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lunes, 16 de junio de 2025

Casa de citas / Juan Rulfo / Pedro Páramo

 

Foto de Juan Rulfo


Juan Rulfo
SOBRE PEDRO PÁRAMO

“La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en todas partes. No son temas nuevos el amor, la muerte, la injusticia, el sufrimiento, que están sugeridos en Pedro Páramo. Me han dicho que es ‘una novela de amor a los desamparados’. Yo no sé. Yo narro la búsqueda de un padre, como una esperanza. Como quien busca su infancia y trata de recuperar sus mejores días, y en esa búsqueda no encuentra sino decepción y desengaño. Y al final se derrumba su esperanza ‘como un montón de piedras’.



viernes, 7 de enero de 2022

Juan Rulfo / Susana San Juan


Juan Rulfo



Juan Rulfo
SUSANA SAN JUAN


Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?


***


Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimidos mis labios...


***


Me gustas más en las noches, cuando estamos los

dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.


***


Y lo que quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos: estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos.


Juan Rulfo
Pedro Páramo


martes, 14 de septiembre de 2021

Borges / Juan Rulfo / Una conversación

Jorge Luis Borges y Juan Rulfo
México, 1973


Borges & Juan Rulfo
UNA CONVERSACIÓN

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.

RULFO: ¿Cómo así?

BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

RULFO: Así ya me puedo morir en serio.






jueves, 9 de mayo de 2019

Casa de citas / La ausencia de Susana San Juan


Juan Rulfo
LA AUSENCIA DE SUSANA SAN JUAN

     Pedro Páramo estaba sentado en un viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media Luna, poco antes de que se fuera la última sombra de la noche. Estaba solo, quizá desde hacía tres horas. No dormía. Se había olvidado del sueño y del tiempo: “Los viejos dormimos poco, casi nunca. A veces apenas si dormitamos; pero sin dejar de pensar. Eso es lo único que me queda por hacer.” Después añadió en voz alta: “No tarda ya. No tarda.”
      Y siguió: “Hace mucho tiempo que te fuiste, Susana. La Luz era igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay ahora. Era el mismo momento. Yo aquí, junto a la puerta mirando el amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo; por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez más desteñida entre las sombras de la tierra.
      “Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire sus últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: ‘­¡Regresa, Susana!’”
      Pedro Páramo siguió moviendo los labios, susurrando palabras. Después cerró la boca y entreabrió los ojos, en los que se reflejó la débil claridad del amanecer.
      Amanecía.



Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, p. 112

miércoles, 8 de mayo de 2019

Casa de citas / Juan Rulfo / Mujeres y ventana




Juan Rulfo
MUJERES Y VENTANA

—¿Ve usted aquella ventana, doña Fausta, allá en la Media Luna, donde siempre ha estado prendida la luz?

      —No, Ángeles. No veo ninguna ventana.
      —Es que ahorita se ha quedado a oscuras. ¿No estará pasando algo malo en la Media Luna? Hace más de tres años que está aluzada esa ventana, noche tras noche. Dicen los que han estado allí que es el cuarto donde habita la mujer de Pedro Páramo, una pobrecita loca que le tiene miedo a la oscuridad. Y mire: ahora mismo se ha apagado la luz. ¿No será un mal suceso?
      —Tal vez haya muerto. Estaba muy enferma. Dicen que ya no conocía a la gente, y dizque hablaba sola. Buen castigo ha de haber soportado Pedro Páramo casándose con esa mujer.
      —Pobre del señor don Pedro.
      —No, Fausta. Él se lo merece. Eso y más.
      —Mire, la ventana sigue a oscuras.
      —Ya deje tranquila esa ventana y vámonos a dormir, que es muy noche para que este par de viejas andemos sueltas por la calle.
      Y las dos mujeres, que salían de la iglesia muy cerca de las once de la noche, se perdieron bajo los arcos del portal, mirando cómo la sombra de un hombre cruzaba la plaza en dirección de la Media Luna.
      —Oiga, doña Fausta, ¿no se le figura que el señor que va allí es el doctor Valencia?
      —Así parece, aunque estoy tan cegatona que no lo podría reconocer.
      —Acuérdese que siempre viste pantalones blancos y saco negro. Yo le apuesto a que está aconteciendo algo malo en la Media Luna. Y mire lo recio que va, como si lo correteara la prisa.
      —Con tal de que no sea de verdad una cosa grave. Me dan ganas de regresar y decirle al padre Rentería que se dé una vuelta por allá, no vaya a resultar que esa infeliz muera sin confesión.
      —Ni lo piense, Ángeles. Ni lo quiera Dios. Después de todo lo que ha sufrido en este mundo, nadie desearía que se fuera sin los auxilios espirituales, y que siguiera penando en la otra vida. Aunque dicen los zahorinos que a los locos no les vale la confesión, y aun cuando tengan el alma impura son inocentes. Eso sólo Dios lo sabe... Mire usted, ya se ha vuelto a prender la luz en la ventana. Ojalá todo salga bien. Imagínese en qué pararía el trabajo que nos hemos tomado todos estos días para arreglar la iglesia y que luzca bonita ahora para la Natividad, si alguien se muere en esa casa. Con el poder que tiene don Pedro, nos desbarataría la función en un santiamén.
      —A usted siempre se le ocurre lo peor, doña Fausta. Mejor haga lo que yo: encomiéndelo todo a la Divina Providencia. Récele un Ave María a la Virgen y estoy segura que nada va a pasar de hoy a mañana. Ya después, que se haga la voluntad de Dios, al fin y al cabo, ella no debe estar tan contenta en esta vida.
      —Créame, Ángeles, que usted siempre me repone el ánimo.Voy a dormir llevándome al sueño estos pensamientos. Dicen que los pensamientos de los sueños van derecho al cielo. Ojalá que los míos alcancen esa altura. Nos veremos mañana.
      —Hasta mañana, Fausta.
      Las dos viejas, puerta de por medio, se metieron en sus casas. El silencio volvió a cerrar la noche sobre el pueblo.


