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domingo, 9 de junio de 2019

Casa de citas / Hemingway / Escribir una novela

Gustave Flaubert
David Levine

Ernest Hemingway
ESCRIBIR UNA NOVELA

Algunas veces imagino que escribir una novela es como salir a pescar en alta mar. En la jornada de una vida, Flaubert pescó un pescado grande llamado Emma Bovary, un pescado mediano llamado La Educacion Sentimental, y un neumático viejo llamado Salambó. Tolstoi pescó el pescado más grande de todos los tiempos. Melville pensó que había atrapado una ballena. Cuando voy a pescar pienso en eso y luego comienzo a escribir una novela...

Carta a Maxwell Perkins, 1940

sábado, 8 de junio de 2019

Casa de citas / Hemingway / Mis poemas

Ezra Pound

Ernest Hemingway
MIS POEMAS

Le mostré mis poemas a Ezra Pound. Dijo que yo era un gran cuentista.”

Carta a Gertrude Stein, 1920




viernes, 7 de junio de 2019

Casa de citas / Hemingway / Estoy seguro

Ernest Hemingway

Ernest Hemingway
ESTOY SEGURO

Acá en Kansas la gente es muy extraña, pero no te preocupes por mí, mamá. Siento que estoy llamado a algo grande. Estoy seguro de que el mundo me recordará por mi poesía.

Carta a Grace Hall Hemingway, 1917



lunes, 3 de junio de 2019

Casa de citas / Hemingway / Nena


Ernest Hemingway
Milan, Italia, septiembre de 1918


Ernest Hemingway
NENA

Nena, me dices que con esta pierna maltrecha no te sirvo de mucho, pero si puedo cargar a un soldado italiano durante cincuenta metros por supuesto que puedo cargar a una enfermerita alemana hasta el camastro. Tú y yo no tenemos la culpa de esta guerra, pero no veo por qué no sacarle provecho. Te esperaré toda la noche, a un lado de la barraca.

Carta a Agnes von Kurowsky, 1918




sábado, 1 de junio de 2019

Casa de citas / Hemingway / Sobre el vacío



Ernest Hemingway
SOBRE EL VACÍO

Había descubierto que todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor.

Ernest Hemingway
París era una fiesta


viernes, 31 de mayo de 2019

Casa de citas / Noami Wood / Escribir

Ernest Hemingway


Noami Wood
ESCRIBIR

Escribir es un territorio sin ley.

Noami Wood
Las señoras Hemingway
Barcelona, Lumen, 2014, p. 61

martes, 28 de mayo de 2019

Casa de citas / Nami Wood / Jane Mason




Noami Wood
JANE MASON

Hace una noche cálida. Fife sube los escalones de hierro que llevan al estudio y golpe suavemente la ventana. Ernest levanta la vista y sonríe. Ella agita una copa en una mano y él asiente con la cabeza; algo en su manera de gesticular lo hace sonreír. 

Fife se prepara un gin tonic en la cocina y le deja a Ernest un whisky con lima junto a sus papeles, besándolo en la coronilla. Sigue enfrascado en la obra de teatro; se pregunta si le pedirá que la lea. Durante una década ha leído y editado todo lo que ha escrito. Lo ve tan absorto en la escritura que no quiere molestarlo. Si algo adora más que a él, son sus palabras.

Fife se sienta a la mesa junto a la piscina y se entretiene escuchando el repiqueteo de las teclas y mirando el velo de musgo que recubre los árboles. Un pavo real se pasea por la terraza. Fue un regalo de Jane Mason, una amante anterior a Martha, y cada vez que Fife lo ve siente un impulso de sacar un rifle y volarle la cabeza. La aventura con Jane fue hace años y no duró mucho, unos seis meses; hasta entonces Fife había creído que tenían una relación plena y feliz. Seguían yendo juntos a todas partes, a cazar codornices en Wyoming, a las corridas de toros en Hendaya, y cuando se separaban, se escribían cartas tan largas que era como si el otro estuviera allí. Ello lo echaba de menos cuando se marchaba. En sus ausencias solía romper a llorar en el momento más imprevisto, ya fuera cruzando una calle o comiendo bombones de chocolate rellenos de menta. 

