FUENTE DE LA IMAGÁngel González
Todo amor es efímero
Ninguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba:
mi vida entera.
FUENTE DE LA IMAGNinguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba:
mi vida entera.
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| Colette |
Pla dejó escrito cuanto hay de esfíngico en los gatos al afirmar que “todo en el gato es dogma, seriedad y forma eterna”
Siempre ha habido secretas simpatías entre los gatos, la soledad, los libros y el silencio. Los príncipes de este mundo se han hecho retratar con perros y caballos, mientras que el gato quedó para posar en el regazo bien acolchado de los cardenales. Es animal de interior, y todavía hoy una biblioteca será más biblioteca si un gato se pasea por entre los lomos de los libros con indiferencia de dama de bolero. Según Von Betchen, “el gato se parece a lo que los escritores querrían ser”: es decir, gentes independientes y caracteres sin sobresaltos. Y aún podríamos añadir: tanto a los escritores como a los gatos les gusta el mismo tipo de vida, sofá orejero por el día; escapada y aventura al caer la noche.

En la novela En diciembre llegaban las brisas (Alfaguara). Marvel Moreno rompe con las figuras femeninas del universo mítico y narra una realidad que va desde las vidas privadas de los barranquilleros hasta una condición de la humanidad entera. Este libro contiene múltiples voces que se tejen alrededor de las contradicciones del mundo femenino, en un universo narrativo que combate tanto las ataduras de una vida burguesa y tradicional como sus formas de representación.
LA SARAJEVO DE ENKI BILAL ![]() VOLVER DEL FUTURO |
Es yugoslavo y fue, junto a Moebius y Philippe Druillet, uno de los nombres más importantes del renacimiento de la historieta francesa hacia fines de los setenta. Ahora, después de abandonar la historieta para poner los cuadros en movimiento probando suerte en el cine, Enki Bilal está de vuelta. Con El sueño del monstruo, un comic ambientado en la Sarajevo del 2030, y protagonizado por un hombre que intenta recordar cómo fue su vida desde el día que nació en plena guerra. |
Que se peleen Plinio Apuleyo Mendoza y D'Artagnan es sorprendente: son idénticos. Igual de lambones, igual de arribistas, igual de cínicos. Hasta la foto de sesudos pensadores con que los dos adornan sus columnas de prensa respectivas es igual. Si existe alguna diferencia entre ambos es que D'Artagnan no sabe escribir, y Plinio sí. (O al menos sabía: a juzgar por el capítulo publicado en la prensa de su última novela ha resuelto dejar que su prosa naufrague en la cursilería.) Sabe escribir, o sabía, pero no sabe leer. Lo digo porque en una columna reciente de esta revista habla de mí, y me pasman las deducciones que saca de lo que escribo: no ha entendido una palabra. Así, nunca me he "estremecido de horror" leyendo las zalamerías de Plinio a los poderosos: a lo sumo me da un repeluzno de asco. Así, nunca he tenido "gusto sospechoso" por el jerez, que más bien me produce dolor de cabeza, ni por los calamares en su tinta, que por lo visto constituyen para él el colmo de la exquisitez, o quizás del precio. No me "horroriza la chusma maloliente", entre otras cosas porque hay gente que huele peor, incluso por escrito, como el propio Plinio. No "me crispa" Castro: al revés, lo considero el político más importante que ha dado América en este siglo (aunque no escribiría a su sueldo, como hizo Plinio en Prensa Latina). No soy "enemigo irreductible" de la corbata (aunque tampoco me avergüenzo de no usarla, como él, que en su foto disfraza la ausencia de corbata con la mano de sesudo pensador); ni de los militares (aunque no viva, como él, lamiéndoles las botas); ni de los señores que se sientan en los clubes (aunque no los considere, como él, "arquetipos del privilegiado", ni, como él, les tenga envidia). Sólo soy enemigo del espíritu de club, del espíritu militar, y del espíritu encorbatado, que son tres formas de cerrazón del espíritu. No grito "viva la paz" como un inocente pajarillo: me limito a explicar por qué la guerra que Plinio canta es a la vez criminal y suicida, y además se está perdiendo: todos la estamos perdiendo. Y en cuanto a lo de haberme quedado con las ideas que tenía a los 20 años, no me parece mal. Lo que es malo es cambiar de ideas cada cuatrienio, como hace Plinio al viento cambiante de sus anhelos diplomáticos.