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, pp. 115-117






martes, 7 de mayo de 2019

Casa de citas / Juan Rulfo / Florencio y la muerte



Juan Rulfo
FLORENCIO Y LA MUERTE
1
—¿Qué es lo que dice Juan Preciado?
      —Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan. Dice que él mordía los pies diciéndole que eran como pan dorado en el horno. Que dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda; sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido.Pero que le había dolido más su muerte. Eso dice.
      —¿A quién se refiere?
      —A alguien que murió antes que ella, seguramente.
      —¿Pero quién pudo ser?
      —No sé. Dice que en la noche en la cual él tardó en venir sintió que había regresado ya muy noche, quizá de madrugada. Lo notó apenas, porque sus pies, que habían estado solos y fríos, parecieron envolverse en algo; que alguien los envolvía en algo y les da calor. Cuando despertó los encontró liados en un periódico que ella había estado leyendo mientras lo esperaba y que había dejado caer al suelo cuando ya no pudo soportar el sueño. Y que allí estaban sus pies envueltos en periódico cuando vinieron a decirle que él había muerto.
      —Se ha de haber roto el cajón donde la enterraron, porque oye como un crujir de tablas.
      —Sí, yo también lo oigo.


2

     —Esa noche volvieron a sucederse los sueños ¿Porqué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Porqué no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?
      —Florencio ha muerto, señora.
      —¡Qué largo era aquel hombre! ¡Qué alto! Y su voz era dura. Seca como la tierra más seca. Y su figura era borrosa, ¿O se hizo borrosa después?, como si entre ella y él se interpusiera la lluvia. “¿Qué había dicho? ¿Florencio? ¿De cuál Florencio hablaba? ¿del mío? ¡Oh!, porqué no lloré y me anegué entonces en lágrimas para enjuagar mi angustia. ¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y yo lo que quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré de mis doloridos labios?”
      Mientras Susana San Juan se revolvía inquieta, de pie, junto a la puerta, Pedro Páramo la miraba y contaba los segundos de aquel nuevo sueño que ya duraba mucho. El aceite de la lámpara chisporreaba y la llama hacía cada vez más débil su parpadeo. Pronto se apagaría.
      Si al menos fuera dolor lo que sintiera ella, y no esos sueños sin sosiego, esos interminables y agotadores sueños, él podría buscarle algún consuelo. Así pensaba Pedro Páramo, fija la vista en Susana San Juan, siguiendo cada uno de sus movimientos. ¿Qué sucedería si ella también se apagara cuando se apagara la llama de aquélla débil luz con que él la veía?
      Después salió cerrando la puerta sin hacer ruido. Afuera el limpio aire de la noche despegó de Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan.
      Ella despertó un poco antes del amanecer. Sudorosa tiró al suelo las pesadas cobijas y se deshizo hasta el calor de las sábanas. Entonces su cuerpo se quedó desnudo, refrescado por el viento de la madrugada. Suspiró y luego volvió a quedarse dormida.
      Así fue como la encontró horas después el padre Rentería; desnuda y dormida.

3


En el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad.

