jueves, 9 de diciembre de 2021

Casa de citas / Tove Ditlevsen / Sobre el oficio

Tove Ditlevsen
 

Tove Ditlevsen
SOBRE EL OFICIO

Cada vez soy más consciente de que lo único para lo que sirvo, lo único que me absorbe y me apasiona, es construir frases, formar grupos de palabras o escribir sencillas estrofas de cuatro líneas (…) Para hacerlo, también he de leer de una manera especial y asimilar por todos los poros eso que, de una forma nebulosa, necesito, si no para ahora mismo, sí para más adelante. Para hacerlo, no he de tener demasiadas relaciones, ni salir demasiado, ni beber alcohol, o de lo contrario no puedo trabajar al día siguiente.


Casa de citas / Tove Ditlevsen / Versos

Tove Ditlevsen
Tove Ditlevsen
VERSOS
Tenía la sensación de que mis versos cubrían los descosidos de mi infancia como la piel fina y nueva que crece bajo una costra aún a medio caer.



Casa de citas / Tove Ditlevsen / Infancia

 


Tove Ditlevsen
INFANCIA


La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda.


miércoles, 8 de diciembre de 2021

Un lugar / Una taberna de Copenhague


El jardín del local en memoria de Tove Ditlevsen. RESTAURANTE KLUBBEN

Poesía danesa en una taberna de Copenhague

En el barrio de Vesterbro son muchos los lugares que recuerdan a la escritora Tove Ditlevsen


Viveca Tallgren
6 de noviembre de 2013

En Vesterbro, un antiguo distrito obrero de Copenhague, se mantiene viva la memoria de Tove Ditlevsen, una de las poetisas más conocidas y queridas de la ciudad. Ella es el alma del barrio. Aquí todo lleva su nombre, colegios y plazas evocan a la escritora, incluso una taberna: el restaurante Klubben (El club) (Enghavevej 4 1674; +45 33 31 40 15), uno de los lugares más frecuentados por la escritora que la rememora con pequeños detalles.

Tove Ditlevsen nació en una familia obrera y tuvo una infancia difícil. Lo contó en su famosa novela Barndommens gade (La calle de la infancia), llevada al cine en 1986. Sus poemas le dieron el éxito y gracias a éste se distanció de su barrio natal, aunque nunca perdió totalmente el vínculo. Se casó cuatro veces y su adicción al alcohol la llevaría hasta el suicidio en 1976.

Antes de entrar al Klubben, junto a la puerta de la calle, una foto de Ditlevsen da la bienvenida a los clientes que acuden a probar la cocina tradicional danesa. Aquí se sirven albóndigas con salsa y patatas, bistec de carne picada con cebolla frita y puré, tocino con salsa de perejil o el famoso smørrebrød: pan con mantequilla y fiambres. Todo regado con la gran cerveza danesa, Carlsberg.

El frío danés obliga a utilizar el comedor interior en invierno, pero cuando llega el buen tiempo (entre mayo y septiembre) se puede disfrutar del pequeño jardín en memoria de Tove Ditlevsen, situado justo al lado de la taberna. Construido en su memoria justo después de su fallecimiento, este espacio cuenta con un estanque, luces de colores en los árboles y lámparas de calor. Un lugar especial para disfrutar de la cocina danesa y de viejos éxitos de su música pop.

El comedor interior del local.
El comedor interior del local. 
EL PAÍS

Un libro / Tove Ditlevesen / Trilogía de Copenhague


Tove Ditlevsen

Tove Ditlevsen: Trilogía de Copenhague

Marc Peig
19 de julio de 2021

Idioma original:
 danés
Título original: Barndom. Ungdom. Gift.
Traducción: Maria Rosich Andreu (ed. en catalán) y Blanca Ortiz Ostalé (ed. en castellano)
Año de publicación: entre 1967 y 1971
Valoración: muy recomendable

Hay relatos que conmueven, pues no únicamente están narrados con un estilo preciso y cuidado que llega al lector, sino también por la propia historia contada. Y sí, se ha hablado muchas veces de la literatura del yo (y en muchas tantas ocasiones se ha infravalorado), pero ¿por qué deberíamos dar más valor a una vida ficticia que a una vida real? ¿Por qué aceptamos como lectores que nos cuenten vidas de personajes imaginados mientras que recelamos de las de los propios autores? A fin de cuentas, todo son experiencias narradas ya hayan vivido en nuestro mundo o en el imaginario de sus autores.

En este libro autobiográfico, la prolífica autora Tove Ditlevsen hace un recorrido vital desde su infancia hasta una edad avanzada que no se especifica en el relato, pero que nos sitúa en un punto final donde ya apunta lo que acabará siendo su trágico destino, a manos de una muerte autoinfligida en un suicidio por sobredosis de pastillas. Así, esta obra se estructura en tres volúmenes diferenciados correspondientes a «Infancia», «Juventud» y «Dependencia» (editados de manera independiente en su versión original).

