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jueves, 5 de junio de 2025

Un libro / Mientras agonizo, de Faulkner

 



'Mientras agonizo': la muerte y la vida en el profundo sur

Obra maestra del premio Nobel, esencial por su propia calidad y por el rastro que dejó, también en nuestra lengua


Tan sencillo y tan complicado es el argumento de Mientras agonizo una de las mejores novelas del norteamericano William Faulkner y una joya del gótico sureño que tendrá una influencia no solo en autores norteamericanos como Tennessee Williams, Truman Capote, Eudora Welty, Flannery O'Connor o Carson McCullers por citar a los más evidentes y notables, sino que, junto con ellos, contribuirá a la creación de un universo narrativo e icónico que ha trascendido el género y el tiempo, hasta el punto de que tenemos grabado en nuestro consciente colectivo la decrepitud de esas familias de pasado ilustre, mísero presente y ningún futuro que se mueven en los humedales y pantanos que riega el río Misisipi.




Faulkner podría regodearse en la decadencia física y moral de una sociedad anclada en el pasado y cargada de vicios increíbles, pero por la magia de la perspectiva narrativa logra considerarlos como iguales y entender sus vulnerabilidades y sus heridas con un afán de comprensión que para nada es aceptación. Todo gracias a un ejercicio de virtuosismo narrativo inédito hasta ese momento, pues el periplo fúnebre de los Bundren se contará a lo largo de más de cincuenta breves capítulos por hasta quince narradores diferentes. Todos ellos son protagonistas, jueces o testigos del conflicto y la suma de sus voces montará un punto de vista polifacético y global de la historia. Ese multiperspectivismo de Faulkner –culpable en parte de que muchos autores posteriores hayan caído en el vicio de la escritura imposible, del más difícil todavía–, tiene aquí todo el sentido y no confunde ni oscurece la narración sino que le da el carácter de un coro griego contemporáneo que nos hace entender la tragedia de la vida que, por no ser, ni siquiera goza de aquella grandeza antigua de Sófocles.



Tan sencillo y tan complicado es el argumento de Mientras agonizo una de las mejores novelas del norteamericano William Faulkner y una joya del gótico sureño que tendrá una influencia no solo en autores norteamericanos como Tennessee Williams, Truman Capote, Eudora Welty, Flannery O'Connor o Carson McCullers por citar a los más evidentes y notables, sino que, junto con ellos, contribuirá a la creación de un universo narrativo e icónico que ha trascendido el género y el tiempo, hasta el punto de que tenemos grabado en nuestro consciente colectivo la decrepitud de esas familias de pasado ilustre, mísero presente y ningún futuro que se mueven en los humedales y pantanos que riega el río Misisipi.

Faulkner podría regodearse en la decadencia física y moral de una sociedad anclada en el pasado y cargada de vicios increíbles, pero por la magia de la perspectiva narrativa logra considerarlos como iguales y entender sus vulnerabilidades y sus heridas con un afán de comprensión que para nada es aceptación. Todo gracias a un ejercicio de virtuosismo narrativo inédito hasta ese momento, pues el periplo fúnebre de los Bundren se contará a lo largo de más de cincuenta breves capítulos por hasta quince narradores diferentes. Todos ellos son protagonistas, jueces o testigos del conflicto y la suma de sus voces montará un punto de vista polifacético y global de la historia. Ese multiperspectivismo de Faulkner –culpable en parte de que muchos autores posteriores hayan caído en el vicio de la escritura imposible, del más difícil todavía–, tiene aquí todo el sentido y no confunde ni oscurece la narración sino que le da el carácter de un coro griego contemporáneo que nos hace entender la tragedia de la vida que, por no ser, ni siquiera goza de aquella grandeza antigua de Sófocles.

