Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Erica Jong. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Erica Jong. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de julio de 2025

Erica Jong / Breve tratado de la fama y la gloria

 


Erica Jong
BREVE TRATADO DE LA FAMA Y LA GLORIA

    Se imprimió el artículo tal y como lo escribí. Horst lo tradujo fielmente. Pensé que la ciudad de Heidelberg ardería, pero los escritores exageran en gran medida la importancia de su trabajo. Nada sucedió. Algunos de mis conocidos hicieron observaciones irónicas sobre lo mucho que me entregaba a mi tarea. Eso fue todo, Me pregunté si alguien llegó siquiera a leer el Heidelberg Alt und Neu . Probablemente, no. Mis artículos equivalían a mandar cartas durante una huelga de correos o a escribir un diario secreto. Sentía como si abriera la historia de par en par, pero nadie pestañeaba siquiera. Todo aquel Sturm und Drang caía en el silencio. Era casi como publicar poesía.


Erica Jong
Miedo a volar
Círculo de Lectores, Bogotá, 1984, p. 86




jueves, 10 de julio de 2025

Erica Jong / Casa de citas / Tomates

 


Erica Jong
TOMATES

En Pascua, buscábamos huevos pintados, pero no celebrábamos la resurrección de Cristo; celebrábamos «el equinoccio vernal», el renacimiento de la vida, los ritos de la primavera. Escuchando a mi madre, uno podía creer que éramos unos druidas.
    —¿Qué le pasa a la gente cuando se muere?
    —No mueren en realidad —decía mi madre—. Vuelven a la tierra y al cabo de poco nacen de nuevo como hierba o quizás, incluso, como tomates.
    Esto resultaba extraño e inquietante. Quizá fuera bastante tranquilizador oírla decir «no mueren en realidad», pero ¿quién deseaba ser un tomate ? ¿Era ese mi destino? ¿Convertirse en un tomate con todas aquellas semillas despachurradas?
    Pero tomates o no, era la única religión que tuve.


Erica Jong
Miedo a volar
Círculo de Lectores, Bogotá, 1984, pp. 72-73



Erica Jong / Vuelos




Erica Jong
VUELOS

Había 117 psicoanalistas en el vuelo de la Pan Am a Viena, y yo había sido paciente por lo menos de seis de ellos. Y me había casado con el séptimo. Sólo Dios sabe si era un tributo a la ineptitud de los psicos o a mi propia condición de inanalizable, pero me sentía, si es que algo sentía, más aterrorizada por volar ahora que cuando principié mis aventuras analíticas unos trece años antes.
    Mi marido me asió la mano en forma terapéutica en el momento del despegue.
    —Cielos… Como el hielo —dijo.
    Ya podía conocer los síntomas puesto que me había sostenido la mano en muchos otros vuelos. Mis dedos (de manos y pies) se hielan, el estómago me da un brinco en la caja torácica, la temperatura de la punta de mi nariz desciende al mismo nivel de la temperatura de mis dedos, mis pezones se yerguen y saludan dentro de mi sujetador (o, en este caso, vestido, puesto que no llevaba sujetador) y por un minuto de los de chillar se establece una correspondencia entre mi corazón y el motor mientras intentamos demostrar una vez más que las leyes de la aerodinámica no son las endebles supersticiones que, en el fondo de mi corazón, sé que son. Nada importan las diabólicas explicaciones del plano de sustentación que te procura la multilingüe INFORMACIÓN PARA LOS PASAJEROS de Pan Am, sucede que estoy convencida de que sólo mi propia concentración (y la de mi madre, quien parece que siempre espera que sus hijas mueran en un accidente aéreo) mantiene el pájaro en el aire. Me felicito por cada despegue coronado por el éxito, pero no de una manera muy entusiasta porque también forma parte de mi religión personal en que al momento en que uno siente excesiva confianza y se relaja sinceramente respecto al vuelo, el avión se estrella al instante. Mi divisa es vigilancia continua. Un estado de ánimo de precavido optimismo debe prevalecer. De hecho, mi estado de ánimo se puede calificar como precavido pesimismo. Muy bien, me digo, parece que ya no estamos en el suelo sino entre las nubes, pero el peligro no ha pasado. En realidad, ésta es la parcela de aire más peligrosa. En este momento mismo nos encontramos sobre la bahía de Jamaica, donde el avión se ladea y da vueltas y desaparece el cartel de «No fumar». Puede muy bien ser el lugar por el que bajemos chillando en centenares de pedazos llameantes. Por lo tanto, sigo concentrándome profundamente, ayudando al piloto (una voz muy tranquilizadora del medioeste llamado Donnelly) a que vuele este puñetero avión de 250 pasajeros. Demos gracias a Dios por su corte de pelo y su acento del centro de los Estados Unidos. Siendo yo neoyorquina, jamás confiaría en un piloto con acento de Nueva York.


Erica Jong
Miedo a volar
Círculo de Lectores, Bogotá, 1984, pp. 15-16




Casa de citas / Erica Jong / 117 sicoanalistas

 



Erica Jong

117 SICOANALISTAS

Había 117 psicoanalistas en el vuelo de la Pan Am a Viena, y yo había sido paciente por lo menos de seis de ellos. Y me había casado con el séptimo.


Erica Jong
Miedo a volar
Círculo de Lectores, Bogotá, 1984, p. 15





117 PSYCHOANALYSTS
by Erica Jong

There were 117 psychoanalysts on the Pan Am flight to Vienna and I’d been treated by at least six of them. And married a seventh. 


Fear of flying by Erica Jong