LA REINA QUE NO SE ARRODILLÓ
Una mujer que prefirió la libertad del exilio antes que la sumisión de la "finca". Todo comenzó con un desplante que el dictador Fidel Castro nunca olvidaría: en una fiesta, el "máximo líder" mandó a llamarla como quien pide un favor a un sirviente, y Celia, con la frente en alto, respondió que ella estaba allí para cantar junto al piano y que, si el comandante quería conocerla, debía caminar él. Esa autonomía fue su sentencia de muerte política en una isla donde solo se permitía una voluntad.























