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lunes, 2 de diciembre de 2024

Novedades de diciembre

 



NOVEDADES DE DICIEMBRE

Clarín, 1 de diciembre de 2024




Imposible decir adiós, de Han Kang (Random House)

Imposible decir adiós (Random House), la nueva novela de Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024, se publicará el próximo 5 de diciembre. Una gélida mañana de finales de diciembre, Gyeongha recibe un inesperado mensaje de su amiga Inseon: después de sufrir un accidente en su taller de carpintería en la isla de Jeju, ha sido trasladada de urgencia a un hospital de Seúl. Desde la cama, Inseon le ruega que tome el primer vuelo a la isla y se ocupe de su pequeña cotorra antes de que se le acaben el agua y la comida. Pero, desafortunadamente, cuando Gyeongha llega a Jeju se desata una terrible tormenta de nieve. ¿Llegará a tiempo para salvar al pájaro antes de que caiga la noche?, ¿sobrevivirá al viento helado que la envuelve a cada paso?



Diarios, de Alejandra Pizarnik (Lumen)

«Una constante de los diarios de escritores es que otros se encarguen de publicarlos póstumamente. Estas publicaciones podrían dar la impresión de ser una violación de la intimidad del diarista, pero no cabe duda de que, al conservarlos, el escritor está indicándonos que es consciente del valor intrínseco que tienen. Eso es aún más evidente en el caso de Alejandra Pizarnik, ya que conservó sus cuadernos hasta el último momento», comenta Ana Becciu en la nota que acompaña esta nueva edición, corregida y ampliada de los Diarios (Lumen) de la poeta, con muchos fragmentos reveladores que hasta ahora nunca habían visto la luz, de los diarios de una mujer que convirtió su angustia en un destilado de palabras duras y hermosas. Su obsesión por escribir, sus dudas, y sus ganas de comer, fumar y amar con voracidad hasta que el cansancio la derrumbaba... todo quedó apuntado en cuadernos que por fin han encontrado su lugar.



La distancia que nos separa, de Maggie O’Farrell (Libros del asteroide)

Paseando por Londres, Stella se cruza con un hombre que la devuelve a un momento insoportable de su pasado. Este encuentro la perturba tanto que deja inmediatamente el trabajo y, sin avisar a nadie, se instala en un recóndito lugar de Escocia; solo su impredecible hermana Nina, a quien está muy unida desde niña, sabrá dónde encontrarla. Al otro lado del mundo, en Hong Kong, Jake y su novia están disfrutando de la multitudinaria celebración del Año Nuevo chino cuando ocurre un accidente. Stella y Jake no se conocen, pero ambos huyen de sus vidas: Jake busca un lugar tan remoto que no aparece en ningún mapa, y Stella se esconde de algo cuyo significado únicamente su hermana puede entender.

Inédita en español, La distancia que nos separa –la tercera novela de Maggie O’Farrell, publicada por primera vez en 2004 y ahora por Libros del asteroide–, explora ya algunos de los temas que serán fundamentales en la obra de la autora de Hamnet y El retrato de casada: los lazos afectivos, el peso de los recuerdos y la necesidad de independencia. Una cautivadora historia sobre cómo la familia conforma nuestras vidas, y sobre lo difícil que es, por mucho que lo intentemos, dejar atrás nuestros orígenes.




La dificultad del fantasma, de Leila Guerriero (Anagrama)

Una crónica de estructura soberbia que mezcla investigación y diario y que sigue los pasos de Truman Capote en la Costa Brava, donde el autor norteamericano trabajó durante largas temporadas en su célebre A sangre fría.

Justo después de terminar La llamada, uno de los mejores libros de no ficción de los últimos tiempos, Leila Guerriero se dirigió hacia la Costa Brava tras los pasos de Truman Capote, quien escribió allí gran parte de su célebre A sangre fría.

