jueves, 31 de agosto de 2023

Un personaje / Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta

 

La condesa sangrienta
Ilustración de Santiago Caruso



MUJERES ENCERRADAS

La condesa sangrienta se quedó sin suministros

Considerada la Drácula femenina, la aristócrata húngara a la que se atribuye bañarse en sangre de doncellas fue emparedada en su castillo


Jacinto Antón

20 de abril de 2020

Es tentador decir que la condesa sangrienta se quedó durante su confinamiento sin productos de baño, pero probablemente sería una broma gruesa y además no del todo exacto. La aristócrata húngara Elizabeth Báthory (Nyirbátor, 1560-Csejthe, 1614), también conocida como la Alimaña y la Loba, que son motes como para ir a visitarla, ha pasado a la historia por los horrendos crímenes de que la acusaron y en general se la recuerda sobre todo en la imaginación popular por bañarse en sangre de doncellas para mantenerse joven. Condenada en 1610 al confinamiento para el resto de sus días en su castillo de Csejthe, actual Chactice, Eslovaquia -murió cuatro años después, con el aburrimiento que hoy no nos cuesta nada imaginar-, evidentemente dejó de poder echar mano de las jóvenes con las que daba salida a sus pulsiones criminales. Pero en realidad, aunque nos fascine la imagen de la mujer solazándose en su rojo baño producto del asesinato, no está acreditado que ese fuera uno de los delitos que cometió y por los que la castigaron.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Un personaje / Grigori Yakovlevich

 





GRIGORI YAKOVLEVICH


El hombre que transita por las calles de San Petersburgo con cabello alborotado, barba descuidada y desgastados zapatos no es un vagabundo; es en realidad Grigori (Grisha) Yakovlevich Perelman, el genio matemático ruso que conquistó uno de los enigmas más intrincados y persistentes en la historia de las matemáticas: la Conjetura de Poincaré. 

En el año 2003, Perelman desconcertó a la comunidad académica al publicar una serie de artículos que validaban la conjetura, una interrogante que había dejado perplejos a los matemáticos por más de un siglo. Por este logro sin precedentes, el Instituto Clay lo galardonó con el codiciado Premio del Milenio, que conllevaba un premio en efectivo de un millón de dólares. Sin embargo, en un acto que desafió las convenciones y expectativas, Perelman declinó el premio, argumentando: "Si la solución es correcta, ningún otro reconocimiento es necesario". 

Su relato ha adquirido proporciones míticas en la contemporaneidad. Hasta este día, la Conjetura de Poincaré se mantiene como el único de los siete problemas del milenio que ha sido resuelto. A pesar de sus extraordinarias contribuciones, Perelman ha esquivado los reflectores públicos y ha evitado todo contacto con sus colegas en el ámbito matemático. 

Rompiendo con los cánones de la comunidad científica, Perelman eligió un estilo de vida caracterizado por el aislamiento. Su enfoque ascético y eremita hacia tanto la vida como la ciencia es tan excepcional que ha servido de inspiración para la nueva generación de jóvenes rusos. En San Petersburgo, no resulta infrecuente toparse con camisetas que ostentan su imagen acompañada de la leyenda: "No todo puede comprarse". 

Esta historia pone de manifiesto que los logros científicos trascendentales no siempre guardan concordancia con la fama o el reconocimiento social. Perelman personifica una paradoja dentro de la ciencia moderna: un individuo que alcanzó la cúspide del saber matemático mientras rechazaba los galardones y los aplausos que normalmente acompañan tales hazañas. En su soledad, halló la eficacia y la concentración necesarias para alterar el rumbo de las matemáticas de manera irreversible. 