Mientas agonizo apareció en 1930 y su sombra se va a extender a lo largo del siglo, pues la imagen de la decrepitud social, labrada en el profundo sur americano y en la crisis del 29, sabrá adelantarse con visión profética a la herida de la segunda guerra mundial y su ardua posguerra. Entre sus muchas ramificaciones, el caudaloso río faulkneriano regará con profusión el sur más allá del sur: los países hispanohablantes americanos, y contribuirá como nadie a esa espectacular explosión de genios que supieron renovar nuestra narrativa. Sin él no hubiera escrito Rulfo su Pedro páramo, un libro con el que Mientras agonizo tiene tanto en común. Sin la obra del mexicano, García Márquez no hubiera escrito Cien años de soledad. Si cae Yoknapatawpha, cae Comala y cae Macondo y el juego de dominó seguiría eliminando piezas hasta dejarnos demasiado huérfanos.

Cuando me piden por qué libro habría que entrar al universo faulkneriano respondo, sin dudarlo, que este reúne toda su genialidad pero mantiene aún unos códigos comprensibles. Como umbral es perfecto, y a quien le guste la experiencia puede marchar alegre por las tierras de Jefferson para conocer al resto de sus habitantes.


EL DEBATE







sábado, 10 de agosto de 2024

Un libro / El ruido y la furia, de William Faulkner

 



Sábado de clásicos y contemporáneos. Sábado, en este caso, de El ruido y la furia (Debolsillo), de William Faulkner, la obra maestra del Premio Nobel de Literatura que relata la degeneración progresiva de la familia Compson, sus secretos y las relaciones de amor y odio que la sostienen y la destruyen.

La propia editorial apunta, acerca del libro: «Por primera vez, William Faulkner introduce el monólogo interior y revela los diferentes puntos de vista de sus personajes: Benjy, deficiente mental, castrado por sus propios parientes; Quentin, poseído por un amor incestuoso e incapaz de controlar los celos, y Jason, monstruo de maldad y sadismo. El libro se cierra con un apéndice que descubrirá al lector los entresijos de esta saga familiar de Jefferson, Mississippi, conectándola con otros personajes de Yoknapatawpha, territorio creado por Faulkner como marco de muchas de sus novelas».

William Faulkner nació en Oxford (Mississippi) en 1897 y murió en 1962. Su primera novela, La paga de los soldados, es de 1926. Luego, tras una breve estancia en Europa, publicó Mosquitos (1927), Sartoris (1929), El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), Pilón (1935), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), Las palmeras salvajes (1939), El villorrio (1940),Banderas sobre el polvo (1948), Réquiem por una monja (1951), Una fábula (Premio Pulitzer 1954), La ciudad (1957), La mansión (1960) y La escapada (Premio Pulitzer 1962), que aparece poco antes de su muerte. Además de las novelas mencionadas y de su enorme producción cuentística, publicó también ensayos, poemas, cartas, obras teatrales y colaboró en varios guiones cinematográficos. En 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura.

—————————————

Autor: William Faulkner. TítuloEl ruido y la furiaEditorial: DeBolsillo


ZENDA


miércoles, 7 de agosto de 2024

Casa de citas / Faulkner / Trabajar

 

William Faulkner



WILLIAM FAULKNER
TRABAJAR

¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese “poco dinero de vez en cuando”?


-Lo que se presentará. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un perezoso. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas… Lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.




miércoles, 9 de agosto de 2023

Casa de citas / Faulkner / El buen escritor






William Faulkner
EL BUEN ESCRITOR

El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. 


 





miércoles, 29 de mayo de 2019

Triunfo Arciniegas / Diario / Dos historias



Triunfo Arciniegas
DOS HISTORIAS
29 de mayo de 2019

He subido a De otros mundos "Quemar graneros", de Murakami, e "Incendiar establos", de Faulkner, dos cuentos que, a pensar del título, no tienen nada que ver. Son historias absolutamente independientes. En uno de los cuentos, el fuego es un hecho, en el otro es apenas una idea. Además, una mujer, muy propia del mundo de Murakami, hace una enorme diferencia entre las dos historias.