En el primer volumen, la autora retrata una infancia marcada por una profunda falta de amor, comprensión y estima principalmente por parte de su madre, alguien que la propia autora define como «bonita, inalcanzable, solitaria y cargada de pensamientos secretos que yo nunca conocería», una mujer «distante y enigmática» con quien tiene un trato frío y áspero, confesando que «mi relación con ella es íntima, dolorosa y frágil, y siempre ando buscando alguna señal de amor. Todo lo que hago, lo hago por complacerla, para que sonría, para desvanecer su ira»; con esta frialdad, la autora profesa la tremenda soledad que vive en su hogar, pues el día a día se resume en que «mi padre se había ido a trabajar y mi hermano estaba en la escuela. Entonces mi madre estaba sola, a pesar de que yo también estaba». Y un padre, con buena intención, pero carente de afecto, que «no se dirige a mí por iniciativa propia, porque no sabe qué decir a las niñas pequeñas»; alguien de quien afirma que, en contraposición con una madre que «la pegaba a menudo y fuerte», «mi padre no me pegaba nunca. Al contrario, era bueno conmigo. Todos los libros de mi infancia eran suyos (…) A pesar de todo, yo no sentía nada especial por él (…) Yo era la niña de mi madre y Edvin el niño de mi padre, y eso era una ley natural inmutable»; un padre con trabajos mal pagados que les llevó a pasar en varias ocasiones por apuros económicos. Un padre con una visión totalmente diferente sobre el futuro que esperaba a sus hijos, pues «las niñas no pueden ser poetas» a lo que ella, de manera reivindicativa y a la postre certera, afirma que «alguna vez escribiré todas las palabras que fluyen dentro de mí. Alguna vez otras personas las leerán en un libro y se sorprenderán de que las niñas sí pueden ser poetas» (una declaración que recuerda muchísimo a lo que escribió Siri Hustvedt en «Recuerdos del futuro»).

De esta manera la autora nos retrata su infancia, una infancia difícil que ya la propia autora asevera con rotundidad al decir que «la infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no puedes escapar de ella tu sola (…) no puedes escapar de la infancia, la llevas pegada como la peste (…) te gires hacia donde te gires chocas con tu infancia y te haces daño, porque es angulosa y dura y no se termina hasta que te ha destrozado completamente». Una infancia en la que únicamente los libros y sus poemas presentan una vía de escape, el mundo infinito que encuentra cuando le dan permiso para acceder a la biblioteca y que expande y extiende a través de la escritura de poemas porque «a pesar de que a nadie le importen necesito escribirlos, porque amortiguan la tristeza y los anhelos de mi corazón».

En esta narración de su propia infancia se observa claramente el estilo de Ditlevsen: duro, muy duro, marcado por una infancia que recuerda con dureza, como una obligación y un infierno más que como un camino lleno de esperanzas. Aquí la única esperanza que transmite es la de que la infancia acabe, porque no sirve prácticamente para nada, únicamente para ser ignorada, maltratada, porque «siempre pienso que mi mare no me amará hasta que yo sea adulta (…) mi infancia la enoja tanto como a mí».

La autora sabe transmitir esa sensación de desamparo, de un gran abismo afectuoso del que solo se puede apartar momentáneamente cuando todos olvidan que existe. Esta es la dureza que hábilmente rezuman unas páginas llenas de impactantes y precisas frases que sin tapujos ni paliativos nos muestran una infancia triste y maltrecha. Una infancia llena de vacíos emocionales, de cierta hambruna y apetito, un apetito físico, pero también creativo, con su libro de poemas escritos a escondidas, un “lugar” donde depositar sus esperanzas y sus deseos, un espacio en el que poner sus expectativas a la altura de una calidad que ya de joven aventuraba que algún día destacaría hasta poder vivir de ella. El resto de su infancia, simplemente habitada por amistades casuales, tristeza, soledad, y tres meses de difteria que la dejarían con tanta anemia física como moral.

En «Juventud», la autora nos narra sus inicios en el mundo laboral, un mundo mal pagado y que le deja poco tiempo libre para leer o escribir, pero en el que, gracias a conocer a algunas personas que llegarían a ser clave en su vida, empieza a tener sus primeras relaciones sentimentales, muy vinculadas en su mayoría a los libros; su real y única pasión. Una juventud que, aunque deseada, le provoca insatisfacción y cierto desamparo en el siempre difícil paso a la edad adulta; un estado temporal en el que se siente pérdida y fuera del mundo, en el que «todo cambia sin parar, la único que permanece es el mundo de mi infancia». Pero, a pesar de cierto desánimo, empieza a encontrar un lugar en su mundo literario, con ciertos intentos en el teatro, pequeños encargos no retribuidos para escribir alguna canción de cumpleaños, algún poema, u otros pequeños actos para dirigirse al mundo de la creación literaria, su única pasión que confiesa afirmando que «no sé por qué tengo tantas ganas de que se editen mis poemas para que la gente con sentido poético pueda gozar con ellos. Pero lo quiero. Es hacia donde avanzo por caminos oscuros y tortuosos. Es lo que me da fuerzas para levantarme un día tras otro e ir a la oficina de la imprenta». Una juventud de la que, como la infancia, no siente que le aporte nada, y que aborrece afirmando que «mi juventud no es más que un defecto y un obstáculo que quiero sacarme de encima lo más pronto posible».

De esta manera, en esta segunda etapa vital, la narración destaca por ofrecer una visión terriblemente arrebatadora por la escritura, no únicamente como vía de escape de la autora, sino como un sueño que se eleva por encima de su reducido mundo; la poesía se convierte en centro y a la vez horizonte de su vida, estableciendo y construyen un pilar en torno a ella que deberá sustentarla y arraigarla a un mundo que se le antoja algo ajeno a sus deseos, aspiraciones e incluso manera de ser y ver la vida porque «la familia no entiende nunca a los artistas (…) los artistas solo se tienen los unos a los otros». Son esas edades tempranas cerca de los veinte años donde todo es posible, aunque parezca justo lo contrario, y donde la tenacidad, la determinación y la (casi) obsesión en la poesía se transforman en una persecución de determinación inquebrantable hacia la consecución de su más preciado deseo: dar a conocer al mundo su poesía.