 VÍA FACEBOOK

martes, 29 de agosto de 2023

Un personaje / Zelda Fitzgerald

Ilustración de Ana Regina García


MUJERES ENCERRADAS

Zelda Fitzgerald, la primera ‘it girl’: vivir en llamas y morir calcinada

'Mujeres recluidas’- capítulo XII: pintora, bailarina y escritora, Zelda murió en el incendio del enésimo sanatorio mental en el que estuvo internada. Su trágico final fue la triste alegoría perfecta de la complicada existencia de la primera 'it girl' de la historia.

SILVIA LÓPEZ
27 ABR 2020 23:59
Tan talentosos como Rooney Mara y Joaquin Phoenix, tan indómitos como Kate Moss y Johnny Depp y tan atractivos como Angelina Jolie y Brad Pitt, así debían resultar para prensa y público Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, la pareja que tan (trágicamente) simboliza la juerga de la era del jazz y la resaca que vino después. El escritor murió prematuramente a causa de su mórbido alcoholismo. Y ella, calcinada en un incendio en un sanatorio mental. Más alegórico imposible. Hasta las fechas de sus biografías están llenas de significado: se conocieron el año en que acabó la Primera Guerra Mundial, se casaron cuando empezaron los locos 20 y se derrumbaron en 1929. Se ha dicho que Scott la saboteaba porque tenía celos de su talento (Hemingway inició el rumor y la genial primera biógrafa de Zelda, Nancy Mitford lo apuntaló), que ella era una flapper sin sustancia y que en realidad nunca se quisieron. La más completa recopilación de cartas entre ellos, Querido Scott, querida Zelda (Lumen), desmiente prácticamente todos esos mitos o, al menos, demuestra que la realidad era mucho compleja. Tanto como la personalidad de ambos.
La correspondencia (una delicia literaria) desvela que él era bastante inseguro (a pesar de su deslumbrante genialidad), que ella tenía un talento para la escritura inmenso (pero inclasificable y difícilmente canalizable), que hubo celos (pero también apoyo y admiración), y, sobre todo, que se quisieron (o al menos, se necesitaron y buscaron mutuamente) sin descanso. También revela que, pese a aparentemente vivir en una fiesta, no hubo demasiada dicha. “Me pregunto por qué no hemos sido nunca demasiado felices”, escribe en una de sus cartas Zelda.

Eternamente joven

Era la hija díscola de un severo juez en el Tribunal Supremo de Alabama. Nació y creció en Montgomery, donde fue una precoz celebridad por su belleza, rebeldía y su libre sentido del humor. A los 10 años hizo una llamada de broma que movilizó a los bomberos de la localidad inventándose que había un niño encerrado en una azotea. A los 17 años fumaba y bebía, coqueteaba (con maestría, como se ve en las cartas) con hombres y adolescentes, y se bañaba con trajes color carne para simular que estaba desnuda. Según recoge Sally Cline en Zelda Fitzgerald: her voice in paradise, en el anuario escolar escribió bajo su foto “¿Por qué toda la vida debe ser trabajo, cuando todos podemos pedir prestado? Pensemos únicamente en el hoy y no nos preocupemos por el mañana”. En 1918 recaló en una de las fiestas en las que se solapaba su existencia Francis Scott Fitzgerald (ella tenía 18 y él 23), que se preparaba para servir en la I Guerra Mundial (algo que impidió el armisticio meses después). Se obsesionaron el uno por el otro, una obsesión que perduraría hasta el final de ambos. Francis estaba convencido de que le aguardaba un destino excepcional, que necesitaba una “chica de oro” a su lado y que ella solo le correspondería si él tenía éxito (tres constantes en muchos de los protagonistas de sus novelas y relatos). “Me he enamorado de su valentía, de su sinceridad y de su apasionado autorespeto”, escribió acerca de la joven sureña a un amigo.
 Muchos creen que el rechazo de Daisy (la caprichosa protagonista de su novela más famosa, El gran Gatsby) a su pretendiente de clase social inferior está inspirado en ella (de hecho, se basa en Ginevra King, una joven de la alta sociedad de Chicago, que fue su primer amor y que, efectivamente, despreció a Scott, antes de conocer a Zelda). Ésta, en realidad, le insistía en decenas de cartas de juventud que a ella no le importaba el dinero y lo que éste pudiera obtener. La breve ruptura al principio de su idilio se debió a que Zelda se equivocó de sobre, y a él le llegó una respuesta destinada a otro de sus muchos pretendientes (pese a que Zelda nunca le había ocultado que seguía saliendo con otros). Scott, que había cortado movido por sus propios celos en verano de 1919, volvió a ella meses después cuando hubo vendido a una editorial el manuscrito de A este lado del paraíso, como si el motivo de la ruptura hubiera sido la falta de solvencia del novio. Las inseguridades de Scott y su capacidad de reinterpretar su propio pasado pasarían factura a la pareja en sus 20 años de matrimonio. En una carta desde un sanatorio suizo, ella le escribiría 12 años después: «Tu exposición de la situación resulta poética, por más que no guarde relación alguna con la verdad. (…) Envidio los procesos mentales que te permiten distorsionar las circunstancias hasta convertirlas en un ejemplo de rectitud por tu parte».

