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sábado, 15 de julio de 2023

Cormac McCarthy & Milan Kundera

Cormac McCarthy



Triunfo Arciniegas
Cormac McCarthy & Milan Kundera
12 de julio de 2023

Aún no nos acostumbramos a la ausencia de Cormac McCarthy, cuando llega la fatal noticia de Milan Kundera. Dos escritores grandes, tan distintos. Murieron viejos y con una obra divulgada y reconocida en todas partes. McCarthy siempre escribió en inglés y vivió en los Estados Unidos, en lugares apartados, al sur, como en un exilio. Kundera tuvo que abandonar su lengua y su país. Escribía en francés. En París, es cierto. Pero exilio, al fin y al cabo. Medio siglo de exilio.

A McCarthy la fama le llegó bastante tarde. A los sesenta viajaba en una camioneta destartalada, vivía en moteles y él mismo se cortaba el cabello. Luego la fama lo acogió y lo llevó a las máximas alturas. La fama de Kundera fue descomunal en los ochenta, cuando se conoció la obra que más tenía que ver con las condiciones de su abatido país y los desmanes políticos. Luego se opacó. El escritor se enclaustró y, aunque siguió publicando, no lo hizo con la misma altura ni la misma frecuencia.


Milan Kundera


McCarthy siempre fue celoso de su intimidad. No concedía entrevistas, no frecuentaba los círculos literarios. Siempre fue un lobo solitario. Su estilo es vibrante, preciso, filoso y la materia narrativa a menudo violenta. Kundera es más íntimo y reflexivo. Moroso. Temo que siempre se le relacionará con su obra maestra, La insoportable levedad del ser, por encima de las virtudes de los demás títulos. El abanico de McCarthy es más amplio y menos conocido. Meridiano de sangre, la trilogía de la frontera, La carretera, No es país para viejos. Hay de dónde escoger.

En todo caso, dos escritores grandiosos. Dos maneras de ver y llevar la vida.



jueves, 29 de junio de 2023

Casa de citas / Cormac McCarthy / Cuando los corderos se pierden en el monte


 

Cuando los corderos se pierden en el monte, se les oye llorar. Unas veces acude la madre. Otras el lobo.
Cormac McCarthy
Meridiano de sangre



Cormac McCarthy
Meridiano de sangre
Ediciones Debate, Madrid, 2001, p.

lunes, 26 de junio de 2023

Casa de citas / Cormac McCarthy / La guerra

Cormac McCarthy y las patas de Mío
Fotografía de Triunfo Arciniegas



Cormac McCarthy
LA GUERRA
Da igual lo que los hombres opinen de la guerra, dijo el juez. La guerra sigue. Es como preguntar lo que opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera de su supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra forma.

Cormac McCarthy
Meridiano de sangre
Ediciones Debate, Madrid, 2001, p. 302



domingo, 25 de junio de 2023

Triunfo Arciniegas / Diario / Orgía de sangre

 





Triunfo Arciniegas
ORGÍA DE SANGRE

    En 1992, con All the Pretty Horses, traducida como Unos caballos muy lindos y Todos los hermosos caballos, Cormac McCarthy inaugura la Trilogía de la Frontera, que completará con En la frontera y Ciudades en la llanura. Ese primer volumen de la trilogía tuvo suerte con la crítica y los lectores, y muy poca con el cine. De La carretera y No es país para viejos, por el contrario, se hicieron dos excelentes películas.
    Considerada en 2006 por The New York Times como una de las cinco mejores novelas de los últimos 25 años, y según Harold Bloom, una de las mejores novelas norteamericanas de todos los tiempos, Meridiano de sangre le quedaría como anillo al dedo a Quentin Tarantino, y el papel del juez Holden, ese espantoso y retorcido personaje, uno de los más terribles y malvados de la literatura, le encantaría a un actor tan extraordinario como Christoph Waltz. La novela es una orgía de sangre. Una mezcla de horror, imágenes delirantes y situaciones estrambóticas, carnavalescas y apocalípticas. Casi no hay capítulo sin matanza. Sin una carnicería descrita con absoluta precisión. Matanzas y huidas al borde de la muerte: o los soldados persiguen a los indios o los indios persiguen a los soldados, con igual sevicia, en terrenos inhóspitos. La extinción es mutua. Al final sólo quedan el chaval y el juez, los pilares fundamentales de la estructura novelística. De este muchacho nunca conocemos su nombre. En muchas páginas de la novela el lector experimenta la desoladora sensación de que mundo ha terminado. Pero la maldad crece, terca como una flor sobre una piedra, y la trama continua. Los ejemplos son numerosos, infinitos, pero basta con mencionar un árbol del quinto capítulo. O una manada de lobos.
    Ahora los seguían grandes lobos pálidos de ojos amarillos que trotaban con primoroso paso o se agazapaban en el rielante calor para observarlos cuando se detenían a mediodía. Avanzaban otra vez. Galopando, acercándose cautelosos, andando despacio con su largo hocico pegado al suelo. Al atardecer sus ojos saltaban y guiñaban desde el borde de la luz que arrojaba el fogarín y por la mañana al reemprender el camino en la fría penumbra los jinetes los oían gruñir y dar dentelladas detrás de ellos cuando asaltaban el campamento en busca de restos de carne. pp. 58-59
En esta imagen de los lobos, de contenida violencia, traducida al español con admirable acierto por Luis Murillo Fort, aún hay equilibrio entre la poesía y el deslumbramiento. Unas páginas más
    
