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viernes, 18 de septiembre de 2026

Un escritor / Saul Bellow / Herzog


Saul Bellow

Días de Bellow
16 de agosto de 2016

Sin proponérmelo mucho me he encontrado leyendo de nuevo a Saul Bellow en las siestas de agosto, en las noches en que el calor y el trastorno de un viaje muy largo ahuyentan el sueño. No es que haya decidido volver a él por un motivo especial, sino que sus libros forman parte de mi paisaje más cercano, de modo que encuentro uno en el cajón de una mesa de noche que no he abierto en varios meses y empiezo a leerlo o lo abro al azar por la mitad y ya no me resigno a dejarlo, o encuentro en una librería una edición nueva y tentadora que me devuelve la ilusión del descubrimiento, o simplemente veo uno de sus títulos alineados en la estantería y la mano se va hacia el lomo del libro con esa naturalidad con que nos gusta tocar las cosas que nunca nos defraudan, un lápiz, una copa de vino, un cierto cuaderno. Penguin ha sacado una edición austera y exquisita de los libros de Bellow, lo cual es un buen pretexto para descartar aquellos volúmenes de portadas atroces de los años ochenta, los primeros que yo leí. Pero a la hora de la verdad no me decido a desprenderme de ellos, aunque el papel era de muy mala calidad y se ha puesto quebradizo y amarillo, y las ilustraciones de las portadas se han vuelto todavía más chillonas con el paso de los años. De modo que ahora tengo el Herzog feo y maltratado que leí por primera vez hará unos quince años junto al impecable que compré la semana pasada, y es como si a la materia inalterada de la novela se agregara mi vida de lector, la vida misma que ha ido transcurriendo mientras yo leía y releía este libro, familiarizándome más con él a medida que iba conociendo mejor el idioma en el que está escrito y los lugares en los que sucede, el habla y hasta la apariencia física de los tipos humanos que retrata.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Un escritor / Saul Bellow / El biógrafo eterno

Saul Bellow


El biógrafo eterno

La posteridad de Saul Bellow no está asentada. Aún provoca casi la misma controversia que lo rodeaba cuando estaba vivo


El escritor Saul Bellow. / CORDON PRESS

Parece mentira, pero ya hace 100 años que nació Saul Bellow. Está tan cerca todavía que nos cuesta situarlo en un pasado lejano. Murió en 2005, y solo unos años antes, a los 85, había publicado una última novela, Ravelstein, en la que seguían muy presentes sus mejores facultades, ese descaro algo temerario contenido en un término yidis que a él le gustaba mucho, Chutzpah. La posteridad de Bellow, por ahora, está siendo cualquier cosa menos asentada. Después de muerto sigue provocando casi la misma controversia que lo rodeaba cuando estaba vivo. En 2010 se publicaron sus cartas, una celebración jugosa del amor por la literatura y por la amistad y los amores de un hombre que disfrutó siempre de la vida y se casó cinco veces. Bellow se definió cómicamente a sí mismo como un serial marrier, pero también era, para beneficio nuestro, un escritor en serie, un autor infatigable de novelas, cartas, artículos, cuentos cortos, diatribas. Salió el año pasado un libro de memorias poco halagador para él de su hijo mayor, Gregory, y este año, con el aliciente del centenario, se ha publicado ya un volumen muy completo de sus ensayos, y acaba de aparecer el primer tomo de una nueva biografía que se promete inmensa, The Life of Saul Bellow: To Fame and Fortune, de Zachary Leader.

