Triunfo Arciniegas, Muertas de amor (Tusquets)
Dije alguna vez que la manera de medir la calidad de un texto para niños es que los adultos lo disfruten con placer. Añado, sí, que si esta ley es atinada, su inversa no lo es: hay textos para adultos que aburrirían a un niño porque se refieren a temas que no son parte de la vida de los niños. Precisamente cuando un individuo –¡o una individua!– comienza a interesarse en el amor físico, en el sexo, esto significa que ha dejado de ser niño. |
|
|
Pero no dudo de que un individuo –¡o una individua!– disfrutará enormemente de Muertas de amor. Aquí el amor no es precisamente un sentimiento, una forma de la nostalgia o el título de un bolero lleno de infelicidad y suspiros. No. El amor es una actividad física, una forma de actuar de los cuerpos desnudos casi siempre de a dos, pero no necesariamente. El amor no es un sentimiento, no se siente, sino que el amor se hace. El amor es Eros. Y a él se puede llegar por cualquier sinsentido. O por cualquier sentido, por ejemplo el olfato: en el primer cuento la voz narradora es la de una chica, casi una niña, que comienza diciendo: “mamá cree que todavía soy virgen. Sabe muy pocas cosas de su niña linda. Sabe de las visitas del vampiro y los botones de mis senos, pero no imagina que el olor de un hombre me atrapó en el mercado (...). Pasó por mi lado y su olor me impregnó cuando ni siquiera había visto su cara. Levanté los ojos porque era más alto y vi sus bigotes espesos, sus cejas despeinadas, su nariz colorada, y el olor no me dejó pensar. Me gustó el hombre, calculé que me llevaba por lo menos veinte años aunque todavía no era viejo”. Lo huele, lo quiere seguir oliendo, y ese olor la lleva al deseo y el deseo a la cama. Muchas páginas más adelante, otros son los personajes pero reaparece el olor. El tipo es un poeta que le escribe a ella un poema en sus nalgas: “el más breve, aunque tengo espacio de sobra. Qué loco. Ese hombre olía a bosque, sabía a bosque. Su olor permanecía en mi piel durante días. Me embadurné con su sustancia en ese bendito hotel de la frontera”.
Los –y las– protagonistas de los cuentos saltan de cuento a cuento, lo que –en este caso– quiere decir que saltan de cama a cama. Todo es fiesta, todo es rumba, lo que es mismo que decir que todo es tiempo presente, sin pasado de arrepentimientos, sin futuro de promesas, todo es ahora y es rumba, hasta los entierros: “era lo menos parecido a un entierro. Una parranda de locos fuera de carnaval. Arrastramos a medio mundo. Íbamos bailando, cantando, quemando pólvora, por calles polvorientas y destartaladas, de cantina en cantina. Coplas obscenas contaban la vida de Roberto. En algún momento tuvimos que devolvernos, aunque no recordábamos bien por dónde habíamos venido, porque alguien olvidó que se nos había olvidado el cajón. Entre tanto desorden, los de adelante pensamos que el cajón venía atrás, y los de atrás pensaron lo contrario”.
Lo esencial es el contacto físico, insaciable, total: “volvimos a tirar, volvimos al café y las películas. La lamí toda y seguí sediento. Mordí sus nalgas, mordí sus teticas. Mordí sus labios. Esculqué con mi lengua ansiosa todos sus agujeros. Le pedí que trajera sus cosas, pocas, por cierto, y que viviéramos juntos de tiempo completo”.
Hay cuentos que suceden en Bogotá o en Medellín, o en Venezuela, pero la mayoría se localizan en una geografía que va de Pamplona a Málaga. Está también San José, que debe corresponder a San José de Cúcuta. Hay lugares, de ese mismo entorno, que se nombran como Lejanías, como Sacramento, o como Numancia, donde “supe de un hombre que se arrancaba la cabeza por las mañanas y la llevaba al mercado en una cesta de mimbre”. Ah, y hay un cronista que aparece en algunos cuentos sin nombre de pila, sólo con su apellido, Arciniegas, que no se priva de hacer alusiones literarias o de exhibir, aquí otra de sus virtudes, un formidable y desopilante sentido del humor.
Gozar leyendo
|
|
|