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domingo, 20 de febrero de 2022

Casa de citas / Gustavo Arango / García Márquez y Somerset Maugham

William Somerset Maugham

Gustavo Arango
GARCÍA MÁRQUEZ Y SOMERSET MAUGHAM

El taller fue en Barranquilla, en diciembre de 1997, y García Márquez no paró de hablar día y noche sobre el oficio, sobre su vida y sobre sus relaciones con gentes principales. En medio de todo aquello dijo sin mucho énfasis que el cuento que más le gustaba era uno de W. Somerset Maugham, titulado P.O. Explicó que el título eran las iniciales de una compañía de navegación que hacía grandes cruceros al Oriente. Contó que era la historia de un magnate inglés que se fue a alguna de esas islas remotas, Sumatra, o algo así, y que el magnate había vivido durante treinta años con una especie de plan para el futuro en el que cada detalle estaba cuidadosamente calculado: “En tal momento hago esto, en tal otro momento debo tener tanto dinero y no trabajo más y me voy a vivir a una isla”. Cuando el magnate se retiró, se embarcó, tomó el mejor camarote de la P.O., se vistió, fue al bar, pidió un whisky, y al beber el primer trago le empezó un ahogo. Al tercer día el barco estaba comunicándose con todo el mundo, pidiendo remedios para el viejo. “Para mí, ese cuento es un peso pesado”, concluyó García Márquez aquella vez en Barranquilla.

No diré que pasé casi veinte años buscando ese cuento, pero decirlo no estaría lejos de la verdad. Desde aquella mención de García Márquez, presté atención a Maugham. Me hice amigo de su estilo elegante y lleno de sutilezas. Leí biografías y entrevistas. Supe de las intrigas que le escamotearon el Premio Nobel. Me familiaricé con la vida y la obra de ese autor brillante al que el tiempo no le está haciendo justicia. Pero, aunque no perdí ocasión de hojear los índices de sus libros, nunca había podido encontrarme con P.O.

Lo irónico del caso es que siempre estuvo cerca de mí, aquí mismo en mi casa, en una maravillosa colección titulada Los mejores cien cuentos del mundo, publicada en Nueva York, en 1927, por la editorial Funk and Wagnalls. Como decía el difunto Eco, la biblioteca personal debe estar llena de libros por leer. Aquella colección la había comprado en un mercado de las pulgas por menos de lo que cuesta un almuerzo. La tenía en reserva para que me sorprendiera alguna tarde en que estuviera abierto a las sorpresas. El sábado pasado andaba desempolvando los lomos de mis queridos libros viejos, cuando me dio por abrir y mirar el índice de uno de los volúmenes de la colección. Ahí encontré a “P. & O.”. Hablaré de sus virtudes dentro de dos semanas. Por lo pronto les diré que lo curioso era que estaba en un volumen dedicado a cuentos sobre mujeres.

VIVIR EN EL POBLADO

miércoles, 2 de febrero de 2022

Triunfo Arciniegas / Diario / Somerset Maugham, escritor olvidado





Triunfo Arciniegas
SOMERSET MAUGHAM, ESCRITOR OLVIDADO
1 de febrero de 2022

William Somerset Maugham, tartamudo, pequeño y huérfano, fue uno de los escritores más populares de su época. El narrador, dramaturgo y ensayista inglés fue un hombre rico desde el comienzo de su carrera. Su primer libro se agotó en unas semanas. Su vida fue larga y prolífica.

En Maugham, los ambientes recuerdan a Stevenson y Conrad, y el estilo a Chejov y Maupassant, pero debe agregarse que ejerció influencia en Graham Green y John le Carré, Ian Fleming y George Orwell, entre otros. Maugham inaguró una prodigiosa veta en la literatura con Ashenden o el agente secreto.

Fue obscenamente rico y descaramente famoso, pero conocía su lugar: “En la primera fila de los escritores de segunda clase”. En su momento de mayor gloria, se estaban presentando en Londres cuatro obras de teatro suyas al mismo tiempo. Según un caricaturista, Shakespeare se mordía las uñas.

Pero ya todo pasó. García Márquez lo incluye en la galería de “las glorias del olvido”. Y tal vez las novelas y las obras de teatro hayan caído en un merecido olvido, pero sus cuentos aún brillan con luz propia. No son simples o elementales como algunos podrían juzgarlos en una lectura ligera. García Márquez, declarado admirador, considera que “no son más obras maestras”. Con un lenguaje preciso y directo, con la paciencia del animal que acecha en la espesura, sin prisa alguna, amparado por una sólida estructura, Maugham conduce al lector párrafo tras párrafo hasta el golpe final.

