Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Philip K. Dick. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Philip K. Dick. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de agosto de 2019

Casa de citas / Philip K. Dick / La tiranía de los objetos




Philip K. Dick
BIOGRAFÍA
LA TIRANÍA DE LOS OBJETOS

Durante largo tiempo contempló al búho, que dormitaba en su rama. Mil pensamientos brotaron de su mente acerca de la guerra, de los días en que los búhos caían del cielo, muertos. Recordó que en su infancia había alcanzado a comprobar la extinción de una especie tras otra. Los periódicos anunciaban un día la desaparición de los zorros, el siguiente la de los tejones, hasta que la gente dejó por último de leer aquellos perpetuos obituarios. 

Pensó también en su necesidad de un animal verdadero. Una vez más se manifestaba el odio que le inspiraba su oveja eléctrica, que debía cuidar y atender como si estuviera viva. La tiranía de los objetos, pensó. Ella no sabe que yo existo. Como los androides, carece de la capacidad de apreciar la existencia de otro ser. Jamás había pensado antes en la semejanza entre los animales eléctricos y los andrillos. Un animal eléctrico era una forma inferior, un robot de menor calidad. O a la inversa, un androide era una versión altamente desarrollada del seudoanimal. Las dos ideas le resultaban repulsivas.

Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Edhasa, 2008, pp. 63 - 64


viernes, 2 de agosto de 2019

Casa de citas / Philip K. Dick / Puma




Philip K. Dick
BIOGRAFÍA
PUMA


Nunca en su vida había visto un puma. Conocía al animal por las películas 3-D que pasaba la televisión. Por alguna razón, el polvo había afectado a esa especie tanto como a las aves, de las que casi no quedaban sobrevivientes. Cogió automáticamente su gastado ejemplar del Sidney y buscó el puma. Los precios estaban, desde luego, en bastardilla: como en el caso de los caballos percherón, no había ninguno en el mercado, a cualquier precio. El catálogo Sidney se limitaba a reproducir la cifra de la última venta. Era astronómica. 


Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Edhasa, 2008, p. 62


jueves, 1 de agosto de 2019

Casa de citas / Philip K. Dick / Happy Dog



Philip K. Dick
BIOGRAFÍA
HAPPY DOG*

Camino de su trabajo, Rick Deckard, como sabe Dios cuántas otras personas solían hacer, se detuvo un momento ante una de las mayores tiendas de animales de San Francisco. En el centro del escaparate, a lo largo de toda la manzana, había un avestruz dentro de una caja de plástico transparente y calentada. Según la placa-informe de la caja, acababa de llegar del zoológico de Cleveland. Era el único avestruz de la Costa Oeste. Después de contemplarlo, Rick permaneció unos minutos mirando el precio con expresión sombría. Luego se dirigió hacia la Corte de Justicia de la calle Lombard, adonde llegó con un cuarto de hora de retraso. Mientras abría la puerta de su despacho, su jefe, el Inspector de Policía Harry Bryant, lo llamó. Tenía la cara roja, orejas salientes e iba vestido descuidadamente; sus ojos revelaban perspicacia y conciencia de casi todo lo que tenía importancia. 
—Lo espero a las nueve y media en el despacho de Dave Holden —el inspector hojeaba rápidamente los papeles de copia mecanografiados que llevaba sujetos a una tablilla—Holden está en el Horpital Mount Zion con una herida de láser en la columna. Tiene por lo menos para un mes, hasta que consigan una de esas nuevas secciones plásticas de columna. 
—¿Qué ocurrió? —preguntó Rick, pasmado. El día anterior el jefe de cazadores de bonificaciones del departamento estaba perfectamente. Al terminar la jornada había partido en su coche aéreo, como de costumbre, a su piso situado en Nob Hill, la populosa zona de mayor prestigio de la ciudad. 
Bryant murmuró algo por encima del hombro acerca de las nueve y media en el despacho de Dave, y abandonó a Rick. Y cuando éste entró en el suyo, escuchó la voz de su secretaria, Ann Marsten, a su espalda. 
—¿Sabe qué le ocurrió al señor Holden, señor Deckard? Le dispararon — siguió a su jefe al interior del despacho, encerrado y repleto, y puso en marcha la unidad de filtrado del aire. 
—Sí —respondió él, ausente. 
—Habrá sido uno de esos nuevos andrillos superinteligentes que está fabricando la Rosen Association —dijo la señorita Marsten—¿Ha leído el folleto de la compañía y el manual de instrucciones? El cerebro Nexus-6 que emplean tiene dos trillones de elementos y puede seleccionar diez millones de caminos neurales distintos —bajó la voz—¿No le han dicho nada de la llamada de esta mañana? La señorita Wild me contó: exactamente a las nueve. 
—¿Alguien llamó aquí? —preguntó Rick. 
—No —respondió la señorita Marsten—El señor Bryant llamó a la WPO, en Rusia, y les preguntó si estaban dispuestos a enviar una protesta formal por escrito al representante en el este de la Rosen Association. 
—¿Todavía quiere Harry que retiren del mercado la unidad cerebral Nexus¿? —no le extrañaba; desde la presentación de sus características y estudios de rendimiento en agosto de 1991, la mayoría de las agencias policiales que se ocupaban de androides fugados estaba protestando—La policía soviética no puede hacer más que nosotros —dijo; legalmente, los fabricantes del Nexus-6 estaban amparados por las disposiciones coloniales, puesto que su casa matriz estaba en Marte—Mejor sería aceptar la nueva unidad como un hecho consumado. Siempre ha ocurrido lo mismo con cada unidad cerebral mejorada. Recuerdo los aullidos de sufrimiento ciando la gente de Sudermann presentó el viejo T-14 en el 89. Todas las policías del hemisferio occidental gimieron que ningún test podía detectar su presencia en caso de entrada ilegal. Y en verdad durante un tiempo fue así. 
Más de cincuenta androides T-14, según recordaba, habían conseguido llegar a la Tierra de una u otra manera, sin ser detectados durante un año entero, en algunos casos. Pero luego el Instituto Pavlov, de la Unión Soviética, creó un test de empatía de Voigt; y ningún androide T-14, por lo que se sabía, había logrado burlarlo. 
—¿Quiere saber lo que ha dicho la policía rusa? —preguntó la señorita Marsten—También lo sé —su cara pecosa y anaranjada resplandecía. 
—Se lo preguntaré a Harry Bryant —respondió Rick, irritado. Los chismes le desagradaban porque siempre eran más precisos que la verdad. Se sentó ante su mesa y deliberadamente se puso a buscar algo en un cajón. La señorita Marsten comprendió la insinuación y se retiró. 
Rick extrajo un viejo y arrugado sobre de papel de manila. Se echó atrás en su sillón de estilo importante, y hurgó en su contenido hasta que encontró lo que buscaba: los datos existentes sobre el Nexus-6. 
Un momento de lectura justificó la afirmación de la señorita Marsten: el Nexus-6 poseía efectivamente los dos trillones de elementos, así como la posibilidad de optar entre diez millones de combinaciones de actividad cerebral. En 45 centésimas de segundo un androide equipado con esa estructura cerebral podía asumir una cualquiera entre catorce actitudes de reacción. En otras palabras, los androides con la nueva unidad cerebral Nexus-6 —desde un punto de vista pragmático y nada disparatado— sobrepasaban a una considerable porción de la humanidad, aunque fueran los del nivel inferior. Para bien o para mal. En algunos casos los criados superaban a los amos. Pero había nuevos criterios, por ejemplo el test de empatía de Voigt-Kampff. Un androide, por dotado que estuviera en cuanto a capacidad intelectual pura, no podía encontrar el menor sentido en la fusión que experimentaban rutinariamente los seguidores del Mercerismo, y que tanto él mismo como prácticamente todo el mundo, incluso los cabezas de chorlito subnormales, lograban sin dificultad. 
Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro, por qué precisamente los androides se agitaban impotentes al afrontar el test de medida de la empatía. Era obvio que la empatía sólo se encontraba en la comunidad humana, en tanto que se podía hallar cierto grado de inteligencia en todas las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente la facultad empática exigía un instinto de grupo sin cortapisas. A un organismo solitario, como una araña, de nada podía servirle. Incluso podía limitar su capacidad de supervivencia, al tornarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese caso, todos los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, como los gatos, morirían de hambre. 
En una ocasión había pensado que la empatía estaba reservada a los herbívoros o a los omnívoros capaces de prescindir de la carne. En última instancia, la empatía borraba las fronteras entre el cazador y la víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de la fusión con Mercer, todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en el abismo del mundo-tumba. Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico, aunque de doble filo. Si alguna criatura experimentaba alegría, la condición de todas las demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría, ningún otro podía eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario como el hombre podía adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o una cobra sólo podían destruirse. 
Evidentemente, el robot humanoide era un cazador solitario. 
A Rick le gustaba pensar así: su trabajo se tornaba más aceptable. Si retiraba —o sea, mataba— a un andrillo, no violaba la regla vital establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había dicho Mercer el año en que las cajas de empatía aparecieron en la Tierra. Y en el Mercerismo, a medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de los que matan, los Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un mal absoluto tironeaba el deshilachado manto del anciano que subía, vacilante; pero no se sabía quién ni qué era esa presencia maligna. Un merceriano sentía el mal sin comprenderlo. De otro modo, un merceriano era libre de situar la presencia nebulosa de los Asesinos donde le parecía más conveniente. Para Rick Deckard, un robot humanoide fugitivo, equipado con una inteligencia superior a la de muchos seres humanos, que hubiera matado a su amo, que no tuviera consideración por los animales ni fuera capaz de sentir alegría empática por el éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los Asesinos. 


