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| Juan José Saer |
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| Juan José Saer |

Manuel Puig
VARGAS LLOSA CONTRA MANUEL PUIG
En 1961 Manuel Puig se encontraba de vuelta en Argentina, debido a su decisión de abandonar la carrera de dirección cinematográfica que estudiaba en Roma. De vez en cuando escribía algunos guiones e incluso participó en dos coproducciones como asistente de dirección: «Casi al fin del mundo» y «Una americana en Buenos Aires». En 1962 volvió a Roma, donde su amigo Mario Fenelli le instó a que escribiera algo autobiográfico. Puig eligió a su primo Jorge y los amoríos qué lo rodeaban. A los dos días de escritura y con 30 carillas terminadas Puig se dio cuenta de que eso no era un guion, sino una novela.
Tiempo después se mudó a Nueva York para seguir trabajando con dicho texto. De ese texto nació «La traición de Rita Hayworth». Puig terminó la novela en 1965. Néstor Almendros, cineasta amigo de Puig, después de ver la novela se la mando a Juan Goytisolo, quien considero que era una excelente novela. En ese mismo año Goytisolo la manda a Carlos Barral para el Concurso Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. «La traición de Rita Hayworth» empató en la ronda final de votaciones con «Últimas tardes con Teresa», de Juan Marsé. La discusión sobre quien debía llevarse el galardón fue bastante tensa: Luis Goytisolo aposto por Puig, mientras que Vargas Llosa se opuso tajantemente, al considerar que la obra era poco literaria y que su autor escribía como «Corin Tellado», pese a que 12 años después Vargas Llosa escribiría «La tía Julia y el escribidor». Al final Goytisolo renunció a ser miembro del jurado y Vargas Llosa no cambio de opinión: Marsé gano el premio.
36 años después, en 2001 Vargas Llosa dio sus razones para no darle el premio a Puig: «Sin embargo, reconocidos estos méritos, me pregunto (...), si la obra de Manuel Puig tiene la trascendencia revolucionaria que le atribuyen. Yo me temo que no, que ella sea más ingeniosa y brillante que profunda, más artificiosa que innovadora y demasiado subordinada a las modas y mitos de la época en que se escribió como para alcanzar la permanencia de las grandes obras literarias, la de un Borges o la de un Faulkner por ejemplo».
La parte de la entrevista de Vargas Llosa a Borges (de junio de 1981), relativa a la austeridad con que vivía el incontrastable escritor argentino, tal como tuvo lugar en realidad…
Alguna vez he contado cómo ocurrió mi primer encuentro personal con Mario Vargas Llosa. Fue hace no sé cuántos años (15, quizás 20) en un tránsito por el aeropuerto de Barajas. En ese ambiente tan poco propicio, en el cual todo el mundo parece tener prisa (aunque no la tenga), descubrí al escritor y, contra mis costumbres, me atreví a abordarlo. Y apenas me le presenté, le solté una confesión: “Maestro, soy un escritor cubano. Y solo quería decirle que cada vez que comienzo a escribir una novela, me vuelvo a leer Conversación en La Catedral… a veces otra vez completa”, le dije y su rostro, hasta ese momento pétreo, se suavizó con una sonrisa y por eso pude agregar: “Con usted siempre aprendo algo sobre las estructuras”, y, sin añadir palabra, el Maestro me tendió la mano y se sumergió en el gentío apresurado.
Gonzalo y Álvaro, en compañía de Morgana, portan las urnas con las cenizas de su padre, el escritor Mario Vargas Llosa, fallecido el pasado 13 de abril, en Lima. Gonzalo con ambas manos, casi como un niño que protege el más preciado de los objetos, y Álvaro con una sola mano y encima de una carpeta, como diestro camarero, expresando el dominio que le ha servido para enfrentar el acoso periodístico de los dos o tres últimos y difíciles años. La foto me parece impecable: la palmera y los postes que podrían confundirse con afilados árboles al fondo y los escaños vacíos a la orilla, ese muro mediano que se extiende al infinito y las blancas e interminables columnas de un edificio sin nombre. Expresa, además, la jerarquía: Álvaro, el mayor, avanza resguardado por sus hermanos, mientras Morgana, la menor, marca una leve distancia. Es una lástima que el diario ABC no mencione al fotógrafo.
