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viernes, 19 de junio de 2026

Un escritor / Juan Forn


El escritor argentino Juan Forn (Buenos Aires, 1959 – Mar de las Pampas, 2021). /Foto de Alejandra López

JUAN FORN

Juan Forn fallece en Mar de las Pampas el 20 de junio de 2021, a los 61 años, como consecuencia de un infarto. 

jueves, 11 de diciembre de 2025

Un libro / Cómo me hice viernes, de Juan Forn

 




Juan Forn
Cómo me hice viernes


 “Cada viernes, como quien deposita una piedra pulida en la repisa, Juan Forn escribe para que no se pierda. Son fragmentos de una vida que leyó el mundo con ojos atentos. Cómo me hice viernes recoge esas piezas e incorpora otras, pero es mucho más que una recopilación de columnas. Es un relato de formación, una autobiografía intelectual y, por momentos, un altar íntimo a la literatura y a quienes la encarnaron. En estas páginas conviven poetas rusos y escritores japoneses, escenas familiares y confesiones discretas, caminatas frente al mar y el arte de encontrar sentido en lo mínimo. Y, en el gesto de narrarlo, se despide sin retirarse. Este libro es la huella de ese gesto: una piedra recogida de la orilla”, informó la editorial independiente Godot sobre este lanzamiento, que llega como parte de la colección Íntima del sello.

“Uno va a contar su historia para saber si su historia vivirá. De eso se trata, en el fondo, todo este asunto: de lograr que cuando uno muera la historia que haya contado siga viviendo”, señala Juan Forn en las páginas de este libro.

EL DIARIO AR

lunes, 16 de diciembre de 2024

Juan Forn / Hablemos de Stoner

 




HABLEMOS DE STONER
Juan Forn
4 de marzo de 2016

Un granjero pobre le dice a su único hijo: “En la ciudad pusieron una nueva escuela. Le dicen Facultad de Agronomía. Dura cuatro años. Dicen que, si vas, podremos hacer que rinda mejor la tierra”. El joven acepta en silencio la decisión de su padre y va. Para poder asistir a clases debe levantarse a las cuatro de la mañana, ordeñar las vacas, dar de comer a los cerdos, juntar huevos y cortar leña en una granja cercana a la ciudad y recién entonces puede hacer caminando los tres kilómetros que lo separan de aquella pequeña urbe de provincia. Las mismas tareas repite cada noche cuando vuelve de la universidad a la granja donde le dan alojamiento a cambio de su trabajo. Un día comienza a cursar una materia que nada tiene que ver con las demás pero es obligatoria en la currícula. La materia es Lengua y Literatura. El joven granjero descubre en esa materia algo que “no puede decirse en palabras pero que lo transmiten las palabras”. Sin decir nada a nadie, casi sin darse cuenta él mismo, cambia su plan de estudios. Sigue trabajando mañana y noche en la granja que le da cobijo, pasa cada momento que tiene libre en la biblioteca de la universidad, pero jamás piensa en su futuro, hasta que su tutor le dice: “Jovencito, en breve termina sus estudios. ¿Su idea es regresar a la granja de sus padres con una magistratura en Inglés? ¿Todavía no se ha dado cuenta de que quiere quedarse con nosotros?”

sábado, 9 de septiembre de 2023

Un personaje / Claude Cahun

 






Era el seudónimo de la sobrina de Marcel Schwob y su pareja

Claude Cahun: la fotógrafa surrealista que sobrevivió al nazismo


Eran dos mujeres: una, Lucia Schwob, sobrina de Marcel Schwob, y la otra era su hermanastra y amante, Suzanne Malherbe. Juntas vivieron la intensidad de los años veinte y luego las penurias de la guerra bajo el nazismo. Y dejaron una increíble serie de autorretratos que salieron a la luz en 1992. La nota de Forn publicada en Página/12 el 25 de agosto de 2013 que cuenta cómo esos autorretratos dieron pie a la reconstrucción de una salvaje historia de arte y amor.

Juan Forn

14 de enero de 2022

Claude Cahun


Qué chambones nos parecen hoy los surrealistas, pero a la vez qué manera de liberar las cosas, de generar afluentes que se abren en las más insólitas direcciones. Más de la mitad de la gente que me interesa del siglo veinte tiene en su ADN algo de surrealista. El último caso que se descubrió es el de Claude Cahun. Claude Cahun era, a pesar de su nombre masculino, una mujer, o más bien dos mujeres: Lucia Schwob y Suzanne Malherbe, que era su hermanastra y se convirtió también en su amante a los catorce años, cuando los padres las mandaron a hacer el liceo en Nantes. Nunca más se separaron: juntas llegaron a París en 1917, juntas se sumergieron en la bohemia loca de aquellos años y juntas se fueron a la isla de Jersey en 1937, cuando sintieron que ya no podían seguir haciendo lo suyo en París. Lo suyo era la extraordinaria serie de autorretratos que empezaron en secreto a principios de los años ’20 y cuya toma final hicieron el mismo día en que los nazis las liberaron, en mayo de 1945. Habían sido condenadas a muerte, pero como ambas trataron de suicidarse en sus celdas, las pusieron en camas vecinas y bajo custodia en la única salita de hospital que había en la isla de Jersey, con el propósito de fusilarlas en cuanto se recuperaran, pero entonces vino el desembarco aliado en Normandía y la huida de los nazis.

