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viernes, 24 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / El delantal


Triunfo Arciniegas
EL DELANTAL

Lo único que dejó Antonia, un delantal manchado de aceite, encima de la nevera. No más. Un delantal de rombos verdes y negros, separados por líneas amarillas, que me hace pensar en la bandera de Jamaica. Hasta el momento no he sido capaz de quemarlo o arrojarlo a la basura. Antonia barrió con todo lo suyo y parte de lo mío durante mi ausencia. Me dejó sin numerosos libros amados y parte esencial de la música. Sin la miserableza de una nota debajo de la almohada. Sin una línea que sellara su destino y el mío: Volví a la Madre Patria. Es decir, volvió a su hombre. ¿Dónde dejó mis cosas? ¿Con quién? Las aerolíneas limitan cada vez más el peso del equipaje, y el exceso cuesta un ojo de la cara. Revisando a fondo comprobé que no le interesó ninguna de mis fotografías. No supe si sentirme ofendido o aliviado. La maldije una y otra vez porque me había enamorado, deseé que la matara un rayo o la aplastara un tren, maldije al desgraciado que ahora se la gozaba, aposté que no durarían más de tres meses y hasta el sol de hoy siguen juntos y, según Celia, ya tienen un crío.

jueves, 23 de marzo de 2023

La mano en el bosque


Triunfo Arciniegas
LA MANO EN EL BOSQUE


1
Lucas Malerba, estudiante universitario y destacado atleta, encontró la mano mutilada cubierta de moscas en el bosque de sus ejercicios sexuales la tarde del 13 de noviembre de 1997. Por supuesto, no era la primera vez que recorría el bosque con la amiga de turno. Lo conocía a profundidad, casi árbol por árbol, hasta los rincones más secretos, donde no llegaba la curiosidad de los niños que burlaban la escuela, e incluso lo había recorrido alguna noche desnudo y sin extraviarse, y pretendía el mismo conocimiento con la hija del doctor Malaver. Habían bailado un par de veces en El Decamerón, habían visto televisión hasta tarde y apenas se habían tocado. Las películas de Tom Hanks la hacían llorar. "Las parejas que atraviesan el bosque de la mano, quedan encantadas", dijo Lucas medio en broma, medio en serio. Ella le ofreció la mano y él la guió hacia uno de esos lugares secretos. Acababan de recostarse y encender un tabaco de marihuana cuando descubrieron la mano mutilada entre los tréboles. La hija del doctor Malaver se desmayó y Lucas tuvo ante sí dos tareas: despertar a la muchacha y entregar la mano a la policía. Por suerte no la habían destrozado los perros ni la habían devorado las hormigas. De pronto, Lucas supo que la mano podía esperar y ni siquiera espantó las moscas. La mano no tenía a dónde ir, entre otras cosas: ningún saludo pendiente, ningún adiós, ninguna partida de naipes. Una mano de hombre con una uña pintada. Lucas fumó el tabaco despacio, regocijado, hasta quemarse los dedos, como dándole tiempo a la muchacha para que despertara por su propia cuenta. ¿Cuántos cuerpos había tocado esa mano, cuántos billetes, cuántas copas de vino? ¿Cuántos sexos húmedos, cuántas lágrimas, cuántos pies tibios? Y ahora, sólo una mano muerta, un desperdicio. Después de la última chupada y excitado por el lujurioso pasado de la mano, Lucas acarició el rostro de la bella durmiente, se atrevió a besarla, le separó los labios con la lengua y hasta la consagró con un trébol en la frente. "Soy un sapo, mi reina de tréboles", dijo con voz ronca. "Vas a desencantarme." Bajó a su cuello y, una vez abierto el cierre de la chaqueta, a sus senos. Mordisqueó los pezones dormidos y luego recorrió con la lengua un vientre pálido, suave y salado, y se extasió ante la profundidad del ombligo. Citó un verso de Neruda: "Soy más pequeño que un insecto". Estrechándose, aplanándose, la araña de su mano penetró en el más bello y profundo de los bosques, de breves, suaves y bien pulidos árboles, y exploró la fuente de los deseos. Luego, con la garganta seca, Lucas Malerba deslizó el pantalón y los calzones por debajo de las nalgas mientras la muchacha realizaba un movimiento cómplice. Lucas descubrió y separó los muslos, y luego la hizo suya, y la muchacha despertó toda empapada, gritando de pasión. En fin, llevaron la mano a la estación envuelta en un pañuelo, y un policía con cara de palo registró la información. "¿Qué hacían ustedes en el bosque?", preguntó el policía. "Caminar", dijo la muchacha. A pregunta idiota, respuesta ídem. Después de la penosa diligencia, se detuvieron en una heladería y, cuando Lucas quiso saber si se había desmayado de verdad, ella dijo con cierto placer: "¿Estás desencantado, lobo feroz?" Lamió con regocijo el helado de chocolate y añadió: "¿Para qué llevan las niñas al bosque?"