En cuanto a lo del apellido Holguín: en primer lugar, no es el único que llevo. Tengo además el de Caballero, y 20 más. No figuran entre ellos ni el de Chusacá ni el de Tibocha, pero si figuraran no "me sentiría mejor", ni tampoco peor: no me parecen grotescos ni vergonzosos, como a Plinio, que en su arribismo los considera así sólo porque pertenecen a una raza vencida. (Aunque también le parece ridículo el de "un señor Bromberg", que suena a victoriosa raza aria o a pueblo elegido de Jehová: en su ciego racismo Plinio no se orienta ni por el oído.) Pero, sobre todo, se equivoca creyendo que "no me perdono a mí mismo llevar a cuestas el apellido Holguín". No lo llevo "a cuestas", sino con orgullo. Porque considero que el apellido Holguín es un honor y una responsabilidad; y no, como supone Plinio en su mezquindad, un pase de favor para ir a almorzar al Jockey.
Porque me parece un individuo mezquino, racista, arribista, criminal, lambón, venal, maloliente, de mal gusto en materia de comida y bebida, lector incompetente y escritor cursi, cuando Plinio trate de hacerse socio del Jockey Club yo le echaré bola negra.
Un comentario final sobre el tema de los apellidos. En el extranjero, donde no saben quién es Plinio tan bien como lo sabemos en Colombia, la gente siempre piensa al conocerlo que su apellido es Apuleyo. "Monsieur Apuleyó", lo llaman en París, y "signore Apuleyo" en Roma, al azar de su profusa vida diplomática. Ya lo de 'Plinio' les parece suficientemente estrambótico, y no pueden creer que por añadidura sus padres hubieran llevado la crueldad hasta el extremo de ponerle lo de 'Apuleyo'. Pero no fue por crueldad, sino por precaución. Es que sus pobres padres, al echarle la vista encima a la cara del recién nacido, intuyeron cómo se iba a volver cuando grande el angelito; y quisieron darle ese segundo nombre de escritor romano para que, leyéndolo, Plinio descubriera que el antídoto contra la maldición de haberse metamorfoseado en una repulsiva alimaña es la receta que da Apuleyo en su novela El asno de oro: comer rosas. Pero Plinio no sabe leer. Y además no le gustan las rosas.
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| Juan José Saer |
Desde que murió su hijo, Wenceslao también tiene que aprender a vivir sin su mujer. Toda la familia, excepto ella ―que no tiene nombre―, se reúne para celebrar el último día del año: una fiesta que dura todo el día y concluye con la cena de un cordero asado.
Me arrepiento profundamente de haber asistido a la final del mundial de fútbol en un estadio en las afueras de Nueva York. Fue una pésima decisión, una de las peores que he tomado. Gasté una fortuna absurda para sufrir de una manera absurda. Lo pasé fatal antes, durante y después del partido. No volveré a la cancha para ver fútbol.

Echo muchísimo de menos cuando estoy en Rota a Ángel González, nuestro poeta querido. Nos lo llevábamos a la playa y decía: “En bañador estamos ridículos todos, salvo los que tienen quince años”. Y tenía razón (risas)… Llegábamos allí y todas mis vecinas, que llevan cuidándome veinticinco años, también cuidaban de él. Eran lectoras suyas, le llevaban libros para que se los firmase, estaban pendientes de él... Y allí estaba Ángel, sentado en una hamaca, con un langostino de Sanlúcar en una mano y una manzanilla en rama en la otra, diciendo: “Esto no es una playa, esto es el Palace”.
Era el mejor. El más silencioso y, al mismo tiempo, el más divertido. Un poeta absolutamente descomunal. Nunca he conocido a una persona más humilde ni que escuchara con todo el cuerpo, como escuchaba él. Tenía una mezcla de magia y de melancolía permanente. Una melancolía irónica, si es que eso existe. Eso era Ángel. Muchas veces se quedaba unos días en casa de Luis [García Montero] y Almudena [Grandes] y, cuando empezaba a pensar que podía molestar, yo le decía: “Ángel, si crees que molestas, te vienes conmigo”. Y se venía a mi casa otra temporada. Siempre digo que el verbo más bonito del diccionario es cuidar. Nosotros nos hemos cuidado mucho unos a otros. Eso también ha significado sufrir muchas pérdidas y echar de menos a mucha gente, pero así es la vida.
