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viernes, 24 de julio de 2026

Alberto Salcedo Ramos / Dos frases


Alberto Salcedo Ramos
DOS FRASES

Hoy amanecí pensando en dos frases colombianas. La primera es muy común entre los vigilantes de Bogotá. Cuando necesitan que alguien se vaya de un lugar, se acercan y le hablan con modales ceremoniosos:

—¿Me colabora con la salida, sumercé? 

La segunda es una propuesta amorosa de las abuelas costeñas a sus nietos (cuando ven que el almuerzo está demorado y que ya hace hambre):

—Mijos: vayan comiéndose unas galleticas de soda.

Ambas frases tienen el mismo fin: suavizar el golpe. La del primer caso te echa a la calle con cariño y la del segundo te engaña el hambre con carbohidratos. 

Gestos de nuestra Colombia.

lunes, 6 de julio de 2026

Alberto Salcedo Ramos / Brasil

La tristeza brasileña, una foto repetida en los últimos 24 años.

Alberto Salcedo Ramos
BRASIL

La eliminación del Brasil de 1982 fue triste: los espectadores nos quedamos, de golpe, sin la elegancia plástica de Sócrates, sin la exquisitez de Zico y sin la zurda maravillosa de Éder. Algunos enviados especiales habían dicho que esa selección era la más asombrosa máquina de crear belleza que se había visto en una cancha. Por eso su eliminación fue una sorpresa y dolió. Pero este Brasil de ahora era un barco que venía haciendo agua desde las eliminatorias: sin carácter, sin ideas y previsible.

sábado, 17 de enero de 2026

Alberto Salcedo Ramos / La banda que escribía torcido

 


La banda que escribía torcido


Alberto Salcedo Ramos
16 de enero de 2016

Hay muchas maneras de leer La banda que escribía torcido, el extraordinario libro de Marc Weingarten publicado por Libros del KO. Puede leerse, en principio, como «una historia del Nuevo Periodismo». Así lo propone el autor en el subtítulo. El libro explora los orígenes y la evolución de esta modalidad: las publicaciones que lo impulsaron, los autores y editores que protagonizaron el fenómeno, las piezas emblemáticas del género. El rastreo de antecedentes es notable. Weingarten traspone las fronteras de Estados Unidos y se remonta a escritores del siglo XIX (Jack London, Charles Dickens) que fueron definitivos en la transición del dato escueto a la narración.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Alberto Salcedo Ramos/ La arepa y el bollo limpio




Alberto Salcedo Ramos
LA AREPA Y EL BOLLO LIMPIO

Hace unos años participé con el antropólogo culinario Julián Estrada Ochoa en un evento llamado "La arepa invita". En algún momento comparamos la arepa antioqueña ––simple, elemental–– con el bollo limpio costeño. Ambos alimentos son cuestionados por ciertos comensales ––por lo general de otras regiones–– con el argumento de que "no saben a nada". Julián y yo concluimos que esa falta de sabor de la arepa y del bollo es calculada de antemano: se trata de que a cada quien le sepan a lo que quiera. A hogao, por ejemplo, o a chicharrón, o al guiso sobrante de un caldero. Esa apertura de la arepa y el bollo limpio es maravillosa: son alimentos versátiles, incluyentes. Por eso, aunque no hayan ido nunca a una notaría a refrendar sus vínculos, son parientes.






miércoles, 9 de julio de 2025

Antonio Caballero / Dinero y elecciones

 

Antonio Caballero


Qué grande fue Antonio Caballero y qué afortunados fuimos al contar con su voz durante tantos años. 