Ya en su tercer volumen, «Dependencia», la autora nos relata sus diferentes matrimonios, el primero de los cuales con una edad aun muy joven y con alguien con quien «es como si antes de casarnos yo nos hubiéramos dicho todo lo que teníamos que decirnos y hubiéramos gastado todas las palabras que hubiéramos tenido que hacer durante los próximos veinticinco años». Es en este último tercio de libro entramos en su fase más “desencantada” donde sus inseguridades afloran mientras marchitan sus relaciones, llenas de dudas y reservas, de seguir los caminos marcados por las huellas de otros, dejándose llevar o arrastrar por la vida si tener en cuenta los deseos que van más allá de su ambición literaria. El tono en esta parte entra en el desencanto y el desánimo, la decadencia de una vida que, a pesar de ser aún joven, pierde el encanto de una juventud no aprovechada ni comprendida, y que se llena de matrimonios por la dependencia emocional de quien necesita a alguien a su lado, alguien a quién agarrarse para conseguir llegar donde quiere, o incluso donde teme.

Esta última parte del libro es realmente dura, donde la autora expone sin tapujos su caída a los infiernos tras una dura dependencia a las drogas, que únicamente y de manera puntual la escritura de un nuevo libro la mantienen a flote, pues la droga le obnubila y le adormece y eso es algo que no puede permitirse, porque «si mi vida se complica no podré trabajar, y cada vez soy más consciente de que lo único que me sale bien, lo único para lo que realmente tengo habilidad, es formar frases y combinaciones de palabras y escribir estrofas sencillas de cuatro versos». Así, el retrato de la vida de Tove queda completo y sometido a la dependencia que sintetiza el título de esta tercera parte: una dependencia al amor y al matrimonio, una dependencia a la escritura y una dependencia a las drogas, quizás para evadirse de una vida que no le satisface, de la que se siente ajena y poco merecedora, y en cierto punto incluso impostora. Una adicción soportada y fomentada por su propio marido que la atan a él hasta el punto de afirmar que «quiero vivir siempre así, no tengo ninguna necesidad de volver a experimentar con la realidad».


Estas páginas finales son de auténtico horror, el horror de ver cómo la vida desaparece delante de uno, aún y permaneciendo vivo. Días y noches que se mezclan, voces de hijos que apenas reconoces. Un infierno en vida que te tienta y te absorbe, y solo puedes notar su calor, intenso y eterno, y arroparte en él antes de caer en el sueño eterno en el más oscuro y solitario de los avernos.

Es de celebrar que finalmente las editoriales hayan apostado por publicar la obra de esta autora y espero que este sea el primero de muchos, pues su obra cuenta con muchos conjuntos de poemas, novelas y relatos cortos que, vista la calidad de la autora, seguro que bien valen una lectura. A pesar de que la misma nos lleve a lugares en los que nos aterra llegar, ni aunque sea momentáneamente.

UN LIBRO AL DÍA



martes, 7 de diciembre de 2021

Casa de citas / Tove Ditlevsen / Mis padres

 

In the House of My Father
Donald G. Rodney (1961–1998)
Tate

Tove Ditlevsen
MIS PADRES

Todas las canciones de mi madre tienen muchos versos, tantos que antes de que alcance a terminar la primera, Edvin ya ha vuelto al martillo y mi padre está roncando como un oso. Mi hermano le ha pedido que cante para aplacar su furia ante las lecturas de mi padre. Él es chico, y a los chicos no les gustan las canciones que hacen llorar si se las escucha con atención. A mi madre tampoco le gusta verme llorar, así que me quedo con un nudo en la garganta mientras miro de reojo la ilustración del libro, donde el soldado agoniza en el campo de batalla con una mano tendida hacia la aparición radiante de su madre, que yo sé que no está allí en realidad. Todas las canciones del libro cuentan cosas similares, y mientras mi madre las canta, yo puedo hacer lo que me apetezca, porque se enfrasca tanto en su mundo que nada ajeno a él es capaz de perturbarla. Tampoco oye si los de abajo comienzan a pelearse y a regañar. Abajo vive Rapunzel, la de la larga trenza dorada, con sus padres, que aún no se la han vendido a la bruja a cambio de un ramo de campanillas. Mi hermano es el príncipe e ignora que no tardará en quedarse ciego cuando caiga de la torre. Él clava clavos en su tablita y es el orgullo de la familia. Es lo que tienen los chicos; las chicas solo sirven para casarse y tener hijos. A ellas hay que mantenerlas, que no esperen nada más. El padre y la madre de Rapunzel trabajan en la Carlsberg y se beben cincuenta cervezas al día cada uno. De noche, al volver a casa, siguen bebiendo, y poco antes de la hora de que me vaya a la cama empiezan a chillar y a pegar a Rapunzel con un bastón de los gordos. Siempre aparece en el colegio con moratones en la cara o por las piernas. Cuando se cansan de zurrarle, se abalanzan uno sobre otro armados con botellas y patas de silla rotas, y muchas veces la policía viene a llevarse a uno de los dos, con lo que por fin la casa se queda en calma. Ni a mi madre ni a mi padre les hace gracia la policía. Ellos creen que los padres de Rapunzel tienen derecho a matarse en paz si les viene en gana. Les hacen el trabajo sucio a los de arriba, dice siempre mi padre de los policías, y mi madre nos ha hablado muchas veces del día que los gendarmes se llevaron al abuelo y lo encerraron en la cárcel. No lo olvidará jamás. Mi padre no bebe y tampoco ha estado en la cárcel. Mis padres no se pelean y yo vivo mucho mejor que ellos cuando eran niños. Aun así, cuando abajo por fin reina el silencio y tengo que ir a acostarme, mis pensamientos siempre se tiñen con un ribete negro de miedo. Buenas noches, se despide mi madre antes de cerrar mi puerta y regresar al calor de la salita. Yo me quito el vestido y las enaguas de lana y el corpiño y los leotardos negros que me regalan todas las Navidades, me meto el camisón por la cabeza y me siento un ratito a la ventana a observar el patio negro que se abre abajo, a lo lejos, y el muro de las casas de la escalera exterior, que siempre llora como si hubiese estado lloviendo. Casi nunca hay luz en las ventanas, porque al otro lado del patio solo hay dormitorios y las personas de bien duermen con la luz apagada. Entre los muros alcanzo a ver un cuadradito de cielo en el que a veces brilla una estrella solitaria. Yo la llamo el lucero de la tarde y pienso en ella con todas mis fuerzas cuando mi madre apaga la luz y yo me quedo en la cama viendo cómo las pilas de ropa que hay detrás de la puerta se convierten en brazos largos y retorcidos que tratan de agarrarme por el cuello. Intento chillar, pero todos mis intentos quedan reducidos a un débil susurro, y cuando al fin sale el grito, la cama y yo estamos empapadas de sudor. Mi padre asoma por la puerta y la luz está encendida. Solo has tenido una pesadilla, me dice, a mí también me pasaba a menudo de pequeño. Pero claro, eran otros tiempos. Me estudia pensativo, creo que no le parece apropiado que una niña con una vida tan buena como la mía tenga pesadillas. Le sonrío con timidez a modo de disculpa, como si el grito solo hubiese sido una ocurrencia boba. Me tapo con el edredón hasta la barbilla, porque un hombre no debe ver a una señorita en camisón. Venga, venga, dice; luego apaga y se va, llevándose consigo el miedo de alguna forma, porque me duermo tranquila y la ropa que hay tras la puerta no es más que un montón de trapos viejos. En sueños, me alejo de la noche que pasa frente a la ventana con su séquito de horror, maldad y peligros. Más allá, en Istedgade, tan luminosa y animada durante el día, gimen los coches de policía y las ambulancias mientras yo descanso a salvo oculta bajo el edredón. Los borrachos yacen en el arroyo con la cabeza partida y ensangrentada, y si entras en el Café Charles, te matan. Eso dice mi hermano, y todo lo que él dice es cierto.