Y entonces Jane entró en escena, con su pelo dorado y sus ojos de un azul delicado, y Ernest empezó  a hacer misteriosos viajes a Cuba. Sin embargo, Fife nunca se sintió realmente amenazaba por Jane. Era una mujer demasiado inestable: se rompió la columna al tirarse por un balcón después de que discutieran acaloradamente. A Ernest siempre le habían gustado las mujeres felices y sanas, y la aventura, si podía llamársele así, acabó casi en el momento en que empezó.

La señorita Gellhorn, en cambio, robusta y campechana, en nada se parecía a la sumisa señorita Mason. En el estudio, las manos de Ernest caen incesantemente sobre el teclado de la máquina de escribir. Fife siente el sabor amargo de la ginebra en la nariz cada vez que da un sorbo. Un cubito de hielo cruje entre las burbujas, como un hueso al quebrarse. Fife se pasa las manos por el pelo, sintiendo los restos del último calor del día, y apura el último trago del coctel.

¡Qué atracción, qué magnetismo el de ese hombre! Las mujeres se tiran por los balcones y lo siguen a las guerras. Las mujeres se hacen la vista gorda con una aventura, porque un matrimonio a tres bandas es preferible que estar sola.

Noami Wood
Las señoras Hemingway
Barcelona, Lumen, 2014, pp. 127-128

Nota: Fife es Paulina Pfiffer, la segunda esposa de Hemingway. Martha Gellhorn, amante en el momento de la narración, será la tercera.

lunes, 27 de mayo de 2019

Casa de citas / Noami Wood / Noche de lluvia

Zapatos rojos
París, 2017
Foto de Triunfo Arciniegas

Noami Wood
NOCHE DE LLUVIA

Una noche que llovía a cántaros, Ernest la invitó a su casa. Habían pasado las navidades juntos, los tres, en unas vacaciones de esquí en las que nadie había esquiado mucho. Por las noches leían juntos al fuego, o tomaban jerez y jugaban a billar o a bridge a tres manos. Bromeando entre ellos, se llamaban "el harem". Fife dormía en el cuarto de al lado.

Luego Hadley se había quedado allí y Ernest había vuelto a París por trabajo. Y poco después a Fife le llegó la invitación de la rive gauche. ¿Podía pasarse a echar un vistazo a algo nuevo que había escrito en el tren de vuelta a casa?

Esa noche Fife prefirió ir caminando en lugar de tomar un taxi. Pensó que el ejercicio la ayudaría a disipar los malos pensamientos. "Sé buena -se repetiría mientras cruzaba el Pont Neuf-. Sé buena, chiquilla estúpida." Y aun así sólo podía pensar en él.

Cuando llegó, Ernest estaba el umbral, pálido y cansado. La recibió casi como si fuera una visita inoportuna. Fife esperó a que le mostrara el manuscrito, pero en lugar de eso hablaron del viaje de Ernest a Nueva York. Se sentaron delante del fuego. Toda la noche pareció distraído y refunfuñón. 

Cuando Fife se disponía a irse, él se demoró junto a la puerta como si no quisiera dejarla marchar. Ella empezó a hablar de algún chisme que Jinny le había contado y de pronto, sin previo aviso, Ernest le deslizó la rodilla entre las piernas y le agarró los pechos debajo del abrigo. Al principio se debatió y trató de detenerlo, recordando las palabras que se había repetido en el puente, pero luego se rindió e hicieron el amor al lado del fuego, sin que Ernest llegara siquiera a quitarse los pantalones. Fue muy excitante. Después se dejaron caer sobre los sillones, todavía con la ropa puesta. Fife sintió que llevaba años en aquel mismo lugar esperando que sucediera.