Hoy me encontré en mis archivos una columna en la que explica, con su ironía magistral, la relación de las elecciones colombianas con la plata. Su premisa es filosa como una navaja suiza: al elector colombiano la plata en rama no lo mueve: lo conmueve. 

viernes, 30 de junio de 2023

Casa de citas / Alberto Salcedo Ramos / A veces te pierdes

 




Alberto Salcedo Ramos
A VECES TE PIERDES

A la derecha, Alberto Ramos, mi abuelo. Fina estampa. En su juventud, cuando todavía estaba soltero, fue a un baile con su novia de entonces. Ella le dijo: “voy al baño, ya vengo”. Pero no volvió. Treinta y cinco años después, se encontraron por casualidad, y mi abuelo le dijo muy serio: “a veces te pierdes”.



 



martes, 3 de enero de 2023

Casa de citas / Alberto Salcedo Ramos / Jorge García

Jorge García Usta, Héctor Rojas Herazo y Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos

JORGE GARCÍA USTA


Hoy amanecí recordando a Jorge. 

Y me puse triste.

Y se me salieron las lágrimas

En fin. En fin.

(Soy el único sobreviviente de esta foto tomada un día en que reímos mucho y comimos patacones)

El poeta Juan Manuel Roca me dijo una noche que, después de cierta edad, uno empieza a tener más amigos en los cementerios que en los bares.

Mi primer amigo en el cementerio fue Jorge García Usta, ese hermano mayor que la muerte me arrebató de manera prematura. 

Lo conocí en el periódico El Universal a finales de 1985. Entonces escribía sentado a horcajadas con las piernas a ambos lados de la silla, como si estuviera domando un potro muy brioso. 

Ya en aquel momento, a sus veinticinco años, parecía haberse leído todos los libros del mundo. Acaso por eso yo lo percibía como un señor precoz, pese a que tan solo me llevaba tres años. 

Como además tenía vocación de pedagogo, reconstruía mis textos con un bolígrafo azul mordisqueado en la punta. Entre tanto, iba reflexionando en voz alta. La precisión en el lenguaje – decía – no es un lujo sino una necesidad. En este punto citaba a Mark Twain: “la diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga”.

Era esencialmente irónico. En 1991 salió al mercado el libro que escribimos juntos: Diez juglares en su patio, reportajes sobre músicos populares del Caribe. Entonces un diario publicó una foto enorme de la portada, encima de una reseña insulsa. Al verme contrariado soltó esta broma estupenda: 

-- Hombre, no seas inconforme. Nos publican la foto de la portada, ¡y tú quieres que además se lean el libro!

Al lado de Jorge viví muchas situaciones divertidísimas que se han inmortalizado en mi memoria como evidencias de la chispa Caribe. Ante nosotros Héctor Rojas Herazo definió a cierto poeta grandilocuente como un tipo que “no hace poesía: lo que hace es fregarle la paciencia al crepúsculo”. 

En otra ocasión le oímos a David Sánchez Juliao el cuento de un conocido político barranquillero que, en vísperas de unas elecciones, pronunció un discurso en el Paseo Bolívar. “Les juro”, habría dicho el político mientras le mostraba a la audiencia los bolsillos vacíos del pantalón, “que por aquí jamás ha entrado un solo peso robado”. Entonces alguien del público le gritó: “no joda, loco, ¿estás estrenando pantalón?”

Mi hermano Jorge me regaló dos libros de Norman Mailer y uno de Thornton Wilder, me acercó por primera vez a la obra de Gay Talese, me obsequió un disco de los Gaiteros de San Jacinto, me presentó a la cantante Totó la momposina, me recordó que con la palabra se puede desarmar al verdugo como hizo Sherezade. 

Era un maniático del rigor. “Si ves que te brota fácil”, sentenciaba, “algo debe estar fallando”. Creía en el dogma de Sábato: a un escritor no sólo lo conocemos por lo que escribe, sino también por lo que borra.

Murió en diciembre de 2005, debido a un accidente cerebro-vascular. Y desde entonces tengo claro que, tal y como dice García Márquez, la muerte no es un asunto relacionado con tumbas y gusanos, sino un suceso que nos hace perder a los amigos.