Hermosa y maldita

“No hay fotografía de Zelda que le haga justicia: todo el que la conoció resaltó su belleza, pero también algo más, un aura, había algo especial en su forma de presentarse, de vestirse…”, explica Jackson Bryer, biógrafo de Scott. Finalmente, se casaron y residieron en una frenética Nueva York testigo de sus primeras grandes juergas y mayores discusiones (a menudo recogidas en la prensa, que inauguraba con ellos la cultura de celebridad). Él era un escritor cada vez más famoso, y tomaba ideas y frases textuales de su esposa. De hecho, puso en labios de Daisy una frase que Zelda había pronunciado bajo los efectos de la anestesia del parto de su única hija Frances (Scottie), al saber que había sido niña: “Espero que sea tonta… Lo mejor que le puede pasar a una niña en este mundo es ser una hermosa tontita». También llegó a copiar, con su permiso, extractos del diario de su mujer en sus textos, por lo que ella declaró a la prensa: “Me parece que en una página reconocí un fragmento de un diario viejo mío, el cual misteriosamente desapareció poco después de mi boda y, también fragmentos de una carta, la cual, considerablemente editada, me resultó familiar. De hecho el señor Fitzgerald — me parece que así es como escribe su nombre— parece creer que el plagio comienza en el hogar”. Era su ingeniosa forma de promocionar la venta de Hermosos y Malditos, pero hubo quien interpretó resentimiento en el sentido del humor y la rapidez mental de Zelda. Aunque ambos escribían con éxito (Scott, novelas y relatos; ella, artículos e historias cortas), su ritmo de vida les llevó a endeudarse y decidieron instalarse en París donde el cambio del dólar les favorecía. En Europa, más fiestas, más borracheras y más excentricidades, más escándalos de celos y la irrupción de Ernest Hemingway en sus vidas. Scott ayudó a éste publicar sus primeros escritos y él le correspondió introduciéndolos en el círculo de la Generación perdida (Faulkner, Dos Passos…). De modo que, cuando el novelista no estaba escribiendo, se estaba emborrachando. Zelda se sintió sola y abandonada. Sobrevivió a una sobredosis de somníferos (de la que nunca hablaron y, por tanto, no se sabe si fue accidental o voluntaria) y buscó una forma de arte totalmente ajena a su esposo. Tras probar con la pintura se dedicó obsesivamente al ballet. Aunque lo había practicado de niña, a los 27 años era demasiado mayor para aspirar al nivel que pretendía. En sus compulsivos entrenamientos, quedó obnubilada por su profesora de baile, Liubov Yegórova. La posibilidad de ser lesbiana la atormentaba (y añadía el enésimo conflicto a su mente). Pese a sus limitaciones, llegó a bailar profesionalmente en La Riviera francesa, pero precisamente cuando ambos regresaban a París tras estas funciones, tomó el volante por sorpresa a su marido y trató de despeñar el coche por un precipicio. Era octubre de 1929 y la bolsa de Nueva York acababa de desplomarse. «Terminaba la orgía más cara de la historia”, escribió Scott en un artículo años más tarde.