Noami Wood
Las señoras Hemingway
Barcelona, Lumen, 2014, p. 105-106


Nota: Hadley Richardson es la esposa de Ernest Hemingway en el momento de la narración. Fife, Pauline Pfeiffer, primero amante y luego segunda esposa de Hemingway. Al escritor, coleccionista de esposas, se le notó desde un principio la debilidad por los triángulos amorosos.


Casa de citas / Noami Wood / El salitre de la piel

Ernest Hemingway


Noami Wood
EL SALITRE DE LA PIEL

Las dos mujeres miran a Ernest furtivamente, procurando no ser sorprendidas. Dan ganas de quitarle el salitre de la piel a lametazos.

Noami Wood
Las señoras Hemingway
Barcelona, Lumen, 2014, p. 33

domingo, 26 de mayo de 2019

Casa de citas / Noami Wood / Las razones del hambre


Jardines de Luxemburgo, París, 2017
Foto de Triunfo Arciniegas
Noami Wood
LAS RAZONES DEL HAMBRE

A Hadley le dio vergüenza el fuerte olor a carne que venía de la cocina. Ernest solía ir al Jardin du Luxembourg y, cuando el gendarme daba la espalda, elegía el pichón más gordo y le retorcía el pescuezo allí mismo, en el parque, y lo escondía en el cochecito de Bumby. Una vez había traído a casa un pájaro todavía vivo. Ahora les llegaba el tufillo de la cocina. Se había cansado de comer pichón asado ese invierno.