 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Casa de citas / Leila Guerriero / Arquitectos de la prosa


Leila Guerriero
ARQUITECTOS DE LA PROSA

Leamos, por ejemplo, a Rex Reed describiendo así su encuentro con Ava Gardner en su perfil «¿Duerme usted desnuda?»: «Ella está ahí, de pie, sin ayuda de filtros contra una habitación que se derrite bajo el calor de sofás anaranjados, paredes color lavanda y sillas de estrella de cine a rayas crema y menta, perdida en medio de este hotel de cupidos y cúpulas, con tantos dorados como un pastel de cumpleaños, que se llama Regency. (...) Ava Gardner anda majestuosamente en su rosada jaula leche malta cual elegante leopardo. Lleva un suéter de cachemir de cuello alto, arremangado hasta sus codos de Ava, y una minifalda de tartán y enormes gafas de montura negra y está gloriosa, divinamente descalza.» Leamos, por ejemplo, al periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos describiendo así el estilo de boxeo del ex campeón mundial Kid Pambelé, en el libro El oro y la oscuridad: «La mano izquierda adelantada mantenía a raya al contrincante, con una arrogancia nunca antes vista. No era el típico jab que apenas sirve para demarcar el territorio e impedir que el otro se acerque, sino un martillo persistente que aturdía y perforaba. Pum, en la boca. Pum, en la boca adolorida. Pum, en la boca rota. Pum, en la boca que chorreaba sangre. El martillo pegaba y pegaba, obsesivamente, donde más te dolía, y sólo te dejaba en paz al final de su tarea asesina.»

Leila Guerriero / ¿Qué es el periodismo literario?





martes, 3 de mayo de 2016

Casa de citas / Alberto Salcedo Ramos / Pambelé y Pastrana

Antonio Cervantes "Kid Pambelé"
Ilustración de Luis Carlos Cifuentes

Alberto Salcedo Ramos
BIOGRAFÍA
PAMBELÉ Y PASTRANA

Estoy muriéndome de la risa por una anécdota de Kid Pambelé que me contó su hijo José Luis. Una anécdota que demuestra lo bonachón e ingenuo que El Pambe ha sido siempre. 
Cuando Pambelé fue campeón mundial entabló una relación cercana con Andrés Pastrana Arango, que entonces era un muchacho universitario. En esa época Pastrana hacía marchas por las calles y usaba a Pambelé como gancho para convocar.
Pero años después, cuando Andrés Pastrana se convirtió en Presidente de la república, Pambelé andaba tirado al desastre, consumiendo drogas y haciendo escándalos públicos. No era buena idea en absoluto que Pastrana se dejara ver al lado de él, y por eso lo evadía.
Un día Pambelé estaba borracho con sus amigos en el centro de Cartagena, y de pronto se enteró de que el presidente Pastrana iría a cenar en el Restaurante Nautilus. Los amigos lo azuzaron:
-- Mira que él te usaba cuando no era nadie y tú eras el champion. Vamos a ese restaurante y le dices que te tire la liga (en lenguaje costeño, "la liga" es un dinerito para pasar el rato).
Todos fueron al restaurante a montar guardia para encarar a Pastrana por sorpresa. 
De pronto se produjo el encuentro. Incómodo, nervioso, Pastrana saludó con una cortesía distante. Pambelé le reclamó:
-- Tú no me saludabas así antes.
Entonces Pastrana lo llamó aparte. Le puso la mano en el hombro, se sacó algo del bolsillo y se lo dio a Pambelé. 
Pambelé se despidió, efusivo. y regresó hacia donde lo esperaban sus amigotes de farra. Venía esgrimiendo por el aire, feliz, un billete de veinte mil pesos (equivalentes a unos seis dólares).
Uno de los amigos lo bajó de la nube.
-- Eche, ¿eso es todo lo que te va a regalar el señor presidente de la república?
-- Ajá, mi hermano -- se defendió Pambelé --. Él me dijo que ahora está un poco mal de plata (y en este punto se deslizó el dedo índice por el cuello) porque todavía no han pagado la quincena en la Presidencia de la República.