No hay consuelo que valga. No hay gloria que alivie el dolor de la ausencia. Todos dirán que ahí queda la obra, grandiosa, admirable, y es cierto, pero el padre ha muerto. No hay consuelo que valga.
Los tres visten con elegancia y sobriedad. Gonzalo y Álvaro caminan con la cabeza baja, y Morgana mira al frente. Los tres portan la ausencia, más que las cenizas.
Los lectores lamentamos la muerte del escritor pero no experimentamos la convivencia ni el peso de los lazos de la sangre. Seguimos con la obra, como siempre, concluida por el portazo de la muerte. Una obra esencial, valiosa, bella, pero sólo es una parte de una infinita biblioteca, la verdad sea dicha. Vargas Llosa ya es otro muerto entre tantos muertos prestigiosos de toda biblioteca. Lo demás es palabrería. Otros autores vienen en camino hacia la muerte y continuaremos la ceremonia de los asombros.
Pero, en cambio, Gonzalo, Álvaro y Morgana han entrado por primera vez en el territorio sin salidad de la orfandad, donde la muerte seguirá sucediendo. Lo que para lectores ya comienza a ser parte del pasado y mucho más cuando baje la marea del espectáculo, para los hijos será el presente eterno.
Por eso la foto resulta tan impresionante. Tan definitiva. Tan dolosamente bella y pura.
15 de abril de 2025
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| Mario Vargas Llosa |
A sus 89 años y junto a sus seres queridos, ha fallecido en Lima uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, Mario Vargas Llosa. Los agradecidos lectores del mundo entero recibimos la noticia con profundo dolor.
En la medida de lo posible seguí su obra a través de los años. Desde las poderosas obras iniciales, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y La Casa Verde, hasta La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo, entre otras. Seguí su obra periodística. Leí y sigo leyendo otra obra maestra suya, La orgía perpetua, lúcida exploración de Madame Bovary.
Ninguno otro novelista de su generación exploró con tanto acierto y lucidez la arquitectura literaria, es decir, la estructura del objecto verbal, tanto en su propia obra como en los textos dedicados a otros escritores. Aparte de creador, fue un teórico, un crítico de talla mayor.
Ha valido la pena.
Gracias, maestro.
Marconio Vásquez
MARIO
El homenaje es leerte,
y en imaginaria mesa
abrir cerebro y cabeza,
preguntarte, comprenderte,
escuchar sin someterte
a la inquisición moral.
¿Quién soy yo, simple mortal,
para sentenciar tu vida?
Si la mía es tan torcida,
inconstante e infernal.
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| Mario Vargas Llosa |
Israel Centeno
VARGAS LLOSA
Ha muerto Mario Vargas Llosa, y con él se va algo más que un gran autor: se clausura una forma entera de vivir y concebir la literatura. Fue, quizás, el último escritor de lengua castellana que llevó una carrera literaria ortodoxa —en el sentido flaubertiano, riguroso y totalizante del término— y también el último que encarnó, sin pudor ni disculpas, la figura del escritor profesional que aspiraba a intervenir en el mundo desde la ficción y desde las ideas…
Adriana Herrera
VARGAS LLOSA
Ha partido el último de los grandes del Boom latinoamericano. Nunca respondió a la corrección política. Provocó incendios (literales y literarios) desde muy joven desafiando la autoridad opresiva de su propio padre, de la Escuela Militar Leoncio Prada, de las convenciones que asfixiaban la realidad interior para sostener las apariencias, y no tuvo inconveniente en cambiar, con absoluta integridad, de visión y opinión cuando los hechos sobrepasaban sus convicciones. Prueba de ello fueron su vida y su literatura: pienso en su valiosa y valiente defensa de Camus frente a Sartre, y en el histórico libro "Israel-Palestina. Paz o Guerra Santa". Habría deseado preguntarle por este presente, segura de que no habría temido abrir la puerta a las controversias, siempre y cuando se preservara la honesta búsqueda de lo justo. Sus equivocaciones fueron quizás menores que sus retracciones. Se distanció de la utopía del comunismo tropical y abrazó de un modo incomprensible para mí y para muchos, la defensa del neoliberalismo. Lo que nadie podrá negar es el valor de su honestidad, la capacidad para soltar el caparazón de sus propias creencias y expandir su visión más allá de cualquier forma de corrección exigida. Devoto de Madame Bovary, jamás temió al escándalo y sus héroes fueron a menudo personajes históricos controversiales. Tuve el privilegio de entrevistarlo varias veces para la revista Poder, bajo mi inolvidable editor José Fernando López. Escribí entonces: "Con Mario Vargas Llosa se puede o no estar de acuerdo, pero nadie puede acusarlo de haber cedido a los halagos del poder."