El resultado es La dificultad del fantasma, obra de agudeza, estructura, estilo y ritmo soberbios que mezcla investigación sobre el terreno, reportaje sobre la manipulación de la memoria, diario de escritura y reflexión sobre el ejercicio de un género literario que, justamente con A sangre fría, Capote pretendió fundar. Género que Leila Guerriero ha llevado a un nivel extraordinario de rigor y excelencia.



¿De dónde vienen las historias?, de Luisa Valenzuela (Factotum)

Factotum se enorgullece en inaugurar la Biblioteca Luisa Valenzuela, un ambicioso proyecto que agrupa a editoriales de Argentina y el mundo con la misión de reunir y difundir la obra de una autora fundamental de la literatura argentina, con un libro seminal sobre el arte de la escritura.

¿De dónde vienen las historias?, puede considerarse el Ars Poetica de Luisa Valenzuela. En él nos invita a explorar el origen de la ficción, un terreno donde imaginación y realidad se entrelazan en un laberinto de posibilidades.

Luisa Valenzuela, una de las escritoras argentinas más importantes de su generación, se adentra en los misterios de la creación literaria, a través de reflexiones sobre física cuántica, patafísica y psicología.

Valenzuela explora no solo las técnicas narrativas, sino también los sucesos, contextos y personajes que han nutrido su propia obra. En este viaje personal y artístico, intenta responder preguntas fundamentales: ¿se puede enseñar a imaginar? ¿Dónde radica la esencia de las historias?


Blackwater V y VI, de Michael McDowell (Blackie Books)

Una saga matriarcal de mujeres poderosas que luchan por el dominio durante generaciones. Una atmósfera única para una lectura adictiva. Un retrato realista con toques sobrenaturales. Los seis volúmenes de Blackwater están llegando a los estantes y son un viaje de ida. Lo dicen los lectores más apasionados de Michael McDowell: el rey del terror Stephen King y el cineasta Tim Burton. En la Argentina ya se conseguían dos de sus novelas: Agujas doradas y Los Elementales (ambos editados por La Bestia Equilátera). Sin embargo, esta saga no es una simple novela sino una adicción: Blackwater está fascinando a lectores de habla hispana desde que se publicó en España y ahora completa su colección en la Argentina.


Autocracia S.A., de Anne Applebaum (Debate)

A partir de casos contemporáneos, la ganadora del Premio de la Paz de los Libreros Alemanes 2024 y del Premio Pulitzer 2004, Anne Applebaum, demuestra en Autocracia S. A. que no hay un único líder al frente de las dictaduras, sino unas sofisticadas redes compuestas por estructuras financieras cleptocráticas, cuestionables servicios de seguridad y propagandistas profesionales. Los miembros de estas redes no solo están conectados dentro del propio país, sino con los de muchos otros. Las empresas corruptas controladas por el Estado totalitario hacen negocios con sus homólogas en territorios similares.

La policía de un país puede armar, equipar y entrenar a la de otro. Los propagandistas comparten recursos y temas, difundiendo los mismos mensajes sobre la debilidad de la democracia y la maldad de Estados Unidos.



El hospital de la transfiguración, de Stanisław Lem (Impedimenta)

El hospital de la transfiguración fue la primera novela escrita por Stanisław Lem y, a la vez, la primera parte de la trilogía Tiempo no perdido, un ambicioso ciclo, inédito como tal durante sesenta años, que describe las vivencias del propio autor durante los duros episodios de la ocupación nazi en su ciudad natal de Leópolis.