ESQUIRE
Hoy amanecí pensando en dos frases colombianas. La primera es muy común entre los vigilantes de Bogotá. Cuando necesitan que alguien se vaya de un lugar, se acercan y le hablan con modales ceremoniosos:
—¿Me colabora con la salida, sumercé?
La segunda es una propuesta amorosa de las abuelas costeñas a sus nietos (cuando ven que el almuerzo está demorado y que ya hace hambre):
—Mijos: vayan comiéndose unas galleticas de soda.
Ambas frases tienen el mismo fin: suavizar el golpe. La del primer caso te echa a la calle con cariño y la del segundo te engaña el hambre con carbohidratos.
Gestos de nuestra Colombia.
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| John Cheever en su estudio |
En cuestiones complejas de definir, por temas de subjetividad y cánones de calidad, la tecnología surge como un aliado que, por lo menos, aparenta subjetividad. Es por eso que para definir cuál es el mejor escritor de la historia, la inteligencia artificial (IA) puede dar respuesta a muchos interesados.
Porque en mi familia lo primero que falla es el corazón
y casi nadie supera la década de los cincuenta,
creo que me quedaré hasta tarde con unos cuantos sinvergüenzas
de mi elección y me resistiré a los buenos consejos.
Inventaré un secreto pergamino perdido por los egipcios
y revelaré su contenido: las direcciones
que llevan a tu casa, las recetas del perdón.
El historial dice que mis ventrículos son callejones adoquinados,
mi propio corazón una ciudad con un terrorista
atrincherado en el despacho del alcalde.
Estoy de un humor que me lleva a puntuar
sólo con esa fábrica de promesas, los dos puntos:
siguiente, siguiente, siguiente, dicen, Dios los bendiga.
Como podría haber escrito García Lorca: algunas personas
se olvidan de vivir como si una gran langosta de arsénico
pudiera caérseles encima en cualquier momento.
Mañana cumpliré sesenta años.
Venid, jugad conmigo al póquer,
quiero que me desplumen.
Ya estoy harto de hijos de puta pusilánimes.
Un corazón es para gastarlo. En cuanto a mí, compartiré
mi trituradora con cualquiera que necesite triturar.
Es hora de abandonar la búsqueda de lo invisible.
Incluso en los mejores días no contamos más
que con la más vaga de las insinuaciones. El milenio,
querido, nos va a defraudar, seguro.
Creo que seguiré describiendo las cosas
para asegurarme de que en verdad han sucedido.
Un hombre me preguntó
la historia de mi vida.
Dije
que yo no tenía
historia.
Que todas mis historias eran vidas,
como hongos,
aparentemente sin raíces,
aunque las esporas, microscópicas, que bailan
en la tierra
como mi mano roza tu cara mientras
duermes,
ya no son misteriosas;
y recordé que todas mis historias son una sola,
dejando a una mujer con un puñado de plata
que se vuelve luz de luna
desvanece como el aire,
desaparece con el sol,
permaneciendo ella con sus manos abiertas
y la poesía que es música,
una canción que nos ronda a todos
es lo que le queda,
su realidad misteriosamente,
quizá microscópicamente, ida
para aparecer en otro
terreno pantanoso.
Yo busco al mago que entienda
lo que es invisible
al ojo desnudo,
que lea la poesía como un texto
para una nueva especie de jardín,
que convierta la luz de luna
en un puñado de plata,
en algo sólido y real,
no en ilusión,
no en viejas historias,
no en la vieja versión de la vida,
no en hongos venenosos.
Hongos,
comibles,
hermosos,
que dejan caer las esporas
y dan vida
justamente
como nosotros.
La historia de mi vida
es
que continúa.
