sábado, 11 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
Samanta Schweblin / Premio Aena de Narrativa
Samanta Schweblin
Premio Aena de Narrativa
Samanta Schweblin gana el millón de euros del premio Aena de Narrativa
Los libros de cuentos de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) “El núcleo del disturbio”, “Pájaros en la boca” y “Siete casas vacías”obtuvieron, entre otros, los premios internacionales Casa de las Américas, Juan Rulfo y Narrativa Breve Rivera del Duero. Su primera novela, “Distancia de rescate”, fue nominada en 2017 al Man Booker Prize. En 2018 ganó el premio Shirley Jackson y fue elegida por el Tournament of Books como el mejor libro publicado en Estados Unidos. Luego publicó la novela “Kentkis”
Con “El buen mal” (Seix Barral, 2025), su cuarto libro de cuentos, Schweblin se ha impuesto a otros cuatro finalistas, anunciados el 18 de marzo: “Ahora y en la hora”, (Alfaguara), de Héctor Abad Faciolince; “Marciano” (Literatura Random House), de Nona Fernández; “Los ilusionistas” (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente, y “Canon de cámara oscura” (Seix Barral), de Enrique Vila-Matas.
Joyce Carol Oates dice que "Las historias de ‘El buen mal’ son poderosamente evocadoras e inquietantes. Parecen flotar, como sueños febriles, entre las reconfortantes familiaridades de la vida doméstica y los crudos, impredecibles y visionarios vuelos del inconsciente.
Schweblin ha sido traducida a más de cuarenta idiomas y vive en Berlín.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Triunfo Arciniegas / El buen mal, de Samanta Schweblin
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| Foto de Triunfo Arciniegas |
Son apenas seis historias pero todas difíciles de olvidar. Se leen con el corazón desbocado. Hay tanta desolación, tanta vejez, tanta soledad, que el libro podría titularse “Las cosas que nos hace la vida”.
La materia es extraña, casi inverosímil, pero la manera de contar de Samanta Schweblin las hace verdaderas, tanto como la vida misma. La vida no inventa, sucede. Nadie narra como Schweblin. Está mujer tiene un sello propio, una marca de origen. Diría que no cuenta con lectores sino con adictos, que se reconocen por la fiebre y la devoción.
“El buen mal” es sin duda uno de los mejores libros que he leído este año.
viernes, 26 de diciembre de 2025
Un libro / El buen mal, de Samanta Schweblin

Por Alessandro Campos
28 de marzo de 2025
Al enterarme de la publicación de El buen mal (2005), pensaba en cuánto podría haber cambiado la escritura de Samanta Schweblin después de siete años. Al leer el inicio del primer cuento intuí que sería una experiencia entretenida, lo cual confirmé al terminarlo. En efecto, cada cuento supuso una experiencia de lectura distinta, pero tenían en común un halo de extrañamiento que se profundiza con lo dicho y lo no dicho. Sus cuentos nadan entre las mareas opuestas de lo real y lo fantástico. Es así que nos topamos con la ocurrencia de lo improbable, queriendo saber cómo se resolverán las acciones y las consecuencias de dicha experiencia. Mientras leemos nos cobijamos en un tipo de seguridad que se disuelve al término de cada relato, sin saber qué ocurrirá después.
miércoles, 17 de diciembre de 2025
2025 / 25 títulos
jueves, 24 de noviembre de 2022
Casa de citas / Samanta Schweblin / El abuelo II
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| Alfredo de Vincenzo, el abuelo |
Si me preguntan cómo comencé a escribir, siempre tengo dos o tres respuestas breves y aceptables. Cada una tiene su verdad, pero ninguna cuenta cómo empezó todo. Quizá porque el entrenamiento del artista fue nuestro secreto, algo que solo yo podía atesorar, o quizá porque la experiencia que lo disparó fue tan vital y profunda que se volvió para mí algo sagrado.