      —¿Verdad que la noche está llena de pecados, Justina?
      —Sí, Susana.
      —¿Y es verdad?
      —Debe serlo, Susana.
      —¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?
      —No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suerte no es tan grande como la tuya.
      —Te asombrarías. Te digo que te asombrarías de oír lo que yo oigo.
      Justina siguió poniendo orden en el cuarto. Repasó una y otra vez la jerga sobre los tablones húmedos del piso. Limpió el agua del florero roto. Recogió las flores. Puso los vidrios en el balde lleno de agua.
      —¿Cuántos pájaros has matado en tu vida, Justina?
      —Muchos, Susana.
      —¿Y no has sentido tristeza?
      —Sí, Susana.
      —Entonces, ¿qué esperas para morirte?
      —La muerte, Susana.
      —Si es nada más eso, ya vendrá. No te preocupes.
      Susana San Juan estaba incorporada sobre sus almohadas. Los ojos inquietos, mirando hacia todos lados. Las manos sobre el vientre, prendidas a su vientre como una concha protectora. Había ligeros zumbidos que cruzaban como alas por encima de su cabeza. Y el ruido de las poleas en la noria. El rumor que hace la gente al despertar.
      —¿Tú crees en el infierno, Justina?
      —Sí, Susana. Y también en el cielo.
      —Yo sólo creo en el infierno —dijo. Y cerró los ojos.
      Cuando salió Justina del cuarto, Susana San Juan estaba nuevamente dormida y afuera chisporroteaba el sol. Se encontró con Pedro Páramo en el camino.
      —¿Cómo está la señora?
      —Mal —le dijo agachando la cabeza.
      —¿Se queja?
      —No, señor, no se queja de nada; pero dicen que los muertos ya no se quejan. La señora está perdida para todos.
      —¿No ha venido el padre Rentería a verla?
      —Anoche vino y la confesó. Hoy debía de haber comulgado, pero no debe estar en gracia porque el padre Rentería no le ha traído la comunión. Dijo que lo haría a hora temprana, y ya ve usted, el sol ya está aquí y no ha venido. No debe estar en gracia.
      —¿En gracia de quién?
      —De Dios, señor.
      —No seas tonta, Justina.
      —Como usted lo diga, señor.
      Pedro Páramo abrió la puerta y se estuvo junto a ella, dejando que un rayo de luz cayera sobre Susana San Juan. Vio sus ojos apretados como cuando se siente un dolor interno; la boca humedecida, entreabierta y las sábanas siendo recorridas por manos inconscientes hasta mostrar la desnudez de su cuerpo, que comenzó a retorcerse en convulsiones.
      Recorrió el pequeño espacio que lo separaba de la cama y cubrió el cuerpo desnudo, que siguió debatiéndose como un gusano en espasmos cada vez más violentos. Se acercó a su oído y le habló: “¡Susana!”, y volvió a repetir: “¡Susana!”
      Se abrió la puerta y entró el padre Rentería en silencio, moviendo brevemente los labios:
      —Te voy a dar la comunión, hija mía.
      Esperó a que Pedro Páramo la levantara recostándola contra el respaldo de la cama. Susana San Juan semidormida estiró la lengua y se tragó la hostia. Después dijo: “Hemos pasado un rato muy feliz, Florencio.” Y se volvió a hundir entre la sepultura de sus sábanas.

4


—Tengo la boca llena de tierra.

