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martes, 5 de agosto de 2025

Joan Didion, cronista

 

Joan Didion


Joan Didion, la mayor cronista norteamericana de los años 60 y 70


«Un día sonó el teléfono. Me estaba bañando y estalĺé en lágrimas cuando John me contó lo que le dijo el obstetra que había atendido el parto. «Tengo una hermosa bebé en Saint John», eso dijo. «Quiero saber si la quieren». Una hora después estábamos parados afuera de la sala de bebés de Saint John viendo a una bebé con cabello intensamente oscuro y rasgos de capullo de rosa. La pulsera en su muñeca no ponía su nombre sino que decía SI, «Sin información». Bueno, no había duda. Ese bebé sería nuestro. Sí. Casi todos los que conozco que han tenido hijos, temen que cuando llegue el bebé no estén a la altura de la tarea. La realidad no pudo ser más perfecta. Recuerdo salir del hospital con ella y veníamos en el auto. Íbamos por la autopista de San Diego rumbo a casa. Siempre pienso en mí como si la hubiera conocido en la autopista.» 


***

domingo, 26 de diciembre de 2021

Casa de citas / Joan Didion / Cuaderno de notas

Cata lectora
2021
Fotografía de Triunfo Arciniegas



Joan Didion
Cuaderno de notas

La gente que toma notas en cuadernos es una especie distinta. Gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de las cosas, insatisfechos ansiosos, niños que al parecer sufrieron al nacer cierto presentimiento de pérdida.

Joan Didion, "Sobre tener un cuaderno de notas"
Los que sueñan el sueño dorado (Mondadori) 



Un personaje / John Wayne

John Wayne según Andy Warhol


Joan Didion
JOHN WAYNE: CANCIÓN DE AMOR


    En el verano de 1943 yo tenía ocho años y estaba viviendo con mis padres y mi hermano en la base aérea de Peterson, en Colorado Springs. Llevaba todo el verano soplando un viento tórrido, y hasta tal punto soplaba que daba la impresión de que antes incluso de que empezara agosto todo el polvo de Kansas iba a estar ya en Colorado, iba a pasar por encima de los barracones de cartón alquitranado y de la pista de aterrizaje temporal y no se iba a detener hasta chocar contra Pikes Peak. En un verano como aquel no teníamos gran cosa que hacer: hubo un día que trajeron el primer B-29, un acontecimiento memorable pero que tampoco era exactamente un plan para las vacaciones. La base tenía un club de oficiales, pero sin piscina; lo único que tenía de interesante el club de oficiales era una lluvia azul artificial que bajaba por detrás de la barra. La lluvia me interesaba bastante, pero yo no me podía pasar el verano entero mirándola, así que mi hermano y yo nos dedicábamos a ir al cine.

Un personaje / Georgie O'Keeffe

 

Georgia O'Keeffe


Joan Didion
GEORGIA O’KEEFFE


    «Ni el sitio donde nací ni la forma en que he vivido importan para nada», nos contó Georgia O’Keeffe en el libro de pinturas y textos que publicó al cumplir noventa años. Parecía estar aconsejándonos que nos olvidáramos de la hermosa cara que aparece en las fotografías de Stieglitz. Parecía que estaba desdeñando ese romanticismo más bien condescendiente que para entonces ya era inseparable de su persona, ese romanticismo de la belleza extrema y la edad avanzada y el aislamiento deliberado. «Lo que tendría que interesar es lo que he hecho con los lugares donde he estado». Me acuerdo de una tarde de agosto en Chicago en 1973 en que me llevé a mi hija, que por entonces tenía siete años, a ver lo que había hecho Georgia O’Keeffe con el sitio donde había estado. Aquel día nos encontramos uno de los enormes lienzos de Cielo sobre las nubes de O’Keeffe suspendido por encima de la escalera de atrás del Chicago Art Institute, dominando lo que parecían ser varios pisos de vacío luminoso, y mi hija lo contempló todo de un solo vistazo, a continuación echó a correr hasta el rellano de la escalera y volvió a mirar:
    —¿Quién lo ha dibujado? —me dijo en voz baja al cabo de un momento.
    Yo se lo dije.
    —Tengo que hablar con ella —me dijo por fin.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Casa de citas / Joan Didion / Sobre el amor propio

 

Joan Didion
Fotografía de Mary Lloyd Estrin

Joan Didion
SOBRE EL AMOR PROPIO


    Una vez, en plena mala racha, escribí con letras enormes en una doble página de un cuaderno que la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo. Aunque ahora que han pasado los años me maravilla el hecho de que una mente enemistada consigo misma pudiera llevar a cabo un registro tan minucioso de hasta el último de sus temblores, todavía recuerdo con avergonzada claridad el sabor de aquellas cenizas en concreto. Fue una cuestión de falta de amor propio.