La escritura empezó en uno de esos días. El abuelo me había regalado el primer cuadernillo de lo que sería nuestro “diario de entrenamiento”, con mi nombre y el año al frente, todo hecho y cosido por él. Al final de cada jornada tomábamos juntos las notas del día, qué habíamos hecho, visto y aprendido. Había una sola regla: no se podían escribir cosas como “fue muy lindo”, o “me gustó”, o “estaba cansada”. Las opiniones de ese tipo solo se permitían si se describían al detalle, la escritura era un ejercicio de precisión.
Cierta noche, después de haber visto una puesta de Esperando a Godot con tres actores prácticamente desnudos latigándose entre sí, me tocó tomar nota de mis impresiones. Pero la experiencia beckettiana me había dejado sin palabras. Mi abuelo lo entendió, se dio cuenta de que me estaba pidiendo algo que me superaba. Se levantó de pronto del escritorio y se alejó hacia su cuarto al grito de “sé que hacer”, “sé cómo se escribe lo que no puede escribirse”. Me quedé mirando el largo pasillo oscuro hasta que lo vi regresar con un libro en la mano, triunfal. “Poesía”, dijo. Abrió un poemario de Alfonsina Storni y se puso a leer en voz alta. Incluso yo, que no entendía nada de nada, me daba cuenta de lo mal que leía: a los gritos, y tan emocionado que el libro le temblaba en las manos. Pero ése fue el momento mágico. Todo empezó ahí.
El abuelo leía, y a pesar del espectáculo que daba, yo entendí que algo extraordinario estaba pasando dentro de él, parecía una fuerza genuina y poderosa, y fuera lo que fuera, la quería también para mí
El abuelo leía, y a pesar del espectáculo que daba, yo entendí que algo extraordinario estaba pasando dentro de él, parecía una fuerza genuina y poderosa, y fuera lo que fuera, la quería también para mí. Quería que esa fuerza me tocara. Storni, Mistral, Vallejo, Almafuerte. Estaba fascinada. La magia se producía en la combinación de las palabras. Me puse a escribir ahí mismo, tomando al azar frases que el abuelo leía y copiándolas en el diario. Quería esa magia en mi propio cuerpo, y no iba a parar de escribir hasta encontrarla. La experiencia beckettiana todavía pesaba en mi cabeza, pero entre las palabras que elegía algo nuevo se estaba configurando, una suerte de explicación, o de lectura propia de lo que antes no había entendido. De pronto el horror de la puesta de Godot tomó una forma distinta, se llenó de significado propio, y me entregó un descubrimiento vital: la literatura podía ayudar a entender lo inexplicable.
Samanta Schweblin / En el taller de mi abuelo
Casa de citas / Samanta Schweblin / El abuelo I
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| Alfredo de Vincenzo |
Cuando cumplí siete años, mi abuelo le pidió permiso a mamá para pasar una tarde conmigo. Ese es el primer recuerdo que tengo de él, esperándome frente a la reja de la casa de Hurlingham donde yo vivía: un hombre de pantalones hasta la rodilla, medias rojas debajo de las sandalias de cuero, pipa en la boca y el ceño siempre fruncido.
A mamá le dijo que iríamos al zoológico, o a la calesita, o a tomar un helado; no recuerdo la excusa. En cuanto nos alejamos algunas cuadras me aclaró sus intenciones: nada de calesitas, la excursión se trataba de algo más complejo. Tomaríamos el tren a Retiro pero sin boletos, es decir, viajaríamos sin pagar, porque la austeridad era algo importante y uno no podía andar gastando dinero en cualquier cosa. Dijo que nos esconderíamos debajo de los asientos y que, si nos descubrían, iríamos a la cárcel. Me acuerdo de mi única pregunta, “y en la cárcel, ¿voy a poder ver a mi mamá?”. Él negó y señaló la boletería “si los guardas hacen sonar el silbato, es que nos descubrieron”.
Subimos al tren. Nos acercamos hasta a un par de asientos enfrentados, él se tiró al piso para acurrucarse debajo de uno e indicó el de enfrente, que era el mío. Obedecí e hice lo mismo. Cuando la mugre del piso se me pegó a los brazos pensé que, aún si nos salvábamos de la cárcel, mi madre notaría lo sucia que regresaba a casa.