      —Sí, padre.
      —No digas: “Sí, padre”. Repite conmigo lo que yo vaya diciendo.
      —¿Qué va usted a decirme? ¿Me va a confesar otra vez? ¿Por qué otra vez?
      —Ésta no será una confesión, Susana. Sólo vine a platicar contigo. A prepararte para la muerte.
      —¿Ya me voy a morir?
      —Sí, hija.
      —¿Por qué entonces no me deja en paz? Tengo ganas de descansar. Le han de haber encargado que viniera a quitarme el sueño. Que se estuviera aquí conmigo hasta que se me fuera el sueño. ¿Qué haré después para encontrarlo? Nada, padre. ¿Por qué mejor no se va y me deja tranquila?
      —Te dejaré en paz, Susana. Conforme vayas repitiendo las palabras que yo diga, te irás quedando dormida. Sentirás como si tú misma te arrullaras. Y ya que te duermas nadie te despertará... Nunca volverás a despertar.
      —Está bien, padre. Haré lo que usted diga.
      El padre Rentería, sentado en la orilla de la cama, puestas las manos sobre los hombros de Susana San Juan, con su boca casi pegada a la oreja de ella para no hablar fuerte, encajaba secretamente cada una de sus palabras: “Tengo la boca llena de tierra”. Luego se detuvo. Trató de ver si los labios de ella se movían. Y los vio balbucir, aunque sin dejar salir ningún sonido.
      “Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimiendo mis labios...”
      Se detuvo también. Miró de reojo al padre Rentería y lo vio lejos, como si estuviera detrás de un vidrio empañado. Luego volvió a oír la voz calentando su oído:
      —Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar... Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada...
      Le extrañaba la quietud de Susana San Juan. Hubiera querido adivinar sus pensamientos y ver la batalla de aquel corazón por rechazar las imágenes que él estaba sembrando dentro de ella. Le miró los ojos y ella le devolvió la mirada. Y le pareció ver como si sus labios forzaran una sonrisa.
      —Aún falta más. La visión de Dios. La luz suave de su cielo infinito. El gozo de los querubines y el canto de los serafines. La alegría de los ojos de Dios, última y fugaz visión de los condenados a la pena eterna. Y no sólo eso, sino todo conjugado con un dolor terrenal. El tuétano de nuestros huesos convertido en lumbre y las venas de nuestra sangre en hilos de fuego, haciéndonos dar reparos de increíble dolor, no menguando nunca, atizado siempre por la ira del Señor.
      “Él me cobijaba entre sus brazos. Me daba amor.”
      El padre Rentería repasó con la vista las figuras que estaban alrededor de él, esperando el último momento. Cerca de la puerta, Pedro Páramo aguardaba con los brazos cruzados; en seguida, el doctor Valencia, y junto a ellos otros señores. Más allá, en las sombras, un puño de mujeres a las que se les hacía tarde para comenzar a rezar la oración de difuntos.
      Tuvo intenciones de levantarse. Dar los santos óleos a la enferma y decir: “He terminado.” Pero no, no había terminado todavía. No podía entregar los sacramentos a una mujer sin conocer la medida de su arrepentimiento.
      Le entraron dudas. Quizá ella no tenía nada de que arrepentirse. Tal vez él no tenía nada de que perdonarla. Se inclinó nuevamente sobre ella y, sacudiéndole los hombros, le dijo en voz baja:
      —Vas a ir a la presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para los pecadores.
      Luego se acercó otra vez a su oído; pero ella sacudió la cabeza:
      —¡Ya váyase, padre! No se mortifique por mí. Estoy tranquila y tengo mucho sueño.
      Se oyó el sollozo de una de las mujeres escondidas en la sombra.
      Entonces Susana San Juan pareció recobrar vida. Se alzó en la cama y dijo:
      —¡Justina, hazme el favor de irte a llorar a otra parte!
      Después sintió que la cabeza se le clavaba en el vientre. Trató de separar el vientre de su cabeza; de hacer a un lado aquel vientre que le apretaba los ojos y le cortaba la respiración; pero cada vez se volcaba más como si se hundiera en la noche.


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, pp. 103-105, 113-115, 117-119


lunes, 6 de mayo de 2019

Casa de citas / Noticias de Susana San Juan



Juan Rulfo
NOTICIAS DE SUSANA SAN JUAN


1
Fue Fulgor Sedano quien le dijo:
      —Patrón, ¿sabe quién anda por aquí?
      —¿Quién?
      —Bartolomé San Juan.
      —¿Y eso?
      —Eso es lo que yo me pregunto. ¿Qué vendrá a hacer?
      —¿No lo has investigado?
      —No. Vale decirlo. Y es que no ha buscado casa. Llegó directamente a la antigua casa de usted. Allí desmontó y apeó sus maletas, como si usted de antemano se la hubiera alquilado. Al menos le vi esa seguridad.
      —¿Y qué haces tú, Fulgor, que no averiguas lo que pasa? ¿No estás para eso?
      —Me desorienté un poco por lo que le dije. Pero mañana aclararé las cosas si usted lo cree necesario.
      —Lo de mañana déjamelo a mí. Yo me encargo de ellos. ¿Han venido los dos?
      —Sí, él y su mujer. ¿Pero cómo lo sabe?
      —¿No será su hija?
      —Pues por el modo como la trata más bien parece su mujer.
      —Vete a dormir, Fulgor.
      —Si usted me lo permite.
2

“Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo. No solamente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir de modo que no nos quedara ningún deseo, sólo el tuyo, el deseo de ti. ¿Cuántas veces invité a tu padre a que viniera a vivir aquí nuevamente, diciéndole que yo lo necesitaba? Lo hice hasta con engaños.
      “Le ofrecí nombrarlo administrador, con tal de volverte a ver. ¿Y qué me contestó? ‘No hay respuesta —me decía siempre el mandadero—. El señor don Bartolomé rompe sus cartas cuando yo se las entrego’. Pero por el muchacho supe que te habías casado y pronto me enteré que te habías quedado viuda y le hacías otra vez compañía a tu padre.”
      Luego el silencio.
      “El mandadero iba y venía y siempre regresaba diciéndome:
      “—No los encuentro, don Pedro. Me dicen que salieron de Mascota. Y unos me dicen que para acá y otros que para allá.
      “Y yo:
      “—No repares en gastos, búscalos. Ni que se los haya tragado la tierra.
      “Hasta que un día vino y me dijo:
      “—He repasado toda la sierra indagando el rincón donde se esconde don Bartolomé San Juan, hasta que he dado con él, allá, perdido en un agujero de los montes, viviendo en una covacha hecha de troncos, en el mero lugar donde están las minas abandonadas de La Andrómeda.
      “Ya para entonces soplaban vientos raros. Se decía que había gente levantada en armas. Nos llegaban rumores. Eso fue lo que aventó a tu padre por aquí. No por él, según me dijo en su carta, sino por tu seguridad, quería traerte a algún lugar viviente.
      “Sentí que se abría el cielo. Tuve ánimos de correr hacia ti. De rodearte de alegría. De llorar. Y lloré, Susana, cuando supe que al fin regresarías.”

3

      —Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Éste es uno de esos pueblos, Susana.


      “Allá, de donde venimos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas: nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado todo de desdicha.

      “Él nos ha pedido que volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podemos necesitar. Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no tendremos salvación ninguna. Lo presiento.

      “¿Sabes qué me ha pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba que esto que nos daba no era gratuito. Y estaba dispuesto a que se cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar de algún modo. Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y le hice ver que aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes que me contestó? ‘No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a su hija. Ese ha sido su mejor trabajo.’

      “Así que te quiere a ti , Susana. Dicen que jugabas con él cuando eran niños. Que ya te conoce. Que llegaron a bañarse juntos en el río cuando eran niños. Yo no lo supe; de haberlo sabido te habría matado a cintarazos.”

      —No lo dudo.
      —¿Fuiste tú la que dijiste: no lo dudo?
      —Yo lo dije.
      —¿De manera que estás dispuesta a acostarte con él?
      —Sí, Bartolomé.
      —¿No sabes que es casado y que ha tenido infinidad de mujeres?
      —Sí, Bartolomé.
      —No me digas Bartolomé. ¡Soy tu padre!
      Bartolomé San Juan, un minero muerto. Susana San Juan, hija de un minero muerto en las minas de La Andrómeda. Veía claro. “Tendré que ir allá a morir”, pensó. Luego dijo:
      —Le he dicho que tú, aunque viuda, sigues viviendo con tu marido, o al menos así te comportas; he tratado de disuadirlo, pero se le hace torva la mirada cuando yo le hablo, y en cuanto sale a relucir tu nombre, cierra los ojos. Es, según yo sé, la pura maldad. Eso es Pedro Páramo.
      —¿Y yo quién soy?
      —Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé San Juan.
      En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar las ideas, primero lentamente, luego se detuvieron, para después echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a decir:
      —No es cierto. No es cierto.
      —Este mundo que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Porqué se nos ha podrido el alma? Tu madre decía que cuando menos nos queda la caridad de Dios. Y tú la niegas, Susana. ¿Porqué me niegas a mí como tu padre? ¿Estás loca?
      —¿No lo sabías?
      —¿Estás loca?
      —Claro que sí, Bartolomé. ¿No lo sabías?


4



      —¿Sabías, Fulgor, que ésa es la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra? Llegué a creer que la había perdido para siempre. Pero ahora no tengo ganas de volverla a perder. ¿Tú me entiendes, Fulgor? Dile a su padre que vaya a seguir explotando sus minas. Y allá... me imagino que será fácil desaparecer al viejo en aquellas regiones adonde nadie va nunca... ¿No lo crees?

      —Puede ser.

      —Necesitamos que sea. Ella tiene que quedarse huérfana. Estamos obligados a amparar a alguien ¿No crees tú?

      —No lo veo difícil.

      —Entonces andando Fulgor, andando.
      —¿Y si ella lo llega a saber?
      —¿Quién se lo dirá? A ver, dime, aquí entre nosotros dos, ¿quién se lo dirá?
      —Estoy seguro que nadie.
      —Quítale el “estoy seguro que”. Quítaselo desde ahorita y ya verás como todo sale bien. Acuérdate del trabajo que dio dar con La Andrómeda. Mándalo para allá a seguir trabajando. Que vaya y vuelva. Nada de que se le ocurra acarrerar con la hija. Ésa aquí se la cuidamos. Allá estará su trabajo y aquí su casa adonde venga a reconocer. Díselo así, Fulgor.
      —Me vuelve a gustar como acciona usted, patrón, como que se le están rejuveneciendo los ánimos.