Pensar en los animales le trajo el recuerdo del avestruz que había visto en la tienda. Apartó por el momento la información referente a la unidad cerebral Nexus-6, tomó una pulgada de rapé del señor Siddon, números 3 y 4, y reflexionó. Luego consultó su reloj y, viendo que tenía tiempo, cogió el videófono de su mesa y pidió a su secretaria: 
—Con la tienda de animales Happy Dog, de la calle Sutter. 
—Sí, señor —respondió la señorita Marsten, abriendo la agenda. 
No pueden pedir tanto por ese avestruz, se dijo Rick. Esperan que uno regatee, como en los viejos tiempos. 
—Happy Dog —declaró una voz masculina. En la pantalla apareció una diminuta cara feliz. Se oían chillidos de animales. 
—Ese avestruz que está en el escaparate —empezó Rick, que jugaba con su cenicero de cerámica—¿Cuál debería ser el pago inicial? 
—Un segundo —dijo el vendedor de animales, buscando bloc y bolígrafo—La tercera parte del total —reflexionó—¿Puedo preguntarle, señor, si piensa ofrecer algún animal como parte de pago?
Cautelosamente, Rick respondió: 
—Aún no lo he decidido. 
—Podríamos vender ese avestruz a treinta meses —dijo el comerciante—Con un interés muy bajo, el seis por ciento mensual. Por lo tanto, con un pago inicial razonable, las cuotas serían de... 
—Baje el precio —dijo Rick—Si le quita dos mil no habrá pago a crédito, pagaré en efectivo. —Dave Holden está fuera de juego, pensó. Eso podría significar mucho..., según la cantidad de misiones que aparezcan el mes próximo. 
—Señor —repuso el vendedor de animales—, nuestro precio está mil dólares por debajo del corriente. Consulte su Sidney. Esperaré. Deseo que vea por usted mismo que el precio es el correcto.
Dios mío, pensó Rick. Se mantiene firme. Sin embargo, por no dar su brazo a torcer, extrajo del bolsillo el Sidney plegado, y buscó Avestruz coma machohembra, joven-viejo, sano-enfermo, perfecto-con fallas, y examinó los precios. 
—Perfecto, macho, joven, sano —informó el hombre—. Treinta mil dólares —también él tenía el Sidney a la vista—Estamos exactamente mil dólares por debajo. Entonces, el pago inicial... 
—Lo pensaré —interrumpió Rick—, y volveré a llamar. 
—¿... su nombre, señor? —preguntó el vendedor vivamente. 
—Frank Merriwell —dijo Rick. 
—Y su dirección, señor Merriwell. Por si no me encontrara cuando llame... 
Inventó una dirección y colgó el videófono. Cuánto dinero, pensó. Y sin embargo, la gente los compra. Hay quien tiene esas cantidades... Cogió nuevamente el aparato y dijo con dureza: 
—Una línea exterior, señorita Marsten. Y no escuche la conversación; es confidencial —la miró severamente. 
—Sí, señor —replicó la secretaria—Puede llamar —se retiró del circuito y dejó que él enfrentara solo el mundo exterior.  
Rick llamó de memoria al número de la tienda de animales falsos donde había comprado su falsa oveja. En la pequeña pantalla apareció un hombre vestido de veterinario. 
—Doctor McRae. —Soy Deckard. ¿Cuánto vale un avestruz eléctrico? 
—Diría que algo menos de ochocientos dólares. ¿Cuándo lo quiere? Habrá que hacerlo especialmente, no tenemos muchos pedidos... 
—Lo llamaré más tarde —repuso Rick, y al mirar su reloj descubrió que eran ya las nueve y media—Hasta luego —colgó deprisa, se puso en pie y muy pronto se hallaba ante la puerta del despacho del inspector Bryant. Pasó junto a la recepcionista, atractiva, con trenzas de pelo plateado hasta la cintura, y a la secretaria del inspector, un antiguo monstruo de las ciénagas jurásicas, taimada y glacial, semejante a una aparición del mundo-tumba. Ninguna de las mujeres le habló, ni él a ellas. Abrió la puerta interior y saludó a su superior, que videofoneaba. Se sentó, con las informaciones sobre Nexus-6, que había llevado consigo, y las releyó. 
Se sentía deprimido. Y sin embargo, dado el descanso forzoso de Dave, lo natural habría sido que estuviese al menos secretamente complacido. 