Para decirlo en pocas palabras, Somerset Maugham es uno de los maestros del cuento del siglo XX. Uno de sus temas predilectos, según señalan los críticos, “es el costo emocional que soportan los colonos por su aislamiento: descubrió los vicios, las miserias, las insatisfacciones y las cobardías del poderoso imperio británico”. Así que en sus historias agonizan tanto alcohólicos y suicidas como mujeres infieles y asesinas.

Igual que un novio intenso que llama cada rato para amenazar que dejará de llamar, se habla con demasiada insistencia de Maugham como un escritor olvidado. Y mientras no se nos olvide este olvido, todo está bien.



martes, 1 de febrero de 2022

Casa de citas / Somerset Maugham / Periódicos



William Somerset Maugham
PERIÓDICOS


El trabajo los obligaba a verse varias veces al día, y a las seis tomaban juntos unas copas en la veranda de Mr. Warbuton. Era ésta una antigua costumbre de Mr. Warbuton que por nada del mundo hubiera alterado. Pero comían y cenaban separados. Cooper en su bungalow y Mr. Warbuton en el Fuerte. Después de terminar el trabajo, daban, cada uno por su lado, un paseo hasta que se hacía de noche. En aquella comarca habla pocos senderos; la selva llegaba casi hasta las plantaciones del poblado indígena. Cuando Mr. Warbuton veía a su subordinado caminar a grandes zancadas, daba un rodeo con el fin de no toparse con él. Cooper, con sus bruscos modales, con su intolerancia, con el orgullo con que sustentaba sus estúpidas opiniones, le sublevaba los nervios. Sin embargo, hasta pasados unos meses de la llegada de Cooper no sucedió un incidente que convirtió la antipatía del Residente en un odio profundo.
       Mr. Warbuton hubo de recorrer la comarca en viaje de inspección, dejando el puesto en manos de Cooper con entera confianza, pues había llegado a la conclusión de que era un funcionario capacitado y diligente. La única cosa que le disgustaba de él, en este aspecto, era su intolerancia. Honrado, justo y meticuloso, no experimentaba por los indígenas la menor simpatía. Mr. Warbuton observó con amarga ironía cómo aquel hombre, que se consideraba igual al resto de los mortales, trataba a tantos otros hombres como seres inferiores. Era duro y no tenía la menor paciencia con los indígenas, con los cuales adoptaba una actitud de matón. Mr. Warbuton no tardó en darse cuenta de que los malayos le odiaban y le temían, aunque el hecho no le disgustó del todo. Hubiera sido muy desagradable para él que su auxiliar rivalizase con él en popularidad.
       Mr. Warbuton hizo sus preparativos de marcha; poco después se puso en camino y regresó al cabo de tres semanas. Durante su ausencia llegó el correo. Y la primera cosa que atrajo la mirada de Mr. Warbuton cuando entró en el salón fué una gran cantidad de periódicos abiertos. Cooper había salido a recibirle y en aquel momento se hallaba presente. Mr. Warbuton se volvió hacia uno de los criados y le preguntó con rudeza qué significaba aquello. Cooper se apresuró a explicarlo.
       —Fui yo, que quería enterarme del crimen de Wolverhampton y por eso cogí sus Tintes. Ya se los he vuelto a traer. Supuse que a usted no le importaría.
       Mr. Warbuton se volvió hacia él, blanco de ira.
       —Pues me importa mucho, muchísimo.
       —Lo siento —repuso Cooper tranquilamente—. Pero yo no podía esperarme hasta su regreso.
       —¿No habrá usted abierto mis cartas, por casualidad?
       Cooper, sin alterarse, sonrió ante el exasperado tono de su jefe.
       —Eso ya es otra cosa, Mr. Warbuton. Yo no podía imaginarme que usted diera tanta importancia a sus periódicos. Después de todo, no tiene nada de particular lo que he hecho.
       —Pues me molesta extraordinariamente que alguien lea los periódicos antes que yo. —Se acercó a donde estaban. Había por lo menos treinta números—. Me parece que ha sido una impertinencia por parte de usted. Además, están todos mezclados.
       —Eso tiene fácil arreglo —replicó Cooper acercándose a la mesa.
       —¡No los toque! —gritó Mr. Warbuton.
       —Vamos, me parece que es infantil ponerse de ese modo por una cosa que no tiene importancia.
       —¿Cómo se atreve a hablarme así?
       —¡Váyase al diablo!… —exclamó Cooper saliendo de la habitación.
       Mr. Warbuton, temblando de ira, contempló sus periódicos. Aquellas manos callosas y brutales habían destrozado el mayor placer de su vida. Casi todas las personas que viven en tierras lejanas, cuando llega el correo, abren con impaciencia los periódicos y, cogiendo el más reciente, se enteran de las últimas noticias de su patria. Pero aquélla no era la costumbre de Mr. Warbuton. El agente que le remitía la prensa tenía instrucciones de poner en la cubierta de cada periódico la fecha; así, cuando llegaba a su poder una nueva remesa, Mr. Warbuton, mirando las fechas que constaban en las cubiertas, las iba numerando correlativamente, desde el más antiguo al más reciente. Su criado tenía la orden de colocar uno de ellos en la mesa de la veranda cada mañana, cuando tomaba el té. Era uno de sus mayores placeres el romper, mientras se desayunaba, la faja de papel que envolvía el periódico y leérselo después de punta a cabo. Experimentaba la sensación de que se encontraba en su patria. Cada lunes por la mañana leía el Times de seis lunes atrás, y así hacía respecto a los diarios de todos los demás días de la semana. Los domingos leía el Observer. Igual que su costumbre de vestirse para cenar, era aquél un lazo que le unía con la civilización. Y era uno de sus mayores orgullos el que, por muy interesantes que fueran las noticias que esperaba, nunca había cedido a la tentación de abrir un periódico antes de su debido tiempo. Durante la guerra la tortura fue en algunas ocasiones casi insoportable. Si leía en el periódico el comienzo de una ofensiva, su angustia y su inquietud, mientras esperaba el resultado de la misma, no son para descritas. Claro que todo aquello podía habérselo evitado leyendo el último número recibido. Pero él jamás hizo tal cosa. Fue una dura prueba de la que supo salir victorioso. ¡Y aquel loco de Cooper los había abierto todos para saber si una horrible mujer había asesinado a su odioso marido!
       Mr. Warbuton llamó al boy y le dijo que le llevase unas hojas de papel. Dobló los periódicos lo mejor que pudo, les puso nuevas cubiertas y los enumeró. Fue un trabajo melancólico.
       —Nunca se lo perdonaré —murmuró—. ¡Nunca!