Noami Wood
Las señoras Hemingway
Barcelona, Lumen, 2014, p. 27

sábado, 25 de mayo de 2019

Noami Wood / Las señoras Hemingway / Fragmento




Fragmento

1
Antibes, Francia. Junio de 1926

Todo, ahora, se hace à trois. Desayuno, luego ir a nadar; almuerzo, luego bridge; cena, luego copas por la noche. Hay siempre tres bandejas de desayuno, tres trajes de baño mojados, tres manos de cartas abandonadas en la mesa cuando la partida, repentinamente y sin explicación, acaba. Hadley y Ernest van acompañados a todas partes de otra mujer, que se desliza entre los dos como una cuchilla. La otra es Fife, la amante de su marido.
Hadley y Ernest duermen juntos en la gran habitación blanca de la villa, y Fife duerme abajo, en un cuarto pensado para una sola persona. La casa está silenciosa y en tensión hasta que alguno de sus amigos llega con jabón o provisiones, y se queda junto a la verja sin decidirse a entrar, pensando que tal vez sea mejor dejarlos a sus anchas.
Los tres —Hadley, Ernest y Fife— vagan por la casa, y aunque saben que viven en la amargura, ninguno quiere ser el primero en dar el toque de retreta; ni la esposa, ni el marido, ni la amante. Llevan semanas así en la villa, como bailarines en incesante movimiento, tratando de agotar a los demás hasta que caigan rendidos.
Ya de buena mañana se siente el calor y las sábanas blancas de algodón cobran un tono azulado a la luz del amanecer. Ernest duerme. Todavía conserva en el pelo la raya del día anterior, y su piel desprende una tibieza carnosa sobre la que Hadley le haría alguna burla si estuviera de humor. Alrededor de los ojos, un halo de arrugas surca la piel bronceada; Hadley lo imagina escrutando el mar por encima del borde de la barca, en busca del mejor lugar para echar el ancla y pescar.
Ernest ha causado sensación en París; es increíble cómo se sale siempre con la suya. Hasta los hombres de su círculo de amigos se han rendido a sus encantos, y algunos son casi más cariñosos con él que las camareras de los bares que frecuentan. Otros ven más allá y advierten su carácter cambiante; a veces manso, a veces bravucón. Se sabe que le quitó las gafas de un manotazo a un tipo por un desaire en el bal musette. Incluso algunos de sus amigos íntimos lo temen, entre ellos Scott, aunque sean mayores que él y de más renombre; no parece que eso importe. Qué sentimientos tan opuestos inspira en los hombres. Con las mujeres es más fácil: giran la cabeza para verlo salir y no le quitan ojo hasta que desaparece. Ella solo conoce a una que no está fascinada por él.
Hadley mira el techo, tumbada en la cama. Las vigas están carcomidas; puede seguir el avance del gusano a través de la madera. Las lámparas se mecen como si las pantallas supusieran un peso enorme, aunque no sean más que papel y varillas. Unos frascos de perfume que no son suyos brillan en el tocador. La luz aprieta al otro lado de la persiana. Hoy volverá a hacer calor.
La verdad es que Hadley solo quiere estar en el frío y viejo París, en la casa de vecinos donde viven, con el olor a pichón asado en la estufa de carbón y el aseo en el rellano. Quiere volver a la cocina estrecha y al cuarto de baño con las paredes manchadas de humedad. Quiere los huevos pasados por agua que suelen tomar para el almuerzo, en una mesa tan pequeña que sus rodillas se tocan. Fue en esa mesa donde Hadley vio confirmadas sus sospechas de la aventura. «Creo que Ernest y Fife se tienen mucho cariño», fue lo que dijo la hermana de Fife. No hizo falta que dijera más.
Sí, ahora mismo Hadley preferiría estar en París, o incluso en Saint Louis, esas ciudades que miman sus cielos cenicientos y sus nubes cargadas de aguanieve; cualquier cosa que no fuera la luz púrpura de la gloriosa Antibes. De noche, la fruta de los árboles cae en la hierba con un ruido sordo, y a la mañana siguiente ella encuentra las naranjas rajadas llenas de hormigas. Alrededor de la casa huele a maduro. Y ya, tan temprano, zumban los insectos.
Hadley se levanta y va a la ventana. Apoyando la frente en el vidrio alcanza a ver la habitación de la amante de su marido. Las cortinas están corridas. Su hijo Bumby ahora también duerme abajo desde que ha superado la tos convulsa, la coqueluche, que es la razón de que estén todos en esta villa. Sara Murphy no quería a Bumby cerca de sus hijos, por miedo a que la infección se propagara. Los Fitzgerald tuvieron la bondad de ofrecerles su villa para la cuarentena; nada los obligaba a hacerlo. Y aun así, cuando Hadley recorre las habitaciones y pasa la mano por todos esos objetos sofisticados, le horroriza que su matrimonio vaya a terminar en la casa alquilada de otra familia.
