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jueves, 9 de diciembre de 2021

Casa de citas / Tove Ditlevsen / Sobre el oficio

Tove Ditlevsen
 

Tove Ditlevsen
SOBRE EL OFICIO

Cada vez soy más consciente de que lo único para lo que sirvo, lo único que me absorbe y me apasiona, es construir frases, formar grupos de palabras o escribir sencillas estrofas de cuatro líneas (…) Para hacerlo, también he de leer de una manera especial y asimilar por todos los poros eso que, de una forma nebulosa, necesito, si no para ahora mismo, sí para más adelante. Para hacerlo, no he de tener demasiadas relaciones, ni salir demasiado, ni beber alcohol, o de lo contrario no puedo trabajar al día siguiente.


Casa de citas / Tove Ditlevsen / Versos

Tove Ditlevsen
Tove Ditlevsen
VERSOS
Tenía la sensación de que mis versos cubrían los descosidos de mi infancia como la piel fina y nueva que crece bajo una costra aún a medio caer.



Casa de citas / Tove Ditlevsen / Infancia

 


Tove Ditlevsen
INFANCIA


La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda.


martes, 7 de diciembre de 2021

Casa de citas / Tove Ditlevsen / Mis padres

 

In the House of My Father
Donald G. Rodney (1961–1998)
Tate

Tove Ditlevsen
MIS PADRES

Todas las canciones de mi madre tienen muchos versos, tantos que antes de que alcance a terminar la primera, Edvin ya ha vuelto al martillo y mi padre está roncando como un oso. Mi hermano le ha pedido que cante para aplacar su furia ante las lecturas de mi padre. Él es chico, y a los chicos no les gustan las canciones que hacen llorar si se las escucha con atención. A mi madre tampoco le gusta verme llorar, así que me quedo con un nudo en la garganta mientras miro de reojo la ilustración del libro, donde el soldado agoniza en el campo de batalla con una mano tendida hacia la aparición radiante de su madre, que yo sé que no está allí en realidad. Todas las canciones del libro cuentan cosas similares, y mientras mi madre las canta, yo puedo hacer lo que me apetezca, porque se enfrasca tanto en su mundo que nada ajeno a él es capaz de perturbarla. Tampoco oye si los de abajo comienzan a pelearse y a regañar. Abajo vive Rapunzel, la de la larga trenza dorada, con sus padres, que aún no se la han vendido a la bruja a cambio de un ramo de campanillas. Mi hermano es el príncipe e ignora que no tardará en quedarse ciego cuando caiga de la torre. Él clava clavos en su tablita y es el orgullo de la familia. Es lo que tienen los chicos; las chicas solo sirven para casarse y tener hijos. A ellas hay que mantenerlas, que no esperen nada más. El padre y la madre de Rapunzel trabajan en la Carlsberg y se beben cincuenta cervezas al día cada uno. De noche, al volver a casa, siguen bebiendo, y poco antes de la hora de que me vaya a la cama empiezan a chillar y a pegar a Rapunzel con un bastón de los gordos. Siempre aparece en el colegio con moratones en la cara o por las piernas. Cuando se cansan de zurrarle, se abalanzan uno sobre otro armados con botellas y patas de silla rotas, y muchas veces la policía viene a llevarse a uno de los dos, con lo que por fin la casa se queda en calma. Ni a mi madre ni a mi padre les hace gracia la policía. Ellos creen que los padres de Rapunzel tienen derecho a matarse en paz si les viene en gana. Les hacen el trabajo sucio a los de arriba, dice siempre mi padre de los policías, y mi madre nos ha hablado muchas veces del día que los gendarmes se llevaron al abuelo y lo encerraron en la cárcel. No lo olvidará jamás. Mi padre no bebe y tampoco ha estado en la cárcel. Mis padres no se pelean y yo vivo mucho mejor que ellos cuando eran niños. Aun así, cuando abajo por fin reina el silencio y tengo que ir a acostarme, mis pensamientos siempre se tiñen con un ribete negro de miedo. Buenas noches, se despide mi madre antes de cerrar mi puerta y regresar al calor de la salita. Yo me quito el vestido y las enaguas de lana y el corpiño y los leotardos negros que me regalan todas las Navidades, me meto el camisón por la cabeza y me siento un ratito a la ventana a observar el patio negro que se abre abajo, a lo lejos, y el muro de las casas de la escalera exterior, que siempre llora como si hubiese estado lloviendo. Casi nunca hay luz en las ventanas, porque al otro lado del patio solo hay dormitorios y las personas de bien duermen con la luz apagada. Entre los muros alcanzo a ver un cuadradito de cielo en el que a veces brilla una estrella solitaria. Yo la llamo el lucero de la tarde y pienso en ella con todas mis fuerzas cuando mi madre apaga la luz y yo me quedo en la cama viendo cómo las pilas de ropa que hay detrás de la puerta se convierten en brazos largos y retorcidos que tratan de agarrarme por el cuello. Intento chillar, pero todos mis intentos quedan reducidos a un débil susurro, y cuando al fin sale el grito, la cama y yo estamos empapadas de sudor. Mi padre asoma por la puerta y la luz está encendida. Solo has tenido una pesadilla, me dice, a mí también me pasaba a menudo de pequeño. Pero claro, eran otros tiempos. Me estudia pensativo, creo que no le parece apropiado que una niña con una vida tan buena como la mía tenga pesadillas. Le sonrío con timidez a modo de disculpa, como si el grito solo hubiese sido una ocurrencia boba. Me tapo con el edredón hasta la barbilla, porque un hombre no debe ver a una señorita en camisón. Venga, venga, dice; luego apaga y se va, llevándose consigo el miedo de alguna forma, porque me duermo tranquila y la ropa que hay tras la puerta no es más que un montón de trapos viejos. En sueños, me alejo de la noche que pasa frente a la ventana con su séquito de horror, maldad y peligros. Más allá, en Istedgade, tan luminosa y animada durante el día, gimen los coches de policía y las ambulancias mientras yo descanso a salvo oculta bajo el edredón. Los borrachos yacen en el arroyo con la cabeza partida y ensangrentada, y si entras en el Café Charles, te matan. Eso dice mi hermano, y todo lo que él dice es cierto.