William Somerset Maugham, "El puesto avanzado"



NEWSPAPERS
by William Somerset Maugham

Their work forced them to see one another for a few minutes now and then during the day, and they met at six to have a drink on Mr. Warburton's verandah. This was an old-established custom of the country which Mr. Warburton would not for the world have broken. But they ate their meals separately, Cooper in his bungalow and Mr. Warburton at the Fort. After the office work was over they walked till dusk fell, but they walked apart. There were but few paths in this country where the jungle pressed close upon the plantations of the village, and when Mr. Warburton caught sight of his assistant passing along with his loose stride, he would make a circuit in order to avoid him. Cooper with his bad manners, his conceit in his own judgment and his intolerance had already got on his nerves; but it was not till Cooper had been on the station for a couple of months that an incident happened which turned the Resident's dislike into bitter hatred.

Mr. Warburton was obliged to go up-country on a tour of inspection, and he left the station in Cooper's charge with more confidence, since he had definitely come to the conclusion that he was a capable fellow. The only thing he did not like was that he had no indulgence. He was honest, just and painstaking, but he had no sympathy for the natives. It bitterly amused Mr. Warburton to observe that this man who looked upon himself as every man's equal should look upon so many men as his own inferiors. He was hard, he had no patience with the native mind, and he was a bully. Mr. Warburton very quickly realised that the Malays disliked and feared him. He was not altogether displeased. He would not have liked it very much if his assistant had enjoyed a popularity which might rival his own. Mr. Warburton made his elaborate preparations, set out on his expedition, and in three weeks returned. Meanwhile the mail had arrived. The first thing that struck his eyes when he entered his sitting-room was a great pile of open newspapers. Cooper had met him, and they went into the room together. Mr. Warburton turned to one of the servants who had been left behind, and sternly asked him what was the meaning of those open papers. Cooper hastened to explain.

"I wanted to read all about the Wolverhampton murder, and so I borrowed your Times. I brought them back again. I knew you wouldn't mind."

Mr. Warburton turned on him, white with anger.

"But I do mind. I mind very much."

"I'm sorry," said Cooper, with composure. "The fact is, I simply couldn't wait till you came back."

"I wonder you didn't open my letters as well."

Cooper, unmoved, smiled at his chief's exasperation.

"Oh, that's not quite the same thing. After all, I couldn't imagine you'd mind my looking at your newspapers. There's nothing private in them."

"I very much object to anyone reading my paper before me." He went up to the pile. There were nearly thirty numbers there. "I think it extremely impertinent of you. They're all mixed up."

"We can easily put them in order," said Cooper, joining him at the table.

"Don't touch them," cried Mr. Warburton.

"I say, it's childish to make a scene about a little thing like that."

"How dare you speak to me like that?"