Tove Ditlevsen
Trilogía de Copenhague
Seix Barral, Barcelona, 2021, pp. 16-18

lunes, 6 de diciembre de 2021

Casa de citas / Tove Ditlevsen / Mi madre

 



Tove Ditlevsen
MI MADRE

Una vez que la esperanza estaba rota, mi madre se vestía con movimientos bruscos y exasperados, como si cada prenda fuese una ofensa en su contra. Yo también tenía que vestirme y el mundo se volvía un lugar frío, lóbrego y amenazante, pues la cólera sombría de mi madre siempre acababa conmigo abofeteada o estrellada contra la estufa. Para mí era un enigma, una desconocida, y me decía a mí misma que me habían cambiado al nacer y que ella no era mi madre. Ya vestida, se miraba en el espejo de la alcoba y escupía en un trocito de papel de seda rosa que se pasaba con fuerza por las mejillas. Yo llevaba las tazas a la cocina mientras en mi interior palabras largas y extrañas se encaramaban por mi alma a modo de película protectora. Una canción, un poema, algo rítmico, calmante y melancólico a más no poder, pero jamás triste y doloroso, pues sabía que triste y doloroso sería el resto del día. Cuando me recorrían esas oleadas de palabras, sabía que mi madre ya no podría hacerme nada, porque había dejado de importarme. Ella también lo sabía y sus ojos se llenaban de una fría hostilidad. Nunca me pegaba cuando me encontraba en ese estado de ánimo, pero tampoco me hablaba. A partir de ese momento y hasta la mañana siguiente, la única cercanía era la de nuestros cuerpos, que, a pesar de lo exiguo del espacio, evitaban el más mínimo contacto. La mujer del marinero que colgaba en la pared seguía añorando al marido, pero mi madre y yo no necesitábamos ni hombres ni chiquillos en nuestro universo. Nuestra felicidad, extraña y fragilísima, solo florecía cuando estábamos a solas, y cuando dejé de ser una niña no volvió más que en raros destellos ocasionales que, sin embargo, para mí no tienen precio ahora que mi madre ha muerto y ya no queda nadie que cuente su historia tal como fue en realidad. 

Tove Ditlevsen
Trilogía de Copenhague
Seix Barral, Barcelona, 2021, pp. 11-12

domingo, 5 de diciembre de 2021

Un libro / Honorée Fanonne Jeffers / The Love Songs of W.E.B. Du Bois


Honorée Fanonne Jeffers
Fotografía de Sydney A Foster


Honorée Fanonne Jeffers
THE LOVE SONGS OF W.E.B. DU BOIS
(Las canciones de amor de W.E.B. Du Bois)


Por Veronica Chambers
24 de agosto de 2021

W.E.B. Du Bois ha formado parte de mi vida intelectual desde que tengo uso de razón. A los 16 años, me mudé a Great Barrington, Massachusetts, para asistir al Bard College en Simon's Rock. Great Barrington fue el lugar de nacimiento de Du Bois y, como aprendí cuando me nombraron becario de Du Bois, el gran hombre fue muchas cosas: un estadista mayor de la vida afroamericana, un distinguido historiador, un sociólogo, un líder de los derechos civiles y un modelo temprano de lo que podría significar ser un intelectual público. Es, según muchos, el padre fundador de la América negra moderna. Sus escritos, sus ambiciones, sus fracasos y sus logros son el hilo conductor de la arrolladora y magistral primera novela de Honorée Fanonne Jeffers, "The Love Songs of W.E.B. Du Bois".




