Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Walter Tevis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Walter Tevis. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de marzo de 2021

Casa de citas / Walter Tevis / Partida tras partida

Anya Taylor-Joy como Beth
Gambito de dama



Walter Tevis
PARTIDA TRAS PARTIDA
 
Beth no se había sumergido tanto en el ajedrez desde que era niña. Beltik estaba en clase tres tardes y dos mañanas a la semana, y ella se pasaba el tiempo estudiando libros. Jugaba mentalmente partida tras partida, aprendiendo nuevas variantes, viendo diferencias estilísticas en ataque y defensa, mordiéndose a veces los labios de emoción por un movimiento sorprendente o una posición sutil, y en otros momentos agotada por la insondable profundidad del ajedrez, por su falta de fin, movimiento tras movimiento, amenaza tras amenaza, complicación tras complicación. Había oído hablar del código genético que podía dar forma a un ojo o una mano a partir de proteínas aleatorias. El ácido desoxirribonucleico. Contenía todo el conjunto de instrucciones para construir un sistema respiratorio y un sistema digestivo, además de la capacidad de agarre de la mano de un bebé. El ajedrez era así. La geometría de una posición podía ser leída y vuelta a leer sin que las posibilidades se agotaran. Observabas profundamente una capa, pero había otra capa debajo, y otra más.

Walter Tevis
Gambito de dama
Alfaguara, 2021, p. 183



miércoles, 17 de febrero de 2021

Casa de citas / Walter Tevis / Ese juego

Foto de Triunfo Arciniegas


Walter Tevis
ESE JUEGO


Todos los martes, la señorita Graham, después de aritmética, enviaba a Beth abajo con los borradores. Se consideraba un privilegio, y Beth, la más pequeña de la clase, era la mejor estudiante. No le gustaba el sótano. Olía rancio, y el señor Shaibel le daba miedo. Pero quería saber más sobre aquel juego que jugaba solo en aquel tablero. Un día se acercó y se detuvo a su lado, esperando que moviera una pieza. La que estaba tocando era la de la cabeza de caballo en un pedestal. Un segundo después él la miró con gesto irritado.
-¿Qué quieres, niña? -dijo.
Normalmente ella huía de cualquier encuentro humano, sobre todo con los adultos, pero esta vez no retrocedió.
-¿Cómo se llama ese juego? -preguntó.
Él la miró.
-Deberías estar arriba con las demás.
Ella lo miró a la cara. Había algo en este hombre y en la firmeza con la que jugaba a este misterioso juego que la ayudó a aferrarse a lo que quería.
-No quiero estar con las demás -respondió-. Quiero saber a qué está jugando.
Él la miró con más atención. Luego se encogió de hombros.
-Se llama ajedrez.
***
Una bombilla pelada colgaba de un cable negro entre el señor Shaibel y la caldera. Beth tenía cuidado de no permitir que la sombra de su cabeza cayera sobre el tablero. Era domingo por la mañana. Tenían clase de catequesis arriba en la biblioteca, y ella había levantado la mano para ir al cuarto de baño y luego bajó aquí. Llevaba de pie mirando al bedel jugar al ajedrez diez minutos. Ninguno de los dos había hablado, pero él parecía aceptar su presencia.
El bedel observaba las piezas durante minutos seguidos, inmóvil, como si las odiara, y luego extendía la mano, tomaba una por la parte superior con las yemas de los dedos, la sostenía un instante como si fuera un ratón muerto por la cola y la colocaba en otra casilla. No miró a Beth en ningún momento.
Beth seguía de pie con la sombra negra de su cabeza sobre el suelo de hormigón a sus pies y miraba el tablero, sin apartar los ojos, pendiente de cada movimiento.

Walter Tevis
Gambito de dama
Alfaguara, 2021, pp. 16-17
Traducción de Rafael Marín

jueves, 26 de noviembre de 2020

Casa de citas / Walter Tevis / En medio de la noche




Walter Tevis
EN MEDIO DE LA NOCHE

En algún momento, en medio de la anoche, se despertó. Alguien estaba sentado al borde la cama. Se puso rígida.

Tómatelo con calma -susurró Jolene. Sólo soy yo.

Beth no dijo nada, permaneció acostada y esperó. 