MURIÓ MARITO
Diego Medrano
FIN. Murió Marito y la lengua cervantina está de luto por los charcos negros del dolor. Murió Marito, galán cinematográfico, obrero incansable de las letras, risa de niño y dentadura blanca (un día Onetti se lo dijo a una periodista francesa: ¿”Vos me mirá así porque no tengo dientes? Es que se los he dejado todos al Vargas Llosa?”). Murió Marito: omnipresente en la cultura española desde inmemoriales tiempos cavernarios. Me quedo con su única novela lírica (“La casa verde”). Me quedo con sus vivencias parisinas (“Travesuras de la niña mala”, “El pez en el agua”). Me quedo con su ojo crítico (“La orgia perpetua: Flaubert y Madame Bovary”). Me quedo con el Chivo, Pantaleón y “La ciudad y los perros”. Nunca varió su sistema de trabajo: un primer manuscrito a vuelapluma muy rápido, y luego variaciones lentas sobre el mismo (“No puedo trabajar sobre nada”). Murió Marito: bebedor inmenso de agua, lector incansable, follador de su tía, burgués sin una pizca de curiosidad por el barro o la noche pegajosa. Sus mayores chistes o gracietas fueron todas de niño pequeño, bien vestido y mejor peinado. Tuvo bemoles lo de la Preysler: que no se había enamorado él sino su “pichula”. Esas sábanas suyas en El País, a doce mil pavos, dormían a los elefantes pero uno cazaba libros raros. Murió Marito: Nobel y académico y honoris causa por todas las trompeterías encendidas del vasto mundo, y Cervantes sin azumbre de vino y Principe de Asturias sin sidra. Su párrafo es francés (largo) y sus descansos del mismo son calientes (caribeños), y solo le interesa America cuando ocurre lo primero (Faulkner). Marito, con y sin bigotito, buena percha, raya dura del pelo, traje caro. La vida por la letra. A tantos folios al día y así hasta el éxito. Murió Marito: estamos de luto. El día organizado para la escritura perpetua y pocas farras, jaranas o chuflas de beodos baturros. Marito: en sus inicios combinaba el color de los manteles con el de los jerséis para las entrevistas luminosas y con muchas risas lujosas, de esas que nos perfuman en la paz del dinero, el bisni y la vida. Marito: esa gente guapa entre la pomada fetén. Qué niño más bueno y trabajador! Pa comérselo. ¿Vulva o coño, Marito? Vulva. Y pichula.
VARGAS LLOSA
Aeropuerto Internacional Jorge Chávez
-Quiero ir al baño -dice ella.
-Vamos, te espero afuera. Cuido las maletas -digo yo.
Y mientras espero un hombre blanco, alto y canoso, vestido con una camisa blanca y un pantalón beige, cruza a unos 20 metros de donde estoy, va en busca de la sala de espera de su vuelo.
Lo veo y corro para alcanzarlo. Miro las maletas, no me importa abandonarlas por un ratito. Llegó hasta él y alcanzo a ofrecerle mi mano.
-Maestro, felicidades por su Nóbel.
-Gracias -me dice a mí y al resto de personas que lo felicitan también.
