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sábado, 17 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Los tres cerditos

 

Anna y Elena Balbusso


Emmanuel Carrère

LOS TRES CERDITOS


Disponemos de dos elementos para reconstruir el resto de ese día.
 El primero es un vídeo que puso en marcha en el magnetoscopio, en lugar de Los tres cerditos .
    Durante ciento ochenta minutos, grabó encima fragmentos de programas emitidos por la decena de cadenas que captaba por vía satélite: variedades y deportes, lo habitual de una tarde televisiva de domingo, pero cortados por un zapping frenético, un segundo en una cadena, dos segundos en otra.
    El conjunto constituye un caos tétrico e insoportable que los investigadores, sin embargo, se obligaron a ver. Llevaron su celo hasta el extremo de identificar cada una de las micro secuencias y, viendo los programas de cada una de las cadenas emisoras, establecer la hora exacta de la grabación. De ello se deduce que permaneció sentado en el sofá, jugando con el mando a distancia, desde las 13.10 a las 16.10, pero también que, cuando empezó a grabar, el vídeo estaba en la mitad de su metraje. Al llegar al final, tuvo buen cuidado de rebobinarlo y grabar encima de toda la primera parte, zappineando, lo que parece indicar que quería borrar una grabación anterior. Como dijo que no se acordaba de nada a ese respecto, sólo podemos hacer conjeturas. La más probable es que se tratase de imágenes de Florence y los niños: vacaciones, cumpleaños, felicidad familiar. No obstante, durante un interrogatorio referente a sus compras en los sex-shops y los vídeos pornográficos que veía a veces, según él, con su mujer, añade que incluso alguna vez había filmado con su propia cámara los retozos sexuales de ellos mismos. No queda rastro de la cinta, si es que existió alguna vez, y el juez se preguntó si no serían estas imágenes las que había destruido tan metódicamente el último día. Él dice que no, no lo cree.
    Por otra parte, las relaciones detalladas de France Telecom muestran que entre las 16.13 y las 18.49 llamó nueve veces al número de Corinne. La duración de estas llamadas, iguales y breves, confirma que se limitó a escuchar nueve veces seguidas la voz grabada del contestador. La décima vez, ella descolgó y hablaron trece minutos. Los recuerdos de ambos sobre esta conversación coinciden. Ella había pasado un día espantoso, estaba muy trastornada, le dolían todavía las quemaduras, y él simpatizaba, comprendía, se disculpaba, hablaba de su propio estado depresivo. En atención a este estado y a su enfermedad, ella no quería denunciarle a la policía, como habría hecho, recalcaba, cualquier persona sensata, pero era necesario que él viese urgentemente a alguien, que hablase con Kouchner o con quien quisiera, y sobre todo que cumpliera su promesa de ir a sacar, a la mañana siguiente, su dinero del banco. Él juró que iría en cuanto abrieran.
    No había subido al piso de arriba desde su regreso, pero sabía lo que vería allí. Había extendido meticulosamente los edredones, pero sabía lo que había debajo. Al caer la noche, comprendió que la hora de morir, tanto tiempo postergada, había llegado. Dijo que había comenzado los preparativos acto seguido, pero se equivoca: se demoró aún un rato. Hasta antes de medianoche, y más bien, según el peritaje, hasta eso de las tres de la mañana, no esparció el contenido de los bidones que había comprado y llenado de gasolina en el supermercado Continente, primero por el desván, luego sobre los niños, sobre Florence y por la escalera. Más tarde se desvistió y se puso el pijama. Un poco antes de las cuatro prendió fuego primero al desván, luego a la escalera, por último al cuarto de los niños, y entró en el suyo. Habría sido más seguro tomar los barbitúricos de antemano, pero debió de olvidarlos o perderlos, porque echó mano de un frasco de Nembutal que guardaba desde hacía diez años en el fondo del botiquín. En aquella época había pensado servirse del fármaco para dulcificar la agonía de uno de sus perros, pero no había sido necesario. Más tarde había pensado en tirar el frasco, porque la fecha de caducidad estaba sobrepasada con creces. Debió de pensar que de todos modos surtiría efecto y, mientras los basureros que habían advertido el incendio del tejado, durante su ronda matutina, empezaban a tamborilear abajo, él ingirió una veintena de cápsulas. Los plomos saltaron, el humo comenzaba a invadir la habitación. Empujó algunas prendas de vestir contra la parte inferior de la puerta, para aislarla, y luego quiso tumbarse al lado de Florence, quien, bajo el edredón, parecía dormida. Pero veía mal, le picaban los ojos, todavía no había prendido el fuego en la alcoba y los bomberos, cuya sirena asegura no haber oído, habían llegado ya. Como no conseguía respirar, se arrastró hasta la ventana y la abrió. Los bomberos oyeron crujir el postigo. Desplegaron su escalera para socorrerle. Él perdió el conocimiento.

Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 136-138

viernes, 16 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Corinne y el collar

 

Woman with necklace, 
Red Tweny,


Emmanuel Carrère

CORINNE Y EL COLLAR


Como había dicho a Corinne que haría lo posible por asistir a la misa con ella y sus hijas, durante el viaje no paró de mirar su reloj y el número de kilómetros que faltaban para París. Recuerda que antes de entrar en la autopista, en la carretera comarcal de Lons-le-Saunier, donde hay muchos badenes, condujo imprudentemente, lo que nunca hacía. Era sábado por la tarde: se impacientó en el peaje, donde la fila avanzaba lentamente, y luego en el periférico [5] . Pensaba que tardaría un cuarto de hora entre la puerta de Orléans y la puerta de Auteuil, pero tardó tres. La misa no se celebraba en la nave de la iglesia, sino en una capilla subterránea cuya entrada le costó encontrar. Como llegó tarde, permaneció al fondo y no fue a comulgar: de eso estaba seguro, porque si hubiese comulgado, a continuación se habría ido a sentar al lado de Corinne. En vez de eso, salió el primero y las esperó fuera. Besó a las dos niñas, a las que no había visto desde hacía más de un año, y subieron los cuatro a casa de Corinne. Romand charló con la canguro. Mientras su madre se maquillaba y se cambiaba, Léa y Chloé le enseñaron los regalos que habían recibido en Navidad. Cuando Corinne apareció, llevaba un traje sastre de color rosa y el anillo que él le había regalado para hacerse perdonar su primera declaración. En el periférico, que cogieron en sentido inverso, ella le pidió el dinero. Él se disculpó por no haber tenido tiempo de pasar por Ginebra, pero iría sin falta el lunes por la mañana y luego tomaría el avión de las 12.15, y ella lo tendría a primera hora de la tarde. Corinne se mostró algo contrariada, pero la perspectiva de la brillante cena que les esperaba la distrajo. Dejaron la autopista en Fontainebleau y, a partir de allí, ella le guió con la ayuda de un mapa sobre el cual él había, al azar, marcado con una cruz el lugar en que estaba la casa de Kouchner. Buscaban «una carretera pequeña a la izquierda». El mapa no era muy detallado, lo que justificaba que al principio les hubiese costado orientarse. Al cabo de una hora de dar vueltas en redondo por el bosque, Jean-Claude se detuvo para buscar en el maletero un papel en el que había apuntado el número de teléfono de Kouchner, pero no lo encontró. Corinne empezaba a inquietarse por el retraso, pero él la tranquilizó: otros invitados, también investigadores, debían desplazarse desde Ginebra, y no llegarían antes de las 22.30. Para entretenerla, se puso a hablarle de su próximo traslado a París, de que finalmente había aceptado asumir la dirección del INSERM, del apartamento inherente al cargo en Saint-Germain-des-Prés. Le describió la distribución del piso, precisando que tenía intención de habitarlo solo. La noche anterior, Florence y él habían mantenido una larga charla sobre el rumbo de sus vidas respectivas y, de común acuerdo, habían decidido que lo mejor sería hacerlo así. Lo más duro, suspiraba, sería no ver a los niños todos los días. Debían de estar en casa de su abuela en Annecy, habían pasado la tarde en un cumpleaños… Corinne se impacientaba. Le dijo que él no pensaba más que en ganar tiempo y en encontrar un motivo verosímil para anular la cena. Jean-Claude se detuvo de nuevo en una zona de picnic y resolvió poner patas abajo el maletero hasta encontrar el número de Kouchner. Pasó unos minutos rebuscando dentro de viejas cartas de cartón que contenían libros, revistas, pero también una cinta de vídeo en la que había filmado con su cámara imágenes de su viaje juntos a Leningrado, dos años antes. Una simple ojeada a Corinne, cada vez más crispada en el asiento delantero del coche, bastó para convencerle de que no era el momento de rememorar aquellos tiernos recuerdos. Volvió, corrido, diciendo que no encontraba el papel. Había encontrado, en cambio, un collar que tenía intención de regalarle. Corinne se encogió de hombros: aquello no tenía sentido. Pero él insistió y, finalmente, la persuadió de que se lo pusiera, al menos aquella noche. Ella bajó del coche para que él pudiese ponérselo, del mismo modo que le ponía todas las joyas que le regalaba: pidiéndole que cerrara los ojos.