THE LOVE SONGS OF W.E.B. DU BOIS
by Honorée Fanonne Jeffers

By Veronica Chambers
24 August 2021

W.E.B. Du Bois has been a part of my intellectual life for as long as I can remember. At 16, I moved to Great Barrington, Mass., to attend Bard College at Simon’s Rock. Great Barrington was the birthplace of Du Bois, and as I learned when I was named a Du Bois scholar, the great man was so many things: an elder statesman of African American life, a distinguished historian, a sociologist, a civil-rights leader and an early model of what it might mean to be a public intellectual. He is, many would argue, the founding father of modern Black America. His writing, his ambitions, his failings and his accomplishments are the bass line of Honorée Fanonne Jeffers’s sweeping, masterly debut novel, “The Love Songs of W.E.B. Du Bois.”

The 10 Best Books of 2021


sábado, 4 de diciembre de 2021

Casa de citas / W.E.B. Du Bois / La pregunta





W.E.B. Du Bois
LA PREGUNTA
Rara vez respondo una palabra a la verdadera pregunta, ¿qué se siente ser un problema?

 



THE QUESTION
by W.E.B. Du Bois
To the real question, How does it feel to be a problem? I answer seldom a word.

W.E.B. Du Bois
The Souls of Black Folk


Casa de citas / W.E.B. Du Bois / El arte


W.E.B. Du Bois
EL ARTE

Pero el arte no es simplemente obras de arte; es el espíritu que conoce la Belleza, que tiene la música en su ser y el color de los atardeceres en sus pañuelos; que puede bailar sobre un mundo en llamas y hacer que el mundo también baile.




ART
by W.E.B. Du Bois
But art is not simply works of art; it is the spirit that knows Beauty, that has music in its being and the color of sunsets in its headkerchiefs; that can dance on a flaming world and make the world dance, too.



Casa de citas / W.E.B. du Bois / Los niños




W.E.B. Du Bois
LOS NIÑOS


Los niños aprenden más de lo que eres que de lo que enseñas.



CHILDREN
by W.E.B. Du Bois

Biography


Children learn more from what you are than what you teach.


viernes, 3 de diciembre de 2021

Casa de citas / Miguel Herráez / Cortázar, París, Bestiario y otros títulos

 

Julio Cortázar en París


Miguel Herráez
CORTÁZAR, PARIS, BESTIARIO Y OTROS TÍTULOS


«Yo digo que París es una mujer; y es un poco la mujer de mi vida», dirá el escritor en su madurez. Una mujer y una atracción por ella que Cortázar, como tantos jóvenes argentinos y americanos, del norte, centro y sur, nunca mantuvo en secreto. Y una topografía que explorará en este primer viaje, el cual le servirá para corroborarse en su pasión por cuanto ella ofrecerá de experiencias, pese a esos escasos mil quinientos pesos mensuales con los que tendrá que sobrevivir en una de las ciudades, ya por entonces, más caras de Europa. El dinero, un verdadero problema.

Casa de citas / Cortázar y Aurora Bernárdez

 

Aurora Bernárdez y Julio Cortázar
Ilustración de Fernando Vicente



Miguel Herráez
CORTÁZAR Y AURORA BERNÁRDEZ

En este período, noviembre o diciembre de 1948, se fragua en Cortázar con bastante fuerza la posibilidad de realizar un primer viaje a Europa, con una escala de dos meses en Italia y de un mes en París. El viaje, que finalmente se realizará (en él encontró a la Maga), será su pica en Flandes, pues a partir de este y su vuelta a la Argentina sus deseos orbitarán sobre la idea nostálgica de regresar a París y vivir en la capital francesa. Pero no como turista accidental sino como un habitante permanente. También en este año aparecerá en su vida Aurora Bernárdez, joven licenciada por la Universidad de Buenos Aires y futura y brillante traductora (Italo Calvino, Jean Paul Sartre, Lawrence Durrell), de ascendencia gallega, con quien el escritor compartirá sus primeras vivencias europeas.
    Bernárdez, seis años más joven que él y de «nariz respingadísima», según palabras del escritor, supondrá una buena porción de coexistencia en la vida de Cortázar. Se convirtió en su primera esposa, tras su boda parisina en 1954, y fue un alma gemela. La connivencia casi mágica entre ambos llegaba hasta extremos de auténtico pasmo, de gran asombro. Vargas Llosa, que los trató a ambos en el París de los años sesenta y setenta, comenta el impacto que la presencia de ellos producía allá donde iban:
    "Los había conocido a ambos un cuarto de siglo atrás, en casa de un amigo común, en París, y desde entonces, hasta la última vez que los vi juntos, en 1967, en Grecia —donde oficiábamos los tres de traductores, en una conferencia internacional sobre algodón— nunca dejó de maravillarme el espectáculo que significaba ver y oír conversar a Aurora y Julio, en tándem. Todos los demás parecíamos sobrar. Todo lo que decían era inteligente, culto, divertido, vital. Muchas veces pensé: «No pueden ser siempre así. Esas conversaciones las ensayan, en su casa, para deslumbrar luego a los interlocutores con las anécdotas inusitadas, las citas brillantísimas y esas bromas que, en el momento oportuno, descargan el clima intelectual». Se pasaban los temas el uno al otro como dos consumados malabaristas y con ellos uno no se aburría nunca. La perfecta complicidad, la secreta inteligencia que parecía unirlos era algo que yo admiraba y envidiaba en la pareja tanto como su simpatía, su compromiso con la literatura —que daba la impresión de ser excluyente y total— y su generosidad para con todo el mundo, y, sobre todo, los aprendices como yo. Era difícil determinar quién había leído más y mejor, y cuál de los dos decía cosas más agudas e inesperadas sobre libros y autores."
    Julio y Aurora formarán desde el principio esa «pareja amorosa que sabía como nadie enriquecer constantemente su complicidad», dirá Saúl Yurkievich.
    Aurora era (es) una mujer de ojos y gesto dulces, voz firme, una cara con ángel. De trato agradable y fácil, pero no facilón, por entonces quizá algo más gregaria que Julio (se movía en el círculo del poeta y traductor Alberto Girri y de otros escritores porteños, como el propio hermano de Aurora, Francisco Luis, quien a su vez sintonizaba con Mario Pinto, Ricardo Molinari, Jorge Lasco o Ernesto Arancibia), celoso siempre de su tiempo e intimidad. No obstante se integraron. Bernárdez, por encontrar una asimilación, representa la etapa del escritor menos politizado. Mejor: menos explícitamente politizado. O sea, el escritor cuyo compromiso se encuentra en la obra literaria y en su acepción perfeccionista (un perfeccionismo ya cortazariano, no formalista).
    En algunos fragmentos de cartas del escritor remitidas a Francisco Porrúa, Cortázar traza emocionalmente lo que podríamos llamar un retrato de Aurora y de él mismo en esos primeros años de vino y rosas, en ese tiempo de los años parisinos ya de creciente éxito profesional del escritor:
    "Del libro en sí no te digo nada. Dejémoslo hablar a él, y si salió mudo, paciencia. Pero necesito tu crítica, y sé que será como sos vos. El libro tiene un solo lector: Aurora. Por consejo suyo, traduje al español largos pasajes que en un principio había decidido dejar en inglés y francés. Su opinión del libro puedo quizá resumírtela si te digo que se echó a llorar cuando llegó al final.
    Aurora y yo, encastillados en nuestro granero, nos dedicamos al trabajo, a la lectura y a la audición de los cuartetos de Alban Berg y Schoenberg, aprovechando de la ventaja de que aquí no hay nadie que nos golpee el cielo raso."
    De otro lado, Luis Harss, tras sus primeros encuentros, dirá de «Cortázar y su mujer, Aurora Bernárdez, que valoran la libertad sobre todas las cosas, les gusta callejear juntos al acecho de lo insólito. Frecuentan los museos de provincia, las literaturas marginales y los callejones perdidos. Detestan toda intrusión en su vida privada, evitan los círculos literarios y rara vez conceden entrevistas:preferirían no verse con nadie».