“Nos descubrieron”, dijo en cuanto sonó el silbato. “¿A nosotros?”, pregunté. “Sí”. ¿Era la primera vez que yo viajaba en tren? No lo recuerdo. Sé que vi a dos guardas acercarse desde el otro vagón y tuve la certeza de que nos estaban buscando. Yo no sabía que el silbato sonaba siempre, que era la señal de entrada a cada nueva estación. El abuelo dejó rápido su escondite y se acercó para ayudarme a salir. Recuerdo su mano firme esperándome, y cómo nos quedamos de pie frente a la salida, con las narices pegadas al vidrio hasta que al fin las puertas se abrieron. Yo quise correr, pero él me sostuvo del brazo y, rodeados de una decena de pasajeros, entendí que caminaríamos lento, disimuladamente, entre la gente.

Samanta Schweblin en el taller de su abuelo, Alfredo de Vincenzo, en una imagen sin datar.
Antes de meternos en el siguiente tren y repetirlo todo otra vez, se agachó frente a mí y me explicó qué era lo que estábamos haciendo. Un aprendizaje para el futuro. Lo llamaríamos “El entrenamiento del artista”, y sería nuestro secreto. Nadie, “ni siquiera tu madre”, dijo el abuelo levantando el dedo índice, “puede enterarse de lo que vamos a hacer”.
A partir de entonces me buscaba por casa cada quince días. Los encuentros tenían objetivos distintos y, “jornada” tras “jornada”, como las llamaba él, yo mantuve mi promesa de no hablar sobre lo que hacíamos. Viajábamos sin dinero y llevábamos viandas en las mochilas. Las misiones iban desde la identificación de fósiles en los museos de ciencias naturales y los estilos neoclásicos en las fachadas de los edificios de Buenos Aires, hasta el robo de frutas de los cajones de las verdulerías. Con el tiempo, cuando entendió que yo guardaba nuestros secretos, llegamos a confiscar algunos ejemplares de las librerías de la Avenida Corrientes. Él distraía al vendedor y yo, que apenas llegaba al borde de las mesadas, me guardaba el botín entre la ropa.
Visitamos museos de arte, galerías y exposiciones. Los óleos de Xul Solar, los pesadillescos grabados de Goya y las esculturas de Lola Mora, que eran sus preferidas. A mis once dejó de venir a buscarme y me animó a viajar sola de Hurlingham a su barrio de San Telmo. Habíamos practicado el recorrido muchas veces: un colectivo, un tren, dos subtes y una caminata de diez minutos. Cuando llegó el día viajé agarrada a sus notas para combinar la línea B con la C, moviéndome angustiada entre un tumulto de cuerpos tanto más grandes que el mío. Mi abuelo vivía solo en un atelier que ocupaba todo un piso del edificio. Me armó una pequeña cama en su oficina, vació un cajón y escribió en él mi nombre. La siguiente etapa del entrenamiento requería también jornadas nocturnas, así que empecé a quedarme a dormir de viernes a sábado.
Las nuevas actividades incluían carreras de caballos donde apostábamos nuestro dinero, recolecciones de “buena madera” en los potreros y basureros de Barracas, ensayos y funciones del teatro Margarita Xirgu, visitas a las milongas, las zarzuelas, los carnavales de la Avenida de Mayo, las sesiones de jazz en el Tortoni. Incluso hubo un período de excursiones a bares de mala muerte del que recuerdo la cara de un barman mirándome desconcertado mientras lustraba una copa, quizá preguntándose si, teniendo a una nena del otro lado de la barra en la madrugada, no debería llamar a la policía.
Y una noche en particular (imagino ahora a mis padres leyendo estas líneas y enterándose de semejante jornada), caminamos hasta La Boca para ir a la Isla Maciel. Un hombre nos cruzó a remo, en esa época era la única manera de llegar. “Preparate”, dijo el abuelo antes de tocar tierra, “que esta es la isla de las putas y los ladrones. ¿Sabés lo que pasa acá en la noche?”. Me acuerdo de los remos empujando el agua casi negra, del miedo que tenía, y de cómo ese miedo fue transformándose en otra cosa. Era una ciudad escondida que vivía casi a oscuras, pero los colores, la música, las comidas, eran como ráfagas de luz abriéndose frente a mis ojos.