Regreso sonriente y con la mano diferente al sentir la suya en el apretón que me dio.
-¿Qué pasó? -pregunta ella mientras mira las maletas abandonadas.
-Acabo de ver a Vargas Llosa -y le señalo el lugar donde lo vi parado aceptando el cariño de la gente. Porque él ya no estaba, y no lo estuvo nunca más para mí.
Hoy no está nunca más para todos.
Jerónimo García Riaño
Diciembre de 2010
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La pareja nos abre las puertas de su relación.
"Se disfruta de una forma diferente, pero la intensidad es exactamente igual", dice Isabel Preysler en una de sus entrevistas más íntimas. Está en el salón de su casa, cómoda, rodeada por el equipo de Harper's Bazaar España y, aún así, confidente. Junto a ella, su pareja, Mario Vargas Llosa, con quien comparte vida y corazón desde hace ya dos años. Hablan el uno del otro como si el suyo fuera el primer amor de cada uno, con la misma ilusión y enamoramiento que las relaciones que nacen a las puertas de un instituto; como si llevaran décadas destinados a encontrarse...
Mario Vargas Llosa
GARCÍA MÁRQUEZ
«Yo viajaba a Las Palmas desde Madrid, en un avión, la azafata se me acercó y me dijo "Ahí atrás hay un señor que lo admira a usted muchísimo, que tiene una enorme admiración. Es tímido. No quiere molestarlo, no quiere que le escriba usted un autógrafo… quiere darle la mano. ¿Podría acercarse a darle la mano?”. “Por supuesto, que se acerque a darme la mano, encantadísimo”: Y vino un señor relativamente joven y que estaba profundamente conmovido, profundamente conmovido. Y entonces, más o menos, me dijo “Mire, usted no sabe lo que significa esto para mí, usted no sabe lo que han sido sus libros en mi vida”. Yo estaba… no sabía qué decirle. Y entonces ahí vino la cuchillada, me dice: “… porque Cien años de soledad cambió mi vida”. La emoción de este señor era de tal naturaleza que yo no me atreví a decirle “Mire, yo no soy García Márquez. Lo siento muchísimo, le pido mil perdones, pero no soy el que usted cree”. Y le di la mano. Suplanté a García Márquez».
La ausencia de escritoras en la Bienal Vargas Llosa me ha hecho volver a leer Lo que Varguitas no dijo, el libro escrito por Julia Urquidi, tía de Mario Vargas Llosa y su primera esposa (a quien Mario después abandona por Patricia Llosa, su prima hermana adolescente y sobrina de Julia, y a quien a su vez abandona años después por Isabel Preysler). Este testimonio biográfico es un documento interesantísimo que logra infiltrar la coraza del GRAN ESCRITOR para mostrar al niño caprichoso y berrinchudo y al joven melodramático, soñador, manipulador y por momentos ridículo: el que acusa a Julia repetidamente de "violenta" cuando esta le reprocha las infidelidades que él niega hasta el final, el que escribe con pasmoso egoísmo "Es violencia, la peor de todas, el haberme obligado a continuar contigo con el arma desleal del suicidio", el Varguitas mimado y venerado por las primas y tías que siempre están cocinando o levantando la mesa a su alrededor mientras él se dedica a las conversaciones brillantes o a seducir a la prima menor de edad. El libro irritó tremendamente a Vargas Llosa, que utilizó el adjetivo que se ha usado desde siempre para devaluar la palabra de las mujeres: "chismográfico"; le molestó tanto este recuento personal de una mujer que no tenía ni una fracción de su poder que la castigó quitándole las regalías de La ciudad y los perros, novela que escribió mientras estuvieron casados. Lo que Varguitas no dijo pone en evidencia el lado incómodo del nacimiento del escritor: la mujer que le mecanografía los manuscritos, lo alienta, lo cuida, le prepara las comidas, le regala libros, la mujer traicionada y olvidada que muchos años después intenta recuperar su autonomía contando su propio relato. Si el patriarcado exigía de Julia Urquidi un digno silencio y replegarse discretamente en la habitación de atrás, yo aplaudo este dinamitar las formas y el buen gusto para que los demás veamos cómo opera el campo literario en el espacio de aquello que se considera "doméstico" y, por lo tanto, fuera de todo posible cuestionamiento o discusión. Es en ese espacio doméstico y silencioso que las mujeres siguen haciendo trabajos no remunerados ni reconocidos por el Estado; más que nunca, urge discutir una economía de los cuidados, y más que nunca sirve el testimonio de Julia Urquidi para entender cómo se hace un escritor.