jueves, 15 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Los padres

 



Emmanuel Carrère

LOS PADRES

Acostumbrado a que el labrador de sus padres le manchase la ropa con sus cabriolas de recibimiento, se puso una chaqueta vieja y unos tejanos, pero colgó en la percha del coche un traje de calle en previsión de la cena en París. Metió en su bolsa una camisa de repuesto y su neceser de aseo.
    No se acuerda del trayecto.
    Se acuerda de que aparcó delante de la estatua de la Virgen que su padre cuidaba y adornaba con flores todas las semanas. Vuelve a ver a su padre abriendo el pórtico. Después no tiene más imágenes hasta el momento de su muerte.
    Sabe que comieron los tres juntos. Había cubiertos encima de la mesa cuando el tío Claude entró en la casa, dos días después, y la autopsia reveló que los estómagos de Aimé y Anne-Marie estaban llenos. ¿Comió Jean-Claude? ¿Insistió su madre en que comiera? ¿De qué hablaron?
    Había hecho subir a sus hijos al piso de arriba, por turnos, uno después de otro, e hizo lo mismo con sus padres. Primero el padre, a quien condujo a su cuarto antiguo so pretexto de examinar con él una manga de ventilación que despedía malos olores. A no ser que lo hubiese hecho al llegar, debió de subir la escalera con la carabina en la mano. El armero no estaba arriba, y quizás anunció que iba a tirar al blanco desde la ventana que daba al jardín; lo más probable es que no dijese nada. ¿Por qué Aimé Romand habría de alarmarse al ver a su hijo transportar la carabina que había ido a comprar con él el día en que cumplió dieciséis años? El anciano, que no podía encorvarse debido a problemas lumbares, debió de arrodillarse para mostrarle la manga defectuosa, a la altura del zócalo. Entonces recibió las dos balas en la espalda. Cayó hacia delante. Su hijo le cubrió con una colcha de pana de canutillo, de color poso de vino, la misma que estaba allí desde su infancia.
    Acto seguido fue en busca de su madre. Ella no había oído los disparos, hechos con silenciador.La hizo subir al salón que no usaban. Ella fue la única que recibió los balazos de frente. Él debió de intentar, enseñándole algo, que le diera la espalda. ¿Se dio la vuelta antes de lo previsto para ver a su hijo apuntar con el arma hacia ella? ¿Dijo: «Jean-Claude, ¿qué me pasa?», o dijo: «¿Qué te pasa?», tal como él recordaba durante uno de los interrogatorios, para más tarde decir que no se acordaba ya y que lo sabía únicamente por el sumario? De la misma manera insegura, al tratar, como nosotros, de reconstruir los hechos, dijo que la madre, al caer, había perdido su dentadura postiza, y que él se la puso antes de taparla con una colcha verde. 
    El perro, que había subido con la madre, corría de un cuerpo al otro sin comprender, lanzando pequeños gemidos. «Pensé que Caroline tenía que tenerlo a su lado», dijo. «Ella le adoraba.» Él también adoraba al animal, hasta el punto de llevar su foto permanentemente en la cartera. Tras haberlo abatido, lo cubrió con un edredón azul. 
    Bajó a la planta baja con la carabina, la lavó con agua fría, porque la sangre se quita mejor con agua fría, y luego la colocó en el armero. Se quitó los tejanos y la chaqueta vieja y se puso el traje, pero no se cambió de camisa: transpiraba, sería mejor cambiársela al llegar a París. Telefoneó a Corinne y quedaron en verse en la iglesia de Auteuil, adonde ella llevaría a sus hijas para la misa de consagración de medallas. Cerró cuidadosamente la casa y emprendió el viaje por carretera hacia las dos de la tarde.
    —Al marcharme de Clairvaux, hice lo que solía hacer siempre: me volví para mirar el pórtico y la casa. Lo hacía siempre porque mis padres eran mayores y estaban enfermos, y me decía que quizá fuese la última vez que les veía.

Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 128-130

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Sabía

 



Emmanuel Carrère

SABÍA

En la autopsia se hallaron 0,20 gramos de alcohol en la sangre de Florence, lo que implica que, si tuvo una noche completa de sueño, se habría dormido en un estado casi de embriaguez. Ahora bien, ella no bebía nunca: como mucho un vaso de vino en las comidas, y sólo en las grandes ocasiones. Cabe imaginar una disputa que empieza con estas palabras: «Sé que me mientes.» Él se escabulle, ella insiste: ¿por qué le ha dicho que votó en contra de la destitución del director? ¿Por qué no figura en el anuario de la OMS? La conversación se vuelve tormentosa, ella bebe un trago para calmarse y después otro y luego un tercero. Con la ayuda del alcohol, al que no está acostumbrada, acaba durmiéndose. Él permanece despierto, pasa la noche preguntándose cómo salir del atolladero y, por la mañana, le aplasta el cráneo a Florence.
    Cuando le sugieren esta secuencia, responde:
    —Si hubiera habido una pelea conyugal, ¿por qué ocultarla? No me sentiría menos culpable, pero sería una explicación…, sería quizá más aceptable… No puedo asegurar que no se produjo una discusión, pero no me acuerdo. Me acuerdo de las demás escenas de asesinato, que son igualmente horribles, pero no de ésa. Soy incapaz de decir lo que pasó entre el momento en que consolaba a Florence en el sofá y el momento en que me desperté con el rodillo de repostería manchado de sangre en las manos.
    La acusación pretendía que él lo había comprado la víspera en el supermercado; él dice que anduvo buscando por el cuarto donde los niños lo habían usado para aplanar pasta de modelar. Después de haberlo utilizado, lo lavó concienzudamente en el cuarto de baño para que no quedase ninguna huella de sangre visible a primera vista, y lo volvió a colocar en su sitio.

 


    Sonó el teléfono. Lo descolgó en el cuarto de baño. Era una amiga, psicóloga en Prévessin, que quería saber si Florence amenizaría con ella la misa del catecismo la noche de ese sábado. Él le contestó que no, que probablemente no, porque tenían pensado pasar la noche en casa de sus padres en el Jura. Se disculpó por hablarle en voz baja: los niños dormían y Florence también. Se brindó a despertarla si era algo urgente, pero la psicóloga dijo que no se molestara: se ocuparía de la misa ella sola.
    El timbre había despertado a los niños, que irrumpieron en el cuarto de baño. Siempre les costaba menos levantarse los días en que no tenían clase. A ellos también les dijo que mamá seguía durmiendo y los tres bajaron al salón. Puso en marcha el vídeo de Los tres cerditos , preparó cuencos de choco-pops con leche. Se acomodaron en el sofá para ver la película de dibujos animados mientras tomaban los cereales, y Jean-Claude con ellos.

 


    —Sabía, después de haber matado a Florence, que también iba a matar a Antoine y a Caroline, y que aquel momento, delante de la televisión, era el último que pasábamos juntos. Les hice mimos.
    Debí de decirles palabras tiernas, como: «Os quiero.» Lo hacía a menudo, y ellos correspondían muchas veces con dibujos. Incluso Antoine, que todavía no escribía bien, sabía escribir: «Te quiero.»
  Un silencio muy largo. La presidenta, con la voz alterada, propuso una suspensión de cinco minutos, pero Romand negó con la cabeza, se le oyó tragar saliva antes de continuar:
    —Estuvimos así como una media hora… Caroline vio que yo tenía frío y quiso subir a buscar mi bata… Yo dije que a ellos les notaba calientes, que quizá tuviesen fiebre, y que iba a ponerles el termómetro. Caroline subió conmigo y la hice tumbarse en la cama… Fui a buscar la carabina…
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Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 124-126


miércoles, 14 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Sobre el suicidio

 

Mad Men


Emmanuel Carrère

SOBRE EL SUICIDIO

Sabía desde el principio que la conclusión lógica de su historia era el suicidio. Lo había pensado muchas veces sin reunir nunca el valor de dar el paso y, en cierto modo, la certeza de que se suicidaría un día le dispensaba de hacerlo. Se había pasado la vida a la espera de ese día que no podría aplazar. Tenía que haber llegado ya cien veces, y cien veces un milagro, o el azar, le había brindado una escapatoria. Sin dudar del desenlace, tenía curiosidad por saber hasta dónde lo pospondría el destino.

Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 104


martes, 13 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Corinne



Emmanuel Carrère

CORINNE

1

Rémy Hourtin era psiquiatra, y su mujer Corinne psicóloga de niños. Habían abierto en Ginebra una consulta común y alquilado en Ferney un apartamento encima del de los Ladmiral, que les introdujeron en su círculo de amistades. Al principio les encontraban divertidos, vitales, un tanto pretenciosos. Bonita, probablemente poco segura de sí misma y en todo caso ávida de seducir, Corinne manifestaba admiraciones ingenuas o menosprecios crueles, de acuerdo con los decretos de las revistas femeninas sobre lo que es fino u hortera. Rémy era aficionado a los buenos restaurantes, los habanos y los licores después de las comidas, los comentarios escabrosos, la vida a todo tren. Los Ladmiral profesaban y profesan todavía a ese compañero alegre la amistad indulgente de las gentes formales por los juerguistas que se atienen lealmente a su papel. Romand debía de envidiar y quizá odiar en secreto la labia de Rémy, su éxito con las mujeres, su familiaridad sin remilgos con la vida.

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Película

Double Portrait," by Robertas Strazdas

Emmanuel Carrère

PELÍCULA

Me acordé de una película que había tenido un gran éxito en aquella época. Contaba la historia, una leyenda para tiempo de crisis, del ejecutivo despedido que no se atreve a confesárselo a su mujer y a sus hijos. Pensaba encontrar trabajo enseguida y he aquí que se halla privado de derechos.Cada mañana sale y cada tarde vuelve fingiendo que va a la oficina y que regresa de ella. Pasa los días callejeando lejos de su barrio. No habla con nadie, todas las caras le dan miedo porque podrían ser la de un antiguo colega, la de un amigo que se preguntará qué hace sentado en un banco a media tarde… Pero un día encuentra a personas en la misma situación que él, tipos duros que han salido del trullo y tribus de mendigos. Descubre con ellos un mundo más áspero, pero más efusivo y vital que el ambiente donde vegetaba muellemente antes de su caída. La experiencia le vuelve más maduro y humano. La película termina bien.
    Romand me dijo que la había visto en la televisión con Florence, a quien le gustó sin que la turbara. Él sabía que su historia no podía tener un buen final. Nunca confió su secreto ni trató de hacerlo. Ni a su mujer ni a su mejor amigo ni a ninguna de las almas caritativas cuyo trabajo consiste en escuchar y comprender: un cura, un psicoterapeuta, un oído anónimo de SOS Amistad. En quince años de doble vida, no conoció a nadie, no habló con nadie, no se mezcló con ninguna de esas sociedades paralelas, como el mundo del juego, de la droga o de la noche, en que hubiera podido sentirse menos solo. Tampoco intentó dar gato por liebre en el exterior. Cuando hacía su entrada en el escenario doméstico de su vida, todos pensaban que venía de otro escenario donde interpretaba un papel distinto, el del hombre importante que recorre el mundo, frecuenta a ministros, cena bajo artesonados oficiales, y que volvería a adoptarlo al marcharse de casa. Pero no existía otro escenario, no existía otro público ante el cual interpretar el otro personaje. Fuera, se encontraba desnudo. Volvía a la ausencia, al vacío, al blanco, que no eran un percance de ruta sino la única experiencia de su vida. Creo que no conoció nunca otra, ni siquiera antes de la bifurcación.

Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 77-78


lunes, 12 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Sobre la mentira

 

David Booth


Emmanuel Carrère

SOBRE LA MENTIRA

Un mentiroso, por lo general, se esfuerza en ser verosímil.

2

Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no cubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand. 


Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 54, 77


Casa de citas / Emmanuel Carrère / Parejas

After Swimmig
Alex Colville

Emmanuel Carrère

PAREJAS

¿Qué sabemos del misterio de las parejas?

Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 51


Casa de citas / Emmanuel Carrère / Novela

 

Emmanuel Carrère


Emmanuel Carrère

NOVELA

Empecé una novela que trataba de un hombre que cada mañana besaba a su mujer y a sus hijos, fingía que se iba a su trabajo y salía a caminar sin rumbo por los bosques nevados. Me atasqué al cabo de unas decenas de páginas. Desistí. Al invierno siguiente se apoderó de mí un libro, el que sin saberlo trataba en vano de escribir desde hacía siete años. Lo escribí muy rápido, de modo casi automático, y supe al instante que era, con mucho, lo mejor que había escrito. Se organizaba alrededor de la imagen de un padre asesino que vagaba solo por la nieve, y pensé que lo que me había imantado en la historia de Romand había, al igual que otros proyectos inconclusos, encontrado allí su sitio, el sitio justo, y que con aquel relato había puesto fin a aquella clase de obsesiones. Por fin podría emprender otra cosa. ¿Qué? No tenía la menor idea, pero no me preocupaba. Había escrito aquello por lo que me había convertido en escritor. Comenzaba a sentirme vivo.


Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 30


sábado, 10 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Satán, es decir, el adversario

 

Andy Warhol


Emmanuel Carrère

SATÁN, ES DECIR, EL ADVERSARIO

El padre había recibido los disparos en la espalda, la madre en pleno pecho. Quizá los dos, ella con toda certeza, supieron que morían a manos de su hijo, de tal manera que en el mismo instante habían visto su propia muerte —que todos veremos, que ellos habían llegado a la edad de ver sin escandalizarse— y la destrucción de todo lo que había dado sentido, alegría y dignidad a su vida. El cura aseguraba que ahora veían a Dios. Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por fin inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán,es decir, el adversario.


Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 22


viernes, 9 de octubre de 2020

Casa de citas / Emmnuel Carrère / Un amigo

 


Emmanuel Carrère
UN AMIGO


Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida.

Emmanuel Carrère
El adversario
Anagrama, Barcelona, 2000, p. 10



jueves, 7 de septiembre de 2017

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Bigote






Emmanuel Carrère
BIOGRAFÍA
BIGOTE

- ¿Qué piensas si me afeito el bigote?

Agnes, que ojeaba una revista, recostada en el sofá de la sala, rió levemente, y después respondió:

- Sería una buena idea.

Él sonrió. Sobre el agua, en la bañera donde permanecía despreocupadamente, flotaban pequeñas islas de espuma llenas de pelitos negros. La barba de él crecía mucho, y tan de prisa, que lo obligaba a afeitarse dos veces por día, si no quería, al final de la tarde, tener el rostro áspero. Al despertar, cumplía la tarea delante del espejo del lavabo, antes de entrar en la ducha, siendo él apenas una sucesión de gestos maquinales, destituido de cualquier solemnidad. Por la noche, por el contrario, esa obligación se convertía en un momento de relax que él organizaba con mucha atención, cuidando para que el agua del baño corriese de la ducha, para que el vapor no empañe los espejos que cercaban la tina incrustada, teniendo un vaso al alcance de la mano, esparciendo después calmamente la espuma por la barbilla, pasando de nuevo la navaja por el rostro, evitando minuciosamente cualquier ataque al bigote, del cual, emparejaría luego los pelos con una tijera.


Emmanuel Carrère
El bigote
Anagrama, Barcelona, p. 7




miércoles, 6 de septiembre de 2017

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Ella


Emmanuel Carrère
BIOGRAFÍA
ELLA


¿Dónde estaba ella? ¿Qué hacía? ¿Qué pensaba? ¿Seguía hablando, comiendo, bebiendo, durmiendo? ¿Efectuando los gestos de la vida cotidiana, pese a aquella insoportable incertidumbre? ¿Se acordaba, por lo menos, de que él había desaparecido? ¿De que él había existido?


El bigote



Casa de citas / Emmanuel Carrère / Sobre la lectura



Emmanuel Carrère
BIOGRAFÍA
SOBRE LA LECTURA


Novelas leídas como quien se droga, para anestesiarse, estar ausente.


El reino




Casa de citas / Emmanuel Carrère / Sobre la melancolía





Emmanuel Carrère
BIOGRAFÍA

SOBRE LA MELANCOLÍA

Decirle a un melancólico que la felicidad es una decisión es como decirle a un hambriento que coma bollos.

De vidas ajenas