miércoles, 22 de marzo de 2023

Astilla


Triunfo Arciniegas
ASTILLA

La mujer presionó el timbre con firmeza, una sola vez, y casi de inmediato la muchacha se asomó por la ventana del segundo piso.
          –Diga.
          –¿Elisa?
          –Sí.
          –Vengo a hablar con usted –dijo la mujer.
          –¿Qué se le ofrece?
          –Sobre Humberto –dijo la mujer.

martes, 21 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Locas historias de Numancia

Antonio López
Día
Estación de Atocha, Madrid
 Triunfo Arciniegas
LOCAS HISTORIAS DE NUMANCIA

Antonio López
Noche
Estación de Atocha, Madrid

En Numancia supe de un hombre que se arrancaba la cabeza por las mañanas y la llevaba al mercado en una cesta de mimbre. No lo vi, me lo dijeron. En Numancia, sucia y polvorienta, muy al norte, más allá de Puerto Escondido y Magallanes, cerca de Punta Gallinas, pues en aquella época de mi vida iba por todas partes. Me había dejado el bigote, escribía sobre ciertos amores desgraciados una novela que nunca publiqué y, durante algunos meses, hasta que perdí credibilidad, fui corresponsal de El Pregón.

lunes, 20 de marzo de 2023

Mujeres

Fotografía de Klaus Peter Nordmann

Triunfo Arciniegas
MUJERES


La urgencia me hizo marcar tres, cuatro, cinco veces, el número de Pilarica Trespalacios, pero no me contestó. No quería verme desde que me sorprendió con las manos en la masa en El Decamerón. Digamos que entonces era mi novia oficial, casi mi mujer, mi equilibrio sexual, el pan de cada día y todo eso. Ay, Pilarica y sus tres palacios. Decidí caerle de sorpresa a Beatriz, pero el sorprendido fui yo. Estaba borracha con dos señores. Abrió la puerta a medio vestir o, con más exactitud, a medio desnudar, descalza y despeinada. Me invitó a seguir. Pero no me pareció buena idea, sobre todo al ver a los señores: un periodista que reseñaba libros en revistas de vanidades y un vendedor de electrodomésticos. Donde comen dos, comen tres, pero todos quedan con hambre.

domingo, 19 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / La casa de las lunas


Triunfo Arciniegas
LA CASA DE LAS LUNAS

Debo confesarlo: toda la vida he sido un lector apasionado, desde mucho antes de enamorarme de Melissa Walter. Di con ella luego de leer una extenuante biografía de Picasso, tres novelas de Calvino, todos los cuentos de Poe y Crónica de pobres amantes, pues así de dispersas han sido siempre mis lecturas. Entonces, hechizado por Flaubert, sobrellevaba con Emma Bovary, su personaje, un sudoroso romance que pervirtió mi adolescencia. Quise salvarla del seductor y del médico mediocre y terminé perdido. Aún veo la zapatilla balanceándose en la punta de su pie, el carruaje del deseo que atraviesa la ciudad con sus amantes dentro, la mano pálida y desnuda que se asoma a la ventanilla para arrojar la lluvia de papel de la carta del rechazo. Aún me veo en la cama del solitario, ansioso y delirante.

sábado, 18 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / La mujer del payaso

Payaso y mujer
Alberto Cadavid
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Triunfo Arciniegas
LA MUJER DEL PAYASO

Toqué con suavidad tres veces, según mi estilo, y en seguida abrieron. Saludé con la voz grave y lenta, dolorida, que usaba para estos casos.
          –Siga, por favor –dijo Carmen Jerez, la viuda, y me condujo por un corredor mal iluminado, adornado de matas gigantes que me buscaban el rostro como mujeres confianzudas, hasta un cuarto donde el aire se había vuelto una sopa pestilente.

viernes, 17 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / En la hamaca


Triunfo Arciniegas
EN LA HAMACA

Le llevé la cerveza al patio y seguí con mis oficios.
            ─He tenido mala suerte ─dijo el hombre, Bernardino Alarrota, y la punta de su pie le dio nuevo impulso a la hamaca─. Las mujeres me pudrieron el corazón.