"Oh, go to hell," said Cooper, and he flung out of the room.

Mr. Warburton, trembling with passion, was left contemplating his papers. His greatest pleasure in life had been destroyed by those callous, brutal hands. Most people living in out-of-the-way places when the mail comes tear open impatiently their papers and taking the last ones first glance at the latest news from home. Not so Mr. Warburton. His newsagent had instructions to write on the outside of the wrapper the date of each paper he despatched, and when the great bundle arrived Mr. Warburton looked at these dates and with his blue pencil numbered them. His head-boy's orders were to place one on the table every morning in the verandah with the early cup of tea and it was Mr. Warburton's especial delight to break the wrapper as he sipped his tea, and read the morning paper. It gave him the illusion of living at home. Every Monday morning he read the Monday Times of six weeks back, and so went through the week. On Sunday he read the Observer. Like his habit of dressing for dinner it was a tie to civilisation. And it was his pride that no matter how exciting the news was he had never yielded to the temptation of opening a paper before its allotted time. During the war the suspense sometimes had been intolerable, and when he read one day that a push was begun he had undergone agonies of suspense which he might have saved himself by the simple expedient of opening a later paper which lay waiting for him on a shelf. It had been the severest trial to which he had ever exposed himself, but he victoriously surmounted it. And that clumsy fool had broken open those neat tight packages because he wanted to know whether some horrid woman had murdered her odious husband.

Mr. Warburton sent for his boy and told him to bring wrappers. He folded up the papers as neatly as he could, placed a wrapper round each and numbered it. But it was a melancholy task.

"I shall never forgive him," he said. "Never."


The Outstation by William Somerset Maugham




Casa de citas / Somerset Maugham / El nuevo auxiliar

 



William Somerset Maugham 

EL NUEVO AUXILIAR


      El nuevo auxiliar llegaría por la tarde. 
      Aguardaba la llegada del viajero con encontrados sentimientos. En el distrito había más trabajo del que realmente podía hacer un solo hombre, y durante sus periódicas inspecciones por el país confiado a su gobierno tenía que dejar el puesto en manos de un empleado indígena, cosa que no dejaba de ser un inconveniente. Pero durante mucho tiempo había sido el único hombre blanco en aquel puesto avanzado y ahora la llegada de un segundo le causaba cierta inexplicable aprensión. En la actualidad vivía en aquella soledad como el pez en el agua. Durante la guerra no había visto un solo rostro inglés en tres años, y una vez que le anunciaron la llegada de un funcionario se vio acometido de tal pánico que, después de arreglarlo todo para el recibimiento del forastero, huyó dejando una nota en la que decía que se veía obligado a remontar el río. Permaneció ausente hasta que un mensajero le comunicó que su huésped se había marchado.


William Somerset Maugham, "El puesto avanzado"



THE NEW ASSISTANT

by William Somerset Maugham


The new assistant arrived in the afternoon. 

He awaited the newcomer with mingled feelings. There was more work in the district than one man could properly do, and during his periodical tours of the country under his charge it had been inconvenient to leave the station in the hands of a native clerk, but he had been so long the only white man there that he could not face the arrival of another without misgiving. He was accustomed to loneliness. During the war he had not seen an English face for three years; and once when he was instructed to put up an afforestation officer he was seized with panic, so that when the stranger was due to arrive, having arranged everything for his reception, he wrote a note telling him he was obliged to go up-river, and fled; he remained away till he was informed by a messenger that his guest had left.


The Outstation by William Somerset Maugham


lunes, 31 de enero de 2022

Casa de citas / Somerset Maugham / Perdido en la selva

 


