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viernes, 24 de abril de 2020

Casa de citas / Margaret Atwood / Lecturas imprescindibles


Margaret Atwood

LECTURAS IMPRESCINDIBLES

Babelia
23 de abril de 2020




El talón de hierro, de Jack London
Mirando atrás, de Edward Bellamy
Un mundo feliz, de Aldous Huxley
1984, de George Orwell
Dudo errante, de Russell Hoban
The Death of Grass, de John Christopher (Samuel Youd)
La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin
Mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy
Parentesco, de Octavia Butler
The Water Knife, de Paulo Bacogalupi
Estación once, de Emily St. John
Mandel Company Town, de Madeline Ashby
El poder, de Naomi Alderman

miércoles, 5 de junio de 2019

Casa de citas / Margaret Atwood / Como en los conventos



Margaret Atwood
COMO EN LOS CONVENTOS


Está sonando la campana que mide el tiempo. Aquí el tiempo se mide mediante campanas, como ocurría antes en los conventos. Y también como en un convento, hay pocos espejos.

Margaret Atwood
El cuento de la criada
Barcelona, Ediciones B, 2001, p. 18



jueves, 30 de mayo de 2019

Casa de citas / Margaret Atwood / La noche




Margaret Atwood
LA NOCHE 

Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público; y tuve la impresión de que podía percibir, como en un vago espejismo, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y del perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro (así las había visto yo en las fotos) más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Aquí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.
En la sala había reminiscencias de sexo, soledad y expectativa, la expectativa de algo sin forma ni nombre. Recuerdo aquella sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar, o se escurrían entre nuestras ropas cuando nos agazapábamos en el aparcamiento o en la sala de la televisión con el aparato enmudecido y las imágenes parpadeando sobre nuestra carne exaltada.
Suspirábamos por el futuro. ¿De dónde sacábamos aquel talento para la insaciabilidad? Flotaba en el aire; y aún se respiraba, como una idea tardía, cuando intentábamos dormir en los catres del ejército dispuestos en fila y separados entre sí para que no pudiéramos hablar.
Teníamos sábanas de franela de algodón, como las que usan los niños, y mantas del ejército, tan viejas que aún llevaban las iniciales U.S. Doblábamos nuestra ropa con mucha prolijidad y la dejábamos sobre el taburete, a los pies de la cama. Enseguida bajaban las luces pero nunca las apagaban. Tía Sara y Tía Elizabeth hacían la ronda; en sus cinturones de cuero llevaban colgando aguijones eléctricos como los que usaban para el ganado.
Sin embargo, no portaban armas; ni siquiera a ellas se las habrían confiado. Su uso estaba reservado a los Guardianes, que eran especialmente escogidos entre los Ángeles. No se permitía la presencia de Guardianes dentro del edificio, excepto cuando se los llamaba; y a nosotras no nos dejaban salir, salvo para dar nuestros paseos, dos veces al día y de dos en dos, alrededor del campo de fútbol que ahora estaba cercado con una valla de cadenas, rematada con alambre de púas. Los Ángeles permanecían fuera, dándonos la espalda. Para nosotras eran motivo de temor, y también de algo más. Si al menos nos miraran, si pudiéramos hablarles... Creíamos que así podríamos intercambiar algo, hacer algún trato, llegar a un acuerdo, aún nos quedaban nuestros cuerpos... Ésta era nuestra fantasía.
Aprendimos a susurrar casi sin hacer ruido. En la semipenumbra, cuando las Tías no miraban, estirábamos los brazos y nos tocábamos las manos mutuamente. Aprendimos a leer el movimiento de los labios: con la cabeza pegada a la cama, tendidas de costado, nos observábamos mutuamente la boca. Así, de una cama a otra, nos comunicábamos los nombres: Alma, Janine, Dolores, Moira, June.


Margaret Atwood
El cuento de la criada
Barcelona, Ediciones B, 2001, p. 18



lunes, 22 de enero de 2018

Margaret Atwood / La ideología como religión

Margaret Atwood

Margaret Atwood
LA IDEOLOGÍA COMO RELIGIÓN

Cuando la ideología se convierte en religión, cualquiera que no imita las actitudes extremistas es visto como un apóstata, un hereje o un traidor… Los escritores de ficción son particularmente sospechosos porque escriben de seres humanos y las personas somos moralmente ambiguas. El objetivo de la ideología es eliminar la ambigüedad.






viernes, 22 de septiembre de 2017

Casa de citas / Margaret Atwood / Los Ángeles



Margaret Atwood
Los Ángeles

Los Ángeles permanecían fuera, dándonos la espalda. Para nosotros eran motivo de temor, y también de algo más. Si al menos nos miraran, si pudiéramos hablarles. Creíamos que de ese modo lograríamos intercambiar algo, hacer algún trato, llegar a un acuerdo, aún nos quedaban nuestros cuerpos... Ésa era nuestra fantasía.