jueves, 16 de marzo de 2023

Cuando papá se fue de casa

Autorretrato, 1914
Egon Schiele
Triunfo Arciniegas
CUANDO PAPÁ SE FUE DE CASA

Papá se fue de casa. La otra noche discutió a gritos con mamá hasta tarde, cuando por fin me dormí, arrinconado y con la cabeza tapada. El caballero de las cantinas, el hombre adorado por sus amigos de parranda, don Juan del Mar, qué gran persona, en casa se volvía un demonio. Le brotaban cachos y cola, candela de sus ojos y obscenidades de su boca, mientras partía un pocillo contra la mesa o estrellaba un cuadro en el piso. Tenía por costumbre romper fotografías, que al día siguiente mamá remendaba con cinta transparente. “Mi mujer es una santa”, decía don Juan del Mar en las cantinas, pero en casa quería trapear con ella. Una vez le restregó en la boca la foto de un antiguo pretendiente. Mamá estuvo con la boca floreada como una semana. En el mercado se subía la bufanda hasta la nariz para disimular el maltrato y, si se veía obligada a rendir explicaciones, contaba que se había resbalado en el patio.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Triunfo Arciniegas / Altagracia


Triunfo Arciniegas
ALTAGRACIA

Mamá cree que todavía soy virgen. Sabe muy pocas cosas de su niña linda. Sabe de las visitas del vampiro y los botones de mis senos, pero no imagina que el olor de un hombre me atrapó en el mercado. Conoce al hombre porque ese día fuimos juntas a su tienda a comprar un conejo, pero no tiene ni la menor idea de la pasión que me arrastra. La tía Adela, que no vivía con nosotros sino con un camionero desde hacía siete meses, tenía antojos. Dejamos para el final la compra del conejo, después de recorrer todo el mercado buscando unos zapatos. Mamá se midió treinta pares y compró los más feos. Luego fuimos por la fruta y la verdura, la papa y la yuca, el café y el arroz. Yo iba atrás, como siempre, cargando todo. Me dolían los brazos y los hombros. Descargué mientras mamá regateaba.

martes, 9 de febrero de 2021

Triunfo Arciniegas / Petro Robagallinas

Ilustración de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
PETRO ROBAGALLINAS
Una fábula