Creatividad cautiva

Eugen Bleuler, psiquiatra coetáneo y colega de Freud, acuñó el término «esquizofrenia» en 1908 para definir una enfermedad física y mental (que antes se consideraba vagamente demencia precoz) la cual, a través de “ataques progresivamente deteriorantes”, iba destruyendo el comportamiento y la personalidad de los afectados. Bleuler personalmente diagnosticó a Zelda en 1930. Desde entonces pasó largas temporadas en diferentes sanatorios mentales de Europa y Estados Unidos (es justo reconocer que Scott buscó para ella los mejores especialistas) hasta que en 1943 en un manicomio de Carolina del Norte se desató un incendio en el que murió calcinada junto a otras ocho mujeres. En la colección epistolar de ese periodo se puede apreciar la volatilidad de su humor. “Zelda asegura estar en contacto directo con Cristo, Guillermo el Conquistador, María Estuardo, Apolo y toda la parafernalia y las bromas del asilo de locos…”, escribió en una carta a sus amigos Scott. Tan atormentado estaba que preguntó directamente a los médicos si él había sido el detonante de la locura de su esposa; y ellos le respondieron que la ezquizofrenia era un proceso inevitable y que él (solo) lo habría adelantado en el tiempo. Ni los doctores, ni la familia de Zelda ni ella misma le permitieron librarse del todo de la culpa. Se marchó a Hollywood a trabajar de guionista donde mantuvo una relación con la columnista Sheilah Graham. Allí murió de un infarto escuchando la radio.
 En sus ingresos, Zelda experimentaba episodios de violencia y melancolía, pero también de lucidez y creatividad. Escribió su única novela, Resérvame el vals, preñada de componentes autobiográficos. Tantos que su marido se enfureció y le obligó a suprimir los pasajes que él iba a emplear en Suave es la noche, la novela también autobiográfica en la que llevaba los trabajando. Zelda accedió y Scott escribió a su editor entusiasmado: «Aquí está la novela de Zelda. Es una buena novela, tal vez una muy buena novela. Estoy demasiado cerca para contarla. Tiene las faltas y las virtudes de una primera novela … Se trata de algo absolutamente nuevo, y debería vender». La correspondencia entre ambos siguió y, en el último año, ella escribía oraciones como «gracias por salvarme. Algún día te salvaré yo a ti». La nieta de ambos, Eleanor Lanahan, escribió que una de las más admirables capacidades de ambos era la de perdonar.



lunes, 28 de agosto de 2023

Un personaje / Leonor de Aquitania

 




MUJERES ENCERRADAS

El calvario de Leonor de Aquitania, la reina promiscua a la que su marido encerró 20 años en una torre

Fue, con permiso de Juana La Loca, la reina más carismástica de la Edad Media. Adorada como icono feminista y reconvertida a "femme fatale" por una historia escrita por hombres, esta mujer culta supo disfrutar de sus dos grandes pasiones: el amor y la política.

SILVIA VARELA
06 MAY 2020 18:42

La imagen más recurrente que tenemos de Leonor de Aquitania es la de Katharine Hepburn, vestida de escarlata intenso, en su papel de reina para la película de Anthony Harvey El León en Invierno (1968). Sucede en una Europa medieval de la segunda mitad del siglo XII, concretamente entre Francia e Inglaterra y es la historia de una crisis dinástica. La película comienza con una actividad imprescindible para sobrevivir en cualquier época violenta: un entrenamiento de lucha entre Enrique II, rey de Inglaterra, y su hijo, dicen que favorito, Juan sin Tierra, el hermano neurótico que usurpa el reino al cruzado Ricardo Corazón León en las aventuras de Robin Hood. Tras la “pelea”, Enrique se dirige hacia Aelis, su joven amante, que le espera cantarina en un bucólico paisaje con estética del siglo XIX; recordemos que en esta época reciente surgió una fuerte admiración por la Edad Media.