Margaret Atwood
El cuento de la criada




jueves, 21 de septiembre de 2017

Casa de citas / Margaret Atwood / Los pretendientes



Margaret Atwood

LOS PRETENDIENTES


Los pretendientes no se presentaron enseguida. Durante los nueve o diez primeros años de la ausencia de Odiseo, sabíamos donde estaba -en Troya-, y sabíamos que seguía con vida. No, no empezaron a asediar el palacio hasta que la esperanza se fue reduciendo y estaba a punto de apagarse. Primero llegaron cinco, luego diez, luego cincuenta; cuantos más eran, a más atraían, y todos temían perderse el interminable festejo y la lotería de la boda. Eran como los buitres cuando divisan una vaca muerta: primero bajo uno, luego otro, hasta que al final todos los buitres que hay en varios kilómetros a la redonda están allí disputándose los huesos.

Se presentaban cada día en el palacio, como si tal cosa, y ellos mismos se proclamaban huéspedes míos; elegían ellos mismos el ganado, sacrificaban ellos mismos los animales, asaban la carne con la ayuda de sus criados y daban órdenes a las sirvientas y les pellizcaban el trasero como si estuvieran en su propia casa. Era asombrosa la cantidad de comida que podían engullir: se atracaban como si tuvieran las piernas huecas. Cada uno comía como si se hubiera propuesto superar a los demás; su objetivo era vencer mi resistencia con la amenaza del empobrecimiento, de modo que montañas de carne, colinas de pan y ríos de vino desaparecían por sus gaznates como si la tierra se hubiera abierto y se lo hubiera tragado todo. Decían que seguirían haciéndolo hasta que yo eligiera a uno de ellos como nuevo esposo, así que intercalaban en sus borracheras y juergas absurdos discursos sobre mi deslumbrante belleza, mis virtudes y mi sabiduría.


Margaret Atwood
Penélope y las doce criadas
Salamandra, Barcelona, 2005, pp. 102-103




Casa de citas / Margaret Atwood / Antínoo, pretendiente de Penélope



Margaret Atwood

ANTÍNOO, PRETENDIENTE DE PENÉLOPE

Queríamos el tesoro, naturalmente. Queríamos el reino. ¿Qué joven no iba a aspirar casarse con una viuda rica y famosa? Dicen que a las viudas las consume la lujuria, sobre todo si sus esposos llevan mucho tiempo desaparecidos o muertos, como era tu caso. No eras tan guapa como Helena, pero eso lo podríamos haber arreglado. ¡La oscuridad lo disimula todo! Y que fueras veinte años mayor que nosotros era una ventaja: morirías antes, quizá con un poco de ayuda, y entonces, una vez que hubiéramos heredado tus riquezas, habríamos podido escoger a la joven y hermosa princesa que hubiéramos querido. No me dirás que creías que estábamos locamente enamorados de ti, ¿verdad? Quizá no fueras ninguna belleza, pero siempre fuiste inteligente.


Margaret Atwood
Penélope y las doce criadas
Salamandra, Barcelona, 2005, pp. 101-102

Casa de citas / Margaret Atwood / Corazón




Margaret Atwood

CORAZÓN


El corazón era a la vez llave y cerrojo.

Margaret Atwood
Penélope y las doce criadas
Salamandra, Barcelona, 2005, p. 67

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Casa de citas / Margaret Atwood / Consejo de mi madre




Margaret Atwood

CONSEJO DE MI MADRE


Haz como el agua. No intentes oponer resistencia. Cuando intenten asirte, cuélate entre sus dedos. Fluye alrededor de ellos.

Margaret Atwood
Penélope y las doce criadas
Salamandra, Barcelona, 2005, p. 106

Casa de citas / Margaret Atwood / Una mentira





Margaret Atwood

UNA MENTIRA

Hasta una mentira obvia sirve de cierto consuelo cuando no hay verdades que nos reconforten.

Margaret Atwood
Penélope y las doce criadas
Salamandra, Barcelona, 2005, p. 88


FICCIONES
Casa de citas / Margaret Atwood / Libros
Casa de citas / Margaret Atwood / Una mentira
Casa de citas / Margaret Atwood / Consejo de mi madre

MESTER DE BREVERÍA


Casa de citas / Margaret Atwood / Libros

Margaret Atwood
Poster de T.A.

Margaret Atwood
LIBROS

Cuando tenía poco más de cuatro años y vivía al norte de Quebec empecé a leer porque no había nada que hacer salvo disfrutar de la belleza de la naturaleza: No había radio, no había electricidad, no había librerías, no había cines… ¡no había ni gente!, y llovía o nevaba, así es que empecé a leer los libros que había en casa para entretenerme.