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| Javier Marías Foto de Gianfranco Tripodo |
Quizá no sea lo más sensato por parte de un escritor que sobre todo hace novelas confesar que cada vez le parece más raro no ya el hecho de escribirlas, sino incluso el de leerlas. Nos hemos acostumbrado a ese género híbrido y flexible desde hace por lo menos trescientos noventa años, cuando en 1605 apareció la primera parte del Quijote en mi ciudad natal, Madrid, y nos hemos acostumbrado tanto que consideramos enteramente normal el acto de abrir un libro y empezar a leer lo que no se nos oculta que es ficción, esto es, algo no sucedido, que no ha tenido lugar en la realidad. El filósofo rumano Cioran, muerto recientemente, explicaba que no leía novelas por eso mismo: habiendo ocurrido tanto en el mundo, cómo podía interesarse por cosas que ni siquiera habían acontecido; prefería las memorias, las autobiografías, los diarios, la correspondencia y los libros de Historia. Si lo pensamos dos veces, tal vez a Cioran no le faltara razón y tal vez sea inexplicable que personas adultas y más o menos competentes estén dispuestas a sumergirse en una narración que desde el primer momento se les advierte que es inventada. Todavía es más raro si tenemos en cuenta que nuestros libros actuales llevan en la cubierta, bien visible, el nombre del autor, a menudo su foto y una nota biográfica en la solapa, a veces una dedicatoria o una cita, y sabemos que todo eso es aún de ese autor y no del narrador. A partir de una página determinada, como si con ella se levantara el telón de un teatro, fingimos olvidar toda esa información y nos disponemos a atender a otra voz -sea en primera o en tercera persona- que sin embargo sabemos que es la de ese escritor impostada o disfrazada. ¿Qué nos da esa capacidad de fingimiento? ¿Por qué seguirnos leyendo novelas y apreciándolas y tomándolas en serio y hasta premiándolas, en un mundo cada vez menos ingenuo?
La gente ve las asistencias, los regates y la magia, pero no ven lo que Leo hace con sus palabras. Cuando entré al campo, se acercó a mí y me dijo: 'Ataca el espacio entre los defensores. Ve a por los cabezazos. Sigue haciendo esos desmarques'”. Lo intenté la primera vez y no funcionó. Lo miré y, en lugar de decirme que cambiara, me siguió dando señales para que siguiera creyendo. Sabía que la oportunidad llegaría. Estábamos 1-1 con menos de cinco minutos para el final. Leo miró el marcador, luego me miró directamente y asintió. Ni siquiera tuvo que hablar. Sabía exactamente lo que quería. Sabía cuál era la misión. Eso es lo que lo hace diferente. Ve el juego antes que nadie. Sabe dónde se abrirá el espacio y te da la confianza para atacarlo sin dudarlo. Jugar con él es increíble porque no solo crea oportunidades con los pies. Genera confianza en cada jugador a su alrededor. A los 39 años, sigue liderando a Argentina en los partidos más importantes, sigue decidiendo partidos y sigue demostrándonos por qué es el mejor futbolista que he visto en mi vida. Estamos en otra final de la Copa del Mundo porque, una vez más, cuando Argentina necesitaba a alguien que nos guiara, Lionel Messi fue ese hombre.
Este es el momento en que la pelota sale de los pies de Lionel Messi en su segunda asistencia en semifinal contra Inglaterra.
Cuenta los defensores en línea, antes de Lautaro Martínez: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Suma uno después de Lautaro. Suma uno ligeramente atrasado pero muy cerca. Son ocho defensores ingleses, seis de ellos en línea entre el que lanza la pelota y el que la recibe.
Entiende esto: el que lanza la pelota... tiene 39 años. Y no lo hace con la zurda. Él tiene la pierna zurda más extraordinaria que haya concebido Dios para este deporte. Pero no tira ese centro con esa pierna. Lo tira con la derecha. Con "la mala".
Y el balón alcanza exacta, matemática, imposiblemente la cabeza de Lautaro Martínez, un delantero de apenas 1.74 metros, sin que ninguno de los ocho defensores a su alrededor puedan evitarlo.
Ahora sal y di que esto que has visto con tus ojos no es cosa de magia única, genialidad irrepetible en nuestras existencias, del hombre que no solo es hoy el máximo goleador de la historia de este torneo: también es el máximo asistidor. Habla de FIFA, robos, Infantinos. Haz el indio.
Todos tienen derecho a hacer el idiota alguna vez. Pero hasta tus nietos se avergonzarán de ti.