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sábado, 23 de mayo de 2026

Casa de citas / Kafka / Diarios

 



Franz Kafka
DIARIOS

Domingo, 19 de julio de 1910

Dormir, despertar, dormir, despertar, perra vida.


***


21 de diciembre de 1910

La sensación de estar atado, y al mismo tiempo la otra, la de que, si me desatara, sería peor aún.


***


26 de diciembre de 1910

La soledad tiene sobre mí un poder que nunca falla


***


2 de noviembre de 1911

Esta mañana, a primera hora, por primera vez en mucho tiempo, la alegría de imaginar un cuchillo que gira clavado en mi corazón.


***

30 de noviembre de 1911

Tres días sin escribir nada.


jueves, 2 de marzo de 2023

jueves, 29 de diciembre de 2022

Casa de citas / Kafka / Un cuchillo

Franz Kafka

2 de noviembre de 2011

Esta mañana, a primera hora, por primera vez en mucho tiempo, la alegría de imaginar un cuchillo que gira clavado en mi corazón.


Franz Kafka
Diarios (1910-1913)
Lumen, Barcelona, 1975, p. 121

sábado, 29 de mayo de 2021

Casa de citas / Kafka / La escritura

 


Franz Kafka
LA ESCRITURA

Mi vida consiste, y en el fondo ha consistido desde siempre, en intentos de escribir, en la mayoría de los casos fallidos. Pero si no escribiera yacería el suelo, digno de ser barrido. Mis fuerzas han sido desde siempre miserablemente pequeñas y, aunque no reconociera abiertamente, se desprende por sí mismo que tenía que ahorrar por todas partes, perderme un poco de todo, para tener fuerzas suficientes en caso de necesidad para lo que me parecía mi principal objetivo.

Carta a Felice Bauer
1 de noviembre de 1912

Reiner Stach
Kafka / Los años de las decisiones
Siglo XXI, Madrid, 2003, p. 183

miércoles, 19 de mayo de 2021

Casa de citas / Paul Auster / La muñeca de Kafka


Paul Auster
La muñeca de Kafka

Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en la primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación de la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.

Todas las tardes Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad? Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve como se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen estas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.


Paul Auster
Brooklyn Follies


viernes, 3 de abril de 2015

Casa de citas / Kafka / Como perros desesperados

The Lovers
Fotografía de Jan Saudek
Franz Kafka
COMO PERROS DESESPERADOS


Allí yacieron, pero con menos abandono que aquella noche. Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosamente, haciendo muecas, hundiendo cada uno el rostro en el pecho del otro, y sus abrazos y sus cuerpos que se alzaban no les hacían olvidar sino que les recordaban ese deber de buscar; como escarban los perros desesperados en el suelo, así escarbaban ellos en sus cuerpos y, desvalidos y decepcionados, buscando una última felicidad, recorrieron varias veces con la lengua el rostro del otro. Sólo el cansancio los dejó tranquilos y mutuamente agradecidos.


Franz Kafka, El castillo






viernes, 24 de agosto de 2012

Casa de citas / Alberto Manguel / Kafka



Franz Kafka
La mirada cómica de un judío
Por ALBERTO MANGUEL
Babelia, El Pais, 27/08/2011

Hace muchos años, a bordo de un transatlántico, un anciano escritor suizo me contó que en su juventud había conocido a Kafka y que en un café de Viena lo había escuchado leer. Según él, mientras Kafka leía con voz suave y pausada, el público se reía a carcajadas. Me asombré de que un texto de Kafka pudiese parecer cómico, por más particular que fuese el humor de los austriacos de entreguerra. El amigo de Kafka me dijo que obviamente yo conocía mal la literatura judía, para la cual la tragedia de Edipo es la farsa de un niño mimado que no quiere compartir con nadie su Yiddishe Mamme. El Talmud dice que un hombre puede conocerse a través de cuatro cosas: su copa, su ira, su monedero y su risa.