Samanta Schweblin / En el taller de mi abuelo
Casa de citas / Samanta Schweblin / Todos los premios
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| Samanta Schweblin en el taller de su abuelo, Alfredo de Vincenzo |
Samantha Schweblin
TODOS LOS PREMIOS
Cuando era chica, tenía doce o trece años, y mi abuela me insistía en que me tenía que presentar en el Premio Club Municipal Ciudad de Buenos Aires. Entregaban seis premios. Tres a cuento y tres a poesía. Entonces yo, que soy muy obediente, le hice caso y agarré todo lo que tenía y lo imprimí. Y ahí me presenté. Tenía puesto un jean y una remera amarilla. Y entonces empiezan a entregar los premios, del menos al más importante: “Tercer premio de poesía: Samanta Schweblin”; yo abrazo a mi abuela, ella llorando, tan emocionada y tan orgullosa, porque ahí estaban todos sus amigos del Club. Me dan el premio que implicaba leer la poesía. La leo y bajo. Y después: “Segundo premio de poesía… Samanta Schweblin. Y vuelvo a subir y leo la poesía. “Tercer premio de poesía… Samanta Schweblin. Y entonces empiezan con los premios de cuento. Y me habían dado los tres premios a mí también. Ya la gente empezaba a silbar y mi abuela estaba muerta de vergüenza. Fue increíble.
Samanta Schweblin / Donde no pasa nada, algo sucede
viernes, 18 de noviembre de 2022
Casa de citas / Samanta Schweblin / Desacralizar
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| Samanta Schweblin Madrid, 2015 Fotografía de Karina Beltrán |
Lo que tengo claro es que hay que desacralizar la idea del escritor como genio. La escritura es oficio, sí. Se puede aprender, como todo. La principal búsqueda de un escritor es hallar su mirada especial, una mirada que también hay que desacralizar porque está en cada uno de nosotros. Hay que aprender a mirar al mundo a través de uno mismo y eso se descubre en el proceso del oficio. Junto al aprendizaje estilístico, hay un aprendizaje muy íntimo, muy personal, que hay que estar dispuestos a acometer. A mis alumnos lo que les enseño es que lo que uno escribe en una primera sentada es solo material. Hay que luchar con ese material, asumirlo y entenderlo para sacar de él el mejor cuento posible.
Samanta Schewblin /"La espuma de los días", de Boris Vian, me impulsó a escribir
Casa de citas / Samanta Schweblin / El texto
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| Samanta Schweblin Madrid, 2015 Fotografía de Karina Beltrán |
Samanta Schewblin /"La espuma de los días", de Boris Vian, me impulsó a escribir
Casa de citas / Samanta Schweblin / Lecturas
La espuma de los días, de Boris Vian, fue mi primera lectura transformadora, quizá incluso la primera que me dio unas ganas incontenibles de ponerme a escribir, que me impulsó a hacerlo. También La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Y luego, la enorme Crimen y Castigo de Dostoievski. Pero no hace falta que me vaya tan atrás para hablar de libros transformadores. Mi descubrimiento del año pasado fue Amy Hempel. ¿Cómo puede ser que no la haya leído antes? Es una maravilla de las maravillas.
Samanta Schewblin /"La espuma de los días", de Boris Vian, me impulsó a escribir
jueves, 17 de noviembre de 2022
Casa de citas / Samanta Schweblin / Pájaros
Casa de citas / Samanta Schweblin / Lectora
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| Samanta Schweblin |
Si estaba sola, sin hacer nada, me convertía en un problema para mis compañeros y los profesores. En cambio, si abría un libro, nadie me molestaba porque me veían ocupada. Los libros eran una capa que me volvía invisible, un truco mágico que me permitía desaparecer del mundo y que me hacía muy feliz.




