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, pp. 85-89

domingo, 5 de mayo de 2019

Casa de citas / Juan Rulfo / En el mar sólo me sé bañar desnuda


Sea Dance
Zena Holloway

Juan Rulfo
EN EL MAR SÓLO ME SÉ BAÑAR DESNUDA

 “Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, desdobladas las piernas a la brisa del mar. Y el mar allí enfrente, lejano, dejando apenas restos de espuma en mis pies al subir de su marea...”
      —Ahora sí es ella la que habla, Juan Preciado. No se te olvide decirme lo que dice.
      “... Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas.
      “—En el mar sólo me sé bañar desnuda —le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente al salir del mar. No había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen ‘picos feos’, que gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen. Él me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo allí.
      “—Es como si fuera un ‘pico feo’, uno más entre todos —me dijo—. Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.
      “Y se fue.
      “Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo con él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.”
      “—Me gusta bañarme en el mar —le dije.
      “Pero él no comprende.
      “Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome en sus olas.”


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, pp. 99-100

sábado, 4 de mayo de 2019

Casa de citas / Juan Rulfo / Damiana Cisneros


Pablo Picasso


Juan Rulfo
DAMIANA CISNEROS

 Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso. Estuvo un rato allí desfigurada, sin dar ninguna luz, y después fue a esconderse detrás de los cerros.
      Lejos, perdido en la oscuridad, se oía el bramido de los toros.
      “Esos animales nunca duermen —dijo Damiana Cisneros—. Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre anda buscando almas para llevárselas al infierno.” Se dio vuelta a la cama, acercando la cara a la pared. Entonces oyó los golpes.
      Detuvo la respiración y abrió los ojos. Volvió a oír tres golpes secos, como si alguien tocara con los nudos de la mano en la pared. No aquí, junto a ella, sino más lejos; pero en la misma pared.
      “¡Válgame! Si no serán los tres toques de San Pascual Bailón, que viene a avisarle a algún devoto suyo que ha llegado la hora de su muerte.”
      Y como ella había perdido el novenario desde hacía tiempo, a causa de sus reumas, no se preocupó; pero le entró miedo y, más que miedo, curiosidad.
      Se levantó del catre sin hacer ruido y se asomó a la ventana.
      Los campos estaban negros. Sin embargo, lo conocía tan bien, que vio cuando el cuerpo enorme de Pedro Páramo se columpiaba sobre la ventana de la chacha Margarita.
      —¡Ah, qué don Pedro! —dijo Damiana—. No se le quita lo gatero. Lo que no entiendo es por qué le gusta hacer las cosas tan a escondidas; con habérmelo avisado, yo le hubiera dicho a la Margarita que el patrón la necesita para esta noche, y él no hubiera tenido ni la molestia de levantarse de su cama.
      Cerró la ventana al oír el bramido de los toros. Se echó, sobre el catre cobijándose hasta las orejas, y luego se puso a pensar en lo que le estaría pasando a la chacha Margarita.
      Más tarde tuvo que quitarse el camisón porque la noche comenzó a ponerse calurosa...
      —¡Damiana! —oyó.
      Entonces ella era muchacha.
      —¡Ábreme la puerta Damiana!
      Le temblaba el corazón como si fuera un sapo brincándole entre las costillas.
      —Pero ¿para qué, patrón?
      —¡Ábreme, Damiana!
      —Pero si ya estoy dormida, patrón.
      Después sintió que don Pedro se iba por los largos corredores, dando aquellos zapatazos que sabía dar cuando estaba corajudo.
      A la noche siguiente, ella, para evitar el disgusto, dejó la puerta entornada y hasta se desnudó para que él no encontrara dificultades.
      Pero Pedro Páramo jamás regresó con ella.
      Por eso ahora, cuando era la caporala de todas las sirvientas de la Media Luna, por haberse dado a respetar, ahora, que estaba ya vieja, todavía pensaba en aquella noche cuando el patrón le dijo: “­¡Ábreme la puerta Damiana!”
      Y se acostó pensando en lo feliz que sería a estas horas la chacha Margarita.
      Después volvió a oír otros golpes; pero contra la puerta grande, como si la estuvieran aporreando a culatazos.
      Otra vez abrió la ventana y se asomó a la noche. No veía nada; aunque le pareció que la tierra estaba llena de hervores, como cuando ha llovido y se enchina de gusanos. Sentía que se levantaba algo así como el calor de muchos hombres. Oyó el croar de las ranas; los grillos; la noche quieta del tiempo de aguas. Luego volvió a oír los culatazos aporreando la puerta.
      Una lámpara regó su luz sobre la cara de algunos hombres. Después se apagó.
      “Son cosas que a mí no me interesan”, dijo Damiana Cisneros, y cerró la ventana.