Un escritor / Saul Bellow / Sosiego final






Sosiego final de Saul Bellow

ANTONIO MUÑOZ MOLINA
20 NOV 2010


En la última carta que escribió en su vida, un año antes de morir, Saul Bellow se acordaba de unas sandalias que su madre le había comprado cuando tenía seis o siete años, y que le gustaban tanto que las untaba con mantequilla para mantener fresco y flexible el cuero del que estaban hechas. Qué asombroso cómo todo se resume en un par de sandalias de cuero, dice Bellow en la última línea, antes de la despedida. Quizás uno de sus últimos pensamientos o recuerdos antes de perder la conciencia sólo un año después tendría que ver con esas sandalias en las que se resumía su infancia: la cercanía de la madre que iba a morir muy poco tiempo después y el amor de un niño pobre por un pequeño regalo conseguido después de haberlo mirado mucho en un escaparate. En 2004 Saul Bellow era un anciano que vivía retirado en una zona rural de Nueva Inglaterra y tenía una esposa muchos años más joven y una hija de cinco años. La veía jugar cerca de él cuando escribía esa última carta y pensaba que la niña era más pequeña de lo que él había sido cuando se quitaba cuidadosamente sus sandalias de cuero antes de acostarse. Casi nonagenario ahora, sin proyectos de nuevos libros ni de viajes, quizás le dio tiempo a disfrutar una serenidad y un desahogo que no había tenido nunca en su vida, desde que empezó a hacerse adulto en los duros barrios de emigrantes del Chicago de la Gran Depresión, cuando devoraba uno tras otro los libros retirados de la biblioteca pública al mismo tiempo que estudiaba y que intentaba buscarse la vida trabajando en cualquier oficio que se presentara. La mezcla de entusiasmo y penuria de aquellos tiempos iba a alimentar siempre su imaginación y a determinar su actitud hacia el mundo: perseguir contra viento y marea aquello que uno desea o a lo que considera que tiene derecho; pelear si es preciso para que a uno no lo pisen y no dejar ninguna ofensa sin respuesta para ser respetado.

domingo, 23 de octubre de 2022

Cartas / De Saul Bellow a Martin Amis

 

Isabel Fonseca, Martin Amis, Janis, Rosie y Saul Bellow, en East Hampton, Nueva York, en el verano de 2001


A Martin Amis 
Brookline, 7 de febrero, 2000


Querido Martin:


Era un correspondiente dispuesto pero, por alguna razón, a lo largo de los años, perdí la costumbre de escribir cartas. Quizá en el fondo de eso estuviera la muerte de tantos amigos, una primera generación y luego una segunda y después incluso una tercera. Sospecho que he perdido la cuenta. Quizá hasta las confidencias que hago a mis amigos sean ahora ofrecidas a mis lectores. Eso, si es cierto, no es una tendencia positiva, pero no estoy preparado para ir más lejos en esa dirección. Basta decir que tengo ganas de hablar contigo y que muchas veces veo que vuelvo hacia ti en busca de alivio. Es un juego de niños tener conversaciones imaginarias, por alguna razón convencidos —como los niños— de que lo imaginario es fielmente traducido a las mentes de nuestros amigos.

Pero todo el tiempo pienso en Ravelstein. Nunca he escrito algo como Ravelstein, y la mezcla de hechos y ficción se me ha ido de las manos. Hay además otros elementos, porque los hechos son muy impuros. Existen los hechos, y después existen los hechos periodísticos con sus acentos habituales. Puedes incluso ver a los periodistas transformando los hechos en escándalo y, hacia la cima, escándalos que se convierten en mitos, trasladándose al territorio medieval reservado para la peste. No estoy preparado para oír la campanilla de un leproso en los cruces del afecto y el encanto excéntrico.

Parece que mucha gente conocía la verdad sobre Allan. Si no la pura verdad, la clase flexible y versátil con la que está familiarizada la política universitaria. Así que me vi retado por gente fanática. Descubrí muy pronto que Allan tenía enemigos que se preparaban para revelar que había muerto de SIDA. En ese momento perdí la cabeza; cuando el New York Times me llamó para resolver el asunto me desmoroné: no supe ser más astuto que los periodistas. Así que aquí estoy, el autor de un homenaje que se ha transformado en uno de esos civilizados desastres para los que nadie puede estar preparado.