Tove Ditlevsen
Trilogía de Copenhague
Seix Barral, Barcelona, 2021, pp. 16-18

lunes, 6 de diciembre de 2021

Casa de citas / Tove Ditlevsen / Mi madre

 



Tove Ditlevsen
MI MADRE

Una vez que la esperanza estaba rota, mi madre se vestía con movimientos bruscos y exasperados, como si cada prenda fuese una ofensa en su contra. Yo también tenía que vestirme y el mundo se volvía un lugar frío, lóbrego y amenazante, pues la cólera sombría de mi madre siempre acababa conmigo abofeteada o estrellada contra la estufa. Para mí era un enigma, una desconocida, y me decía a mí misma que me habían cambiado al nacer y que ella no era mi madre. Ya vestida, se miraba en el espejo de la alcoba y escupía en un trocito de papel de seda rosa que se pasaba con fuerza por las mejillas. Yo llevaba las tazas a la cocina mientras en mi interior palabras largas y extrañas se encaramaban por mi alma a modo de película protectora. Una canción, un poema, algo rítmico, calmante y melancólico a más no poder, pero jamás triste y doloroso, pues sabía que triste y doloroso sería el resto del día. Cuando me recorrían esas oleadas de palabras, sabía que mi madre ya no podría hacerme nada, porque había dejado de importarme. Ella también lo sabía y sus ojos se llenaban de una fría hostilidad. Nunca me pegaba cuando me encontraba en ese estado de ánimo, pero tampoco me hablaba. A partir de ese momento y hasta la mañana siguiente, la única cercanía era la de nuestros cuerpos, que, a pesar de lo exiguo del espacio, evitaban el más mínimo contacto. La mujer del marinero que colgaba en la pared seguía añorando al marido, pero mi madre y yo no necesitábamos ni hombres ni chiquillos en nuestro universo. Nuestra felicidad, extraña y fragilísima, solo florecía cuando estábamos a solas, y cuando dejé de ser una niña no volvió más que en raros destellos ocasionales que, sin embargo, para mí no tienen precio ahora que mi madre ha muerto y ya no queda nadie que cuente su historia tal como fue en realidad. 

Tove Ditlevsen
Trilogía de Copenhague
Seix Barral, Barcelona, 2021, pp. 11-12