No poseía una gran voz. "Me considero un cantante frustrado", dijo. Ni pinta ni voz. Bromeaba que le hubiese gustado ser Luis Miguel, con quien mantuvo una difícil relación. Lo admiraba demasiado como cantante pero poco como persona. “Es más fácil que un elefante logre pasar por el ojo de una aguja a que Luis Miguel haga algo por el prójimo”, dijo Manzanero. El Sol de México, dándole la razón, ni siquiera se manifestó tras la muerte del maestro.
Poseía poesía y formación musical y, por lo tanto, como compositor era otro cuento. Sus canciones suenan mejor en otras voces, es cierto, pero es por su armazón tan perfecta, por el exquisito maridaje de letra y melodía, que resultan perdurables. “Para mí componer es como respirar”, dijo en una entrevista de 2017. “Si tengo una canción que hace falta la compongo, y si no, la guardo. Le voy a decir que como algunos entran a tomarse un trago o se meten a la computadora, yo me siento en mi piano.” Así, noche tras noche, día tras día, compuso más de cuatrocientas canciones. Juan Pablo Manzanero precisa que hay 450 registradas y entre ciento cincuenta y doscientas inéditas. Unas cincuenta fueron éxitos internacionales. Se trata del trabajo de toda la vida, desde los años cincuenta, intenso, constante y bien remunerado. La fortuna de Armando Manzanero se calcula en 45 millones de dólares.
Aparte de su innegable talento, de sus inmortales boleros, que agregaron felicidad a nuestras vidas, Manzanero era un caballero, todo un señor, agradecido, amable y generoso, y por supuesto, una persona muy querida. “En el arte, nadie es más amado que los músicos”, dijo Fran Lebowitz. Manzanero se paseó por la vida sin la arrogancia de los genios. Él mismo cuenta que cuando preguntaba cuánto le faltaba para el metro, la gente hacía una seña con el pulgar y el índice antes de responderle: "Un tantito así".
Nunca perdió el acento. De niño hablaba maya y luego lo olvidó. Pero siempre mantuvo esa manera de hablar lenta y reposada tan propia de su gente. "Los yucatecos somos mal hablados", dijo más de una vez, pero no lo demostraba. Sabía que hay lugares para maldecir, y que maldecir resulta inevitable. Disciplinado, estricto, puntual, amante de la buena comida, la armonía y la belleza. Si viajaba, por ejemplo, le encargaba a alguien el cuidado de las plantas. Era un enamorado. "Siempre que me he enamorado me he casado", confesó alguna vez. Se enamoró cinco veces entonces. Sus mujeres fueron blancas, altas, hermosas, como si la una fuera el retrato de la otra. "Lo único mejor que una mujer son dos", dijo.
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Amarrados Armando Manzanero y Susana Zabaleta |
No creo que el maestro haya sido exacto en cuanto al asunto del enamoramiento y los matrimonios. En la cuenta oficial no entra la bellísima Susana Zabaleta. Brotaban chispas en Amarrados, el espectáculo que montaron juntos y, diez años después, la pandemia echó a perder la gira que se llamaría Contigo aprendí. "Me quedé con las ganas", dijo Susana. Y en cámara, junto a Manzanero, precisó: "Yo aprendí mi vida con este señor". Si fue real, si fue platónico, poco importa en las páginas de la eternidad: se amaron.
La gente abrazaba a Manzanero en la calle y él, feliz como un niño, y no solo por su breve estatura, posaba para cuanta foto le pidieran, hasta que su mujer, alta y enorme a su lado, se lo llevaba de la mano. Así vivía, en su Mérida natal.
Así llegaron los ochenta y cinco, y el maestro no resistió la tentación del festejo. En México todo se hace en grande, todos van a todas partes. “Vivimos amontonados, es que somos tantos”, me dijo alguna vez la princesa de Copilco Elia Crotte. No conozco gente más generosa y más hospitalaria que los mexicanos. Su mesa es de una exuberancia embriagadora. Abren su corazón y su casa sin restricciones, “mi casa suya de usted”, convirtiendo a los extraños en parte de la familia.
"Oye, pa, no andes saliendo", le dijo Juan Pablo al maestro. Y menos con diabetes y el riñón "jodido". Pero el destino estaba escrito. “Si no salgo, me muero”, dijo Manzanero.