Como bien sabes, la atención del público y de la prensa es pocas veces agradable, y con raras excepciones (el Papa, por ejemplo) no le concede un respiro a nadie. Le digo a la gente que Ravelstein me pidió que escribiera una memoria y que habría sido falso y perverso omitir del relato que hacía de su vida la enfermedad que lo mató. Con una sabiduría omnisciente como la suya habría sido imposible no predecir qué saldría de esto. Pero yo estaba preparado, o eso pensaba, para manejar todos los bochornos que iban a abalanzarse sobre mí. No podría haberme mirado al espejo si me hubiera apartado de un personaje de la estatura de Ravelstein. Hace mucho entendí que lo que llamamos el arte de la ficción se marchitaba porque… bueno, porque las democracias modernas no son heroicas.

Pero descubro que debo explicar la democracia no heroica a los periodistas y el público, y eso me deprime más allá de todos los límites de las depresiones previas. Obtengo todo el consuelo que puedo reflexionando que en todo caso a mi edad la tienda está a punto de cerrar las puertas. La semana pasada vi a mi anciana hermana en Cincinnati. Tiene nueve anos más que yo, y cuando me enteré de la noticia del accidente de un avión de Air Alaska en la costa del Pacífico pensé: «¿Por qué no también Delta Airlines, en el Río Ohio?». Pero no. Aterricé sin peligro y me llevaron al manicomio de lujo donde vive mi hermana. Se alegró de que hubiera ido a verla y quería ver fotografías del nuevo bebé. De lo que no hablamos es de que no queda ni una sola tumba libre en el terreno familiar.

Janis cree que esta es una carta opresiva, pero me ha levantado el ánimo.


sábado, 22 de octubre de 2022

Un libro / Saul Bellow / Cartas

 





Bellow, una obra maestra por correo


Alfabia publica por primera vez en español las cartas del Nobel norteamericano a autores como Philip Roth, Martin Amis, Vargas Llosa...
3 de enero de 2012 

Alfabia publica las Cartas de Saul Bellow por primera vez en español. El libro, lejos de ser una mera compilación de anécdotas, puede leerse como la autobiografía que Bellow nunca escribió. Sus cartas desvelan, además, la altura, la intensidad, la inteligencia, la profunda dimensión moral y el humor de sus novelas. Una correspondencia mantenida con autores del calibre de William Faulkner, Bernard Malamud, Philip Roth, Martin Amis, John Cheever, Ralph Ellison, James Salter, Cynthia Ozick..., también con críticos, periodistas, amantes, amigos y familiares, conformando en su conjunto un esclarecedor autorretrato (literario, político, filosófico pero también emotivo y muy personal) de uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo pasado. A continuación reproducimos dos cartas recogidas en el volumen, la primera de ellas, de gran hondura, va dirigida a su amante, Yetta Barshevsky. La segunda es una de las muchas misivas dirigidas Philip Roth, quien dijo de este libro: "No es ninguna sorpresa que el gran novelista sea también un gran escritor de cartas. Lo he leído con voracidad en tres noches, como si acabara de tropezar con una obra maestra perdida de Saul Bellow recientemente descubierta".