*Titulo inventado para el tercer capítulo de la novela.

Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Edhasa, 2008, pp. 45 - 54


miércoles, 31 de julio de 2019

Casa de citas / Philip K. Dick / La oveja eléctrica


Philip K. Dick
BIOGRAFÍA
LA OVEJA ELÉCTRICA

Después de un apresurado desayuno —había perdido tiempo a causa de la discusión— subió vestido para salir, incluso con su Protector Genital de Plomo Mountibank, modelo Ayax, a la pradera cubierta de la azotea. Ahí “pastaba” su oveja eléctrica; por más que fuera un sofisticado objeto mecánico, ramoneaba con simulada satisfacción y engañaba al resto de los ocupantes del edificio. 
Por supuesto, también algunos de sus animales eran imitaciones electrónicas. De eso no había duda, pero él, por supuesto, jamás había curioseado al respecto, así como ellos no espiaban para descubrir el verdadero carácter de su oveja. Nada habría sido más descortés. Preguntar “¿Es auténtica su oveja?” era todavía peor que averiguar si los dientes, el pelo o los órganos internos de una persona eran genuinos. 
El aire gris de la mañana, lleno de partículas radiactivas que oscurecían el sol, ofendía su olfato. Aspiró involuntariamente la corrupción de la muerte. Bueno, eso era una descripción algo excesiva, observó mientras se dirigía hacia el sector particular de césped que poseía juntamente con el inmenso apartamento situado más abajo. La herencia de la Guerra Mundial Terminal había disminuido su poder. Los que no pudieron sobrevivir al polvo habían sido olvidados años antes; entonces el polvo, ya más débil y con sobrevivientes más fuertes, sólo podía alterar la mente y la capacidad genética. A pesar de su protector genital de plomo, era indudable que el polvo se filtraba y traía cada día —mientras no emigrara— su pequeña carga de inmundicia. Hasta ahí, los exámenes médicos mensuales confirmaban su normalidad: podía procrear dentro de los márgenes de tolerancia que la ley establecía. Pero cualquier mes el examen de los médicos del Departamento de Policía de San Francisco podía dictaminar lo contrario. Continuamente el polvo omnipresente convertía a los normales en especiales. Esa basura del correo oficial, los posters y los anuncios de TV vociferaban: “¡Emigra o degenera! ¡Elige!” Era verdad, pensó Rick mientras abría la puerta de su minúscula dehesa y se acercaba a su oveja eléctrica. Pero no puedo emigrar, se dijo, a causa de mi trabajo. 
El propietario de la parcela adyacente, su vecino Bill Barbour, lo saludó. Igual que Rick, se había vestido para ir a trabajar, y también se había detenido a ver cómo estaba su animal. 
—Mi yegua está preñada —declaró Barbour encantado, y señaló el gran ejemplar de percherón que miraba el espacio con expresión vacía—. ¿Qué me dice? 
—Que pronto tendrá usted dos caballos —respondió Rick. Ya estaba al lado de su oveja, que rumiaba con los ojos clavados en él por si le había traído avena arrollada. La presunta oveja estaba equipada con un circuito sensible a la avena, de modo que a la vista del cereal se mostraba convincentemente interesada y se acercaba.
—¿Y quién la ha preñado? —le preguntó a Barbour—. ¿El viento?
—He comprando el plasma fertilizante de mayor calidad que se puede conseguir en California —informó Barbour—. Por medio de algunos contactos internos que poseo en la Junta Ganadera del Estado. ¿Recuerda que la semana pasada vino un inspector a examinar a Judy? Están impacientes por ver el potrillo, porque ella es un animal incomparable —palmeó cariñosamente el cuello de la yegua, que inclinó la cabeza. 
—¿No ha pensado en venderla? —preguntó Rick; mucho deseaba poseer un caballo, o cualquier otro animal. Mantener una imitación era gradualmente desmoralizador, de algún modo. Y sin embargo, dada la ausencia de un animal verdadero, era socialmente necesario. Por lo cual no le quedaba otra opción que seguir como hasta entonces. Aunque él mismo no se preocupara por las apariencias, estaba su esposa. Irán se preocupaba, y mucho. 