William Somerset Maugham

PERDIDO EN LA SELVA

Hace algunos años salí una vez con mi cazamariposas. Tuve mucha suerte, porque encontré varias especies raras que buscaba hacía tiempo. Pero después comencé a sentir hambre y di media vuelta. Anduve un rato, y entonces comprendí que me había alejado del terreno que conocía. De pronto vi una caja de fósforos vacía. Proferí un juramento. Inmediatamente me di cuenta de lo que pasaba. La había tirado al emprender el camino de regreso. Así, pues, había estado dando vueltas, de modo que me encontraba hacía una hora exactamente en el mismo sitio. Esto no me gustó. Pero examiné los alrededores y eché a andar de nuevo. Hacía un calor terrible y estaba bañado en sudor. Sabía poco más o menos la dirección del campo, y busqué las huellas de mis pasos para ver si había seguido aquel camino. Creí encontrar dos o tres y continué esperanzado. Tenía una sed espantosa. Seguí andando, andando, abriéndome paso a través de los obstáculos y enredaderas, hasta que de pronto comprendí que me había extraviado. Era imposible que hubiese recorrido tanta distancia en línea recta sin encontrar el campamento. Le confieso que me asusté. Me di cuenta de que tenía que conservar la serenidad, y me senté para reflexionar. La sed eme torturaba. Era ya bastante más de medio día, y tres o cuatro horas después todo estaría oscuro. No me hacía gracia pasar la noche en la jungla. Lo único que se me ocurrió fue tratar de encontrar un arroyo. Su curso me llevaría, en todo caso, a otro más importante, y éste, más tarde o más temprano, al río. Pero, naturalmente, podía tardar un par de días. Lamenté haber sido tan loco, pero no me quedaba otro recurso y eché a andar. De todas formas, si encontraba un arroyo podría beber. Pero no pude hallar el menor rastro de agua ni el más pequeño regato que pudiera llevarme a un arroyo. Empecé a sentirme alarmado. Me veía vagando por la jungla hasta caer exhausto. No ignoraba que en ella había muchas fieras, y si me encontraba con un rinoceronte todo habría terminado. Lo que más me desesperaba era la seguridad que tenía de no encontrarme a más de diez millas del campamento. Hice un esfuerzo para no perder la cabeza. El sol se ponía, y en el corazón de la jungla reinaba ya la oscuridad. Si hubiera llevado una escopeta podría haberla disparado. En el campamento se habrían dado cuenta de que me había perdido y me estarían buscando. La maleza era tan densa que no veía a un metro más allá de donde me hallaba. De pronto (no sé si fueron mis nervios o no) tuve la sensación de que un animal me seguía cautelosamente. Me detuve, y él se detuvo también. Eché a andar, y él me imitó. No podía verlo ni percibía el menor movimiento en la maleza. Ni siquiera oí el ruido de una rama al romperse, ni el roce de un cuerpo entre las hojas, pero sabía cuán silenciosamente podían moverse los animales, y estaba seguro de que alguien me acechaba. Mi corazón latía tan violentamente que creía que me iba a saltar del pecho. Estaba aterrorizado. Tuve que hacer un terrible esfuerzo de voluntad para no echar a correr. No ignoraba que si lo hacía estaba perdido. Me hubiera caído al tropezar con alguna raíz antes de recorrer veinte yardas, y cuando estuviera en el suelo se lanzaría sobre mí. Además, si empezaba a correr, Dios sabe dónde hubiera ido a parar. Por otra parte, tenía que conservar mis fuerzas. Estaba a punto de echarme a llorar. ¡Y aquella sed intolerable! En mi vida había estado tan aterrorizado. Créame, si hubiese tenido un revólver me parece que me habría pegado un tiro. Aquello era tan terrible que me hubiera parecido mejor terminar cuanto antes. Me sentía tan agotado que apenas podía andar. Si acaso tuviera un enemigo que me hubiese inferido una ofensa imperdonable, no le desearía la agonía que sufrí. De pronto escuché dos tiros. Mi corazón cesó de latir. Me estaban buscando. Entonces perdí la cabeza. Eché a correr en la dirección en que había oído los disparos, gritando con todas mis fuerzas. Me caí, volví a levantarme, seguí corriendo y gritando hasta desgañitarme. Oí otro tiro más cerca y grité de nuevo, oyendo que otros gritos me contestaban. Un tropel de hombres agitaron la maleza. Al cabo de un minuto me vi rodeado de cazadores dayacos. Me abrazaron y me besaron las manos, riendo y llorando. Yo también estaba a punto de llorar. Me sentía extenuado, pero me dieron algo de beber. Estábamos sólo a tres millas del campamento. Cuando llegamos a él era de noche. ¡Dios mío! Escapé de milagro. 