La novela narra la historia de Stefan Trzyniecki, alter ego de Lem, un joven doctor que, en los primeros meses de la invasión de Polonia, encuentra empleo en un hospital psiquiátrico enclavado en un bosque remoto. La locura del exterior se filtra poco a poco entre los muros del hospital, y así Trzyniecki se empeña en salvar a sus pacientes en ese lugar que parece «fuera del mundo», frente a un grupo de sádicos doctores que realizan atroces experimentos con los enfermos internados en el centro. Mientras, los nazis peinan los bosques en busca de partisanos y deciden convertir el sanatorio en un hospital de las SS.






sábado, 23 de noviembre de 2024

Casa de citas / Leila Guerriero / Escritura y hastío

 

Leila Guerriero


Leila Guerriero

ESCRITURA Y HASTÍO


"No soy partidaria del cliché de la tortura: de la imagen del periodista que sufre, que escribe de noche sentado sobre una pila de clavos y de libros de Cioran. Yo escribo durante el día, hago gimnasia, casi no fumo, no tomo café, pero cada vez que me dispongo a escribir deseo, con todo mi corazón, ser otra cosa: cantante de rock, diseñadora de modas, doble de riesgo. Abrazar cualquier profesión que me aleje del hastío que me producen esos días monótonos en los que, de todos modos, ya he aprendido a internarme casi sin quejas, con resignación y confianza, y sin más luz que me guíe que las tres o cuatro frases del principio".


- Leila Guerriero

'Zona de obras'


jueves, 23 de mayo de 2024

Un personaje / Leila Guerriero

 


Marco García Falcón

LEILA GUERRIERO


Me gusta Leila Guerriero. Me gusta ese ascetismo sin religión que la lleva a encerrarse por semanas, si no por meses, cuando prepara un texto. Me gusta su carraspera. Me gusta su look repetido (siempre bluejeans oscuros y una blusa ploma o negra) porque sabe que los espectáculos se dan en otra parte. Me gusta su belleza antigua y altiva, que luce cuando ríe con escándalo y cuando se yergue como una cobra frente a un tema que considera importante. Me gusta su mirada de escalpelo, su disciplina terca, salvaje. Me gusta que no se conforme con dominar el caballo del lenguaje, sino que aspire a ser, al mismo tiempo (como Ursula K. Le Guin), el jinete y el caballo: un centauro. Me gusta su desesperación reposada, su vértigo amable.

Cada vez que puedo (por lo general cuando dicto) la menciono y varios de sus textos me sirven de ejemplo para lo que enseño. Muchos no la conocen; algunos cuantos, sí. Y con aquellos que se refieren a ella con admiración –cuando no con fervor- de inmediato establezco un vínculo de familiaridad y complicidad. Así ha sido durante un buen tiempo -durante años, diría-, pero algo diferente ha ocurrido en las últimas semanas.

En una clase, luego de ver un video donde lee su hermoso texto “Escribir”, hablé con verdadera emoción de ella, quizá porque hacía un tiempo que no ponía ese video y me había conmovido como la primera vez. Una participante, bastante joven, esperó a que terminara mi elogio y dijo: “Yo también amo a Leila. Tengo todos sus libros, la leo siempre, y si existieran muñequitos de ella, tipo Funko o articulables, me los compraría todos.”

Lo que dijo me provocó, naturalmente, gracia y ternura. Y terminada la sesión, nos quedamos conversando. Tenía más. En algún momento, confesó lo siguiente: “Por las noches veo sus entrevistas en Youtube, y me duermo escuchando su voz. Me he visto todos sus videos, y no sabes la alegría que me da cuando encuentro uno nuevo.”

¿Qué era eso? ¿Era posible? Tuve que confesarle, a mi vez, que yo también hacía lo mismo. Para mi sorpresa, no se sorprendió: le parecía lo más natural del mundo.

En otro tiempo, hubiera pensado que era una señal o un símbolo de algo; ahora, lo interpreté como una coincidencia (bastante improbable, por cierto). Y sin embargo, me ha vuelto a suceder en los últimos días, en talleres diferentes, con una señora de mi edad y con otro muchacho, de unos treinta años. Ambos son lectores de Leila y también se duermen escuchándola, con gusto. “Me encantan su claridad y sus ejemplos”, puntualizó la señora. “Habla de la mirada y ella tiene una mirada que es solo suya”, explicó el más joven.

