Alguna vez he contado cómo ocurrió mi primer encuentro personal con Mario Vargas Llosa. Fue hace no sé cuántos años (15, quizás 20) en un tránsito por el aeropuerto de Barajas. En ese ambiente tan poco propicio, en el cual todo el mundo parece tener prisa (aunque no la tenga), descubrí al escritor y, contra mis costumbres, me atreví a abordarlo. Y apenas me le presenté, le solté una confesión: “Maestro, soy un escritor cubano. Y solo quería decirle que cada vez que comienzo a escribir una novela, me vuelvo a leer Conversación en La Catedral… a veces otra vez completa”, le dije y su rostro, hasta ese momento pétreo, se suavizó con una sonrisa y por eso pude agregar: “Con usted siempre aprendo algo sobre las estructuras”, y, sin añadir palabra, el Maestro me tendió la mano y se sumergió en el gentío apresurado.