Somerset Maugham / Neil MacAdam





LOST
by William Somerset Maugham

It was some years ago, I'd gone out with my butterfly net and I'd been very lucky, I'd got several rare specimens that I'd been looking for a long time. After a while I thought I was getting hungry so I turned back. I walked for some time and it struck me I'd come a good deal farther than I knew. Suddenly I caught sight of an empty match-box. I'd thrown it away when I started to come back; I'd been walking in a circle and was exactly where I was an hour before. I was not pleased. But I had a look round and set off again. It was fearfully hot and I was simply dripping with sweat. I knew more or less the direction the camp was in and I looked about for traces of my passage to see if I had come that way. I thought I found one or two and went on hopefully. I was frightfully thirsty. I walked on and on, picking my way over snags and trailing plants, and suddenly I knew I was lost. I couldn't have gone so far in the right direction without hitting the camp. I can tell you I was startled. I knew I must keep my head, so I sat down and thought the situation over. I was tortured by thirst. It was long past midday and in three or four hours it would be dark. I didn't like the idea of spending a night in the jungle at all. The only thing I could think of was to try and find a stream; if I followed its course, it would eventually bring me to a larger stream and sooner or later to the river. But of course it might take a couple of days. I cursed myself for being such a fool, but there was nothing better to do and I began walking. At all events if I found a stream I should be able to get a drink. I couldn't find a trickle of water anywhere, not the smallest brook that might lead to something like a stream. I began to be alarmed. I saw myself wandering on till at last I fell exhausted. I knew there was a lot of game in the forest and if I came upon a rhino I was done for. The maddening thing was I knew I couldn't be more than ten miles from my camp. I forced myself to keep my head. The day was waning and in the depths of the jungle it was growing dark already. If I'd brought a gun I could have fired it. In the camp they must have realised I was lost and would be looking for me. The undergrowth was so thick that I couldn't see six feet into it and presently, I don't know if it was nerves or not, I had the sensation that some animal was walking stealthily beside me. I stopped and it stopped too. I went on and it went on. I couldn't see it. I could see no movement in the undergrowth. I didn't even hear the breaking of a twig or the brushing of a body through leaves, but I knew how silently those beasts could move, and I was positive something was stalking me. My heart beat so violently against my ribs that I thought it would break. I was scared out of my wits. It was only by the exercise of all the self-control I had that I prevented myself from breaking into a run. I knew if I did that I was lost. I should be tripped up before I had gone twenty yards by a tangled root and when I was down it would spring on me. And if I started to run God knew where I should get to. And I had to husband my strength. I felt very like crying. And that intolerable thirst. I've never been so frightened in my life. Believe me, if I'd had a revolver I think I'd have blown my brains out. It was so awful I just wanted to finish with it. I was so exhausted I could hardly stagger. If I had an enemy who'd done me a deadly injury I wouldn't wish him the agony I endured then. Suddenly I heard two shots. My heart stood still. They were looking for me. Then I did lose my head. I ran in the direction of the sound, screaming at the top of my voice, I fell, I picked myself up again, I ran on, I shouted till I thought my lungs would burst, there was another shot, nearer, I shouted again, I heard answering shouts; there was a scramble of men in the undergrowth. In a minute I was surrounded by Dyak hunters. They wrung and kissed my hands. They laughed and cried. I very nearly cried too. I was down and out, but they gave me a drink. We were only three miles from the camp. It was pitch dark when we got back. By God, it was a near thing.


Casa de citas / Somerset Maugham / Conrad

 

Joseph Conrad



William Somerset Maugham
CONRAD

—Leí mucho a Conrad. 

—¿Por placer, o para instruirse? 

—Por ambos motivos. Siento una gran admiración por ese novelista. 

Darya levantó los brazos, haciendo un extravagante ademán de protesta. 

—¡Ese polaco! —exclamó—. No sé cómo ustedes, los ingleses, se han dejado seducir por ese charlatán. Tiene la intrascendencia característica de sus compatriotas. Todo se reduce a un mar de palabras, frases retorcidas, retórica de relumbrón y a una afectada profundidad. Cuando a través de todo eso se llega al meollo de su pensamiento, sólo se encuentran trivialidades y lugares comunes. Conrad es como un actor de segundo orden que se pone un traje romántico y declama una obra de Víctor Hugo. Durante cinco minutos al espectador le parece sublime, pero después toda su alma se subleva y grita: «¡No, eso es falso, falso, falso!».

Dijo esto con un apasionamiento que Neil desconocía en las personas que hablaban de arte o literatura. Sus mejillas, pálidas de ordinario, se encendieron y sus ojos claros brillaron. 

—No hay nadie que describa el ambiente mejor que Conrad —dijo Neil—. Cuando leo un libro suyo me parece que aspiro, veo y siento el Este. 

—¡Tonterías! ¿Qué sabe usted del Este? Todo el mundo le diría que cometió errores mayúsculos. Pregúnteselo a Angus. 

—Desde luego, no siempre estuvo acertado —dijo Munro con su calma acostumbrada—. El Borneo que él describe no es el que nosotros conocemos. Lo vio desde la cubierta de un barco mercante, y no fue un observador muy sagaz ni siquiera en eso. Pero, ¿qué importa? Yo no sé por qué la fantasía ha de verse constreñida por la realidad. No creo que sea escaso el mérito de haber creado un país, un sombrío, siniestro, romántico y heroico país. 

—Mi pobre Angus, eres un sentimental. —Y añadió, dirigiéndose a Neil—: Usted tiene que leer a Turgueniev, tiene que leer a Tolstoi, tiene que leer a Dostoievski. 


Somerset Maugham / Neil MacAdam





CONRAD
by William Somerset Maugham

"I read a lot of Conrad."

"For pleasure or to improve your mind?"