Había una vez un bobo que robaba gallinas. O al menos pretendía hacerlo. Porque era tan torpe que alborotaba a los perros y despertaba a todo el mundo.
–Petro, no se robe las gallinas –le gritaban.
De nada le servía el sombrero que aplastaba sus pelos de erizo y el pañuelo que cubría su cara de sapo, porque todos conocían su cojera. Y su tamaño. Con centímetro menos pasaría por enano. Las manos grandes y los brazos largos le daban una apariencia de pajarraco.
–Vete a hacer las tareas y deja dormir.
El bobo arañaba las paredes, rompía algunas tejas y volvía a casa con las manos vacías, apedreado y mordido por los perros. Su pobre madre lloraba al verlo.
–Te va a tocar cambiar de profesión –le decía–. La gente no te entiende.
–Estoy para grandes cosas.
–Ay, hijo, ni tu madre se cree ese cuento.
Todo el mundo sabía las intenciones de Petro. No podía disimular el hambre. Al principio, cuando pensó apoderarse del gallinero a sangre y fuego, apareció con una escopeta, pero se la decomisó la policía. Lo obligaron a lavar los baños de la estación y lo dejaron libre. Al negro Faustino, dueño del gallinero más grande, no le pareció buena idea.
De todos modos, y aunque juraba que lo suyo eran los mangos que caían de los árboles y las zanahorias que cultivaba detrás de su casa, el bobo no se pudo quitar de encima la fama de robagallinas. En el parque, los niños brincaban y picoteaban a su alrededor. Todos cacareaban a su paso. O le arrojaban una pluma.
–Lo que Petro está buscando es la gallina de los huevos de oro –se burlaba la gente.
–No me digan así –reclamaba el bobo–. Soy Petronio.
Y se alejaba muerto de hambre. Y muerto de rabia. Y la rabia terminaba en remordimiento.
–Acúseme, padre, que me da mucha rabia que me llamen Petro –le decía al cura todos los sábados en el confesionario.
–Pero sí eres el ladrón de gallinas.
–¿Cómo lo sabe, padre?
–Vienes todos los sábados.
–¿Y cómo sabe que soy el ladrón?
–Acá me cuentan todo, Petro.
–Padre, ya me dio rabia otra vez.
–Te perdono –dijo el cura–. Ya sé que la otra vez me lo dijiste, ¿pero cómo es tu nombre?
–Petronio Antonio Malasangre.
–Con razón me reí tanto el otro día.
–Padre.
–¿De dónde salió ese Malasangre?
–Pregúntele a mi mamá.
–Lo haré.
–Soy un desliz. Mi mamá fue al mercado y pisó una cáscara de plátano y de ahí salí yo. 
–¿Y el señor Malasagre?
–El dueño del plátano, supongo. Nunca lo conocí. A veces pienso que mamá se lo inventó.
–Nunca fuiste a la escuela.
–Tres días.
–El título de bachiller es falso.
–Lo compré en el mercado de las pulgas.
–¿En Bogotá?
–¿Cómo lo sabe, padre?
–En Bogotá se puede comprar cualquier cosa –dijo el cura–. ¿Te va bien en algo?
–No.
–Chiquito, cojo, tuerto y mentiroso.
–Padre, por favor. No soy tuerto. Tengo un ojo más chiquito que el otro. Por el uno veo y por el otro medio veo.
–¿No dijiste que te habías dedicado a comer zanahorias?
–No soy un conejo.
–No digas mentiras –dijo el cura–. ¿Y los mangos?
–Se acabó la cosecha.
–No digas que andas enfermo. No ilusiones.
–La gente me trajo cosas.
–Pero luego supieron que no tenías nada. No se ve bien que digas que estás que te mueres y luego no salgas con nada. La próxima vez nadie va a creerte.
–Soñé era un zorro, padre.
–Te creo –dijo el cura–. Eres un zorro, Petro.
–¿Verdad que sí?
–Tienes pinta.
–Gracias, padre. Pero no de conejo.
–No de conejo –aceptó el cura–. Dentro de ti palpita el corazón del zorro.
–No entiendo, padre. Me crecen garras, se me agrandan las orejas, se me estira el hocico. Ay, padre Agapito.
–No me recuerdes ese nombre, hijo mío, y no se te ocurra decirme Pito.
–¿Le da coraje, padre?
–Voy a pensar qué hacer contigo –dijo el cura–. Vete y no peques más.
–¿Y la penitencia?
–Queda pendiente –dijo el cura, seguro de que una avemaría y un padrenuestro no arreglarían nada.
Y se quedó pensando en Petronio hasta la noche. No pudo dormir, pero al otro día tenía la solución, y fue a visitar al dueño del gallinero más grande, don Faustino Trespalacios. 
Era un domingo soleado y feliz.
–Don Faustino.
–Padre Agapito.
Con la sotana, el cura parecía tan negro como el otro. Además, se veían igual de gordos y barrigones. El cura propuso la idea mientras despresaba una gallina con tajadas de plátano maduro, papas chorreadas y una montaña de arroz, y atajaba a lengüetazos la grasa que escurría de sus manos. Le costó trabajo convencer al negro. Se tomaron un par de cervezas. Y luego otras dos. Y otras, hasta que abreviaron sus nombres.
–Adiós, Tino.
–Adiós, Pito.
Cuando el bobo regresó a confesarse, echando espuma de la rabia, el cura casi no lo dejó hablar.
–No te preocupes, hombre, eres dueño del gallinero de Faustino, qué afortunado –le dijo, entregándole la llave–. Ve a cuidarlo con alma, vida y sombrero.
El bobo se limpió la espuma y sacudió la cola. 
–¿No me van a echar los perros?
–Ya hablé con Faustino.
Al bobo se le escurrió la baba.
–¿Me puedo comer todas las gallinas? –preguntó–. Soy un zorro, padre.
–No te apresures –dijo el cura–. ¿No ves que ahora eres el dueño? Tu misión es multiplicar las gallinas para alimentar a los pobres del mundo.
–Qué ideas, padre. Yo sólo pienso en mí.
–Detrás del gallinero hay un potrero inmenso –dijo el cura–. Podrías sembrar unos aguacates.
–Y a veces en mi mamá –dijo el bobo–. Pero sobre todo en mí.
–Eres el feliz propietario, Petronio Antonio Malasangre, saborea la propiedad privada.
–No entiendo, padre, pero me siento en el paraíso.
–Porque Dios está contigo –dijo el cura, asaltado por la duda–. No olvides venir el sábado para saber cómo van las cosas.
–¿Y si no me da rabia?
–Ven de todos modos –dijo el cura–.Vete y no peques más.
El bobo se fue feliz, pero el cura se quedó pensando: “De bobo no tiene un pelo”. Y ya no le pareció tan buena la idea de meter el zorro al gallinero. 