Barbour respondió: 
—Sería inmoral. 
—Venda el potrillo, entonces. Tener dos animales es más inmoral que no tener ninguno. 
—¿Cómo? —respondió Barbour, confundido—. Mucha gente posee dos animales, o tres o cuatro y, como en el caso de Fred Washborne, el dueño de la planta procesadora de algas donde trabaja mi hermano, hasta cinco. ¿No leyó ayer en el Chronicle el artículo acerca de su pato? Parece que es el moscovy más grande y pesado de toda la Costa Oeste —sus ojos se tornaron vidriosos al imaginar semejante riqueza. El hombre caía poco a poco en trance. 
Explorando los bolsillos de su chaqueta, Rick halló su arrugado y muy leído ejemplar del suplemento de enero del Catálogo de Aves y Animales de Sidney. Buscó “potrillos” en el índice (véase Caballos, progenie), y halló el precio nacional vigente. 
—Puedo comprar un potrillo percherón en Sidney por cinco mil dólares — dijo en voz alta. 
—No —respondió Barbour—No podrá. Vuelva a mirar la lista: está en bastardilla. Eso significa que no tienen existencias de potrillos, pero eso valdrían si las hubiera. 
—¿Qué le parecería si le pagara quinientos dólares mensuales durante diez meses? —dijo Rick—. La cifra entera del catálogo. 
—Deckard —repuso compasivamente Barbour—, usted no entiende de caballos. Hay una razón para que Sidney no tenga potrillos percherón. No son animales que pasen de mano en mano, por lo menos al precio del catálogo. Son demasiado raros, incluso los relativamente inferiores —se inclinó sobre la cerca común, gesticulando—. Hace tres años que tengo a Judy: en todo ese tiempo no he visto una yegua percherón de su calidad. Para comprarla tuve que volar a Canadá, y la traje aquí personalmente para asegurarme de que no la robaran. Si anda usted con un animal como éste cerca de Wyoming o Colorado, le darán un golpe y se lo quitarán. ¿Sabe por qué? Porque antes de la Guerra Mundial Terminal había allí, literalmente, centenares. 
—Pero si usted posee dos caballos y yo ninguno —interrumpió Rick—, eso viola toda la estructura moral y teológica del Mercerismo. 
—Usted tiene su oveja, demonios. Puede seguir la Ascensión en su vida individual y, cuando coge las dos asas de la empatía, puede también acercarse honorablemente. Si no tuviera usted esa vieja ovejita, vería alguna lógica en su posición. Por supuesto, si yo poseyera dos animales y usted ninguno, le impediría fundirse verdaderamente con Mercer. Pero todas las familias de este edificio... Veamos, unas cincuenta. Una por cada tres apartamentos, calculo. Todos nosotros tenemos un animal de alguna clase. Graveson tiene esa gallina —señaló hacia el norte—. Oakes y su esposa son dueños de ese gran perro colorado que ladra por las noches —meditó—. Creo que Ed Smith tiene un gato en su apartamento, por lo menos eso dice, aunque nadie lo ha visto nunca. Quizá sea mentira. 
Rick se inclinó sobre su oveja, buscando algo entre la gruesa lana blanca (al menos los vellones eran auténticos), hasta que lo encontró: el panel de control oculto. Mientras Barbour miraba, abrió el panel. 
—¿Ve? —le dijo a Barbour—¿Comprende ahora por qué quiero su potrillo? 
Después de una pausa, Barbour respondió: 
—Lo siento mucho. ¿Siempre ha sido así? 
—No —dijo Rick, cerrando nuevamente el panel de su oveja eléctrica—. Originalmente era una oveja verdadera —se enderezó, se volvió y enfrentó a su vecino—. El padre de mi mujer nos la regaló cuando emigró. Pero hace un año la llevé al veterinario. ¿Recuerda? Usted estaba aquí esa mañana que subí y la encontré echada. No se podía poner de pie. 
—Usted la levantó —repuso Barbour, asintiendo—. Sí, consiguió levantarla; pero después de andar uno o dos minutos volvió a caer. 
—Las ovejas tienen enfermedades extrañas —dijo Rick—. O mejor dicho, las ovejas tienen una cantidad de enfermedades, pero los síntomas son siempre los mismos. El animal no se puede poner en pie y no se sabe si es sólo una torcedura, o si se va a morir de tétanos. De eso murió la mía. 