"Both. I admire him awfully."

Darya threw up her arms in an extravagant gesture of protest.

"That Pole," she cried. "How can you English ever have let yourselves be taken in by that wordy mountebank? He has all the superficiality of his countrymen. That stream of words, those involved sentences, the showy rhetoric, that affectation of profundity: when you get through all that to the thought at the bottom, what do you find but a trivial commonplace? He was like a second-rate actor who puts on a romantic dress and declaims a play by Victor Hugo. For five minutes you say this is heroic, and then your whole soul revolts and you cry, no, this is false, false, false."

She spoke with a passion that Neil had never known anyone show when speaking of art or literature. Her cheeks, usually colourless, flushed and her pale eyes glowed.

"There's no one who got atmosphere like Conrad," said Neil. "I can smell and see and feel the East when I read him."

"Nonsense. What do you know about the East? Everyone will tell you that he made the grossest blunders. Ask Angus."

"Of course he was not always accurate," said Munro, in his measured, reflective way. "The Borneo he described is not the Borneo we know. He saw it from the deck of a merchant-vessel and he was not an acute observer even of what he saw. But does it matter? I don't know why fiction should be hampered by fact. I don't think it's a mean achievement to have created a country, a dark, sinister, romantic and heroic country of the soul."

"You're a sentimentalist, my poor Angus." And then again to Neil: "You must read Turgeniev, you must read Tolstoi, you must read Dostoevsky."

Neil MacAdam by Somerset Maugham


Casa de citas / Somerset Maugham / Escritores




William Somerset Maugham
ESCRITORES


I

Una buena regla para los escritores: no explicamos mucho.


II

La vida del escritor está llena de tribulaciones. Ante todo ha de soportar la pobreza y la indiferencia del mundo; luego, una vez alcanzado cierto éxito, se habrá de someter de buena gana a todas las eventualidades. Depende de un público inconstante. Está a merced de los periodistas que quieren celebrar entrevistas con él y de los fotógrafos deseosos de retratarle.



domingo, 30 de enero de 2022

Casa de citas / Somerset Maugham / La hipocresía

 

William Somerset Maugham
LA HIPOCRESÍA

La hipocresía es el vicio más difícil y agotador que pueda tener un hombre. Necesita una vigilancia constante y una atención ininterrumpida de la mente. A diferencia del adulterio o la glotonería, no se puede practicar sólo en determinados momentos sino que es un trabajo permanente.



Casa de citas / Somerset Maugham / El final de una vida

 


William Somerset Maugham
EL FINAL DE UNA VIDA

Es como leer un libro a la caída de la tarde: se sigue leyendo sin ver que la luz va bajando y, súbitamente, al detenerse un momento, nos damos cuenta de que la luz se ha acabado. Es totalmente oscuro y al volver a mirar el libro no vemos ya, y la página no tiene sentido.

1901. 

W. Somerset Maugham
Carnet de un escritor
Plaza & Janes, Barcelona, 1961, p. 61

sábado, 29 de enero de 2022

Casa de citas / Somerset Maugham / En una taberna


En la taberna, 1660
Jan Steen

William Somerset Maugham
EN UNA TABERNA

Estábamos sentados en una taberna de Capri cuando entró Norman y nos dijo que T. estaba a punto de suicidarse. Quedamos impresionados. Norman manifestó que cuando T. le dijo lo que iba a hacer no vio razón para disudirlo. "¿Vas a hacer algo?", le pregunté. "No", contestó, y encargó una botella de vino y esperó a oír la detonación.

1915. 

W. Somerset Maugham
Carnet de un escritor
Plaza & Janes, Barcelona, 1961, p. 97

viernes, 28 de enero de 2022

Casa de citas / Somerset Maugham / El amor más duradero



William Somerset Maugham
EL AMOR MÁS DURADERO


En el amor es necesario hacer economías de relaciones. Ninguno de nosotros puede amar eternamente. El amor será mucho más fuerte y durará si tiene que luchar con ciertos impedimentos. Si un enamorado se encuentra imposibilitado de gozar de su amor por ausencia, dificultad de acceso, o capricho y frialdad de la amada, puede elegir el consuelo en la idea de que una vez consiga sus deseos su delicia será intensa. Pero siendo el amor lo que es, de no existir estos impedimentos, no tendrá en consideración la necesidad de la prudencia y su castigo será la saciedad. El amor más duradero es el amor no correspondido.