Pensé que te gustaría probar algo divertido dijo Jolene.

Metió una mano debajo de la sábana y la puso suavemente sobre el vientre de Beth, que estaba bocarriba. La mano se quedó allí y el cuerpo de Beth permaneció rígido. 

Tranquilízate -susurró Jolene. No te voy a lastimar.

Se rio suavemente.

Estoy caliente. ¿Sabes lo que es estar caliente?

Beth no lo sabía.

Relájate. Sólo voy a frotar un poco. Se sentirá bien, si lo permites.

Beth volvió la cabeza hacia la puerta del pasillo. Estaba cerrado. La luz, como de costumbre, quedó debajo. Podía escuchar voces distantes, en la oficina. La mano de Jolene se movía hacia abajo. Beth negó con la cabeza.

No... susurró.

Silencio ahora dijo Jolene. Su mano se movió más hacia abajo, y un dedo comenzó a frotar hacia arriba y hacia abajo. No dolió, pero algo en Beth se resistió. Sintió que estaba sudando.

Ah, mierda dijo Jolene. Apuesto a que se siente bien.

Se retorció un poco más cerca de Beth y su mano libre tomó la suya, tirándola hacia ella.

Tú también me tocas dijo.

Beth dejó que su mano se aflojara. Jolene la guió por debajo del camisón hasta que los dedos rozaron un lugar que se sentía cálido y húmedo.

Vamos, aprieta un poco susurró Jolene. La intensidad del susurro era aterradora. Beth, obediente, presionó más duro-. Vamos, bebé -susurró Jolene. Muévelo hacia arriba y hacia abajo. Me gusta esto.

Comenzó a mover su dedo sobre Beth. Fue espantoso. Beth frotó a Jolene un par de veces, esforzándose, concentrándose en hacerlo. Su rostro estaba empapado de sudor y su mano libre agarraba la sábana, apretándola con todas sus fuerzas.

Entonces su rostro estaba contra el de ella y su brazo alrededor del pecho de Beth.

Más rápido susurró Jolene. Más rápido.

No dijo Beth en voz alta, atemorizada. No, no quiero.

Y apartó la mano.

Hijo de puta dijo Jolene en voz alta.

Oyeron que alguien corría por el pasillo y la puerta se abrió. La luz entraba a raudales. Era una de las vigilantes nocturnas que Beth no conocía. La dama se quedó allí durante un largo minuto. Todo estaba en silencio. Jolene se había ido. Beth no se atrevió a moverse para ver si había regresado a su cama. Finalmente la mujer se fue. Beth miró y vio el contorno del cuerpo de Jolene en la cama. Tenía tres pastillas en el cajón y las tomó todas. Luego se acostó de espaldas y espero que el mal sabor desapareciera. 

Al día siguiente en la cafetería, Beth se sintió miserable por no dormir.

Eres la chica blanca más fea de todas -dijo Jolene, en un susurro escénico. Se había acercado a Beth en la fila de las cajitas de cereal. Tu nariz es fea y tu cara es fea y tu piel es papel de lija. Perra, basura blanca.

Jolene siguió, con la cabeza en alto, hacia los huevos revueltos.

Beth no dijo nada porque sabía que era verdad.




IN THE MIDDLE OF THE NIGHT
by Walter Tevis

Sometime in the middle of the night she was awakened. Someone was sitting on the edge of her bed. She stiffened. 

“Take it easy,” Jolene whispered. “It’s only me.” 

Beth said nothing, just lay there and waited. 

“Thought you might like trying something fun,” Jolene said. She reached a hand under the sheet and laid it gently on Beth’s belly. Beth was on her back. The hand stayed there, and Beth’s body remained stiff. 

“Don’t be uptight,” Jolene whispered. “I ain’t gonna hurt nothing.” She giggled softly. “I’m just horny. You know what it’s like to be horny?” 

Beth did not know. 

“Just relax. I’m just going to rub a little. It’ll feel good, if you let it.” 

Beth turned her head toward the corridor door. It was shut. The light, as usual, came under it. She could hear distant voices, down at the desk. 

Jolene’s hand was moving downward. Beth shook her head. “Don’t…” she whispered. 