domingo, 27 de agosto de 2023

Un personaje / Enya

 


El tortuoso camino que llevó a la cantante superventas Enya a recluirse en un castillo en Irlanda

MUJERES ENCERRADAS

El tortuoso camino que llevó a la cantante superventas Enya a recluirse en un castillo en Irlanda

'Mujeres recluidas’- capítulo XIII: es una de las artistas más ricas de Reino Unido. Lo ha conseguido sin dar conciertos, sin ofrecer entrevistas y viviendo aislada desde hace dos décadas en un castillo victoriano con una decena de gatos.

 | 29 ABR 2020 23:59

«Llevo aquí quince años y te puedo asegurar que no la he visto nunca. La puerta está siempre cerrada», contaba un vecino en 2001 al diario The Independent. «A Bono y a su mujer siempre se les ve pasear por aquí. A ella nunca. El otro día vi a una mujer en chándal y zapatillas y creo que era ella, pero no lo sé», añadía otro. En los primeros años del siglo XXI, la prensa se preguntaba dónde estaba Enya; la artista llevaba una década en la cresta de la ola y, de repente, había dejado de producir (lanzó el album A day without rain en 2000 y pasaron cinco hasta que se supo de ella, con el siguiente, Amarantine, en 2005). Después se dieron cuenta de que no tenía sentido preguntárselo: Enya haría muchos más parones y desaparecería muchas veces más después de aquello, a encerrarse en un castillo victoriano de altísimos muros de piedra y puertas de acero.
¿Cómo es posible que una artista que no da conciertos ni entrevistas y vive recluída sea una de las más ricas de Reino Unido?, se preguntaba la revista Vice. La respuesta no es sencilla, pero tiene lógica: Enya siempre ha estado donde tenía que estar y no ha estado donde no tenía que estar. Desde que dejara el grupo familiar de música celta Clannad a principios de los ochenta,  solo ha tenido dos colaboradores habituales; su manager y productor Nicki Ryan y su mujer Roma Ryan (que viven a escasos metros de su castillo y a los que ella se refiere siempre como «sus amigos»). Con ellos graba, mezcla y organiza sus apariciones públicas desde hace treinta años. No admite concesiones. Tanto es así, que cuando firmó su primer contrato con Warner, siendo una artista novel,  se las ingenió para obtener una claúsula en la que el gigante discográfico le otorgaba libertad creativa total y ninguna fecha límite de entrega. Lo que no se esperaban, quizá, es que una artista de género inclasificable, que bebe del new age, de la música tradicional irlandesa y de los coros medievales, terminara por vender más de 70 millones de copias en todo el mundo.

sábado, 26 de agosto de 2023

Casa de citas / Margaret Dabble / Los hermosos años del castigo

 


Margaret Dabble on Swet Days of Discipline

This short work is packed with violent premonitions, sudden deaths, stabbings, hangings and the language of insanity. There are metaphors drawn from shrouds, altar cloths, coffins, corpses, funeral marches, gallows, guillotines, nooses, cults of the dead and, most affecting of all, stone tablets set in churchyard walls. We are all dying, even as children: as Rilke believed, we carry our deaths within us. Frédérique tells the narrator she has an old woman’s hands; the schoolgirls inhabit ‘a sort of senile childhood’ and they have ‘a mortuary look.’