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, pp. 109-111


martes, 30 de abril de 2019

Casa de citas / Juan Rulfo / Mi alma



Juan Rulfo
MI ALMA

Debe andar vagando por la tierra como tantas otras; buscando vivos que recen por ella. Tal vez me odie por el mal trato que le di; pero eso ya no me preocupa. He descansado del vicio de sus remordimientos. Me amargaba hasta lo poco que comía, y me hacía insoportables las noches llenándomelas de pensamientos intranquilos con figuras de condenados y cosas de ésas. Cuando me senté a morir, ella me rogó que me levantara y que siguiera arrastrando la vida, como si esperara todavía algún milagro que me limpiara de culpas. Ni siquiera hice el intento: “Aquí se acaba el camino —le dije—. Ya no me quedan fuerzas para más.” Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, p.61


lunes, 29 de abril de 2019

Casa de citas / Juan Rulfo / El gato



Juan Rulfo
EL GATO

1

Sobre los campos del valle de Comala está cayendo la lluvia. Una lluvia menuda, extraña para estas tierras que sólo saben de aguaceros. Es domingo. De Apango han bajado los indios con sus rosarios de manzanillas, su romero, sus manojos de tomillo. No han traído ocote porque el ocote está mojado, y ni tierra de encino porque también está mojada por el mucho llover. Tienden sus yerbas en el suelo, bajo los arcos del portal, y esperan.

      La lluvia sigue cayendo sobre los charcos.
      Entre surcos, donde está naciendo el maíz, corre el agua en ríos. Los hombres no han venido hoy al mercado, ocupados en romper sus surcos para que el agua busque nuevos cauces y no arrastre la milpa tierna. Andan en grupos, navegando en la tierra anegada, bajo la lluvia, quebrando con sus palas los blandos terrones, ligando con sus manos la milpa y tratando de protegerla para que crezca sin trabajo.
      Los indios esperan. Sienten que es un mal día. Quizá por eso tiemblan debajo de sus mojados gabanes de paja; no de frío, sino de temor. Y miran la lluvia desmenuzada y al cielo, que no suelta sus nubes.
      Nadie viene. El pueblo parece estar solo. La mujer les encargó un poco de hilo de remiendo y algo de azúcar, y de ser posible y de haber, un cedazo para colar el atole. El gabán se les hace pesado de humedad conforme se acerca el mediodía. Platican, se cuentan chistes y sueltan la risa. Las manzanillas brillan salpicadas por el rocío. Piensan: “Si al menos hubiéramos traído tantito pulque, no importaría; pero el cogollo de los magueyes está hecho un mar de agua. En fin, qué se le va a hacer.”
      Justina Díaz, cubierta con paraguas, venía por la calle derecha que viene de la Media Luna, rodeando los chorros que borbotaban sobre las banquetas. Hizo la señal de la cruz y se persignó al pasar por la puerta de la iglesia mayor. Entró en el portal. Los indios voltearon a verla. Vio la mirada de todos como si la escudriñaran. Se detuvo en el primer puesto, compró diez centavos de hojas de romero, y regresó, seguida por las miradas en hilera de aquel montón de indios.
      “Lo caro que está todo en este tiempo —dijo, al tomar de nuevo el camino hacia la Media Luna—. Este triste ramito de romero por diez centavos. No alcanzará ni siquiera para dar olor.”
      Los indios levantaron su puestos al oscurecer. Entraron en la lluvia con sus pesados tercios a la espalda; pasaron por la iglesia para rezarle a la Virgen, dejándole un manojo de tomillo de limosna. Luego enderezaron hacia Apango, de donde habían venido. “Ahi será otro día”, dijeron. Y por el camino iban contándose chistes y soltando la risa.
      Justina Díaz entró en el dormitorio de Susana San Juan y puso el romero sobre la repisa. Las cortinas cerradas impedían el paso de la luz, así que en aquella oscuridad sólo veía las sombras, sólo adivinaba. Supuso que Susana San Juan estaría dormida; ella deseaba que siempre estuviera dormida. Las sintió así y se alegró. Pero entonces oyó un suspiro lejano, como salido de algún rincón de aquella pieza oscura.
      —¡Justina! —le dijeron.
      Ella volvió la cabeza. No vio a nadie; pero sintió una mano sobre su hombro y la respiración de sus oídos. La voz en secreto: “Vete de aquí, Justina. Arregla tus enseres y vete. Ya no te necesitamos.”
      —Ella sí me necesita —dijo, enderezando el cuerpo—. Está enferma y me necesita.
      —Ya no, Justina. Yo me quedaré aquí a cuidarla.
      —¿Es usted, don Bartolomé? —y no esperó la respuesta. Lanzó aquel grito que bajó hasta los hombres y las mujeres que regresaban de los campos y que los hizo decir: “Parece ser un aullido humano; pero no parece ser de ningún ser humano.”
      La lluvia amortigua los ruidos. Se sigue oyendo aún después de todo, granizando sus gotas, hilvanando el hilo de la vida.
      —¿Qué te pasa, Justina? ¿Por qué gritas? —preguntó Susana San Juan.
      —Yo no he gritado, Susana. Has de haber estado soñando.
      —Ya te he dicho que yo no sueño nunca. No tienes consideración de mí. Estoy muy desvelada. Anoche no echaste fuera al gato y no me dejó dormir.
      —Durmió conmigo, entre mis piernas. Estaba ensopado y por lástima lo dejé quedarse en mi cama; pero no hizo ruido.
      —No, ruido ni hizo. Sólo se la pasó haciendo circo, brincando de mis pies a mi cabeza, y maullando quedito como si tuviera hambre.
      —Le di bien de comer y no se despegó de mí en toda la noche. Estás otra vez soñando mentiras, Susana.
      —Te digo que pasó la noche asustándome con sus brincos. Y aunque sea muy cariñoso tu gato, no lo quiero cuando estoy dormida.
      —Ves visiones, Susana.Eso es lo que pasa. Cuando venga Pedro Páramo le diré que ya no te aguanto. Le diré que me voy. No faltará gente buena que me dé trabajo. No todos son maniáticos como tú, ni se viven mortificándola a una como tú. Mañana me iré y me llevaré al gato y te quedarás tranquila.
      —No te irás de aquí, maldita y condenada Justina. No te irás a ninguna parte porque nunca encontrarás quien te quiera como yo.
      —No, no me iré, Susana. No me iré. Bien sabes que estoy aquí para cuidarte. No importa que me hagas renegar, te cuidaré siempre.
      La había cuidado desde que nació . La había tenido entre sus brazos. La había enseñado a andar. A dar esos pasos que a ella le parecían eternos. Había visto crecer su boca y sus ojos “como de dulce”. “El dulce de menta es azul. Amarillo y azul. Verde y Azul. Revuelto con menta y yerbabuena.” Le mordía las piernas. La entretenía dándole de mamar sus senos, que no tenían nada, que eran como de juguete. “Juega —le decía—, juega con este juguetito tuyo.” La hubiera apachurrado y hecho pedazos.
      Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hojas de los plátanos, se sentía como si el agua hirviera sobre el agua estancada en la tierra.
      Las sábanas estaban frías de humedad. Los caños borbotaban, hacían espuma, cansados de trabajar durante el día, durante la noche, durante el día. El agua seguía corriendo, diluviando en incesantes burbujas.