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| Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez |
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| Mario Vargas Llosa |
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| Ilustración de Fernando Vicente |
No ha sido un año fácil para Vargas Llosa. El 2022 cerró con una bomba mediática: el final de la relación de ocho años con su amante Isabel Preysler.
Era apenas el anuncio del terremoto 2023. Para empezar, Vargas Llosa pasó unos cuantos días en el hospital y sus lectores temimos lo peor. 87 años pesan, por supuesto. Luego el maestro regresó a la servidumbre de su antiguo matrimonio y, además, dejó la literatura y el periodismo: ya publicó su última novela, “Le dedicó mi silencio”, y la última columna de “Piedra de toque”, que mantuvo en El País durante 33 años. Una catástrofe tras otra.
Lo vi, ya octogenario, en la Feria del Libro de Guadalajara, rodeado de guardaespaldas que no lo descuidaron ni cuando fue al baño, y me impresionaron la firmeza y la velocidad de sus pasos, y luego, en la charla convocada por el periódico español El País, la lucidez de sus respuestas y la elaboración gramatical. Lo había visto antes, en el lanzamiento de una de sus pobres novelas eróticas, en la Feria del Libro de Bogotá, pero el escritor colombiano que lo presentaba, dueño de un ego descomunal y una obra lastimosas, casi no lo dejó hablar. Al parecer, estos últimos años han pasado factura, afectando hasta su prodigiosa memoria.
A propósito de estas desgracias tan propias de la edad, he leído comentarios mezquinos de gente miserable. Uno se pregunta si han leído “La casa verde” o “Conversación en La Catedral”, monumentos de la literatura, o un libro tan sólido y admirable como “La orgía perpetua”. Uno se pregunta si alguna vez han leído. Porque escribir no saben. No son capaces con cuatro o cinco líneas. Aparte de los atropellos gramaticales y los patéticos razonamientos, sólo destilan veneno e ignorancia. Uno se pregunta si algo memorable han hecho estas personas. Uno se preguntan si alguna vez se lo preguntan.
Un humorista colombiano se burlaba de los olvidos de García Márquez en sus últimos años y otro ridiculizaba el comportamiento de Octavio Paz cuando, en su vejez, se le quemó la biblioteca. Me recuerdan a las hienas furiosas que atacan con fiereza a los leones viejos, heridos y moribundos. Si no morimos antes, señores, estamos destinados a la decrepitud. Y las hienas, como la peste, seguirán ahí, agazapadas en la oscuridad y los matorrales.
Ahora Vargas Llosa escribe el último libro, un ensayo sobre Sartre, uno de sus maestros, y relee una sus obras más amadas, “Madame Bovary”. Flaubert y Sartre, como al principio.
La escritura ha sido la pasión fundamental de Vargas Llosa. ¿Qué sigue luego? ¿Qué hace un hombre sin la pasión de su vida? ¿Se consuela con la admiración de millones de lectores? ¿Se dedica al disfrute de su merecida fortuna? ¿Basta con eso? ¿Eso es todo?
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| Mario Vargas Llosa |
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| Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez Iustración de Fernando Vicente |
El puñetazo que le zampó Vargas Llosa en 1976 en México le dolió a Gabo hasta su muerte. Y a Mario, sin duda. Eran más que hermanos. Uno de los dos hijos varones de Mario se llama Gabriel Rodrigo Gonzalo (los nombres de Gabo y sus hijos. La hija se llama Morgana, prueba clínica de la invencible sordera del peruano). Los padrinos del muchacho fueron los Gabos.