¿Es lo que dice lo que nos tiene subyugados? ¿Y qué es lo que dice Leila Guerriero? Que para algunos la escritura es un hoyo negro que se lo traga todo, a tal punto que si no nos rendimos a él, nada tiene sentido y el mundo se desintegra. Que cuando escribimos entramos en trance, el tiempo se detiene y caemos en una inconsciencia tensa donde no existen más que las palabras. Que nuestra condena es esa contante migración a una cueva interior, donde se está solo, irremediablemente solo, y donde el consuelo llega -si llega- cuando se ha logrado una buena oración, un buen párrafo. Que el placer que se obtiene -siempre transitorio, siempre mezquino- muchas veces no está en escribir, sino en haber escrito: en liberarse por un momento, y decir “ya está”. Que por eso dedicarse a la escritura no es una mala vida, pero sí puede ser una vida muy mala, pues a menudo a uno lo inundan un vacío y una desesperación que, paradójicamente, solo se calman escribiendo.

¿O es la forma en la que habla? Leila dice todo esto con una impavidez de veterana de guerra, como si hubiera conocido a fondo los peores males de esta actividad en apariencia inofensiva y nos contara no solo que sobrevivió a ellos, sino cómo fue que lo hizo. Y su relato, atravesado de una gravedad incantatoria, de una precisión quirúrgica y hermosa, nos confirma que, pese a todo el daño que conlleva, siempre vale la pena escribir.

Sea cual sea el motivo, me he quedado pensando en cuántas personas seguirán a Leila, hasta el punto de hacerla compañera de su sueño. ¿Existe en el mundo un contingente de escritores trémulos que, además de leerla, se arrullan con su voz porque se sienten comprendidos y como protegidos por sus palabras? ¿Hace lo mismo Leila con esos escritores fetiches a los que constantemente menciona (David Foster Wallace, Lorrie Moore, Idea Vilariño, etc)? ¿Alguna vez todas estas personas se encontrarán, o mejor dicho nos encontraremos, en algún punto? Yo creo que todos, incluida Leila, solo buscamos una cosa: abrazar el nuevo día para tratar de escribir mejor.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Casa de citas / Leila Guerriero / Arquitectos de la prosa


Leila Guerriero
ARQUITECTOS DE LA PROSA

Leamos, por ejemplo, a Rex Reed describiendo así su encuentro con Ava Gardner en su perfil «¿Duerme usted desnuda?»: «Ella está ahí, de pie, sin ayuda de filtros contra una habitación que se derrite bajo el calor de sofás anaranjados, paredes color lavanda y sillas de estrella de cine a rayas crema y menta, perdida en medio de este hotel de cupidos y cúpulas, con tantos dorados como un pastel de cumpleaños, que se llama Regency. (...) Ava Gardner anda majestuosamente en su rosada jaula leche malta cual elegante leopardo. Lleva un suéter de cachemir de cuello alto, arremangado hasta sus codos de Ava, y una minifalda de tartán y enormes gafas de montura negra y está gloriosa, divinamente descalza.» Leamos, por ejemplo, al periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos describiendo así el estilo de boxeo del ex campeón mundial Kid Pambelé, en el libro El oro y la oscuridad: «La mano izquierda adelantada mantenía a raya al contrincante, con una arrogancia nunca antes vista. No era el típico jab que apenas sirve para demarcar el territorio e impedir que el otro se acerque, sino un martillo persistente que aturdía y perforaba. Pum, en la boca. Pum, en la boca adolorida. Pum, en la boca rota. Pum, en la boca que chorreaba sangre. El martillo pegaba y pegaba, obsesivamente, donde más te dolía, y sólo te dejaba en paz al final de su tarea asesina.»

Leila Guerriero / ¿Qué es el periodismo literario?





Casa de citas / Leila Guerriero / Invisible

 



Leila Guerriero
INVISIBLE

Pero para ver no sólo hay que estar; para ver, sobre todo, hay que volverse invisible.