Casa de citas / Joan Didion / En la cama

 


Joan Didion
EN LA CAMA


    Tres, cuatro y hasta cinco días al mes me los paso en la cama con migraña, insensible al mundo que me rodea. Y casi todos los días de todos los meses, entre ataque y ataque, siento esa repentina irritación irracional y ese flujo de sangre a las arterias cerebrales que me hacen saber que la migraña está de camino, y entonces me tomo ciertos fármacos para impedir que llegue. Si no me tomara esos fármacos, sería capaz de funcionar tal vez un día de cada cuatro. En otras palabras, ese error fisiológico llamado migraña es un hecho central en la vida que me ha tocado. Cuando yo tenía quince años, o dieciséis, o hasta veinticinco, pensaba que me podía librar de ese error simplemente negándolo, imponiendo el carácter sobre la química. «¿Sufre usted dolores de cabeza a veces? ¿Con frecuencia? ¿Nunca?», me preguntaban los distintos formularios de solicitudes. «Marque una casilla». Recelando de la trampa, deseando aquello que me fuera a reportar el circunnavegar con éxito aquel formulario en concreto (un trabajo, una beca, el respeto de la humanidad y la gracia de Dios), yo marcaba la casilla «A veces». Mentía. El hecho de que me pasara un día o dos por semana casi inconsciente por el dolor me parecía un hecho vergonzoso, que no solo revelaba una inferioridad química, sino también todas mis malas actitudes, mi temperamento desagradable y mis ideas equivocadas.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Casa de citas / Joan Didion / Una mancha de sangre


Joan Didion

Joan Didion
UNA MANCHA DE SANGRE

«Y de repente… ya no existía.» En mitad de la vida estamos en la muerte, dicen los episcopalianos junto a la tumba. Más tarde me di cuenta de que durante aquellas primeras semanas le debí de repetir los detalles de lo sucedido a todo el mundo que vino a casa, a todos los amigos y parientes que trajeron comida, prepararon bebidas y pusieron platos en la mesa del comedor para toda la gente que se presentaba a comer o a cenar, a todos aquellos que recogieron los platos y congelaron las sobras y pusieron en marcha el lavavajillas y llenaron nuestra casa (todavía no conseguía pensar en ella como mi casa) por lo demás vacía, aun después de que yo me fuera al dormitorio (nuestro dormitorio, sobre cuyo sofá seguía habiendo un albornoz de toalla de la talla XL comprado en la década de 1970 en el Richard Carroll de Beverly Hills) y cerrara la puerta. Aquellos momentos en que me vencía abruptamente el agotamiento son lo que recuerdo mejor de los primeros días y semanas. No recuerdo haberle contado a nadie los detalles, pero debí de hacerlo, porque todo el mundo parecía conocerlos. En un momento dado me planteé la posibilidad de que se hubieran contado los detalles de la historia entre ellos, pero la rechacé de inmediato: la historia que conocían era en todos los casos demasiado precisa para haber corrido de boca en boca. Venía de mí.
Otra razón de que yo supiera que la historia venía de mí era que ninguna de las versiones que yo había oído incluía los detalles que yo todavía no podía afrontar, como, por ejemplo, la sangre en el suelo de la sala de estar, que se quedó allí hasta que José llegó por la mañana y la limpió.
José. Que formaba parte de nuestro hogar. Que se suponía que tenía que volar a Las Vegas aquel mismo día, el 31 de diciembre, pero al final se quedó sin ir. Aquella mañana José estuvo llorando mientras limpiaba la sangre. Cuando le conté lo que había pasado, al principio no me entendió. Estaba claro que yo no era la narradora ideal de aquella historia, mi versión tenía algo que resultaba al mismo tiempo demasiado brusco y demasiado elíptico, mi tono tenía algo que no conseguía comunicar el dato central de la situación (una incapacidad que me volví a encontrar más tarde, cuando se lo tuve que contar a Quintana), pero cuando José vio la sangre, sí que lo entendió.

Joan Didion, El año del pensamiento mágico


viernes, 11 de diciembre de 2015

Casa de citas / Joan Didion / Sé por qué


Joan Didion
SÉ POR QUÉ

Sé por qué intentamos mantener vivos a los muertos: intentamos mantenerlos vivos para que sigan con nosotros.

También sé que si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.

Dejarlos que se conviertan en la fotografía de la mesa.

Soltarlos en el agua. El saberlo no me hace más fácil tener que soltarlo en el agua.

De hecho, la constatación de que nuestra vida en común irá poco a poco dejando de ser el centro de mi vida cotidiana, me pareció hoy, en Lexington Avenue, una traición tan clara que perdí la noción del curso del tráfico.

Joan Didion
El año del pensamiento mágico




martes, 5 de mayo de 2015

Casa de citas / Joan Didion / La vida

Angustia
Bogotá, 2015
Foto de Triunfo Arciniegas
Joan Didion
LA VIDA

La vida cambia en un instante. Te sientas a comer y la vida que conocías se acaba de repente.

Joan Didion, El año del pensamiento mágico