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sábado, 16 de diciembre de 2023

Casa de citas / Mariana Enriquez / Mark McShane y otros escritores olvidados


Mark McShane y otros escritores olvidados


Mariana Enriquez
31 de julio de 2022


Es bastante extraña la manera en que escritores que fueron best-seller, o populares, o hiper-prolíficos, incluso llevados al cine en grandes éxitos, pasan pronto al olvido o, al menos, a un importante segundo plano. Los casos son muchos: Robert Marasco, de poca producción pero con un gran éxito en cine, el de Burnt Offerings (1977), una película de terror que recibió críticas diversas pero gustó mucho en su momento al público, protagonizada por Karen Black, Oliver Reed y Bette Davis. O Ira Levin, super prolífico pero hoy más conocido por las películas que surgieron de sus novelas como El bebé de Rosemary, The Stepford Wives o Los niños del Brasil. O el caso del reciente rescate de Michael McDowel, ahora mismo gran éxito en Francia con Blackwater: The Complete Caskey Family Saga. Sus novelas como Los elementales o Agujas doradas son excelentes y resulta muy extraño que, además, siendo el autor de Beetlejuice de Tim Burton y amigo personal de Stephen King haya pasado a un relativo olvido. Pero así fue.

El caso de Mark McShane, ahora rescatado por La Bestia Equilátera, es aún más peculiar. Tan prolífico como McDowell pero mucho menos preocupado por el estilo –a él lo desvelaba la eficacia de la trama-, el autor nacido en Sydney, Australia, que estudió en el Reino Unido y finalmente se estableció en Mallorca, isla donde murió en 2013 a los 83 años, fue autor de 52 libros, el primero en 1960 y muchos con el seudónimo de Marc Lovell, nombre bajo el que escribió novelas de lo que podríamos llamar “suspenso sobrenatural”. En 1961 publicó Sesión en una tarde de lluvia, su gran éxito tardío. Es que en 1964 la llevó al cine Bryan Forbes (en castellano la película se conoció como Plan Siniestro) con Kim Stanley y Richard Attenborough: Stanley, actriz extraordinaria sobre todo de teatro, recibió una nominación al Oscar por este papel en una en cinta que tuvo destino de culto, y Attenborough ganó el premio a Interpretación Masculina en el festival de San Sebastián. Aunque McShane escribió el guión, es bastante diferente al de la novela que acaba de publicarse en castellano. En Sesión... los protagonistas son Myrna y Bill: ella es una médium en lo que parece Londres de fines de los 50 o principios de los 60. Aunque no se precisa nunca la fecha, hay sidecars y estaciones de servicio y el subterráneo y cabinas de teléfono: no es claramente la edad de oro del espiritualismo, a mediados del siglo XX. Myrna es tranquila y centrada pero también una ambiciosa voraz: tiene dotes telepáticas –no mediúnicas-- y en sus sesiones no se usan trucos ni gabinetes ni hay ectoplasma, sólo ella, sus clientes y una vela sobre la mesa. Odia la escenografía de las séances: ella tiene poderes mentales reales. Bill es su marido, un poco enfermo crónico y otro poco holgazán, asmático y torpe, que no trabaja un porque les alcanza y también porque, de verdad, está delicado de salud (aunque quizá exagere un poco). Myrna tiene un plan para hacerse famosa y salir de pobre d euna vez por todas, como lo merecen sus poderes: secuestrar a la hija de seis años de un hombre rico a la salida la escuela, después acercarse a los padres fingiendo tener visiones o sueños sobre el paradero de la criatura y, cuando la niña aparezca sana y salva gracias a sus dotes (aunque siempre estuvo en una habitación de su casa), convertirse en una estrella de lo paranormal, requerida por clientes y por la policía.

Mark McShane


Al rescate de Mark McShane / Se publica "Sesión en una tarde de lluvia"


 


sábado, 28 de octubre de 2023

Casa de citas / Mariana Enríquez / Stephen King


Mariana Enríquez
STEPHEN KING

Shock of the new / Jordan Peele, Mariana Enríquez and more on the horror fiction renaissance



Mi revelación definitiva llegó poco después con Recibí la novela como regalo de Nochebuena. Yo tenía diez años y mi tío, el hermano de mi padre, me lo obsequió porque era un best seller y él, poco interesado en la literatura y menos aún en la literatura para niños y adolescentes, pensó que podía ser adecuado. Empecé a leerlo la mañana de Navidad. Leí todo el día, paré para comer las sobras de la cena, y al atardecer, ante una página particularmente brutal, arrojé el libro lejos de mí, como si fuese un insecto venenoso. Es mi recuerdo de lectura más vívido, iniciático y definitivo. Cuando expulsé ese libro de mis manos supe que quería escribir, y entendí el inmenso poder de la ficción, lo verdadera que podía ser.



     Stephen King me abrió un mundo. No sólo el de su literatura, para mí la más sólida del género. King suele dedicar libros a otros escritores, Shirley Jackson, por ejemplo, a quien nombra seguido. Llegué a ella con The Haunting of Hill House (o La maldición de Hill House), una novela pegajosa, sexual, enfermiza, con todo el terror de los lazos familiares agobiantes y la casa como el espacio del horror. ¿Dónde encontrar a todos los demás, esa generación de escritores que arrancaban el horror del cosmos y los castillos y las mansiones y lo ponían sobre mi cama y en mi patio? Comencé a coleccionar ediciones populares que recopilaban cuentos de terror y tenían títulos como El gran libro del terror u Horror I, II, III, o Caricias de horror, todos los lugares comunes imaginables y las tapas más cutres del planeta. Adentro, sin embargo, esos libros baratos de Martínez Roca tenían textos de los escritores más notables del género. Harlan Ellison con “El gemido de los perros apaleados”, un cuento de terror urbano basado en el crimen real de una mujer y la indiferencia de una ciudad entera; Robert Aickman y sus historias casi incomprensibles, con hoteles invadidos por muertos, insomnes vagando por bosques y sexo demente; Joyce Carol Oates y sus familias perversas, sus adolescentes seducidas por demonios, sus chicos perdidos; los fantasmas etéreos de la elegante Lisa Tuttle y el espanto que esconden las casas abandonadas de Ramsey Campbell. Más tarde llegó Poppy Z. Brite, que escribía desde Nueva Orleans fantasías mórbidas sobre chicos góticos enamorados de la muerte.


 

   Esta fase tuvo una búsqueda desesperante de escritores que escribieran horror en español. Encontré pocos. Algunos cuentos de Cortázar, como “Circe” o “La puerta condenada”. El “Informe sobre ciegos” de Ernesto Sabato. Algunos relatos de Horacio Quiroga que, sin embargo, me producían la misma distancia que los de Poe. Poco más. Tengo teorías sobre esta falta, especialmente de visibilidad, pero no tengo espacio para desplegarlas.