W. Somerset Maugham
Carnet de un escritor
Plaza & Janes, Barcelona, 1961, p. 27

Casa de citas / Somerset Maugham / Una mujer desgraciada



William Somerset Maugham
UNA MUJER DESGRACIADA


Era rica, admirada, tenía éxito y muchos amigos. Hubiera podido ser una mujer feliz, pero no lo era; era desgraciada, nerviosa, descontenta. Los sicoanalistas no podían hacer nada por ella. No podía decirles lo que tenía porque ella mismo lo ignoraba. Iba en busca de su tragedia. Entonces se enamoró de un aviador, mucho más joven que ella, y fue su amante. Era piloto de pruebas y un día, mientras ensayaba un motor, éste sufrió una avería y el avión se estrelló. Murió ante sus ojos. Sus amigos temieron que se suicidase. Pero nada de esto. Fue feliz, engordó y estuvo contenta. Ya tenía su tragedia.

W. Somerset Maugham
Carnet de un escritor
Plaza & Janes, Barcelona, 1961, p. 291

Casa de citas / Somerset Maugham / Hombres



William Somerset Maugham

HOMBRES

No hay ningún punto en que los hombres mientan tanto como en sus facultades sexuales. En este terreno todo hombre es lo que en el fondo de su alma querría ser, un Casanova.


W. Somerset Maugham
Carnet de un escritor
Plaza & Janes, Barcelona, 1961, p. 291

miércoles, 26 de enero de 2022

Casa de citas / Somerset Maughman / Proverbios y máximas

William Somerset Maugham

William Somerset Maugham
PROVERBIOS Y MÁXIMAS
Los proverbios y las máximas son el último refugio de los desamparados.


Casa de citas / Somerset Maugham / Infortunios

 

Somerset Maugham a los 88 años (1962)
Fotografía de Cecil Beaton


William Somerset Maugham
INFORTUNIOS
Uno de los infortunios del ser humano es que sigue teniendo deseos sexuales mucho después de que ha dejado de ser sexualmente deseable. Es perfectamente natural satisfacer tales deseos; pero es ciertamente mejor no hablar de ellos.


1941.

W. Somerset Maugham
Carnet de un escritor
Plaza & Janes, Barcelona, 1961, p. 306



Casa de citas / Somerset Maugham / Secretos

Somerset Maugham
Graham Sutherland,1949


William Somerset Maugham
SECRETOS

Cada hombre tiene secretos que él mismo ignora.




martes, 25 de enero de 2022

Casa de citas / García Márquez / Escritores

 



Gabriel García Márquez
ESCRITORES

Una de las injusticias de la literatura es que no existe una clasificación escalonada de los escritores de acuerdo con su calidad. En música se sabe que hay un paraíso más alto, donde están sentados para siempre Juan Sebastián Bach, Mozart, Beethoven, Bartok -y tal vez los Beatles-, pero hay todo un olimpo de compositores de segunda, y aun de tercera categoría, que escuchamos y admiramos a pesar de la certidumbre de que no son eternos. Ocurre lo mismo con los pintores. No hay más que pasearse por los museos del- mundo para darse cuenta de que junto a Goya y Velázquez, junto a Leonardo y Botticelli, junto a Rembrandt y Picasso, hay muchos colgados en la antesala de la eternidad que sin duda merecen estar donde están, pero en niveles distintos. En literatura no: o se es un escritor de primera línea o uno no encuentra donde ponerlo, y no sólo en los innumerables compartimentos del corazón, sino ni siquiera en los estantes de la biblioteca. En ese. sentido, el criterio más justo es el del mundo del boxeo: hay pesos pesados, pesos welter, pesos medios, pelos mosca, y cada, cual, disfruta de una gloria universal dentro de sus límites respectivos. En literatura, en cambio, sólo los pesos pesados van al cielo.Hablábamos de esta injusticia la otra noche con el escritor Pedro Gómez Valderrama, a propósito de un escritor que ambos admiramos sin ningún pudor, a pesar de ser conscientes de que no es uno de los más grandes: Somerset Maugham. El problema es dónde ponerlo. Sus novelas, que le hicieron famoso, sobre todo por sus adaptaciones al cine, no merecen ni un recuerdo piadoso. En cambio, hay un mundo de tesoros ocultos en sus casi 300 cuentos, muchos de los cuales no son más que obras maestras. Curioso: igual cosa ocurre con Hemingway, y sin embargo no nos cabe ninguna duda de que es y tal vez seguirá siendo para siempre una estrella de la primera división. Maugham, al contrario, es un autor que se olvida, aunque se sabe de la existencia de grandes lectores, críticos respetables y escritores consagrados que quisieran subirlo a un piso más alto, pero no se atreven. Así como hay muchos que lo siguen leyendo en secreto, y hasta algunos escritores que siguen nutriendo con la lectura la propia obra, y sin embargo lo niegan en público más de tres veces y mucho después de que ha cantado el gallo.

 García Márquez / Las glorias del olvido