2 de febrero de 2021



miércoles, 27 de marzo de 2013

Un niño gato protagoniza el nuevo libro de Triunfo Arciniegas



Un niño gato 
protagoniza el nuevo libro 
de Triunfo Arciniegas

Por María del Rosario Laverde
Semana, 26 de marzo de 2013


El más reciente libro del escritor Triunfo Arciniegas 
es una metáfora 
de las duras realidades a las que se enfrentan
los niños de nuestro tiempo.

Un niño gato protagoniza el nuevo libro de Triunfo Arciniegas. .


Durante la temporada en que se empiezan a conocer algunos de los títulos que serán presentados en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá, sale al mercado El niño gato, el más reciente libro del escritor colombiano Triunfo Arciniegas, quien con más de 50 títulos publicados conforma una terna de éxito con el joven ilustrador Dipacho y Ediciones SM, bajo la dirección de María Fernanda Paz Castillo y el diseño de Camila Cesarino Costa.

Después de El árbol triste y El último viaje de Lupita López, títulos de Arciniegas en la misma editorial, dedicados a los dolorosos temas del exilio y la muerte, Ediciones SM nos presenta un libro de alta factura, atractivo y sugerente.

Se destaca el diálogo entre los textos de Arciniegas y las imágenes de Dipacho: mientras el primero le imprime un tinte nostálgico y triste al relato, el otro, a través del color y la sencillez de las imágenes, abre la posibilidad de añadir elementos nuevos de información y da paso a otras lecturas.

El niño gato, más que un cuento infantil, es una metáfora de las duras realidades a las que se enfrenta un niño de este tiempo.

El protagonista se sabe distinto a los demás desde el principio, con esa certeza que solo tienen quienes crecen sin conocer a su padre o que lo pierden a muy temprana edad. Debe lidiar, además, con la tristeza de la madre y su decisión de dejar este mundo. “El niño gato creció solo, como un milagro, entre los árboles, en los potreros, en las orillas del río, como esas plantas que enfrentan al viento, aferradas a las rocas.” Con los libros y el amor como asideros y superando hasta cierto punto una dura infancia, se convertirá en un gato adulto.



martes, 5 de junio de 2012

Triunfo Arciniegas / El vendedor de sombras



Siblings Shadows by Angela Simione
Triunfo Arciniegas
Biografía
EL VENDEDOR DE SOMBRAS