    Partieron (los jinetes) con la primera luz del alba mientras los lobos salían de los portales y se disolvían en la niebla de las calles. p. 78

Hay otra escena donde se evidencia la eficacia del estilo de Mc Carthy: precisión, ritmo, aterradora belleza:

Caminaron hasta el anochecer y durmieron en la arena como perros y llevaban un rato durmiendo así cuando algo negro llegó aleteando desde lo más oscuro y se posó en el pecho de Sproule. Largos dedos apuntalaron las alas membranosas con que mantenía el equilibrio mientras andaba por encima de él. Tenía la cara chata y arrugada, perversa, los labios crispados en una horrible sonrisa y los dientes azul claro a la luz de las estrellas. El animal se inclinó. Dibujó en el cuello de Sproule dos estrechos surcos y replegando las alas empezó a beber su sangre.
No con suficiente suavidad. Sproule despertó y levantó una mano. Luego chilló y el murciélago agitó las alas y cayó sentado encima de su pecho y se incorporó de nuevo y silbó y castañeteó los dientes.
El chaval se había levantado y se disponía a arrojarle una piedra pero el murciélago dio un brinco y se perdió en la oscuridad. Sproule se tocaba el cuello y gimoteaba histérico y cuando vio al chaval mirándole allí de pie extendió hacia él acusadoramente sus manos ensangrentadas y luego se las llevó a las orejas y gritó lo que parecía que él mismo no iba a poder oír, un aullido lo bastante atroz para hacer una cesura en el pulso del mundo. Pero el chaval se contentó con escupir al espacio oscuro que había entre los dos. Conozco el paño, dijo. En cuanto os duele algo ya os duele todo. pp. 83-84
No mencioné al murciélago al presentar la cita para no echar a perder el efecto en el lector, que experimenta la misma sorpresa que Sproule. En el primer párrafo el animal se posa sobre el pecho de Sprole y es descrito casi como un demonio. En el segundo, Sproule despierta. El tercero es como un desenlace. El narrador va paso a paso, certero e implacable, y el lector recibe los golpes uno tras otro, sin saber cómo ni de dónde proceden. McCarthy, como un boxeador en la cúspide del oficio, sabe lo que hace.
    Pero en la escena del árbol sólo queda el horror, nada más que el horror:
Siguieron el terreno pisoteado por los guerreros y a media tarde encontraron un mulo desfallecido que había sido alanceado y dejado por muerto y luego se toparon con otro. El sendero se estrechaba entre unas rocas y al poco rato llegaron a un arbusto del que colgaban bebés muertos.
Se detuvieron codo con codo, tambaleándose al asfixiante calor. A aquellas pequeñas víctimas, habría siete u ocho, les habían hecho agujeros en el maxilar inferior y así colgaban por la garganta de las ramas rotas de un mezquite mirando ciegos al cielo desnudo. Calvos y pálidos e hinchados, larvas de un ser inescrutable. Los náufragos continuaron, miraron hacia atrás. Nada se movía. Por la tarde arribaron a un pueblo en la llanura de cuyas ruinas aún salía humo y todos sus habitantes estaban muertos. Desde lejos parecía un horno de ladrillos derruido. Permanecieron a cierta distancia escuchando un buen rato el silencio antes de entrar. (p. 74)


Cormac McCarthy
Meridiano de sangre
Editorial Debate, Madrid, 2001


viernes, 16 de junio de 2023

Cormac McCarthy / De dónde viene un libro

 


Cormac McCarthy

Cormac McCarthy
DE DÓNDE VIENE EL LIBRO

Uno no sabe de dónde viene un libro. Simplemente está allí. Aparece. Y uno avanza dentro de él, en busca de una perfección que sabe que no va a alcanzar, y está bien que no lo haga.