EL CULTURAL
Saul Bellow

Querido Saul Bellow


Amelia Castilla
21 de noviembre de 2011

 Las cartas de Bellow pueden leerse casi como una biografía del autor de Las aventuras de Augie March y un recorrido por la época que le tocó vivir. La crítica en Estados Unidos ha comparado su aparición con el descubrimiento de una nueva obra del maestro. Todo lo que tocaba lo convertía en literatura y escribió casi hasta el final de su vida. Íntimo, distante, amargo, en esta correspondencia se muestran sus complejas relaciones con las mujeres, sus opiniones sobre temas candentes, sus gustos literarios, su opinión sobre algunos  periodistas -"Le dije a esa putilla retorcida, que eres uno de nuestros mejores y más interesantes escritores", le cuenta a Philip Roth, quejándose de cómo ha manipulado el texto la redactora-, su relación con otros narradores como Vargas Llosa o  Martin Amis, a quien quería como un padre. Pero entre las cientos de páginas se encuentran también algunas a Marcello Mastroianni, en la que le informa sobre los derechos de El legado de Humboldt o de sus grandes preocupaciones como el asunto judío. Como hijo de emigrantes judíos que era, el tema fue recurrente y, durante gran parte de su vida, expresó abiertamente sus opiniones pero en lo que respecta al holocausto se hacía muchos reproches. Un ejemplo, en una misiva a la escritora norteamericana Cynthia Ozick, en julio de 1987, se expresa así: "Es totalmente cierto que "Los Escritores Judíos de Estados Unidos" (¡una categoria repulsiva!) se perdieron lo que para ellos debería haber sido el asunto central de su tiempo, la destrucción de los judíos europeos. No soy capaz de decir cómo puede evaluarse nuestra responsabilidad. Nosostros (ahora hablo de los judíos y no solo de los escritores) deberíamos haberlo afrontado de manera más completa y profunda". Tras hacerse una sincera autocrítica -"estaba demasiado ocupado en convertirme en novelista como para tomar nota de lo que ocurría en los años cuarenta"- se reprocha qué debía hacer y cómo abordarlo: "No puedo ni empezar a decir qué responsabilidad pueda tener cualquiera de nosotros en un asunto así, en un crimen tan enorme".

Un año antes de morir, en la última carta que escribió en su vida, Bellow se acordaba de unas sandalias que le compró su madre cuando era un niño y que él untaba con mantequilla para mantener fresco el cuero. Un recuerdo de infancia para terminar.

EL PAÍS

Saul Bellow



A Yetta Barshevsky 

South Harvey, Michigan, 28 de mayo, 1932

Querida Yetta:

Sé que esta carta será inesperada, menos inesperada por supuesto que mi marcha improvisada, pero inesperada. Ni siquiera yo la había previsto. Solo tuve tiempo de coger mi traje de baño y unas hojas de papel. los acontecimientos del día me han dejado la mente agitada, pero aprovecho la oportunidad para escribirte, Yetta, para decirte algo que durante semanas se ha estado congregando y fermentando en mi pecho, algo que ha estado hirviendo y bullendo en mi interior, sin encontrar una expresión espontánea. es algo, Yetta, que, más a causa de la incertidumbre y la cobardía que de cualquier otra cosa, no he conseguido mencionar delante de ti. Cierto, soy un cobarde confeso. Todos somos cobardes intrínsecamente, pero la justificación de la cobardía reside en la confesión.

Ahora está oscuro y el viento solitario hace que los árboles susurren y silben suavemente. en algún lugar de la noche un pájaro grita al viento. En la habitación de al lado, mi hermano ronca suave, insistentemente. El campo duerme. Las olas se alzan iracundas ante la casa, no pueden alcanzarla, gruñen y se retiran. Por encima de mí, la luz se mueve hacia delante y detrás, delante y detrás. Produce sombras en el papel, en mi cara. Estoy pensando, pensando, Yetta, vagando en la noche, en el infinito, y todos mis pensamientos tratan de ti. Pero mis pensamientos sobre ti no son totalmente amables, pican, atacan. ¿O debemos ir al grano?

Pensarás, quizá: "Vendedor de palabras". Porque la tuya es una mente de la liga de la Juventud Comunista. O: "¿Qué le ha dado al sólido y bovino Bellow?".

Pero todo el tiempo tendrás un presentimiento, y todo el tiempo rezarás. (Porque eres devota, Yetta.)

"¿Por qué escribe, por qué el muy idiota no espera hasta volver para que pueda intimidarle?".

Detesto el melodrama. Lo único que odio más intensamente que el melodrama y la espinaca soy yo mismo. ¿Piensas, quizá, que estoy loco? lo estoy. Pero tengo mi pluma; estoy en mi elemento y te desafío. (Aquí hay una pausa prolongada, un suspiro ventoso, y el indomable Bellow irrumpe con toda su plenitud y fuerza.)