Casa de citas / William Faulkner
Casa de citas / Javier Marías / Faulkner y el caballo
Casa de citas / Faulkner / Sobre la propia sangre

Casa de citas / Faulkner / Sobre la propia sangre

William Faulkner

William Faulkner
SOBRE LA PROPIA SANGRE

Tienes que aprender a arrimarte a tu propia sangre o si no no vas a tener sangre a la que arrimarte.


William Faulkner, "Quemar cobertizos"
El campo, el pueblo, el yermo
Traducción de José María Valverde
Seix Barral, Barcelona, 1980


Otra traducción, menos lograda:


Has de aprender a ser fiel a los tuyos, a la sangre, porque si no te quedarás sin sangre a la que ser fiel.

Faulkner / Incendiar establos


viernes, 2 de noviembre de 2012

Casa de citas / Javier Marías / Faulkner y el caballo

William Faulkner

Javier Marías
FAULKNER Y EL CABALLO

Siempre decía que había escrito Santuario, su novela más comercial, por dinero: "Lo necesitaba para comprar un buen caballo". También aseguraba que no visitaba mucho las grandes ciudades porque no podía llegar hasta allí a caballo. Cuando ya empezaba a ser viejo y tanto su familia como sus médicos se lo desaconsejaban seriamente, seguía saliendo a cabalgar y a saltar vallas, y se caía continuamente. La última vez que montó a caballo sufrió una de esas caídas. Su mujer vio desde casa el caballo de Faulkner, ensillado, junto a la cancela, con las riendas sueltas. Al no ver por allí a su marido, llamó al doctor Felix Linder y los dos salieron en su busca. Lo encontraron a casi media milla, cojeando, casi arrastrándose. El caballo lo había tirado y él no podía levantarse, había caído de espaldas. El caballo se había alejado unos pasos, luego se había detenido y había mirado hacia atrás. Cuando Faulkner pudo levantarse, el caballo se le había acercado y le había tocado con el morro. Faulkner había intentado agarrar las riendas pero había fallado. Luego el caballo había desaparecido en dirección a la casa.


JAVIER MARÍAS 
Vidas escritas 
Suma de Letras SL, 2002, págs. 25 y 26


viernes, 4 de noviembre de 2011

Casa de citas / William Faulkner


William Faulkner
CITAS


La fórmula del novelista

99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.


La responsabilidad del escritor

El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...


El prostíbulo

El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.


Entre el escocés y nada

-Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
-¿Bourbon?
-No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.


El dinero

El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.



Sobre la técnica

1
Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error. El buen artista cree que nadie sabe lo bastante para darle consejos, tiene una vanidad suprema. No importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.
2
Algunas veces la técnica arremete y se apodera del sueño antes de que el propio escritor pueda aprehenderlo. Eso es tour de force y la obra terminada es simplemente cuestión de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor probablemente conoce cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la obra antes de escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue fácil. Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó sólo unas seis semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo de doce horas al día haciendo trabajo manual. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las sometí a las catástrofes naturales universales, que son la inundación y el fuego, con una motivación natural simple que le diera dirección a su desarrollo. Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también más fácil en otro sentido. Porque en mi caso siempre hay un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la página 275. Claro está que yo no sé lo que sucedería si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez y el valor de no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis obras ha satisfecho mis propias normas, debo juzgarlas sobre la base de aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia del mismo modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón o asesino más que al que se convirtió en sacerdote.


