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martes, 16 de mayo de 2023

Benhúr Sánchez / Escritor y editor

 



Benhur Sánchez
ESCRITOR Y EDITOR, QUÉ LÍO

Me llamo Benhur Sánchez Suárez. Soy escritor y casi toda mi vida ha discurrido alrededor del libro. Esta situación especial me enorgullece, pues pocos en Colombia pueden exhibir la fortuna de una formación y una experiencia semejante. 

Empecé temprano, porque me cupo en suerte ser seleccionado para dos premios nacionales de novela en la década de los años 60, cuando no me conocían ni en mi casa. Tenía entonces 21 años. Estas figuraciones me abrieron la posibilidad de publicar mis primeros libros en las más importantes editoriales del momento en Colombia, como Plaza y Janés colombiana y la Oveja Negra. Y en el exterior en Planeta, en Barcelona, España.

Casi puedo decir que el libro ha moldeado mi vida. Porque a lo largo de cincuenta años lo he escrito, diseñado, ilustrado, publicado, divulgado y conservado. Fui director de arte de Editorial Voluntad, por ejemplo. También oficié como director editorial de Educar Editores. Las dos empresas con los textos escolares y educativos como fundamentos de su acción editorial. En ambos casos estuve cerca de la presentación artística de los libros y de la planeación y decisiones editoriales. Aprendí que ser editor es, en últimas, decidir qué debe leer la sociedad a la cual uno pertenece. Y esta es una responsabilidad muy grande y muy honrosa.

Después pasé a trabajar al departamento de publicaciones del Banco de la República. Ya avanzábamos en la década de los años 80. Un día el Banco decidió desaparecer de su estructura el departamento y fui trasladado a su área cultural. Nada menos que a una biblioteca, la Biblioteca Luís Ángel Arango, en Bogotá. Me unté de usuarios y de investigadores, me embriagué de libros en sus sótanos, donde más de un millón de volúmenes dormían el sueño de la espera. Hasta que un buen día me volvieron a trasladar, esta vez a dirigir la Biblioteca Darío Echandía, en Ibagué, en el departamento del Tolima. Ahí culminé mi vida laboral hace algunos años.

Mi ciclo del libro quedó completo porque terminé dirigiendo una biblioteca.

Pero no todo ha sido color de rosa. 

Cuando oficiaba como bibliotecario, corrían los años de la década de los 90, ya retirado de lo que significa la edición del libro y, por supuesto, desactualizado en sus detalles, descubrí que ese mundo editorial se había transformado. Y mucho. Es claro que yo había seguido escribiendo y tenía novelas, cuentos, ensayos y un sinnúmero de textos que consideraba podía compartir con un público mayor que mi familia y mis amigos o los antiguos lectores de mis primeros libros. Uno de los cambios que noté hacía referencia a la predilección de los editores por lo económico, por encima de lo literario. Su voracidad por vender productos se había vuelto casi insaciable. Y así, como cualquier principiante, comencé por ser rechazado en las editoriales para publicar mis nuevas obras o reeditar las anteriores. Me decían que estaban muy bien escritas pero que no encajaban en las políticas editoriales de sus empresas. 

Esa fue una disculpa que nunca pude entender. Sólo comencé a aterrizar cuando comprendí que para el propósito que ahora los guiaba ya no importaba la artisticidad del original, la calidad literaria del texto, sino el artificio de la moda, la banalidad del instante, el goce de lo superficial, la explotación de la noticia, entre más truculenta más impactante y con más posibilidades de ventas masivas, millonarias. 

El mundo se había globalizado y mi calle, que había transitado con orgullo, ahora era una callejuela anónima de una ciudad invisible y desproporcionada, con invasión de libros de todas latitudes. Y si antes era difícil publicar, ahora se volvía un propósito casi imposible. 

Como yo no podía quedarme con el honor de haber sido publicado con cierta profusión en años anteriores, en editoriales de renombre, tenía que buscar que mis nuevos trabajos, y por supuesto ni nombre, volvieran a ser ofrecidos en librerías para lograr la comunicación que, en últimas, busca toda literatura. 

También descubrí, por entonces, lo duro que es buscar editor y encontrar las puertas cerradas, sentir que quienes me habían conocido y ponderado mi literatura se hacían los indiferentes y no contestaban mis cartas, mis correos electrónicos ni mis llamadas telefónicas. Como yo, cientos de escritores eran presa del rechazo y del maltrato que supone la indiferencia de quienes consideramos el vehículo natural para tender el puente entre lo escrito y un público lector.

Probé con hacer un libro manual aprovechando la tecnología. Para mí era importante conocer qué respuesta había para mis nuevos textos y propuestas literarias. Y hacer libros en mi computador personal fue una experiencia maravillosa porque aquel título, Cuentos con la Mona Cha, llegó a seiscientos ejemplares distribuidos y vendidos. Seiscientos ejemplares fabricados a mano en todo su proceso. Aún me parece increíble que los haya logrado fabricar en mi casa, hasta altas horas de la noche. Sin embargo, entendí que había dado en el clavo. Frente a la globalización la alternativa era la glocalización, es decir, no era pensar en millones de ejemplares que invadieran el planeta sino en ediciones pequeñas pero efectivas que llegaran a unos lectores perfectamente localizados. Mi alegría duró poco pues hacer dos o tres títulos ya era un cuello de botella, un reto gigantesco para una sola persona.