El periodismo narrativo se construye, más que sobre el arte de hacer preguntas, sobre el arte de mirar. La forma en que la gente da órdenes, consulta un precio, llena un carro de supermercado, atiende el teléfono, elige su ropa, hace su trabajo y dispone las cosas en su casa dice, de la gente, mucho más de lo que la gente está dispuesta a decir de sí.

En su libro El nuevo periodismo, Tom Wolfe decía que: «Cuando se pasa del reportaje de periódico a esta nueva forma de periodismo (...) se descubre que la unidad fundamental de trabajo no es ya el dato, la pieza de información, sino la escena (...). Por consiguiente, tu problema principal como reportero es, sencillamente, que consigas permanecer con la persona sobre la que vas a escribir el tiempo suficiente para que las escenas tengan lugar ante tus propios ojos.»


martes, 8 de noviembre de 2022

Casa de citas / Leila Guerriero / Paul Bowles

 



Leila Guerriero
PAUL BOWLES

Hace años leí un libro llamado El cielo protector en el que su autor, Paul Bowles, escribió la frase más aterradora que yo haya leído jamás. «La muerte –dice Paul Bowles– está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizás cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizás veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado.»

Yo siempre supe que me iba a morir, pero la frase de Paul Bowles me hizo entender que tengo mis días contados. ¿Cuántas veces más viajaré a España; cuántas veces más estaré en Santander; cuántas veces más recordaré esta tarde? Quizás dos veces más. Quizás ni siquiera eso. Y, sin embargo, todo parece ilimitado.

Leila Guerriero / ¿Qué es el periodismo literario?



viernes, 28 de octubre de 2022

Casa de citas / Leila Guerriero / Hebe Uhart

 

Hebe Uhart en su balcón


Hebe Uhart

Una vez me regaló el gajo de un árbol de su balcón. Lo planté y se secó


Leila Guerriero
16 de octubre de 2018

El jueves me llegó un correo. El asunto decía Adiós a Hebe Uhart. Lo abrí sabiendo lo que iba a encontrar. Fogwill y Ricardo Piglia decían que era la mejor escritora argentina. Ella, en su departamento chico con balcón lleno de plantas, rechazaba la aseveración: “No quiero ser la mejor. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola”. Escribió más de 20 libros: cuentos, novelas, y unas crónicas viajeras de abordaje extraño: tomaba un bus, se iba a un pueblo y hablaba con la gente que pasaba por ahí. El resultado era de una maestría violenta. Esa mirada a ras del piso le valió el mote de naif. Pero ella era una navaja: “Naif, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente. Lo que sí tengo es esa veta medio optimista”. Fue una adolescente mística emperrada en lavarse con jabón para la ropa en un ejercicio de ascetismo que se inventó después de escuchar que “a los tibios los vomita el Espíritu Santo”. Fue maestra rural, profesora de filosofía, novia de novios complejos. A uno, alcohólico, lo llamaba “el borracho de la mañanita”. Mientras hablaba y fumaba, miraba hacia todas partes como un animal acorralado, pero tenía una inteligencia travestida de un fraseo coloquial y sin filtro: “Me empezaron a interesar los monos. Fui cinco veces a la jaula de los chimpancés en el zoológico. No fui más porque el elefante está al lado, y se bañaba en barro y me enchastraba la cabeza”. En 2017 ganó el Premio Manuel Rojas, en Chile. Se lo entregó la presidenta Bachelet y le escribí para preguntarle cómo le había ido. “Me fue bien”, respondió, “fueron tres amigos y cinco alumnos. Antes tenía miedo de todo, pero salió sencillo y agradable”. Una vez me regaló el gajo de un árbol de su balcón. Lo planté y se secó. Tiempo después me preguntó cómo estaba el arbolito. Le dije que muy bien, muy lindo. La quería, y no quería que sufriera.

EL PAÍS