2

      Era la medianoche y allá afuera el ruido del agua apagaba todos los sonidos.
      Susana San Juan se levantó despacio. Enderezó el cuerpo lentamente y se alejó de la cama. Allí estaba otra vez el peso, en sus pies, caminando por la orilla de su cuerpo; tratando de encontrarle la cara:
      —¿Eres tú, Bartolomé? —preguntó.
      Le pareció oír rechinar la puerta, como cuando alguien entraba o salía. Y después sólo la lluvia, intermitente, fría, rodando sobre las hojas de los plátanos, hirviendo en su propio hervor.
      Se durmió y no despertó hasta que la luz alumbró los ladrillos rojos, asperjados de rocío entre la gris mañana de un nuevo día. Gritó:
      —¡Justina!
      Y ella apareció en seguida, como si ya hubiera estado allí, envolviendo su cuerpo en una frazada.
      —¿Qué quieres, Susana?
      —El gato. Otra vez ha venido.
      —Pobrecita de ti, Susana.
      Se recostó sobre su pecho, abrazándola, hasta que ella logró levantar aquella cabeza y le preguntó:
      —¿Por qué lloras? Le diré a Pedro Páramo que eres buena conmigo. No le contaré nada de los sustos que me da tu gato. No te pongas así, Justina.
      —Tu padre ha muerto, Susana. Antenoche murió, y hoy han venido a decir que nada se puede hacer; que ya lo enterraron; que no lo han podido traer aquí porque el camino era muy largo. Te has quedado sola. Susana.
      —Entonces era él —y sonrió—. Viniste a despedirte de mí —dijo, y sonrió.


Juan Rulfo, Pedro Páramo
Bogotá, FCE, 1980, segunda edición colombiana, pp. 89-94