Autorretrato, Circa 1915

Los autorretratos fueron confiscados por los nazis cuando las arrestaron a las dos. Dice la leyenda que el comandante alemán mandó ostentosamente quemar las copias en papel pero no se atrevió a destruir los negativos, y yo lo entiendo: hay algo perturbador e hipnótico en esos autorretratos, algo que al experimentarlo sólo queremos preservar, hasta entender, o que alguien llegue a entender, qué nos dice. Autorretratos en esa vena había, era casi un subgénero, en el París decadentista del año diez: la condesa de Castiglione tenía un fotógrafo en su mansión para retratarla con los disfraces más estrafalarios y Pierre Loti volvía de cada uno de sus viajes como marino no sólo con una novelita exótica de amores con damas japonesas, egipcias, persas, negras o filipinas, sino también con vestuario ad hoc, con el que procedía a fotografiarse (dejando siempre sus partes pudendas a la vista). 

Autorretrato, Circa 1928

Pero lo que hacían Suzanne y Lucia tenía poco de juego de salón; de hecho no se lo mostraron a nadie, en una época en que todos mostraban todo lo que hacían a todos los que podían. Gente a quién mostrarlo tenían de sobra: eran amigas de Michaux y de George Bataille, se codeaban con Man Ray en el departamento de Gertrude Stein, frecuentaban a Sylvia Beach y Adrienne Monnier en la librería Shakespeare & Co. Tenían buena llegada a la publicación surrealista Variétés, que en 1929 publicó un número especial con fotografías de Léon El Hombre Perro y Mlle. Violette, La Mujer Arcón. Sin embargo, Lucia y Suzanne prefirieron ser mera comparsa, con los collages surrealistas que eran su supuesta contribución artística a la época, mientras a puertas cerradas hacían su verdadera obra: los autorretratos de Claude Cahun.

Autorretrato, 1929

Les pido que miren esas fotos e imaginen lo que le pasó por dentro a aquel comandante alemán cuando vio esa imagen de Claude Cahun con la cabeza rapada, anticipando el aspecto que tendrían los liberados (y los cadáveres) de los campos de concentración, así como el de las mujeres francesas acusadas de haber intimado con el enemigo. Al alcalde y a los isleños de Jersey les habrá pasado lo mismo después, si llegaron a ver esa foto de un muro de piedra invadida de musgo de cuyas grietas emerge el perfil dual, con su nariz de pico de gaviota, de Claude Cahun. En París eran otra pareja de lesbianas; en Jersey eran dos solteronas francesas. En esas fotos son decididamente otra cosa: lo que quisieron ser.

Desde que salieron a la luz las fotos, en 1992 (los negativos habían quedado arrumbados en el sótano de la intendencia de la isla), se ha ido reconstruyendo la historia de Lucia y Suzanne con las pocas señales que dejaron. Hay un batalla campal entre estudiosos del surrealismo y las distintas cofradías de feministas sobre la cuestión de género y de autoría de los autorretratos. Además de atacar a Louis Aragon por tibio, de traducir al sexólogo Havelock Ellis y de hacer una parodia de la Salomé de Oscar Wilde, Lucia y Suzanne publicaron dos libros firmados por Claude Cahun antes de abandonar París rumbo a la isla de Jersey. Ambos eran de collages fotográficos y textos poéticos. El primero se llamó Héroines, y era una serie de monólogos imaginarios de mujeres famosas de la historia. El segundo, Aveux non avenus, era una supuesta autobiografía en clave de su personaje bicéfalo, pero escrita de tal manera (“Voy a seguir mi rastro en el aire, la estela en el agua, el relámpago en la pupila, hasta alcanzarme”) que Adrienne Monnier no quiso publicar si no era más confesional (léase, menos parecido a la Nadja de André Breton y más a la Autobiografía de Alice Toklas, el famoso autoelogio que se hizo Gertrude Stein). Es una lástima que recién instaladas en Jersey las dos comprendieran que Claude Cahun no necesitaba ni textos ni collages para manifestarse: que alcanzaba con los autorretratos (aunque también hacían de tanto en tanto composiciones rarísimas, en la arena o en el pasto: manos de muñeca saliendo entre un racimo de flores, muñecos de arena con una verga en el ombligo y una vagina más abajo).