—¿Aquí? —preguntó Barbour—¿En la azotea? 
—El heno —explicó Rick—. Esa vez no arranqué todo el alambre del fardo. Dejé un trozo y Groucho —ése era su nombre— sufrió un rasguño y contrajo el tétanos. La llevé al veterinario, y allí murió; y yo reflexioné y por fin fui a una de esas tiendas que fabrican animales artificiales y les mostré una foto de Groucho. Y aquí está su obra —señaló al sucedáneo, que continuaba rumiando y aguardando, alerta, algún indicio de avena—. Es un trabajo excelente. Y le dedico tanto tiempo y atención como a la verdadera. Pero... —se encogió de hombros. 
—No es lo mismo —concluyó Barbour. 
—Es casi lo mismo. Uno se siente igual. Hay que ocuparse del animal exactamente como si fuera de verdad. Además, se descompone; y todo el mundo sabe, en la casa, que lo he llevado seis veces al taller de reparación. Pequeños inconvenientes, pero si alguien los advierte... Por ejemplo, una vez la cinta de la voz se rompió o se atascó y balaba sin cesar... Cualquiera comprende que se trata de un desperfecto mecánico. Naturalmente el camión del taller pone “Hospital de Animales Algo” —agregó—. Y el conductor viste de blanco, como un veterinario — miró de pronto su reloj—. Debo ir a trabajar. Lo veré esta noche. 
Mientras se dirigía a su vehículo, Barbour lo llamó. 
—Este... No le diré nada a nadie de la casa. 
Rick se detuvo y empezó a darle las gracias. Pero un remanente de esa desesperación a que Irán se había referido le golpeó en el hombro y respondió: 
—No sé. Quizá no haga ninguna diferencia. 
—Pero le tendrán en menos. No todos; algunos. Usted sabe cómo piensa la gente de quien no cuida un animal; consideran que eso es inmoral y antiempático. Quiero decir, técnicamente. No es un crimen, como después de la G. M. T. Pero el sentimiento perdura. 
—Por Dios —dijo Rick, gesticulando vanamente con las manos vacías—. Querría tener un animal; estoy tratando de comprar uno. Pero con mi salario, con lo que gana un funcionario municipal... —y pensó: si tan sólo volviera a tener suerte en mi trabajo, como hace dos años, cuando capturé cuatro andrillos en un mes... Si en ese momento hubiera sabido que Groucho iba a morir... Pero eso había sido antes del tétanos, antes de ese trozo de alambre puntiagudo de cinco centímetros en el fardo de heno. 
—Podría comprar un gato —sugirió Barbour—. Los gatos no son caros. Consulte su catálogo de Sidney. 
Rick respondió tranquilamente: 
—No quiero un animal doméstico. Quiero lo que tenía al comienzo, un animal grande. Una oveja, y si tengo dinero una vaca, un buey, o como usted, un caballo.
"Con la bonificación correspondiente al retiro de cinco andrillos alcanzaría", pensó. "Mil dólares por cabeza, aparte del salario. Así podría encontrar en alguna parte lo que deseo. Incluso si la mención del Animales y Aves de Sidney estuviera en bastardilla. Cinco mil dólares. Pero antes, los cinco andrillos deberían llegar a la Tierra desde alguno de los planetas-colonia. No puedo controlar eso, se dijo; no puedo hacer que los cinco vengan. Y aun si pudiera, hay otros cazadores de bonificaciones pertenecientes a otras agencias policiales de todo el mundo. Los andrillos deberían establecerse específicamente en California del Norte, y el decano de los cazadores de bonificaciones de zona, Dave Holden, debería morir o retirarse..."
—Compre un grillo —propuso ingeniosamente Barbour—. O una rata. Por veinticinco dólares puede comprar una rata adulta. 
Rick respondió: 
—Su yegua podría morir sin aviso previo, como Groucho. Cuando vuelva a su casa del trabajo, esta noche, podría encontrarla echada con las patas al aire, como un bicho. Como lo que usted ha dicho: un grillo —se alejó con la llave de su vehículo en la mano. 
—No quería ofenderlo —dijo nerviosamente Barbour. 
En silencio, Rick Deckard abrió la puerta de su coche aéreo. No tenía nada más que decir a su vecino. Su mente estaba fija en su trabajo, en el día que le aguardaba.