Esta noche, sin embargo, marca el final de la cuarentena. Los Murphy los han invitado a Villa América, y será la primera vez de las vacaciones que el infeliz trío esté en compañía de otros amigos. Hadley aguarda la fiesta con una mezcla de entusiasmo y temor: en esta casa ha sucedido algo que nadie más ha visto, como si alguien hubiera mojado la cama y no quisiera admitir la mancha que se enfría rápidamente en mitad del colchón.
Vuelve a acostarse y tira de la sábana, apresada bajo el cuerpo de Ernest, para que no advierta que se ha levantado, pero la tiene agarrada firmemente en un puño. «Has robado las sábanas», le susurra Hadley, besándole el borde de la oreja.
Ernest no contesta, pero la atrae hacia su cuerpo. En París le gusta levantarse temprano y suele estar en el estudio alrededor de las nueve. En Antibes, en cambio, esos abrazos se repiten a lo largo del día, como si Ernest y Hadley volvieran a estar en los albores del amor, aunque ambos saben que este verano podría ser el final de todo. Echada a su lado, Hadley se pregunta cómo ha podido perderlo; aunque quizá esa no sea la frase exacta, porque no lo ha perdido. No todavía. Más bien es como si Fife y Hadley hicieran cola para disputarse el último asiento del autobús.
—Vamos a nadar.
—Aún es muy temprano, Hash. —Ernest tiene los ojos cerrados, pero hay un leve movimiento detrás de sus párpados. Hadley se pregunta si, ahora que se ha despertado, estará comparándolas. ¿Mejor la mujer, o la amante? ¿La amante o la esposa? El murmullo del cerebro empieza.
Con un impulso, Hadley saca las piernas de la cama. La luz del sol amenaza con asaltar la habitación al más leve tirón de la persiana. Se siente demasiado grande para este calor. Es como si todo el peso del embarazo se le hubiera depositado en las caderas; cuesta tanto moverse. Hasta el pelo se le antoja pesado.
—Estoy harta de este sitio —dice, pasándose la mano por el cuello sudoroso—. ¿No añoras la lluvia, los cielos grises? ¿O la hierba verde? Cualquier cosa.
—¿Qué hora es?
—Las ocho.
Ernest la agarra de los hombros.
—No.
—¿Por qué no?
—No puedo, simplemente. —La voz se le quiebra en la última palabra.
Hadley va hasta el tocador, sabiendo que Ernest la sigue con una mirada triste. En el espejo ve sus pechos, que despuntan bajo el camisón. Una luz de color hueso llena la habitación al levantar la persiana. Ernest se tapa la cabeza con la sábana; parece tan pequeño, acurrucado ahí. A veces Hadley no sabe qué pensar, si lo considera un niño o un hombre. Es la persona más inteligente que ha conocido, y aun así hay veces que instintivamente lo trata como a un hijo.
El cuarto de baño está más fresco. La bañera con patas es tentadora: casi le dan ganas de llenarla de agua fría y meterse dentro. Se humedece la nuca y se lava la cara. Con el sol, la piel se le ha llenado de pecas y el pelo se le ha puesto más rojizo. Se seca con una toalla y recuerda el último verano en España. Habían visto el encierro de los toros y fueron a darse un chapuzón en la piscina. Al salir, Ernest la secó con una toalla, empezando por los tobillos, entre las piernas, y después los pechos. Su madre habría detestado esa clase de exhibiciones en público. «Las caricias son para el dormitorio», diría ella, pero eso la excitó aún más mientras Ernest secaba suavemente cada palmo de su cuerpo.
Cuando volvieron a París aquel verano, Fife los estaba esperando. Hadley estaba segura, o casi, de que no hubo nada entre ellos hsta más adelante. En invierno. O más bien en primavera. Jinny no había entrado en detalles. Si Ernest hubiera sido un poco más sensato, en lugar de echarlo todo a perder... Hadley no puede evitar sonreírse: parece una de esas amas de casa suspirantes de las revistas que ante Ernest nunca admitiría que le gusta leer.
Al volver a la habitación le tira el traje de baño, que parece haberse acartonado durante la noche. "Venga, Ernest." Él saca un brazo y recoge el bañador. "Váyase antes de que haga demasiado calor."
Al final Ernest se levanta y se pone el traje de baño sin decir palabra. Las nalgas son la única parte blanca que queda en su cuerpo; es tan guapo que a Hadley le duele mirarlo. Mete unas toallas en la bolsa de la playa, con un libro (una novela de e. e. cummings que está intentando leer, sin conseguirlo) y sus gafas de sol, y mira a Ernest, que se pone la misma ropa del día anterior. 
Ernest coge una manzana de la despensa y la sostiene en la palma de la mano.
Fuera de la casa, cerca de las lavandas en macetas de barro, el traje de baño de Fife sigue tendido en la cuerda. Se mece, a la espera de sus piernas y sus brazos y su dulce cabecita lánguida. Los Hemingway pasan junto a su habitación ataviados con el uniforme de rayas marineras, gorras de pesador y pantalones cortos blancos, se ponen los zapatos en silencio sobre la gravilla, procurando no despertarla. El señor y la señora Hemingway se sientan como si fueran ellos lo que tienen una aventura.