Llegó con una sombra bonita y reluciente que nos encandiló. Era alto y delgado, de gestos femeninos y voz apenas audible. Habló poco, sin entusiasmo, como si sólo tratara de hacernos un favor.
      -Ya la tengo vendida –dijo, sacudiendo la sombra como quien desempolva un tapete-. Pero no quiero esperar hasta mañana.
         -No tenemos dinero -dije.
         -Entonces no hay nada que hacer.
     -Pero podemos reunirlo -dijo mi mujer, Carmencita, la mata de la impaciencia.
         -¿Todo?
         -Casi todo –dijo mi mujer.
      El hombre se rascó el mentón, enrolló la sombra y la guardó en el maletín. Se levantó para despedirse.
         -Aunque hay otra manera, señora -dijo.
         Esperamos con el alma colgada de un hilo.
         -Le puedo recibir su vieja y gastada sombra.
       Pensé que mi mujer, tan quisquillosa, diría: “Vieja y gastada, su abuela”. Pero no.
         -¿Por cuánto? –dijo.
      -Por la mitad, imagínese. Es decir, mi querida señora, si me llevo su sombra, le dejo la mía a mitad de precio. ¿No es razonable?
         -Es razonable -dijo mi mujer, con la boca hecha agua.
     No tuve tiempo de recordarle a mi querida señora que los pobres no podemos darnos el lujo de cambiar de sombra. Nacemos y morimos con la misma.  Pero la conocía bien. Cierto brillo en los ojos delataba su ansiedad y no tenía ganas de alborotar el avispero. El hombre debió advertir el mismo brillo, pues prometió pasar más tarde.
        Nos dedicamos a la penosa tarea de reunir el dinero. El compadre  Jairo Aníbal me debía unos pesos desde marzo.  A Juana María le habíamos vendido un perro. Acababa de pintarle toda la casa a Trinidad Santiago y me debía la mano de obra. Acudí a todos, con razones urgentes, calamidades, extravagancias, con los argumentos que consideré más convincentes, menos con el despreciable motivo de una sombra nueva para mi mujer, y reuní una bonita suma, bonita pero insuficiente.
         Volví a casa. No sé de dónde pero mi mujer tenía el resto.
        Hicimos el negocio como a las seis de la tarde en un parpadeo.
       No lo podía creer: mujer con sombra nueva. Teníamos que celebrar. Mi mujer propuso que saliéramos a bailar a Decamerón y no me pareció buena idea. En la oscuridad de una discoteca no se podrían apreciar las virtudes de la sombra. Además, nos habíamos quedado sin dinero, y Decamerón tenía unos precios como para caerse de espaldas. Nos conformamos con un paseo gratuito por el parque, a la hora de la retreta. La banda municipal aporreaba pasodobles. Mi mujer parecía una niña con muñeca nueva. Pocas veces la había visto tan feliz. Daban ganas de robarle besos. Durante toda la retreta, esa pequeña fiesta de los sábados, todo mundo se deslumbró con Carmencita, que no le pasaban los años, que qué vestido tan bonito, que si se tiñó el cabello, que si no sé qué más, y era que estrenaba sombra.
         La mujer de Emiliano, la negra Nieves, se veía divina. Qué mujer.
         Y también la hermana del cojito Abelardo, Almendra Colmenares.
         Todos vanidosos, Emiliano y Abelardo brincaban entre la gente.
     No dije nada, por supuesto: mi mujer era la más bonita. La reina. Carmencita Rosales de Agua de Dios. Yo soy Juan Agua de Dios, pintor de brocha gorda, ajedrecista aficionado y acuarelista anónimo.
        Volvimos felices a casa, dándonos besos, como enamorados recientes, y entonces pensé que el gasto había valido la pena.
        Mi mujer se levantó tarde el domingo. Salí a comprar el periódico y a charlar con los amigos. Cuando regresé, poco después del mediodía, todavía no había almuerzo. A mi mujer le dolían los huesos. Había pasado la mañana en la cama, hablando por teléfono con la negra Nieves, la mujer de Emiliano. Aún estaba en bata y pantuflas.