Autorretrato, 1928

Por mucho que jugueteen con interpretaciones psi y postpsi, los académicos que se dedican a Claude Cahun no han logrado develar hasta ahora cuál era exactamente la idea de Lucia y Suzanne, por qué no mostraron esas fotos a nadie, y cómo pensaban presentarlas, si algún día pensaban presentarlas como serie. Lo más interesante que ha logrado saberse hasta ahora es que todos aquellos retratos fueron realizados en una primitiva cámara Kodak Folding Pocket anterior a la Primera Guerra, que carecía de disparador a distancia, lo que significa que Lucia no pudo hacerse esos autorretratos sin la colaboración de Suzanne (cosa que dejaría zanjado el asunto de la autoría, salvo el detalle de que las pocas fotos que sacó Suzanne luego de la muerte de Lucia en 1954 son de “nulo valor artístico”, según la pomposa jerga académica). También se sabe que, a pesar de lo íntimos que eran para las dos esos retratos, no se encargaban de revelarlos ellas mismas sino que los mandaban copiar primorosamente, primero en París y, cuando ya estaban en Jersey, los mandaban a Londres. Imaginen a los empleados de esos talleres, especialmente en Inglaterra, cuando veían las fotos que tenían que revelar y copiar. Pero ya se sabe que los ingleses tiene alta tolerancia a la excentricidad ajena. Ese fue uno de los motivos por los que Lucia y Suzanne se fueron a Jersey. El segundo fue la salud de Lucia, a quien Suzanne trató de alejar del opio cuando la convenció de instalarse en aquella casa de piedra mirando al mar en el extremo más remoto de la isla.

Autorretrato, Circa 1932

Se sabe que se sometían desnudas a baños de luna, pero que Claude Cahun no exhibió su cuerpo desnudo en ninguno de los autorretratos. Se sabe que, cuando estaban bajo custodia alemana en el hospital de la isla, Suzanne corría de noche su cama hasta pegarla a la de Lucia y así dormir tomadas de la mano. Se sabe que Lucia nunca se recuperó del todo de las consecuencias del veneno que tomó para suicidarse cuando la encerraron, y que por esa razón prefirieron las dos permanecer en la isla cuando terminó la guerra. Se sabe que Lucia murió en 1954 y que Suzanne la sobrevivió veinte años, que de tanto en tanto hacía fotos de monótonos y desoladores paisajes de playa que parecían siempre la misma, hasta que en 1972 se suicidó. Se sabe que el último autorretrato de Claude Cahun lo hicieron el día en que las soltaron los alemanes, horas antes de que las tropas aliadas desembarcaran en la isla: ellas llegaron a su casa de piedra, Suzanne entró a buscar la vieja Kodak y Lucia se paró contra el marco de la puerta, mirando a cámara con una insignia nazi entre los dientes. Pero ya no era la enigmática y desafiante criatura de los anteriores retratos, y tampoco el pulso de la cámara era el mismo. Claude Cahun ya no existía: Lucia y Suzanne habían empezado a convertirse en las anónimas solteronas francesas que fueron desde un principio y que serían hasta su muerte para todos los habitantes de Jersey hasta que, cincuenta años más tarde, alguien encontrase esos negativos en el sótano de la intendencia de la isla.

Este artículo fue publicado originalmente el día 25 de octubre de 2021


PAGINA 12



viernes, 8 de septiembre de 2023

Una foto / Napalm Girl, la historia de una foto emblemática de la guerra de Vietnam

Kim Phuc
Fotografía de Nick Ut

 

Napalm Girl, la historia de una foto emblemática de la guerra de Vietnam


La imagen de Kim Phuc fue tomada hace 50 años

La imprescindible mirada de Juan Forn, fallecido hace un año, sobre la toma la realizó el fotógrafo vietnamita Nick Ut. La escena de la niña escapando desnuda del ataque con bombas incendiarias a la aldea de Trang Bang dio la vuelta al mundo. La discusión de los editores en torno a su publicación y el reconocimiento con el Pulitzer en 1973.

Juan Forn
8 de junio de 2022

La mañana del 8 de junio de 1972 el fotógrafo vietnamita Nick Ut se presentó como todos los días en el edificio Eden, donde estaban las oficinas de Associated Press en Saigón, y partió hacia el destino que le encomendaron para esa jornada: la aldea de Trang Bang, unos cuarenta kilómetros al noroeste de la ciudad, donde se anunciaba una inminente ofensiva del Vietcong. Ut iba solo con el chofer en una de las camionetas de AP (la guerra ya había entrado en su última fase y la mayoría de los corresponsales europeos la habían dado por definida cuando los norteamericanos comenzaron a evacuar su artillería pesada). Unos kilómetros antes de llegar a la aldea, Ut y el chofer se toparon en la ruta con un contingente de aldeanos que a pie, en carro o bicicleta abandonaban la zona. Un poco más allá, el viaje llegó a su fin: las tropas sudvietnamitas y los vehículos de prensa esperaban en medio de la ruta que la aviación bombardeara la aldea que se suponía ya ocupada por el Vietcong. Pocos minutos después tuvieron ante sus ojos un espectáculo familiar: el fogonazo de fósforo blanco preanunciando la llamarada de napalm. Sólo les llamó la atención que no se oyera, entre el estruendo, el sonido de las armas antiaéreas del Vietcong defendiéndose. Lo que sí oyeron, en cambio, cuando los aviones se perdían en la lejanía, fueron los gritos espeluznantes de un grupo de niños de la aldea que irrumpieron de la espesura al medio de la ruta. Una de las criaturas se había arrancado la ropa en llamas y trastabillaba desnuda, aullante y con los brazos abiertos, entre soldados que miraban para otro lado.