    Pero todo eso será algo más tarde. En el proyectado viaje de 1949, lo único que cabía era alcanzar una meta, que era París.


Miguel Herráez
Julio Cortázar / Una biografía revisada


Casa de citas / Miguel Herráez / Cortázar y "Casa tomada"


Miguel Herráez

Cortázar y "Casa tomada" 


 

Julio Cortázar / Casa tomada

BIOGRAFÍA

    
«Casa tomada» es uno de los relatos más conocidos de Cortázar y más analizado, y no lo es gratuitamente sino porque es un cuento esférico. Desde luego se encuentra a muchísima distancia de la medianía lograda con «Llama el teléfono, Delia» o «Bruja». Inaugura el Cortázar que controla sus materiales, dosifica la tensión del discurso y logra sustanciar una auténtica empatía con el lector desprovista de formalismos. Parece ser que, lejanamente, Cortázar se inspiró en la casa de unos familiares de la profesora Ernestina Yavícoli, sita en la calle Necochea, paralela a 9 de Julio, y cerrada al sur por la avenida Villarino, en Chivilcoy, para la atmósfera del relato. No obstante el escritor le confesó a Jean L. Andreu en 1967 que la localización de la casa era en un ámbito porteño: «El barrio donde ubiqué la casa era en ese entonces una zona tranquila, burguesa, familiar. Me interesaba mostrar una casa donde el silencio y el decoro de los pequeño-burgueses porteños se manifestaran en toda su decadencia un poco apolillada».
    La anécdota, ya en nada inconsistente, por el contrario suturada con un lenguaje adecuado a ese guiño fantástico muy de la querencia cortazariana de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, narra la relación de dos hermanos en una casa familiar en la que algo, algo que presiona desde el espacio exterior hacia el interior, los va cercando hasta su expulsión de dicho lugar. Si bien Cortázar siempre le negó voluntariedad instrumental propia, acabó por aceptarla como constatación a posteriori , aunque nunca asumió esa exclusiva explicación del cuento, al cual desde el principio se le aplicó una lectura simbólica sintonizada con el peronismo. Así los personajes serían sujetos invadidos por un poder arbitrario, adocenado, brutal, masificatorio, cuyo objeto no sería otro que el de cercenar la libre voluntad y la intimidad de esos personajes que representan el atributo de la Argentina del momento.
    El escritor, no obstante, siempre confesó, aun sin dejar de aceptar la posibilidad inconsciente sugerida, que el cuento había sido consecuencia directa de una pesadilla en la que él (él solo, sin hermana) se veía impelido a abandonar su casa porque un ente sin identificar o solo identificado por sonidos pero de cualquier modo espantoso, le obligaba a hacerlo. «Esa interpretación de que quizá yo estaba traduciendo mi reacción como argentino frente a lo que sucedía en la política no se puede excluir porque es perfectamente posible que yo haya tenido esa sensación que en la pesadilla se tradujo de una manera fantástica, simbólica.»
    Estamos frente al universo trabado entre fantasía y realidad. Una fantasía (lo espantoso, lo terrible) que se imbrica en la misma cotidianidad (el hermano lee libros en francés, ceba mate, e Irene teje incansable pañoletas blancas, verdes, de color lila) y que no la reversibiliza sino que la nivela. Es decir, lo fantástico no desequilibra a la realidad ni la desconyunta, lo cual sería observable en un cuento fantástico clásico, por ejemplo en la línea lovecraftiana, sino que la complementa. En él los órdenes de lo fantástico y de lo real inmediato se yuxtaponen, son impregnables, nada excluyentes, son agregados.
    En el cuento, Cortázar reproduce además uno de sus apetitos que le acompañaría toda su vida: su cariño por las casas. No por las casas en su sentido arquitectónico de diseño sino (o también) como reductos vitales, experienciales. En cierta ocasión les comentó a Marcelle y Lucienne Duprat cómo le había dolido no poder visitar por última vez la casa de un amigo en Bolívar (una casa de la calle Rivadavia) de la que este se había mudado. Y es que el escritor, que había pasado buenos momentos en dicha casa, se sentía inclinado por conservar en el recuerdo la fisonomía de aquellas casas y habitaciones en las que había sido feliz y había vivido intensamente. Unas casas en las que en la evocación volvía a subir escaleras, tocar puertas y paredes, observar cuadros y muebles, respirar sus olores, redescubrir su luz. Eso es perceptible en el cuento. Hay un placer, una fruición lenta en la plasmación de esa casa que da a Rodríguez Peña en la que hay un comedor, una sala con gobelinos, una biblioteca, cinco dormitorios, un living , un baño y una cocina en la que el hermano prepara ritualmente los almuerzos mientras Irene se encarga de los platos fríos para la noche.