De esa hecatombe vinieron a salvarme las llamadas editoriales independientes. En Bogotá me publicó La Serpiente emplumada, y en Ibagué, donde resido en la actualidad, Pijao Editores y Caza de Libros. Y, en verdad, siento que valió la pena haber aprendido tanto. El libro sigue siendo mi horizonte.


Ibagué, Altos de Piedrapintada

8 de diciembre de 2019




sábado, 3 de octubre de 2015

Casa de citas / Benhur Sánchez / Un encuentro de escritores

Neiva, 1974
Benhur Sánchez
UN ENCUENTRO DE ESCRITORES

"Ahora que están de moda, recuerdo uno de los primeros encuentros de escritores realizados en Colombia: Neiva, 1974. En la foto, de izquierda a derecha, Isaías Peña, Jorge Valderrama, (yo), José Ramón Mercado, Roberto Ruiz y Jairo Mercado. De los seis, tres continuamos en la brega Isaías, José Ramón y yo. Los tres restantes ya se fueron a escribir al paraíso.

Benhur Sánchez / Cosas de casa
Benhur Sánchez / Tiempos de miseria





miércoles, 30 de septiembre de 2015

Casa de citas / Benhur Sánchez / Tiempos de miseria


Benhur Sánchez
TIEMPOS DE MISERIA

Estoy esperando que pasen estos tiempos de miseria, quiero decir de elecciones, para que algunos de mis amigos se liberen de compromisos y vuelvan al afecto por el hombre, al amor por la literatura, al comentario del buen libro leído, al sosiego de la buena conversación, al comentario inteligente o a la envalentonada necesaria pero justa. 
Para que seamos humanos. Para que dejemos esas máscaras que no nos quedan bien, así sepamos que algunos las usan sólo por la supervivencia, que no cambian para nada nuestros más íntimos deseos y conocimientos.
Que pasen, y ojalá sea rápido, estos tiempos de la ofensa, del insulto y del saludo hipócrita por una X en un tarjetón que irá a parar a la basura. Como irán a parar también tantas expectativas por una mejor vida en esta tierra.
Al fin de cuentas ya sabemos que aquellos que tomarán las riendas del carro de la historia son los mismos que ya tomaron las riendas de la historia durante años y la denigraron, la barrieron torpemente con sus acciones de delincuentes con corbata, camioneta de lujo y mansión en barrios exclusivos. 
Ya sabemos, al fin de cuentas, que son los mismos que se enriquecieron detrás de sus sonrisas suficientes y ahora eructan bienestar, canas y estómago prominente para seguir de nuevo pelechando sin dignidad el camino de la gloria.
Que pasen estos tiempos en que hemos visto morir el juego de las ideas para dar paso a los negocios lucrativos por el poder, la transacción de los avales políticos, las alianzas de los avivatos, los contratos de los farsantes y esos manojos de billetes que no se sabe de dónde provienen pero los iluminan.
Que pase el espectáculo de los falsos bienhechores, de los limosneros que no dan nada y los pordioseros que no reciben sino mendrugos.
Que pasen estos días. Todos estos días pasen lo más pronto posible. Que pase todo lo que nos hiere y hace miserables, que pase como el viento que nos hace sentir como seres que vivimos un mundo extraño de importancias pasajeras y pactos efímeros. 
Que pasen estos días de feria y cupos como pago, bultos de cemento para edificar proyectos inexistentes o inconclusos, tamales que no mitigan el hambre ni eliminan la ignorancia; que pasen como ha de pasar la sequía que, como un castigo bíblico, agrega una sed más a estos tiempos de miseria.
Que vuelva el momento de la placidez, de la conversación sensata, de los proyectos que algún día servirán para dignificar al hombre en el imperio del arte y la cultura.
Que pasen estas jornadas deprimentes para no volver a estrechar una mano deshonesta sino recibir a cambio, en toda su plenitud, la sonrisa del amigo.

El Nuevo Día
Ibagué, 30 de septiembre de 2015

Benhur Sánchez / Cosas de casa


viernes, 18 de septiembre de 2015

Casa de citas / Benhur Sánchez / Cosas de casa



Benhur Sánchez
COSAS DE CASA

Estoy solo en el apartamento. Escribo asombrado el relato de Hernando Galeano sobre la madre suicida, que tengo nítido en mi mente. De pronto siento deseos de tomar un café negro para reanimarme. 
Dejo el teclado a un lado, me paro de mi escritorio y me dirijo a la cocina. Me detengo un poco a mirar en el caballete el último cuadro que crece en el lienzo, de rojos encendidos y verdes discretos, algo de un gris perdido en un fondo indescriptible y unas pinceladas de amarillo. Puede llegar a ser un buen cuadro, pienso. Luego continúo mi periplo hacia la cocina. 
Al llegar frente a la estufa me quedo paralizado y sin saber qué hacer. Miro a todos lados con desconcierto, me detengo en la alacena y termino observando los fogones como si ellos hicieran parte de otros mundos. De pronto la imagen de una madre dándole vueltas al sancocho del almuerzo o un hijo fascinado con su experimento culinario o una escena alucinada de una película fantástica. 
La verdad es que no recuerdo a qué he venido a la cocina. Hurgo en mi memoria, hago el esfuerzo de encontrar la razón de mi desplazamiento pero no logro recordar el motivo.
Entonces me digo, conciliador conmigo mismo: 
―Voy a prepararme un café mientras me acuerdo para qué vine a la cocina.