viernes, 12 de noviembre de 2021

Casa de citas / Cristina Peri Rossi / Indicios pánicos

 


Cristina Peri Rossi
INDICIOS PÁNICOS

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Ese libro fue escrito en Montevideo en 1970, durante el estado de sitio, que por la legislación de entonces se llamaba estado de guerra interno. Nació de la paranoia colectiva (perseguidores-perseguidos) y personal: fantasmas subjetivos como la madre, las relaciones amorosas, los sueños, etcétera. La paranoia me parece una de las grandes claves para comprender el mundo. Lo dijo mejor el poeta Gottfried Benn: "La categoría en la cual el cosmos se evidencia es la categoría de la alucinación", cita que uso en el acápite de "El museo de los esfuerzos inútiles". La palabra "indicios" no se refiere sólo a la forma de los textos, en el límite del género cuento, sino a su carácter premonitorio, simbólico. Y es que en toda mi obra hay una clara tendencia simbólica. La literatura me parece una forma de conocimiento antropológico, que bucea en los símbolos que forman parte de nuestro inconsciente colectivo y personal. El contexto sociopolítico uruguayo de la década '60-'70 fue un enorme estímulo para observar, analizar, proyectar, imaginar, sospechar. Y sufrir.


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Empleé deliberadamente la palabra "indicios" como advertencia, como alarma ante ciertos signos de la realidad que podían leerse de más de una manera, pero que para mí conducían inevitablemente a la destrucción, a la muerte... Puedo decir -sin ningún orgullo- que imaginé el fascismo con todos sus detalles y crueldades antes de que se instalara oficialmente. El último cuento que escribí en Montevideo, antes del exilio, se llama "La rebelión de los niños" y fue editado en un volumen homónimo años después. En ese cuento, imaginaba que el ejército vencedor repartía, entre familias patricias y conservadoras, a los hijos de los opositores asesinados. El cuento lo escribí en 1970. A partir de 1973, el ejército uruguayo -y el argentino- lo hicieron realidad. Los paranoicos solemos ser muy lúcidos: imaginamos perfectamente de qué es capaz el perseguidor.


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Algunos de esos textos están en el límite de lo que la preceptiva literaria considera como cuento. Suelo ser muy poco respetuosa de las fórmulas, y el carácter fragmentario de la literatura contemporánea (igual que la de los románticos alemanes como Jean Paul Richter) me parece que corresponde a la pérdida de la unidad, de la integración que caracteriza a la modernidad. Todo está fracturado: el "yo" no es más que un mosaico. ¡Enhorabuena! La ilusión del tiempo y del espacio cada vez es más relativa, y este contexto de desintegración debe corresponderse en las "formas" artísticas, como ya ha pasado en pintura con Francis Bacon y Picasso, en ese orden. Mi último libro publicado, "El museo de los esfuerzos inútiles", por ejemplo, está compuesto por "cuentos" que son alegorías, aforismos, parábolas... y relatos tradicionales.


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Bueno, cuando publiqué "Indicios pánicos" no había una censura oficial, salvo con relación al uso de ocho palabras que estaban prohibidas: tupamaro, célula, revolucionario, etcétera. Sólo tuve que usar una de ellas (tupamaro) y me limité a escribir "tupa". Cualquiera entendía. La peor censura, en realidad, era la directa: escribir ese libro y figurar en la lista negra de la Alianza Anticomunista o en la lista de subversivos del ejército o la policía. De todos modos, la realidad sociopolítica de entonces no influyó en la estética del libro aunque sí en su génesis. Siempre he escrito una literatura simbólica que se corresponde con mi concepción del mundo, y la alegoría como forma de expresión ya existía en mi segundo libro, "Los museos abandonados". Y está presente también en los libros de diez o quince años después. Yo no siento ninguna atracción por lo meramente narrativo. Encadenar hechos, inventar secuencias en el tiempo, me parece el nivel más primario de la imaginación. Hasta un niño pequeño puede contar un cuento: "Salí a la calle y vi un perro que mordía a un señor". Me interesa muchísimo más lo significativo: es decir, la interpretación de los hechos. Porque la capacidad de simbolización me parece un nivel más complejo de nuestra actividad intelectual. No narro para entretener, para ordenar una trama, sino para descubrir, para conocer, para elaborar una hipótesis del mundo, de modo que lo narrado se supedita a la intención, a la "visión del mundo". Es que, parodiando a Rimbaud, el escritor es un visionario o no es.


Cristina Peri Rossi / La literatura no hace más feliz a nadie




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