Noami Wood
Las señoras Hemingway
Barcelona, Lumen, 2014, pp. 11-16




sábado, 29 de julio de 2017

Casa de citas / Hemingway / Gertrude Stein


Gertrude Stein, 1906
Pablo Picasso
Ernest Hemingway
GERTRUDE STEIN

Mi mujer y yo visitamos a Miss Stein, y tanto ella como la amiga con quien vivía estuvieron muy cordiales y amistosas, y nos gustó mucho aquel gran estudio con sus cuadros de primera. (...) Miss Stein era muy voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana, pero hubieran podido muy bien ser friulanas, y yo tenía la impresión de ver a una campesina del norte de Italia cuando la miraba con sus ropas y su cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante, peinado en un moño alto que seguramente no había cambiado desde que era una muchacha.


Ernest Hemingway
París era una fiesta



sábado, 22 de julio de 2017

Casa de citas / Hemingway / París ll


Ernest Hemingway
PARÍS

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices.


Ernest Hemingway
París era una fiesta




Casa de citas / Hemingway / París l



Ernest Hemingway
PARÍS I
Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando eres joven , luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que en París hay una fiesta que nos sigue”.

Ernest Hemingway. Epígrafe de “París era una Fiesta.



viernes, 21 de julio de 2017

Casa de citas / Hemingway / Una chica



Ernest Hemingway
UNA CHICA

   Una chica entró en el café y se sentó sola en una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal.
   La miré y me turbó y me puso muy caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien. De modo que seguí escribiendo.
  El cuento se estaba escribiendo solo y trabajo me daba seguirle el paso. Pedí otro ron Saint James y sólo por la muchacha levantaba los ojos, o aprovechaba para mirarla cada vez que afilaba el lápiz con un sacapuntas y las virutas caían rizándose en el platillo de mi copa.
   Te he visto, nena, y ya eres mía, por más que esperes a quien quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo París es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz.


Ernest Hemingway
París era una fiesta



lunes, 16 de noviembre de 2015

Casa de citas / Vargas Llosa / Hemingway y yo


Ernest Hemingway

Mario Vargas Llosa
Biografía
HEMINGWAY Y YO

Hace poco he visto en Nueva York la magnífica exposición sobre Hemingway. Es impresionante comprobar cómo por un lado existe la cara pública de este personaje, un aventurero, boxeaba, cazaba, pescaba, corría toda clase de riesgos, daba la impresión de ser un hombre que vivía la vida en toda su riqueza. Y en realidad te das cuenta de que era una fachada, que detrás de eso había un hombre desgarrado, con depresiones, desmoralizaciones, que buscaba en el alcohol una especie de salvación que no conseguía, que la lucha contra la impotencia, contra la falta de memoria, fue un drama de los últimos 10 años de su vida y que, al final, acaba matándose derrotado por esos demonios de los que nunca pudo liberarse. En un momento dado, la literatura ya no le sirve, ya no lo defiende, ya no lo redime. Yo espero que en mi caso nunca llegue ese momento. Al mismo tiempo uno tiene que aceptar la muerte, no tiene sentido rebelarse contra lo irremediable, pero es muy importante llegar vivo hasta el final, no morirse en vida, es el espectáculo más triste que puede dar un ser humano, perder las ilusiones, convertirse en un ser pasivo. Hay muchísimos casos y no solo de escritores, pero es el espectáculo que siempre me ha parecido más lamentable. A mí me gustaría llegar vivo hasta el final.