Margaret Drabble, The New Statesman






Margaret Drabbe

LOS HERMOSOS AÑOS DEL CASTIGO

Esta breve obra está repleta de violentas premoniciones, muertes súbitas, apuñalamientos, ahorcamientos y el lenguaje de la locura. Hay metáforas extraídas de sudarios, manteles de altar, ataúdes, cadáveres, marchas fúnebres, horcas, guillotinas, lazos, cultos a los muertos y, lo más conmovedor de todo, lápidas colocadas en los muros de los cementerios. Todos morimos, incluso cuando somos niños: como creía Rilke, llevamos nuestra muerte dentro. Frédérique le dice al narrador que tiene manos de anciana; las colegialas habitan "una especie de infancia senil" y tienen "un aspecto mortuorio".


viernes, 25 de agosto de 2023

Casa de citas / Fleur Jaeggy / Aire báltico

 



Fleur Jaeggy


Fleur Jaeggy

Aire báltico


Nacida en Zúrich en 1940 y educada desde la infancia en tres lenguas -alemán, italiano y francés- , Jaeggy se instaló en Milán en 1968 al casarse con el editor Roberto Calasso, tras haber vivido en París y Roma. En Milán comenzó su peculiar y exigente carrera literaria, caracterizada por libros escuetos, de escasas páginas, muy distanciados en el tiempo, que serían recibidos en cada ocasión como todo un acontecimiento por grupos de seguidores internacionales cada vez más numerosos.

Tras varias obras iniciales («El dedo en la boca», 1968; «El ángel de la guarda», 1971, y «Las estatuas de agua», 1980), su gran y definitivo éxito llegó con «Los hermosos años del castigo», un auténtico libro de culto en su país. En él, con un estilo seco, lacerante y poético, rememoraba sus años de adolescencia en un internado suizo. Más tarde llegaron el impresionante volumen de relatos «El temor del cielo» y la novela «Proleterka». Traducida invariablemente en la editorial Tusquets, en 2013 aparecerían en Alpha Decay sus microbiografías, «Vidas conjeturales » (De Quincey, Keats, Schwob), y en 2015 la misma editorial rescató «Las estatuas de agua».

En los relatos, de nuevo espléndidos, reunidos en «El último de la estirpe», Joseph Brodsky es retratado por Fleur Jaeggy en una estupenda miniatura titulada «Negde» . El poeta sale de su casa de Brooklyn, sin abrigo, añorando «una calidad de aire báltico», absorto, construyendo exilios y recordando el Nevá y sus inviernos en San Petersburgo: «Cualquier lugar es para él una ciudad mental llamada Negde, que en ruso significa ‘de ninguna parte’».

En el ensayo «Una proposición inmodesta» (incluido en el volumen «Del dolor y la razón»; Siruela), este gran poeta ruso-americano decía que cada generación transporta consigo «una parte del futuro de los que ya han muerto», con los que conforma «una reserva genética, una poesía que precede». En el caso de Jaeggy, a la que Susan Sontag calificó en su día de «brillante y salvaje» , líricos, santos, místicos, visionarios, herméticos o escritores de universos autónomos e inimitables como Kafka o Robert Walser, están atados entre sí, como eslabones inseparables, dentro de su literatura.

En El último de la estirpe están presentes su admirado Brodsky y su amiga Ingeborg Bachmann , pero también Oliver Sacks , con el que comparte una cena en un restaurante del Bronx, junto a peces dentro de un acuario, señalados por los clientes para ser servidos y comidos instantes después. Del mismo modo, con apenas un susurro, pasan por sus páginas el dominico Maestro Eckhart , la mística franciscana del siglo XIII Ángela Foligno o la monja poeta Sor Juan Inés de la Cruz.

La religión, los ángeles, las visitas al Papa en el Vaticano, los niños predicadores explotados por viejos avariciosos, los severos e inflexibles pastores de almas, las pequeñas iglesias rurales de madera nunca son, en los relatos de Jaeggy, refugios seguros y tranquilizadores; su paz es sin cesar ambigua, los temores ante un inesperado «don del Señor» penden siempre de oscuras maldiciones medievales.