El Sonido y la Furia

1
La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia para librarme del sueño que seguiría angustiándome mientras no la contara. Es una tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque es valiente, generosa, dulce y honrada. Es mucho más valiente, honrada y generosa que yo.
2
Empezó con una imagen mental. Yo no comprendí en aquel momento que era simbólica. La imagen era la de los fondillos enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un peral, desde donde ella podía ver a través de una ventana el lugar donde se estaba efectuando el funeral de su abuela y se lo contaba a sus hermanos que estaban al pie del árbol. Cuando llegué a explicar quiénes eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se habían enlodado los calzoncitos de la niña, comprendí que sería imposible meterlo todo en un cuento y que el relato tendría que ser un libro. Y entonces comprendí el simbolismo de los calzoncitos enlodados, y esa imagen fue reemplazada por la de la niña huérfana de padre y madre que se descuelga por el tubo de desagüe del techo para escaparse del único hogar que tiene, donde nunca ha recibido amor ni afecto ni comprensión. Yo había empezado a contar la historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué. Me di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté de volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco resultó. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo mismo las veces de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años después de la publicación del libro, cuando escribí, como apéndice de otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la historia, aun cuando lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente fracasaría otra vez.
3
La única emoción que puedo sentir por Benjy es aflicción y compasión por toda la humanidad. No se puede sentir nada por Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir por él personalmente es preocupación en cuanto a que sea creíble tal cual yo lo creé. Benjy fue un prólogo, como el sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple su cometido y se va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene conocimiento alguno del bien y del mal.
4
Benjy no era lo suficientemente racional ni siquiera para ser un egoísta. Era un animal. Reconocía la ternura y el amor, aunque no habría podido nombrarlos; y fue la amenaza a la ternura y al amor lo que lo llevó a gritar cuando sintió el cambio en Caddy. Ya no tenía a Caddy; siendo un idiota, ni siquiera estaba consciente de la ausencia de Caddy. Sólo sabía que algo andaba mal, lo cual creaba un vacío en el que sufría. Trató de llenar ese vacío. Lo único que tenía era una de las pantuflas desechadas de Caddy. La pantufla era la ternura y el amor de Benjy que éste podría haber nombrado, y sólo sabía que le faltaban. Era mugroso porque no podía coordinar y porque la mugre no significaba nada para él. Así como no podía distinguir entre el bien y el mal, tampoco podía distinguir entre lo limpio y lo sucio. La pantufla le daba consuelo aun cuando ya no recordaba la persona a la que había pertenecido, como tampoco podía recordar por qué sufría. Si Caddy hubiese reaparecido, Benjy probablemente no la habría reconocido.


Un escritor necesita tres cosas

Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental. La composición de la historia es simplemente cuestión de trabajar hasta el momento de explicar por qué ocurrió la historia o qué otras cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora que pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno de sus instrumentos, el ambiente que conoce. Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero puesto que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar torpemente en palabras lo que la música pura habría expresado mejor. Es decir, que la música lo expresaría mejor y más simplemente, pero yo prefiero usar palabras, del mismo modo que prefiero leer a escuchar. Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio.



De cómo empecé a escribir

Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.



Trabajos

Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.


Escritores

Los dos grandes hombres de mi tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe.



Lecturas

Los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.



Freud

Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.


Los críticos

1
El artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está tratando de decir: "Yo pasé por aquí". La finalidad de su función no es el artista mismo. El artista está un peldaño por encima del crítico, porque el artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá a todo el mundo menos al artista.
2
Esa es una opinión y, como ya le dije, yo no leo a los críticos. Dudo que un hombre que está tratando de escribir sobre la gente esté más interesado en sus relaciones familiares que en la forma de sus narices, a menos que ello sea necesario para ayudar al desarrollo de la historia. Si el escritor se concentra en lo que sí necesita interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no le quedará mucho tiempo para otras cosas, como las ideas y hechos tales como la forma de las narices o las relaciones familiares, puesto que en mi opinión las ideas y los hechos tienen muy poca relación con la verdad.



Sobre la inmortalidad

La finalidad de todo artista es detener el movimiento que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse en virtud de qué es la vida. Puesto que el hombre es mortal, la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá. Esa es la manera que tiene el artista de escribir "Yo estuve aquí" en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir.


El designio

Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme.


The Paris Review
Primavera de 1956, No. 12
Entrevista de Jean Stein