Últimamente ha habido una perceptible desavenencia entre nosotros. Parece que el incorregible [Nathan] Goldstein está inquieto. Parece que en presencia de otros eres demasiado pródiga en tu afecto hacia él. La situación es crítica. (Por cierto, Yetta, debes enseñarle esta carta a Goldstein.) Tenlo en cuenta: no hago un sacrificio ni un secreto de entregarte. Aborrezco el sacrificio y el martirio: son la hipocresía dentro de la hipocresía; una expresión de dogmas y fanatismos bárbaros; su motivo, su motivo enmascarado, es repugnante: la mera ocultación del egoísmo y el individualismo.

Así que nos separamos de mutuo acuerdo. Tú a escuchar las arengas marxistas de Goldstein con un interés semifingido; yo a recostarme en los senos de los voluptuosos tiempo y espacio y a sofocar el deseo y la esperanza. El oriental, como sabes, es un fatalista. Quizá sea el atavismo lo que me impulsa a decir: "lo que ha de ser será". Y así estoy satisfecho. No me arrepiento de nada. Durante un tiempo me cubriré con una reserva herida. Quizá encuentre consuelo en la calma filosófica del asceta. El hombre siempre intenta justificar sus actos. Ser un recluso es una justificación de lo errado de un acierto. Durante varias semanas, con una cínica inclinación del labio y una mirada cansada sobre un mundo sórdido, yo, el joven idealista, rendiré mis congojas y mi corazón a los pies de Pearl. Si los desdeña, me iré a casa, escribiré poesía desgarradora y tocaré el violín. Si no, caeré en una letárgica satisfacción que solo durará mientras el amor dure. Porque el amor idiotiza. Así que corto las relaciones contigo.

Podemos tener una amistad superficial. Pero algún día, cuando yo esté chocho y tú tengas varias papadas y estés obesa podremos reconciliarnos. En el ínterin sé feliz: si mi infame escepticismo lo permite, yo también intentaré encontrar la satisfacción con Pearl.


Así que, Yetta, adiós. Puedes hacer lo que quieras con esta carta.

***

Claramente de vacaciones con uno de sus hermanos, Bellow acaba de cumplir diecisiete años cuando escribe esta misiva, la más temprana de sus cartas supervivientes. Nathan Goldstein no tardó en casarse con Yetta. Tras su divorcio en la década de 1940, Yetta se casaría con Max Shachtman. La identidad de Pearl es desconocida.

Philip Roth


A Philip Roth

W. Brattleboro, 24 de Junio, 1990

Querido Philip:

En ti tuve un testigo de mi propia clase y un punto de equilibrio. Sin tu apoyo las olas iracundas me habrían arrastrado por la severa y rocosa costa judía. Le tengo mucho cariño al primo Volya, que era una especie de héroe en el Viejo País, donde sirvió en la caballería de Rusia desde leningrado a Berlín. es fácil confundirlo con otra persona. Cuando explicó la diferencia entre letonia y lituania a [Saul] Steinberg, Steinberg dijo que era un fragmento de diálogo sacado de una película de los hermanos Marx. Sin embargo, había un regimiento con ametralladoras. Pero entiendo el punto de vista de Steinberg. Con la paz, el regreso de los Hermanos Marx.

De todos modos, fuiste una gran ayuda para mí: representabas lo que era esencial representar. Y pensé que debías disfrutar de las canciones. La mezcla de mil ingredientes. En principio, soy contrario a esa clase de fiestas, pero cuando una sorpresa desconecta el principio parece que las disfruto mucho. Siempre tuyo, Tu nota ha hecho feliz a Janis.

***

Roth y Claire Bloom habían estado presentes en Vermont, junto al primo de Riga de Bellow -Volya-, Saul Steinberg, Eleanor Clark, Rosanna Warren, Maggie Staats Simmons, John Auerbach -de Israel-, Albert Glotzer, Bette Howland, Jonathan Kleinbard, Adam y Daniel Bellow y muchos otros, en una celebración sorpresa por el setenta y cinco cumpleaños de Bellow.