        Dije que no tenía hambre, pero pasé por la nevera y alivié con algunas frutas el clamor de las tripas mientras mi mujer terminaba un sancocho de pescado. Leí el periódico, almorcé solo, fui donde el flaco Antonio y perdí una partida de ajedrez. Volví a casa y encontré a mi mujer en la cama, triste, con los párpados morados de la tristeza. La invité a salir y no quiso. A un helado y no quiso. Le preparé un caldo de hueso y se negó a probarlo.
         -Mañana vas al médico -dije.
      Salí a caminar un rato y me encontré con Emiliano. Conversamos y pronto dimos con el tema de mi mujer.
         -Amaneció con la depre.
         -¿Con quién?
         -La depresión. Volando bajo. Triste y con dolor de huesos. Y pensar que ayer estábamos tan felices.
        -Lo mismo digo -dijo Emiliano-. Mi negra amaneció rara, alicaída. ¿Por casualidad no le compraste sombra nueva a Carmencita?
         -De contado -dije-. Carmencita dio su propia sombra en parte de pago.
        -El hombre nos dijo que era la única que le quedaba y que ya la tenía vendida –contó Emiliano, rascándose la cabeza-. Aceptó la sombra de Nieves y nos rebajó el cincuenta por ciento. Pobre negra. ¿Has visto a la hermana del cojo Abelardo?
         -Sí. Preciosa, ¿verdad?
         -Creo que Abelardo le compró una sombra.
        Fuimos a casa de Abelardo Colmenares y comprobamos la sospecha. La misma depresión, el mismo dolor de huesos. El mismo vendedor. El mismo negocio. En ese momento la hermana de Abelardo, Almendra, descalza y despeinada, con la lánguida belleza de los diecisiete, salió de su cuarto y atravesó el patio, en dirección al baño.
         -Esa porquería de sombra tiene huequitos -dijo.
         El cojito Abelardo se aporreó la cabeza contra la pared.
         -No es tu culpa –dije.
       Le pedí prestado el teléfono y llamé a casa. Otra sombra agujereada. Emiliano llamó a su mujer y la misma historia. Imaginé las sombras desbaratándose como telarañas.
         -¿Y ahora qué hacemos? -dijo Abelardo, mordiéndose las uñas.
         -Ya sé cuál es el negocio -dijo Emiliano-. El hombre vende sombras de pacotilla a los bobos y luego vende las sombras de los bobos en el extranjero.
         -Vamos a buscarlo -propuse.
         -Lo vi salir del Hotel Victoria -dijo Abelardo.
       En el hotel nos informaron que el hombre, Agustín Veredas, había dejado el cuarto a mediodía, a toda prisa, perseguido por dos hombres vestidos de negro. Preguntamos si nos permitirían registrar el cuarto.
         -La camarera ya hizo la limpieza pero pueden pasar. El señor Veredas, por el afán, olvidó su maletín.
         Solicitamos el maletín y tratamos de abrirlo. Aunque no pesaba mucho, podía contener las sombras, que carecen de peso. Tratamos de abrirlo con todas las llaves del hotel y todas las nuestras, con ganzúas improvisadas, temerosos de lastimar el contenido. “Necesitamos unas palabras mágicas”, suspiró Abelardo, más ingenuo que nadie. Al final, pendientes del hilo de la esperanza, en vez de conjuros buscamos un cerrajero y, por suerte, dimos con las sombras. No había dinero. Sólo fotografías de hombres maduros, casi todos con sombrero y bigote, y un pasaporte, con sellos de todos los países, que confirmó las sospechas de Emiliano.
        No había tiempo que perder. Emiliano fue corriendo a su casa con la sombra de su mujer y Abelardo cojeó hasta la suya con la sombra de su hermana. Cuando llegué a la mía, Carmencita, casi sin sombra, navegaba en un mar de lágrimas. Se puso la sombra propia y con la escoba recogió los pedacitos de la otra y los arrojó a la basura. Estaba tan cansada que se durmió de inmediato.
         No volvimos a ver al vendedor. Unos días después encontré su foto en el periódico. La noticia decía que dos desconocidos habían asaltado a Agustín Veredas en una calle de Bogotá y le habían dado muerte. Nada decía del negocio de las sombras.