Entrevista con Oprah, en 2007



jueves, 15 de junio de 2023

Casa de citas / Stephen King / Cormac McCarthy

 

Cormac McCarthy


Cormac McCarthy

“Cormac McCarthy, quizás el mejor novelista estadounidense de mi tiempo, ha fallecido a los 89 años. Estaba lleno de experiencia y creó un excelente obra. Lamento su fallecimiento".

Stephen King


Cormac McCarthy


Cormac McCarthy

Cormac McCarthy, maybe the greatest American novelist of my time, has passed away at 89. He was full of years and created a fine body of work, but I still mourn his passing.

Sthephen King





Casa de citas / Cormac McCarthy / La cartera

 


THE BILLFOLD

He’d carried his billfold about till it wore a cornershaped hole in his trousers. Then one day he sat by the roadside and took it out and went through the contents. Some money, credit cards. His driver’s license. A picture of his wife. He spread everything out ón the blacktop. Like gambing cards. He pitched the sweatblackened piece of leather into the woods and sat holding the photograph. Then he laid it down in the road also and then he stood and they went on.

Cormac McCarthy, The Road
Random House, New York, 2007, p. 51


Fotografía de Triunfo Arciniegas


LA CARTERA

Él había llevado su cartera encima hasta que le hizo un agujero con forma de ángulo en el pantalón. Luego un día se sentó en el arcén y sacó la cartera y examinó lo que llevaba dentro. Un poco de dinero, tarjetas de crédito. Su permiso de conducir. Una foto de su mujer. Lo fue colocando todo sobre el asfalto. Como naipes de una partida. Arrojó a la espesura el pedazo de cuero negro de sudor y se quedó sentado con la fotografía en la mano. Luego la depositó también en la carretera y se puso de pie y reanudaron la marcha.


Cormac McCarthy, La carretera
Mondadori, Barcelona, 2007, p. 43



jueves, 28 de mayo de 2020

Un libro / Cormac McCarthy / La carretera


Cormac McCarthy

LECTURAS DE CUARENTENA

La carretera

de Cormac McCarthy


Javier Rodríguez Marcos
19 de marzo de 2020




Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 5)


Si van a leer esta novela, mejor que lo hagan pronto, es decir, mientras parezca una distopía y no un informe de la Cumbre del Clima. Cormac McCarthy se la dedicó a su hijo John Francis —al que tuvo a los 65 años— y con ella se llevó el Pulitzer de 2007 después de que se convirtiera en un raro best seller. En 2009 John Hillcoat la llevó al cine con Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee como protagonistas.
Sorprende tanta popularidad porque hasta el Apocalipsis de san Juan sería más comercial que esta historia sin grasa narrativa en la que un padre (llamado El hombre) y un hijo (llamado El chico) caminan hacia el mar atravesando un paisaje calcinado que parece fruto de un holocausto nuclear. Viven en un “tiempo prestado” y todo lo que tienen lo llevan en un carrito del súper. Una de las pocas cosas que conserva su nombre —la desmemoria gobierna— es un barco llamado, con ironía, Pájaro de esperanza y matriculado en… Tenerife. Pese a lo extremo de las circunstancias, o acaso por ellas, el libro destila amor entre ese muchacho que pregunta “¿todavía somos los buenos?” y el tipo duro que lo mira dormir para no olvidar la bondad de las cosas.
De todas las historias de hombre con niño que siguieron a la de McCarthy —hasta el gran J. M. Coetzee intentó la suya en La infancia de Jesús y le salió de cartón piedra—, La carretera es la más descarnada y la más emotiva. Nada en ella se dice en vano y el silencio entre los supervivientes recuerda que las “horas perfectas” de cualquier infancia son, pese a todo, “el molde para los días futuros”. Hasta el mero hecho de secarle el pelo al muchacho se convierte en un rito sagrado. “Cuando no tengas nada más”, apunta el narrador, “inventa ceremonias e infúndeles vida”. Feliz día del padre. 
La carretera, de Cormac McCarthy. Traducción de Luis Murillo Fort. Debolsillo, 2007. 216 páginas. El libro está disponible en formato impreso y electrónico en portales como Todos tus libros, Fnac o Amazon, y en préstamo gratuito en las webs eBiblio de las bibliotecas públicas.