerta exterior. El aire del otoño estaba lleno de olor a tierra húmeda. Cerró la puerta tras de sí y dejó que los ojos se fuesen acostumbrando a la oscuridad. El jardín estaba desierto. A distancia se adivinaba un reflejo de la iluminación de Ystad. Por lo demás, vivía tan lejos de su vecino más próximo que sólo le rodeaban las tinieblas. El cielo estrellado estaba casi completamente despejado. Nubes aisladas se vislumbraban en el horizonte.
    Era una noche en la que las bandadas de aves iban a pasar sobre su cabeza.
    Echó a andar. La finca donde vivía era antigua, constaba de tres cuerpos. El cuarto se había quemado una vez a principios de siglo. Había conservado el canto rodado que había en el patio. Había invertido mucho dinero en hacer una profunda y continua renovación de su finca. A su muerte legaría todo a la asociación Kulturen, de Lund. No se había casado, no tenía hijos. Había vendido coches y se había hecho rico. Había tenido perros. Y luego habían estado los pájaros sobre su cabeza.
    «No me arrepiento de nada», pensó mientras seguía el sendero que le llevaba a la torre que él mismo había construido y donde acostumbraba a mirar las aves nocturnas. «No me arrepiento de nada puesto que carece de sentido arrepentirse».
    Era una hermosa noche de septiembre.
    Y sin embargo había algo que le desazonaba.
    Se detuvo a escuchar en el sendero. Pero todo lo que se oía era el débil susurro del viento. Siguió andando. ¿Era tal vez el dolor lo que le desazonaba? ¿Los pinchazos repentinos en la espalda? La inquietud nacía de su interior.
    Se detuvo de nuevo y se volvió. No había nada. Estaba solo. El sendero iba cuesta abajo. Luego llegaría a un montículo. Delante del montículo había una gran zanja en la que había colocado una pasarela. En lo alto del montículo estaba la torre. Desde la puerta exterior de la casa, eran exactamente doscientos cuarenta y siete metros. Se preguntó cuántas veces habría recorrido aquel sendero. Se sabía todos los recodos, todos los hoyos. Y sin embargo iba despacio y con cuidado. No quería correr el riesgo de caerse y romperse una pierna. El esqueleto de los viejos es frágil. Eso lo sabía. Si le ingresaban en un hospital con rotura de fémur se moriría porque no podría soportar estar acostado sin hacer nada en una cama de hospital. Empezaría a pensar en su vida. Y entonces no habría nada que pudiera salvarle.
    Se paró de repente. Un búho gritó. En algún lugar, cerca, se quebró una rama. El ruido había llegado de la arboleda de más allá del montículo de la torre. Permaneció inmóvil con todos los sentidos alerta. El búho volvió a gritar. Luego se quedó todo de nuevo en silencio. Masculló, descontento de sí mismo, cuando siguió andando.
    «Viejo y nervioso», pensó. «Con miedo a los fantasmas y a la oscuridad».
    Ahora ya podía ver la torre. Una sombra negra que se perfilaba contra el cielo de la noche. Veinte metros más y estaría en la pasarela que llevaba sobre la honda zanja. Siguió andando. No se volvió a oír al búho. Un cárabo, pensó.
    Sin ninguna duda, era un cárabo.
    De pronto se paró en seco. Había llegado a la pasarela que estaba sobre la zanja.
    Era algo en la torre de la loma. Algo que era diferente. Entrecerró los ojos para poder distinguir detalles en la oscuridad. No podía decir de qué se trataba. Pero algo había cambiado.
    «Figuraciones mías», pensó. «Todo está igual. La torre que construí hace diez años no ha cambiado. Son mis ojos, que se han vuelto turbios. Sólo eso» Dio unos pasos más, entró en la pasarela y sintió los tablones de madera bajo los pies. Siguió contemplando la torre.
    «No está igual», pensó. «De no saberlo, hubiera creído que se había hecho un metro más alta desde ayer noche. O que todo es un sueño. Que me estoy viendo a mí mismo allá arriba en la torre».
    En el mismo instante en que tuvo ese pensamiento, se dio cuenta de que era verdad. Había alguien arriba, en la torre. Una sombra inmóvil. Un ramalazo de miedo pasó por él como una ráfaga. Luego se enfureció. Alguien se había metido en sus propiedades, se había subido a su torre sin haberle pedido permiso. Probablemente era un cazador furtivo, al acecho de alguno de los venados que solían andar por el bosquecillo, al otro lado de la colina. Le parecía difícil imaginar que se tratara de otro observador de pájaros.
    Le gritó a la sombra de la torre. No hubo respuesta, no hubo movimiento. De nuevo se sintió inseguro. Tenían que ser sus ojos, que estaban turbios y le engañaban.
    Volvió a gritar sin obtener respuesta. Luego echó a andar por la pasarela.
    Cuando las tablas se quebraron cayó de cabeza. La zanja tenía más de dos metros de profundidad. Cayó de bruces y no tuvo tiempo de extender las manos para apoyarse.
    Luego sintió un dolor punzante. No procedía de ninguna parte y le atravesaba por completo. Era como si alguien aplicase hierros candentes en diferentes puntos de su cuerpo. El dolor era tan fuerte que ni siquiera fue capaz de gritar. Justo antes de morir se dio cuenta de que no había llegado al fondo de la zanja. Se había quedado colgando de su propio dolor.
    En lo último que pensó fue en los pájaros nocturnos que pasaban en bandadas por algún sitio muy por encima de él.
    El cielo que se movía hacia el sur.
    Por última vez intentó librarse del dolor.
    Luego se acabó.
    Eran las once y veinte, la noche del 21 de septiembre de 1994.
    Precisamente esa noche pasaron grandes bandadas de tordos y de zorzales en dirección sur.
    Venían del norte y volaban en una línea recta hacia el suroeste sobre el balneario de Falsterbo, camino del calor que les esperaba allá lejos.
  

*

  Cuando todo quedó en silencio, bajó cautelosamente la escalera de la torre. Iluminó la zanja con su linterna. El hombre que se había llamado Holger Eriksson estaba muerto.
    Apagó la lámpara y permaneció inmóvil en la oscuridad. Luego se alejó de allí con rapidez.

Henning Mankell
La quinta mujer
Tusquets Editores, Barcelona, 2003, pp. 23-29




miércoles, 4 de octubre de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / La quinta mujer




Triunfo Arciniegas
La quinta mujer
Bogotá, 2 de octubre de 2017

Pensaba viajar con La quinta mujer, de Henning Mankell, pero en realidad lo hice rodeado de nueve argentinos, por lo menos nueve, que dijeron pendejadas y se rieron durante todo el vuelo. Entre los veinte y los cuarenta, todos con el pelo corto, algunos con estilo militar y uno pintado de rubio. Al final del vuelo, me di cuenta que eran muchos más,  unos veinte, diría, aunque no sé si todos argentinos. Fuera del avión, a una sola voz y haciendo palmas, pidieron el desayuno. Se tomaron una foto haciendo poses, algunos torciendo la boca, otros haciendo la v de la victoria con los dedos, absolutamente infantiles. Me alejé con el consuelo de que nunca más los veré, ni en la vida real ni en una cancha: no me apasiona el fútbol, por suerte. ¿No es una idea ridícula pasarse la vida persiguiendo una pelota?