“Hush now,” Jolene said. Her hand moved down farther, and one finger began to rub up and down. It did not hurt, but something in Beth resisted it. She felt herself perspiring. “Ah shit,” Jolene said. “I bet that feels good.” She squirmed a little closer to Beth and took Beth’s hand with her free one, pulling it toward her. “You touch me, too,” she said. 

Beth let her hand go limp. Jolene guided it up under her nightgown until the fingers grazed a place that felt warm and damp. 

“Come on now, press a little,” Jolene whispered. The intensity in the whispering voice was frightening. Beth did as she was told and pressed harder. 

“Come on, baby,” Jolene whispered, “move it up and down. Like this.” She started moving her finger on Beth. It was terrifying. Beth rubbed Jolene a few times, trying hard, concentrating on just doing it. Her face was wet with sweat and her free hand was clutching at the sheet, squeezing it with all her might. 

Then Jolene’s face was against hers and her arm around Beth’s chest. “Faster,” Jolene whispered. “Faster.” 

“No,” Beth said aloud, terrified. “No, I don’t want to.” She pulled her hand away. 

“Son of a bitch,” Jolene said aloud. 

Footsteps came running up the hallway, and the door opened. Light streamed in. It was one of the night people whom Beth didn’t know. The lady stood there for a long minute. Everything was quiet. Jolene was gone. Beth didn’t dare move to see if she was back in her own bed. Finally the woman left. Beth looked over and saw the outline of Jolene’s body back in bed. Beth had three pills in the drawer; she took all three. Then she lay on her back and waited for the bad taste to go away. 

The next day in the cafeteria, Beth felt wretched from not sleeping. 

“You are the ugliest white girl ever,” Jolene said, in a stage whisper. She had come up to Beth in the line for the little boxes of cereal. “Your nose is ugly and your face is ugly and your skin is like sandpaper. You white trash cracker bitch.” 

Jolene went on, head high, to the scrambled eggs. 

Beth said nothing, knowing that it was true. 


Walter Tevis
The Queen's Gambit
Random House, New York, 1983






martes, 24 de noviembre de 2020

Casa de citas / Walter Tevis / Ajedrecista

 


Walter Tevis
AJEDRECISTA

Comencé jugando ajedrez con mi hermana y los niños de mi calle. Una vez gane un premio de 250 dólares y me convertí en un jugador de clase C.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Casa de citas / Walter Tevis / Amar el juego

 


Walter Tevis
AMAR EL JUEGO

Amar el juego por sí mismo es algo bueno; es amar el arte por el que vives. Hay muchas cosas que amar en el arte (la emoción, la dificultad, el uso de la habilidad), pero trabajar en ello solo para eso sería ser como Findlay. Para jugar al billar tenías que querer ganar y querer esto sin excusas y sin autoengaños. Solo entonces tenías derecho a amar el juego en sí.


To love the game itself is a fine thing; it is loving the art you live by. There are many things to love in the art—the excitement of it, the difficulty, the use of skill—but to work at it only for those would be to be like Findlay. To play pool you had to want to win and to want this without excuses and without self-deception. Only then did you have a right to love the game itself.

Walter Tevis, The Hustler
New York: Harper & Row, 1959.




FICCIONES
Triunfo Arciniegas / Diario / Gambito de Dama
Casa de citas / Walter Tevis / The Queen's Gambit
Casa de citas / Michael Ondaatje / Gambito de Dama, de Walter Tevis

Casa de citas / Walter Tevis / Toda la maldita cosa



Walter Tevis
TODA LA MALDITA COSA

Toda la maldita cosa es: tienes que comprometerte con la vida que elegiste. Y lo elegiste, la mayoría de la gente ni siquiera hace eso. Eres inteligente y eres joven y tienes, como dije antes, talento. Quieres vivir rápido y relajado y ser un héroe.



Whole goddamn thing is: you got to commit yourself to the life you picked. And you picked it—most people don’t even do that. You’re smart and you’re young and you got, like I said before, talent. You want to live fast and loose and be a hero.

Walter Tevis, The Hustler
New York: Harper & Row, 1959.


Casa de citas / Walter Tevis / Jugador


Walter Tevis
JUGADOR 

¿Así es como miras a un hombre al que acabas de ganar en un juego de billar? Como si acabaras de tomar su dinero y ahora lo que quieres es su orgullo.