Beatriz Helena Robledo / Triunfo Arciniegas vuelve y juega
Triunfo Arciniegas / El vendedor de sombras
Triunfo Arciniegas / Besos de sapo
Triunfo Arciniegas / Los besos de María



sábado, 2 de junio de 2012

Triunfo Arciniegas / Besos de sapo



Triunfo Arciniegas
Biografía
BESOS DE SAPO

El sapo tenía una venta de besos en la plaza de mercado del Señor de los Milagros, y era una venta exitosa, por cierto. Venían a ver al sapo desde tierras lejanas y recibían el paquete de besos luego de contar las historias más terribles. A muchos se les vio corriendo, felices, con los besos en una caja de caramelos o en una botella de Coca-Cola.
       Muy temprano llegó un hombre con cara de necesidad. Traía los zapatos rotos y el corazón remendado. Y en sus manos, un sombrero más retorcido que un alambre.
         -¿Para qué necesitas mis besos? -dijo el sapo.
         -Quiero que María Inés me quiera -respondió el hombre.
         -¿Por qué?
         -No quiero vivir sin María Inés.
       -Dame treinta rosas amarillas y un tarrito de mermelada de albaricoque.
       El pobre hombre buscó las rosas y la mermelada con tanta devoción, con tanto fervor, que la noticia voló a los oídos de María Inés, y cuando regresó de afán a su país, María Inés lo esperaba con los brazos abiertos, muerta de curiosidad por los besos de sapo.
Una muchacha pálida, que había olvidado quién era de tanto mirar la luna, llegó tambaleándose a la plaza de mercado del Señor de los Milagros, y el sapo le entregó sin preguntas media docena de besos atados con una cinta roja. La muchacha se los comió uno a uno y recordó que venía del mar, que respondía al nombre de Juana Peralta y le había dado el corazón a un tal Nicasio Almirante. Luego recordó quién era el tal Nicasio y se fue corriendo.
         El sapo era de una eficacia asombrosa. Sus besos servían hasta para curar el dolor de estómago. Una vez una señora acudió con lágrimas a la famosa plaza de mercado del Señor de los Milagros porque se habían robado su vaca de pintas negras.
         -Deja de llorar, Lola ya está en el patio de tu casa –dijo el sapo.
         -¿Y vas a darme besos?
         -Te doy uno para Lola, aunque no lo necesita.
         -¿Sólo uno?
       -Le das tréboles frescos machacados con azúcar morena y agüita de yerbabuena porque volvió muy asustada. La ordeñas, haces un queso y me lo traes.
A la semana siguiente la señora volvió con el queso y la vaca.
-Eres el héroe de la familia -dijo.
Lola cubrió al sapo con besos de novia agradecida.
-No más, no más, que me haces colorear -suplicó el sapo.
Había escapado viva de milagro. A punto de sacrificarla, los ladrones se quedaron dormidos de un momento a otro, con la taza del chocolate entre los dedos. Lola reventó la cuerda del cautiverio y caminó bajo la luna llena hasta encontrar el patio de su casa.
El sapo había alcanzado la felicidad. Venían a verlo de todas partes del mundo para saber la historia de la vaca y él contaba cada vez una versión distinta. O la historia de los besos. Dijo, por ejemplo, que se le ocurrió la idea del negocio después de leer Historia universal del beso, una antigua edición de tres tomos empastados en cuero y con ilustraciones a todo color, que descubrió en el mercado de las pulgas. Otra vez dijo que un hombre muy viejo le había ofrecido tres deseos a la orilla de un pozo. Este era el primero: cumplir los deseos ajenos. Había estado tan entretenido que aún no solicitaba los otros dos.
La fama de sus historias casi igualaba el prestigio de los besos. A nadie le sorprendería que se hiciera escritor y sus libros se vendieran como pan caliente, con la sonrisa de oreja a oreja en la foto de la solapa.
        Le gustaba ser sapo. Se veía al espejo y reconocía que el poeta Whitman tenía razón: el sapo es la obra maestra de Dios. “Soy como soy y me gusta como soy”, decía cada mañana. La gente lo adoraba.
         Todo estuvo de maravilla hasta que el sapo se enamoró. Como todos los sapos, se enamoró de la más bella, una que no quería nada, que no parecía de este mundo, una que pasó por ahí y ni siquiera lo miró.
         El sapo cerró el negocio y corrió detrás de la hermosa.
         -¿Qué quieres?
         -Quiero verte –dijo el sapo.
         -No estoy en exhibición –dijo la mujer.
        -Quiero vivir contigo –dijo el sapo, todo débil-. Quiero chapotear en el pozo de tu corazón. Quiero bañarme en la fuente de tus cabellos. Te daré todos los besos que quieras.
         -Si con esos sueños te despertaste, querido, vuélvete a dormir.
         -Me llamaste querido –dijo el sapo, y de regocijo casi revienta.
         -¿Tú eres el presumido que vende besos?
         -Lo veo y no lo creo, princesa. Habías oído de mí. ¿Acaso me buscabas?
         -Nunca había oído hablar de ti. ¿A cómo vendes los besos?
         -Por docenas hago descuentos –dijo el sapo, todo coqueto.
         -No quiero tus besos.
       -Quiero los tuyos –dijo el sapo, y estiró la lengua para atrapar una mariposa que le llenó la barriga de colores.
         -Descarado. Así no se le habla a una princesa.
         -Perdona este alboroto, princesa. Tengo el corazón como potro desbocado.
         -¿Qué harías por mí?
         -Lo haría todo por ti –dijo el sapo.
         -Tengo sed. Tráeme un viento raspado.
         El sapo trajo el vaso de viento raspado más dulce, más colorido, más suave de toda la plaza de mercado.
         -Vas bien. Tráeme una cometa.
         El sapo no sólo trajo la cometa sino que volvió volando.
         -Te ves bien en el aire. Tráeme una rosa de azúcar.
         Nadie sabía de las rosas de azúcar, pero el sapo regresó con una.
         -Te mereces un beso.
         -Nunca he querido tanto algo en mi vida –dijo el sapo y cerró los ojos.
        Se sintió llenó de estrellas, se sintió untado de chocolate, se sintió perdido en una infinita sala de conciertos donde se oía toda clase de música.
         Al abrir los ojos era completa y absolutamente feliz.
         -Estoy a punto de pedir mis otros dos deseos, pero me aguanto –dijo.
         -¿De qué hablas? Déjate de secretos.
         -Tengo dos deseos pendientes –explicó el sapo.
         -Sólo tienes que pedirlos.
         -Los reservo para la luna de miel –confesó el sapo.
         -En ese caso, casémonos cuanto antes.
         -¿No se vería raro? Eres toda una princesa.
         -Casos peores se han visto.
         -No soy un príncipe, soy un sapo.
         -Se nota de lejos.
         -¿Y de cerca?
         -No cabe la menor duda –bromeó la princesa-. No seas tonto, sabía que eras un sapo cuando te busqué. Abandoné un reino por conocerte.
         -¿Me buscaste? El corazón me salta como un sapo.
        -Sabía de ti –dijo la princesa, sonriendo-. Ya eres mi amor y tienes derecho a mis secretos.
        El sapo hizo tres saltos tan perfectos que merecieron tres besos.
      -Ay, tus besos dan felicidad. Dan ganas de vivir. De trabajar. Con permiso, debo abrir el negocio. De algo tenemos que vivir.
        -Te mereces todos los besos, querido, te desvives por la felicidad ajena.
     La hilera de clientes atravesaba el pueblo. Habían esperado con paciencia porque sabían que el sapo volvería y entonces recuperarían la dicha. Así fue. Los besos mantenían su legendaria eficacia y, además, ahora el sapo vivía con una mujer hermosa cuya sola presencia daba ganas de cantar. Sus besos, ay, sus besos de mujer encantada aseguraban la felicidad del sapo.