Miguel Herráez
Julio Cortázar / Una biografía revisada

jueves, 2 de diciembre de 2021

Triunfo Arciniegas / Diario / El poder del perro en Netflix

 


Triunfo Arciniegas
EL PODER DEL PERRO EN NETFLIX
2 de diciembre de 2021

El poder del perro, de Jane Campion, con Benedict Cumberbatch y Kirsten Dunst, desde ayer en Netflix.

"Cuando falleció mi padre, mi mayor deseo era ver feliz a mi madre. ¿Qué clase de hombre sería si no ayudaba a mi madre? ¿Si no la salvaba?"

Con estas palabras, y antes de cualquier imagen, inicia la historia: epígrafe perfecto y clave fundamental de la película.

Extraordinaria.

La película es una maravillosa adaptación de la novela de Thomas Savage, The Power of the Dog, publicada en 1967. Los hermanos Bunbank, Phil y George, ya cuarentones, siguen durmiendo en la misma habitación de cuando eran niños, en las mismas camas de bronce. Son los dueños del rancho más grande del valle, en Montana, en 1924. Así describe Savage la relación de los hermanos:

Cuando vendían novillos cada otoño o compraban un semental Morgan para mejorar la estirpe de las monturas, tomaban las decisiones más o menos conjuntamente. Cada año, Phil esperaba con ansias que llegara octubre, mes en el que salían a cazar y en que los sauces que bordeaban el arroyo adoptaban un tono rojizo oxidado y la bruma que ascendía desde las lejanas hogueras del bosque flotaba como un velo por encima de los picos montañosos. Se les veía a los dos, con sus animales de carga, cabalgando por las llanuras hacia las montañas, Phil con su carabina corta o con su calibre treinta. No era raro que hubiera una relación como aquella entre hermanos: Phil, alto y anguloso, contemplando la lejanía con sus ojos azul cielo y luego bajando la mirada al suelo que lo rodeaba; George rechoncho e imperturbable, cabalgando a su lado con un caballo castaño, rechoncho e imperturbable. Hacían apuestas: ¿quién avistaría y dispararía al primer alce? ¡Oh, cómo le gustaba a Phil el hígado de alce! De noche acampaban al borde de los árboles y se sentaban con las piernas cruzadas ante el fuego a hablar de los viejos tiempos y de los planes de un establo nuevo que nunca se materializaban porque ello implicaría derribar el viejo; desenrollaban los sacos de dormir lado a lado y escuchaban juntos y en la oscuridad el rumor de un arroyo diminuto, no más ancho que el paso de un hombre, la fuente misma del río Misuri. Se dormían y cuando despertaban se encontraban con la escarcha.

Phil hubiera podido ser lo que quisiera y, al parecer, no se decidió. Es el patrón, el amo. Le gusta provocar. George, menos favorecido en todos los sentidos, quiere amar y ser amado. Se casa con Rose, viuda de un suicida, y la trae a la hacienda, con su hijo. Phil se propone la tarea de destruirla. Este enfrentamiento de Phil y su cuñada es el nudo de la historia. El resentimiento se extiende al hijo, por supuesto. En este duelo Rose y el muchacho llevan las de perder. ¿Pero quién el perro y quién es la presa? El título de la novela proviene de una cita bíblica. "Libra de la espada mi alma, del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león y líbrame de los cuernos de los búfalos." Salmos 22: 20-21.

Después de más de doce años sin dirigir una película, vuelve por la puerta grande Jane Campion, la misma de El piano, donde dirigió con certeza a Holly Hunter, Harvey Keitel, Sam Neill y Anna Paquin, y En carne viva, que acabó con la carrera de la novia de América, Ryan Megan, a pesar de que se trata de su mejor interpretación. Campion teje los hilos narrativos de El poder del perro con la misma sabiduría y misma la destreza con que Phil elabora sus lazos de cuero. Ni siquiera desperdicia el primero y perturbador párrafo de la novela de Thomas Savage:

Phil siempre se encargaba de la castración. En primer lugar, cortaba la bolsa del escroto y la arrojaba a un lado; a continuación, tiraba primero de un testículo y luego del otro, hacía un tajo en la membrana color arcoíris que los rodeaba, la arrancaba y la arrojaba al fuego donde los hierros de marcar resplandecían al rojo vivo. La cantidad de sangre que despedían era sorprendentemente escasa. En pocos instantes, los testículos explotaban como inmensas palomitas de maíz. Se decía que algunos hombres los comían con un poco de sal y pimienta. «Ostras de montaña», los llamaba Phil, con su típica sonrisa traviesa, y les sugería a los peones jóvenes que, si planeaban ligar chicas, a ellos también les vendría bien comérselos.