 


Is that the way you look at a man you’ve just beaten in a game of pool? As if you had just taken his money and now what you want is his pride.

Walter Tevis, The Hustler
New York: Harper & Row, 1959.





domingo, 22 de noviembre de 2020

Casa de citas / Michael Ondaatje / Gambito de Dama, de Walter Tevis



Michael Ondaatje
Gambito de Dama, de Walter Tevis

Gambito de Dama es entretenimiento puro. Es un libro que leo cada cierto tiempo, simplemente por placer y por lo bueno que es.



The Queen’s Gambit is sheer entertainment. It is a book I reread every few years—for the pure pleasure and skill of it.”



sábado, 21 de noviembre de 2020

Casa de citas / Walter Tevis / The Queen's Gambit


Walter Tevis

The Queen’s Gambit


1

Un día ella se acercó y se quedó de pie junto a él, esperando a que moviese una pieza. La que estaba tocando era una con una cabeza de caballo sobre un pequeño pedestal. Tras un segundo, él miró hacia arriba frunciendo el ceño irritado. 

—¿Qué quieres, niña? —le dijo.

Normalmente ella salía corriendo ante cualquier encuentro con gente, especialmente con los adultos, pero esta vez no huyó. 

—¿Cómo se llama el juego? —preguntó.

Él la miró. 

—Deberías estar arriba con los demás.

Ella le miró sin descomponerse; algo en ese hombre y la fijeza con la que jugaba ese misterioso juego le ayudaron a mantenerse en lo que quería.

—No quiero estar con los demás —dijo—, quiero saber a qué juego estás jugando.

Él la miró con más atención. Entonces se encogió de hombros. 

—Se llama ajedrez. 


Había tres hombres en mangas de camisa de pie alrededor de una mesa encajada entre dos sofás. En la mesa había un decantados de cristal y tres vasos. En el centro de la mesa había un tablero de ajedrez; dos de los hombres miraban y comentaban mientras el tercero movía las piezas especulativamente con las puntas de los dedos .Los dos hombres que miraban eran Tigran Petrosian y Mijail Tal. El que movía las piezas era Vasily Borgov. Eran tres de los mejores jugadores del mundo, y estaban analizando lo que debía de ser la posición aplazada en su partida con Duhamel.

3

Ahora tenía las mejillas apoyadas en los puños, y sus ojos permanecían cerrados. La dama estaba inofensiva en la última fila, en la casilla del alfil dama, donde llevaba desde la jugada nueve. Sólo podía salir por la diagonal, y tenía tres casillas. Todas parecían malas.

[…] Él tomaría su dama después, y ella todavía estará con alfil menos. Pero su caballo estaría ahora colocado para otra horquilla. Ganaría su alfil. No sería un sacrificio. Volverían a estar equilibrados de nuevo, y su caballo podría continuar amenazando la torre.

Abrió los ojos, parpadeó y movió la dama, él puso la torre enfrente. Sin dudar, ella tomó su alfil y lo llevó a dar jaque, y esperó a que su dama lo tomase. Él la miró y no movió. Por un momento ella mantuvo la respiración. “¿Habría omitido algo?” Cerró los ojos de nuevo, asustada, y miró la posición. Él podía mover su rey en vez de tomar el alfil, podía interponer…

De repente ella oyó su voz desde el otro lado de la mesa diciendo la asombrosa palabra “Tablas”.

[…] Unas tablas, sin embargo, no eran una victoria. Y la única cosa de la que estaba segura que le gustaba en su vida era ganar. Miró la cara de Borgov de nuevo y vio con sorpresa que estaba cansado. Meneó la cabeza. “No.” 


4

A mitad de camino, la primera fila de mesas de cemento, un anciano estaba sentado solo con las piezas colocadas delante de él. Era sexagenario y llevaba las habituales gorra gris y camisa de algodón gris con las mangas remangadas. Cuando ella se detuvo ante su mesa, él la miró inquisitivo, pero no llegó a reconocerla. Se sentó delante de las negras y dijo cuidadosamente en ruso: “¿Te gustaría jugar al ajedrez?”