Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Manuel Vicent. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casa de citas / Manuel Vicent. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de agosto de 2024

Un personaje / Joseph Conrad



Joseph Conrad, abordo del S. S. Tuscania en su llegada a Nueva York, en 1923


Manuel Vicent
Joseph Conrad


6 de noviembre de 2020

La nómina de escritores que prefirieron largarse al otro mundo por la vía rápida a seguir escribiendo es magnífica y prácticamente interminable. Desde los clásicos Sócrates, Séneca y Petronio, pasando por Larra, Ganivet y Gabriel Ferrater entre los nuestros, por los famosos Salgari, Jack London, Virginia Wolf, Stefan Zweig, Sylvia Plath, Cesare Pavese, Walter Benjamin, Hemingway, la lista no está cerrada porque este es un oficio siempre al borde del acantilado, que no es sino el propio ego por el que el escritor está siempre a punto de despeñarse. Pero hubo dos grandes literatos que pasaron a la gran historia de la literatura gracias a que en su atormentada juventud, pese a haberlo intentado, no lograron suicidarse: Joseph Conrad y Hermann Hesse.

A la hora de embarcarse los marineros se dividen en dos: unos lo hacen apenados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios; otros se suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano en medio durante un tiempo largo. Joseph Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. Para él parecía haber escrito Baudelaire este verso: “Hombre libre, siempre amarás el mar”· En tierra era un ser zarandeado por la existencia, pero el mar lo convertía en un hombre esforzado, riguroso y libre. De regreso de su primera travesía a las Antillas, recalado de nuevo en el puerto de Marsella, a la espera de enrolarse en otro barco, fue devorado otra vez por las deudas y tuvo que coger un revólver y pegarse un tiro en el pecho para resolver bravamente el problema. La bala le pasó muy cerca del corazón y no quiso matarlo.

“Si he de ser marinero quiero ser un marinero inglés” -se prometió a sí mismo en el hospital donde se recuperaba de la herida-. Después de pasar por toda la escala, logró su deseo y como primer oficial de la marina mercante británica navegó los mares de China y de Nueva Zelanda; incorporó a su espíritu los nombres de Sumatra, Borneo y golfo de Bengala; se adentró en el corazón de África por el río Congo y en cada travesía compartió la vida con tipos heroicos y desalmados, que después convertiría de primera mano en personajes de sus novelas. La expiación y el remordimiento después de un acto de cobardía en Lord Jim, la serenidad ante la desgracia en Nostromo, la mutación constante de las pasiones como los cambios del oleaje en El negro del Narcissus, la penetración hasta el fondo de la miseria humana en El corazón de las tinieblas. Un escritor se mide frente al mar. En este sentido Conrad no tiene una sola página ridícula ni se permitió una zozobra. No así en su vida en tierra. Agradecemos que la bala no lo matara. A la hora de embarcarse los marineros se dividen en dos: unos lo hacen apenados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios; otros se suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano en medio durante un tiempo largo. Joseph Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. Para él parecía haber escrito Baudelaire este verso: “Hombre libre, siempre amarás el mar”· En tierra era un ser zarandeado por la existencia, pero el mar lo convertía en un hombre esforzado, riguroso y libre. De regreso de su primera travesía a las Antillas, recalado de nuevo en el puerto de Marsella, a la espera de enrolarse en otro barco, fue devorado otra vez por las deudas y tuvo que coger un revólver y pegarse un tiro en el pecho para resolver bravamente el problema. La bala le pasó muy cerca del corazón y no quiso matarlo.

“Si he de ser marinero quiero ser un marinero inglés” -se prometió a sí mismo en el hospital donde se recuperaba de la herida-. Después de pasar por toda la escala, logró su deseo y como primer oficial de la marina mercante británica navegó los mares de China y de Nueva Zelanda; incorporó a su espíritu los nombres de Sumatra, Borneo y golfo de Bengala; se adentró en el corazón de África por el río Congo y en cada travesía compartió la vida con tipos heroicos y desalmados, que después convertiría de primera mano en personajes de sus novelas. La expiación y el remordimiento después de un acto de cobardía en Lord Jim, la serenidad ante la desgracia en Nostromo, la mutación constante de las pasiones como los cambios del oleaje en El negro del Narcissus, la penetración hasta el fondo de la miseria humana en El corazón de las tinieblas. Un escritor se mide frente al mar. En este sentido Conrad no tiene una sola página ridícula ni se permitió una zozobra. No así en su vida en tierra. Agradecemos que la bala no lo matara.

EL PAÍS






martes, 22 de agosto de 2017

Casa de citas / Manuel Vicent / Beckett

Samuel Beckett

Manuel Vicent
BECKETT
BIOGRAFÍA
.
El talento de Joyce anulaba el que pudieran tener sus discípulos, a quienes regalaba corbatas a cambio de que le leyeran fragmentos de la Divina Comedia cuando estaba casi ciego. Beckett desarrolló con el maestro un amor precavido, a veces muy cerca del odio, porque sabía que era peligroso permanecer mucho tiempo al lado de un genio, con una traba añadida: Lucia, la hija de Joyce, una chica muy inestable y convulsa, se había enamorado de él. "Vengo a ver a tu padre, no a ti", le decía, y a partir de ahí comenzaba la tormenta, hasta que un día se vio obligado a dejar de visitar la casa. No consta que Joyce le regalara a su devoto Samuel ninguna corbata, pero le dio este consejo: estéticamente tiene el mismo valor la caída del ángel que la caída de una hoja.