En los breves relatos que componen este volumen, en ocasiones de apenas dos páginas -a excepción de dos más largos, el espléndido «Soy el hermano de XX», de una calidad comparable al «Jakob von Gunten» de Robert Walser, y «El último de la estirpe»-, regresamos a su conocido y singular mundo gélido, de terrores contenidos e impronunciables, de «leves malestares en el aire», de quietudes «impuestas por la violencia». Asesinos casuales, cuyos «trabajos, matanzas e inhumaciones no son premeditados, sino puro instinto», se mezclan con hermanos que se espían y mortifican en morbosas rivalidades, con niños homicidas, con madres que respiran por fin tranquilas tras la muerte de su único hijo, con nazis que regresan tras su periplo por Sudamérica, con niñas de la calle adoptadas por bondadosas y ricas mujeres solteras que sólo esperan el momento de la venganza, o con criados «taciturnos y lunáticos» que nunca se sabe lo que piensan de sus señores, como sucedía en «Las criadas», de Genet.


Mercedes Monmamy

Claustrofóbica Fleur Jaeggy






jueves, 24 de agosto de 2023

Casa de citas / Enrique Vila-Matas / Fleur Jaeggy y la frialdad



Fleur Jaeggy


Enrique Vila-Matas
FLEUR JAEGGY Y LA FRIALDAD
Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad. Ese pavoroso desvelamiento siempre llega acompañado de la inevitable crueldad, jamás desligada de la rutinaria, aunque secreta, vida de la verdad. Tal vez por eso se dice a veces de esta escritora que es tan peligrosa. Pero es que su arte, al dejar sólo en pie lo esencial, no tiene a veces salida más natural que la inteligencia y la crueldad. La frialdad la añade la propia Jaeggy, y acaso sea éste el rasgo suplementario más destacado de su estilo; un rasgo que acude siempre sigiloso a su cita con las frases simples –algunas terriblemente sencillas- y que, en el fondo, es también su trazo más divertido.

Enrique Vila-Matas



miércoles, 23 de agosto de 2023

Casa de citas / Emma Cline / Fleur Jaeggy

Los libros que leer durante la cuarentena según estas novelistas internacionales


Emma Cline
Fleur Jaeggy
 

Para mí el antídoto para el caos puede ser la búsqueda de la suavidad en lo que leo: libros que asumen pocos riesgos, libros con penurias leves. Pero el alivio también puede proceder de una escritura tan hábil y fluida que me permite caer completamente rendida ante el mundo que se aloja en el libro. Últimamente, ese ha sido el caso con Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggy (1989). Una novela corta e implacable cuya acción se sitúa en un internado en Suiza, y cuyos aires de claustrofobia surrealista me consumieron tanto que me distrajeron de mis propias circunstancias claustrofóbicas. 

8 escritoras comparten su lista definitiva de lecturas para la cuarentena








martes, 22 de agosto de 2023

Un libro / Fleur Jeggy / Los hermosos años del castigo

 





Enrique Vila Matas
EDUCANDO MUJERES CORRECTAS

Fleur Jaeggy
Los hermosos años del castigo

Fleur Jaeggy va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad. Ese pavoroso desvelamiento siempre llega acompañado de la inevitable crueldad, jamás desligada de la rutinaria, aunque secreta, vida de la verdad. Tal  vez por eso se dice a veces de esta escritora que es tan peligrosa. Pero es que su arte, al dejar sólo en pie lo esencial, no tiene a veces salida más natural que la inteligencia y la crueldad. La frialdad la añade la propia Jaeggy, y acaso sea éste el rasgo suplementario más destacado de su estilo; un rasgo que acude siempre sigiloso a su cita con las frases simples –algunas terriblemente sencillas- y que, en el fondo, es también su trazo más divertido.