Philip K. Dick
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Edhasa, 2008, pp. 19 - 28



lunes, 29 de julio de 2019

Casa de citas / Emmanuel Carrère / Philip K. Dick

Philip K. Dick
Robert Crumb

Emmanuel Carrère
PHILIP K. DICK

BIOGRAFÍA

Dick es un escritor mayúsculo, comparable a Dostoievski. Lo pensaba entonces y sigo pensándolo ahora.

Emmanuel Carrère / “Vivimos en el mundo que imaginó Philip K. Dick”


Casa de citas / Emmanuel Carrère / Las novelas de Philip K. Dick



Emmanuel Carrère
LAS NOVELAS DE PHILIP K. DICK

BIOGRAFÍA

Mis favoritas, sin duda: Ubik, Los tres estigmas de Palmer Eldritch y Una mirada a la oscuridad.


Emmanuel Carrère / “Vivimos en el mundo que imaginó Philip K. Dick”

Casa de citas / Philip K. Dick / Seis novelas selectas


Philip K. Dick
Poster de T.A.

¿POR DÓNDE EMPEZAR? 

SEIS NOVELAS SELECTAS 

PARA INTRODUCIRSE 

EN EL UNIVERSO DE PHILIP K. DICK


Sobre la frágil naturaleza de la realidad y el mundo de los alucinógenos. Un auténtico viaje a las realidades múltiples que combina el gnosticismo, las máquinas como símbolo de la muerte, la intriga política y el viaje en el tiempo.

‘El hombre en el castillo’
¿Qué hubiera sucedido si los nazis y los japoneses hubieran ganado la segunda guerra mundial? Una compleja novela con varias líneas paralelas y un montón de personajes que interactúan. Para los dickheads, una obra maestra.


Novela en la que se basó, en parte, Ridley Scott para su celebrada película Blade Runner. En el fondo es una novela antirrobots sobre una fantasía paranoide acerca de las máquinas que pueden llegar a ser personas.

Una de las mejores obras sobre drogas de Philip K. Dick en una América que ha perdido la guerra contra las drogas. La profunda mirada hacia un mundo de mentes descarriadas de un hombre que tenía una gran experiencia personal sobre la cuestión.

Un clásico. Hay quien considera que su lectura tiene un efecto parecido a un trip psiquedélico. Incluye el típico material de Phil K. Dick, la paranoia, unos personajes muy logrados y una narrativa que nos lleva a una realidad muy distinta de la convencional.

‘Valis’
Bastante autobiográfica. En esta obra, Dick despliega todo su poderío filosófico y conocimientos gnósticos. Una novela difícil, pero que vale la pena abordar, intentando que no nos deje tirados en la cuneta metafísica.



sábado, 27 de julio de 2019

Casa de citas / Philip K. Dick / Dios




Philip K. Dick
Biografía
DIOS

Llamamos piadosas a las personas que hablan a Dios, y locas a aquellas a quienes Dios habla. 

La transmigración de Timothy Archer
Ed. Edhasa, Barcelona, 1984, p. 113