Vargas Llosa / Llego a los ochenta en un estado maravilloso




jueves, 3 de noviembre de 2011

Casa de citas / Hemingway / Sobre la escritura

Ernest Hemingway
Fotografía de Helen Pierce Breaker

Ernest Hemingway
CASA DE CITAS



Sobre la escritura

1

Cuando estoy trabajando en un libro o en un cuento escribo todas las mañanas desde que aparece la primera luz. Nadie lo molesta a uno y hace frío o fresco y uno empieza a trabajar y entra en calor a medida que escribe. Uno lee lo que ha escrito y como se detiene siempre cuando sabe lo que va a pasar después, arranca desde ahí. Uno escribe hasta llegar al lugar hasta donde tiene todavía jugo y sabe qué va a ocurrir después y entonces para y trata de vivir eso hasta el día siguiente donde le da de nuevo. Uno ha empezado a las seis de la mañana, digamos, y puede seguir hasta mediodía o terminar antes. Cuando para está tan vacío y al mismo tiempo nunca vacío sino lleno, como cuando se ha hecho el amor con alguien que uno quiere. Nada puede herirlo, nada puede suceder, nada significa nada hasta el día siguiente en que vuelve a hacerlo. Lo difícil es la espera hasta el día siguiente.

2

Siempre reescribo cada día hasta donde dejé. Naturalmente cuando está todo terminado se revisa de nuevo. Hay otra oportunidad de corregir y reescribir cuando alguien lo pasa a máquina en limpio. La última oportundad son las pruebas de imprenta. Uno agradece estas distintas oportunidades.

3

Reescribí el final de “Adiós a las armas”, la última página, treinta y nueve veces antes de quedar satisfecho.


El compromiso

Depende de lo que usted llame compromiso. ¿Lo dice en el sentido de una mujer que se ha comprometido? ¿O es el compromiso del estadista? ¿O el compromiso con su almacenero o con su sastre de que les va a pagar un poquito más pero en cuotas? Un escritor que puede escribir y enseñar tendría que hacer las dos cosas. Muchos escritores competentes han probado que podía hacerse. Yo no podría, lo sé, y admiro a los que pueden hacerlo. Me inclino a pensar, sin embargo, que la vida académica pondría punto a la experiencia exterior lo que limitaría posiblemente el conocimiento del mundo. El conocimiento, no obstante, demanda más responsabilidad de un escritor y hace más difícil la escritura. Tratar de escribir algo de valor permanente es una tarea que toma todo el tiempo aunque sólo se usen unas pocas horas en escribir realmente. Un escritor puede compararse a un pozo. Hay muchas clases de pozos como hay de escritores. Lo importante es tener agua buena en el pozo y es mejor sacar una cantidad regular que dejar el pozo seco y esperar que se vuelva a llenar.


Los amigos

Cuanto más uno se adentra en la escritura, más solo está. La mayoría de sus mejores y más viejos amigos muere. Otros se van. Uno no los ve más que en ocasiones, pero uno escribe y tiene el mismo contacto con ellos como cuando estábamos juntos en el café en los viejos días. Uno se manda cartas irresponsables, obscenas, alegres, a veces cómicas, y es casi tan bueno como conversar. Pero uno está más solo porque debe trabajar y el tiempo para trabajar es cada vez más corto y si uno lo desperdicia siente como si hubiera cometido un pecado para el cual no hay perdón.




La observación

Seguramente. Si un escritor deja de observar está acabado. Pero no tiene que observar candentemente ni pensar cómo le será útil. Quizás eso sirva al principio. Pero después todo lo que ve va a la gran reserva de cosas que sabe o ha visto. En la literatura se está limitando por lo que ya ha sido hecho satisfactoriamente. Así que he tratado de aprender a hacer algo distinto. Primero he tratado de eliminar todo lo que es innecesario para comunicar experiencia al lector, de modo que después de leer algo, él o ella lo conviertan en parte de su experiencia y les parezca que realmente ha ocurrido. Esto es muy difícil de hacer y he trabajado duramente en esto.


The Paris Review
Primavera de 1958, No. 18
Entrevista de George Plimpton