Hay mucha tela para cortar, como la sexualidad de Phil y su relación con el personaje tantas veces mencionado, pero se corre el riesgo de echar a perder el disfrute de quienes no han visto la película. Basta decir por ahora que Benedict Cumberbatch se luce en el papel de Phil, y Kirsten Dunst, en plena madurez, sin la belleza de otras películas pero con la maestría que conceden los años al oficio, responde como si se tratara de una partitura. Cumberbatch y Dunst logran actoralmente el dueto perfecto que no se permitieron como músicos. Kodi Smit-McPhee, el delicado y frágil hijo, con su extrema delgadez y sus ojos grandes, no sólo resulta enigmático sino perturbador. Sólo después sabremos con qué destreza movió los hilos. Y en cuando a Jesse Plemons, el marido de Rose y quien tantas veces hemos visto en papeles secundarios, funciona a la perfección en este cuarteto magistral.

Sin duda, una extraordinaria película.


Casa de citas / Thomas Savage / El poder del perro

 


Thomas Savage

EL PODER DEL PERRO

Phil siempre se encargaba de la castración. En primer lugar, cortaba la bolsa del escroto y la arrojaba a un lado; a continuación, tiraba primero  de un testículo y luego del otro, hacía un tajo en la membrana color arcoíris que los rodeaba, la arrancaba y la arrojaba al fuego donde los hierros de marcar resplandecían al rojo vivo. La cantidad de sangre que despedían era sorprendentemente escasa. En pocos instantes, los testículos explotaban como inmensas palomitas de maíz. Se decía que algunos hombres los comían con un poco de sal y pimienta. «Ostras de montaña», los llamaba Phil, con su típica sonrisa traviesa, y les sugería a los peones jóvenes que, si planeaban ligar chicas, a ellos también les vendría bien comérselos. 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Una foto / Alan Kurdi

 


Alan Kurdi


Una foto
ALAN KURDI

En todas estas situaciones, los medios de comunicación pudieron realizar su trabajo básico en situaciones de emergencia, que es comunicar lo que está sucediendo, quién está afectado, qué es lo más necesario. Pero esto suele ser más que una cuestión de transmisión de datos y cifras. Las "historias humanas" son las más populares entre los periodistas, aunque es un término extraño si se piensa en ello.

¿Qué historias no son humanas? De hecho, se utiliza más comúnmente para denotar un tipo particular de historia humana; una que da la mayor prominencia a la experiencia individual, que cuenta cómo se sintió un evento, tanto física como emocionalmente. Se basa en la suposición de que esto es lo que más conecta con el público: bien porque le engancha y le mantiene mirando o leyendo, bien porque le ayuda a identificarse con el protagonista, quizá de forma que fomente la empatía, o una determinada forma de actuar en respuesta. De este modo, el público pudo acceder fácil y rápidamente a relatos e imágenes vívidas de las experiencias de las personas que intentaban cruzar las fronteras exteriores de la UE, o encontrar refugio y acogida dentro de Europa.

La contrapartida era que esto a menudo se ajustaba a ideas predeterminadas sobre cómo son las catástrofes, quién necesita protección, quién es inocente y quién merece ser culpado. Pensemos, por ejemplo, en la imagen más reconocible de la crisis de los refugiados en 2015: la foto de un policía turco llevando el cuerpo sin vida de Alan Kurdi, de tres años, lejos de la orilla del agua en una playa cerca de Bodrum.


Alan Kurdi



One Photo
ALAN KURDI

In all of these situations the news media were able to do their basic job in emergency situations, which is to communicate what’s happening, who’s affected, what’s needed the most. But this is usually more than a matter of relaying dry facts and figures. “Human stories” have the greatest currency among journalists, although it’s an odd term if you think about it.

What stories aren’t human? In fact, it’s most commonly used to denote a particular kind of human story; one that gives individual experience the greatest prominence, that tells you what an event felt like, both physically and emotionally. It rests on the assumption that this is what connects most strongly with audiences: either because it hooks them in and keeps them watching or reading, or because it helps them identify with the protagonist, perhaps in a way that encourages empathy, or a particular course of action in response. As a result, the public was able to easily and quickly access vivid accounts and images of people’s experiences as they attempted to cross the EU’s external borders, or to find shelter and welcome within Europe.

The trade-off was that this often fit into predetermined ideas about what disasters look like, who needs protection, who is innocent and who is deserving of blame. Think, for example, about the most recognisable image of the refugee crisis in 2015: the picture of a Turkish police officer carrying the lifeless body of three-year-old Alan Kurdi away from the water’s edge on a beach near Bodrum.


How the media contributed to the migrant crisis



Alan Kurdi


El próximo mes de septiembre (de 2018) se cumplirán tres años desde que el cuerpo de Alan Kurdi, el niño sirio de tres años con camiseta roja y pantalones cortos azules, fue arrastrado hasta una playa de Turquía. La imagen que apareció en las portadas de los periódicos de toda Europa, y que provocó llamamientos a los políticos para que se enfrentaran con toda urgencia a lo que incluso el diario The Sun denominó la "mayor crisis desde la segunda guerra mundial", fue quizás el único momento en la memoria reciente en el que la empatía popular por los refugiados superó claramente el desprecio o la antipatía.


T
his September it will be three years since the body of Alan Kurdi, the three-year-old Syrian boy in red T-shirt and blue shorts, was washed ashore on a beach in Turkey. The picture that ran on the front pages of newspapers across Europe, and prompted calls for politicians to confront with all urgency what even the Sun called the “biggest crisis since the second world war”, was perhaps the only moment in recent memory in which popular empathy for refugees clearly outweighed disregard or antipathy.

Sunday 6 May 2018