Beckett vivía con Suzanne Deschevaux, siete años mayor que él, con la que se casaría en 1961. En su apartamento del bulevar Saint Jacques no había sillas ni cuadros, ni más enseres que el propio vacío. Allí Suzanne cosía y daba clases de piano para alimentarlo, pero Beckett también era una gran máquina de amar mujeres. Tuvo muchas amantes. La más conocida fue Peggy Guggenheim, quien le creía un escritor frustrado, pero muy atractivo a causa de su rareza, un tipo siempre imprevisible, que se pasaba toda la mañana en su cama sin hacer nada. Cuando un día esta judía millonaria se lo reprochó, él le dijo que se dedicara a comprar pintura y que le dejara en paz. Entonces a Beckett comenzaron a salirle unos granos en el cuello y, creyendo que era cáncer, se puso a escribir como si braceara con la máxima furia contra la muerte. Arrástrate por el polvo, pero hazlo luchando.
.
MANUEL VICENT
Póquer de ases
Alfaguara, Madrid, 2009, págs. 36 y 37



lunes, 21 de agosto de 2017

Casa de citas / Manuel Vicent / Putin III

Vladímir Putin



Manuel Vicent
PUTIN III

No preguntes cómo llegó a la cumbre sorteando y repartiendo puñaladas, hasta conseguir el favor del beodo y destartalado Boris Yeltsin. Era el tiempo en que el derribo de la Unión Soviética exportaba a Europa levas de prostitutas y criadas, mafiosos gordos con cadenas de oro que nutrían los bajos fondos y eran a su vez procaces y brutalmente ricos. Putin se propuso devolver a la patria humillada el orgullo perdido de primera potencia. Ante todo había que hacerse respetar. Conocía el alma rusa y sabía que su convulsión de olla podrida en plena ebullición no podía ser controlada sin el látigo de un buen domador.






Casa de citas / Manuel Vicent / Putin II

Vladimir Putin

Manuel Vicent
PUTIN II

El imperio soviético comenzó a resquebrajarse y Putin seguía siendo un pobre diablo, que tuvo que volver a Leningrado en su Volvo descalabrado con el que pensaba trabajar de taxista si las cosas le iban mal dadas. Pero junto con el coche, el lavaplatos y otros enseres domésticos, se llevó consigo también el archivo secreto de la Stasi, la siniestra policía secreta alemana, que había arramblado en medio de la confusión, y Putin supo jugar con este alijo plagado de sabandijas, como cartas muy firmes en una partida de póquer entre políticos corruptos, y esa fue la primera palanca de su poder. A Putin lo aupó el alcalde de Leningrado, Anatoli Sobchak, su protector, al que después ayudaría a huir a París cuando fue perseguido por corrupción.




Manuel Vicent / Putin I

Vladímir Putin


Manuel Vicent
PUTIN I

Hasta los 40 años era más bien un don nadie, un espía de segunda, el hijo de un humilde ferroviario comunista. Ahora avanza muy seguro deslizando sus espolones de gallo por una alfombra roja a lo largo de los fastuosos salones del Kremlin, rodeado de oro por todas partes, bajo el caudal de luz de mil lámparas y espejos, los mismos que reflejaron el antiguo esplendor de los zares. Es Vladímir Putin, de 1,70 de estatura, músculos de gimnasio, pómulos muy eslavos, que cobijan unos ojos de hielo.









lunes, 21 de septiembre de 2015

Casa de citas / Manuel Vicent / Dios ha muerto

Nietzsche

Manuel Vicent
Dios ha muerto

En la puerta del retrete de un bar de carretera, alguien había escrito: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. Debajo de este aforismo otro usuario había añadido: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”. Ante este par de sentencias inexorables Woody Allen comentó: “Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro muy bien de salud”. Es una bonita forma de bajarle los humos al superhombre.





domingo, 15 de septiembre de 2013

Casa de citas / Joyce / Joyce encuentra a Nora Barnacle

Nora Barnacle



Manuel Vicent

JAMES JOYCE SE ENCUENTRA 
CON NORA BARNACLE


Un día, el 16 de junio de 1904, James Joyce se cruzó con una chica parada ante un escaparate de la calle Nassau. La requebró. Ella le devolvió una sonrisa y ése fue el sello que a partir de entonces unió sus vidas hasta la muerte. Nora Barnacle era una muchacha pelirroja de Galvay, que trabajaba de camarera en el hotel Finn’s, pegado al Trinity College. Desinhibida, analfabeta, realista, alegre y decidida a todo, la chica enseñó a aquel joven reprimido a liberarse de la moral católica. Para empezar le rompió la barrera del sexo. Una tarde de domingo, la pareja paseaba por los muelles del puerto de Dublín y al llegar la oscuridad, sentados en la escalera de un callejón solitario, ella le hizo probar con cierta pericia las delicias de la masturbación, un acto que en la mente morbosa de Joyce desencadenó una tormenta de culpa y celos retrospectivos, un lastre acarreado por su formación jesuítica.



Manuel Vicent
Póquer de ases
Alfaguara, Madrid, 2009, págs. 76 y 77