 

 

“Una cierta glacialidad también revela sentimientos”, dijo en cierta ocasión, y a algunos nos recordó a Walser confesando en Jakob von Gunten que habría querido decir muchas cosas pero no encontraba palabras para expresar sus sentimientos. Y rematando así su confesión: “Fuera, en el patio, la nieve caía en copos grandes y húmedos”. Y también nos recordó a Javier Rodríguez Marcos cuando dijo que en Jaeggy, “desechado todo sentimentalismo, es justamente el frío del ambiente el que otorga valor a los sentimientos cuando estos aparecen: el mismo valor que cobra en una morgue cualquier señal de vida”.

Cabe suponer que aquel día, cuando ella habló de glacialidad, habló en serio. Pero a algunos nos hizo reír. De felicidad inesperada. Porque para algunos su timidez fue como un oasis de calor en pleno Ártico, como un aviso que hubiera venido a recordarnos que en Jaeggy, después de todo, su rasgo más definido de estilo es esa huella de humor helado que a la larga deja siempre una rara marca de agua veraniega en sus lectores.

No está de más, si uno se acerca por primera vez al mundo del frío de  Fleur Jaeggy, tener en cuenta la recomendación de Flavia Company, su traductora en El temor del cielo: “Olvídese de todo lo que ha leído y de todo lo que va a leer. Jaeggy es distinta”. Y suavemente terrible, habría que añadir. Sospecho que le gusta desenmascarar públicamente la estupidez. En un penoso coloquio sobre Robert Walser en París fui testigo de cómo era  justamente despiadada con los ilustres escritores que en el escenario no paraban de decir tópicos acerca del escritor suizo. Jaeggy es deliciosamente maligna y a todas luces distinta, y la mejor forma de acercarse a ella por primera vez es acudir a su libro de siete relatos, El temor del cielo, donde se encuentra un cuento, Sin destino, que, junto con otro relato impresionante, Los gemelos  (también en el mismo libro), me parecen la más eficaz y rápida entrada en su mundo tan personal. Hay incluso una leyenda que habla de que Sin destino suele convertirse en un relato siempre memorable para quien lo lee. ¿Accederá Marie Anne a dejar en manos de unos ricos señores a su pequeña hija, a la que en realidad detesta? El desenlace del cuento nos deja alelados, mirando nuestro destino. Mejor dicho, mirando por dónde ha pasado nuestro destino. Es un final que define muy bien el tipo de inteligencia, inseparable de una extrema libertad mental, que exige la lectura de Jaeggy.

Pero lo mejor siempre llega con su novela breve Los hermosos años del castigo, que pude releer ayer con renovada admiración. Este libro se desarrolla –es un decir- en el ambiente severo y claustrofóbico de un internado para jovencitas de buena familia en Appenzell, en la Suiza alemana, años 50. Que el libro se desarrolla es sumamente discutible, ya que en el retrógrado Bausler Institut de Appenzell nada en realidad se mueve, nada se agita. Y ya no sólo eso, sino que la gélida educación para futuras amas de casa perfectas –perfección y locura están relacionadas, piensa Jaeggy- parece encogerlo  todo,  incluidos  los  sueños.

En medio del ambiente claustrofóbico de este libro autobiográfico, una niña de catorce años trata de vivir su propia novela de formación mientras se mira en el espejo de la realidad de su escuela: sórdida fábrica de  esposas correctas y de caligrafías de letra redonda y frases simples.

La verdad es que pasé años dedicado a admirar en secreto el delicado hilo de las frases simples y tal vez por eso, cuando me encontré  por primera vez con Los hermosos años del castigo, las primeras palabras  (“A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell”)  me recordaron al portentoso y simple comienzo de Karen Blixen en su libro de memorias: “Yo tuve una granja en África, a orillas de los montes Ngong”. Vivir en las frases simples. Ese deseo de otro tiempo regresó ayer cuando rencontré la sencillez dulce, pero potente, de Jaeggy: “A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. El lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor (…) Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él. También Kant antes de morir, se conmovió cuando una desconocida le ofreció una rosa”.

Suiza como gran lugar apacible, lugar de formación de esposas perfectas y, en el fondo, monstruoso manicomio. El Instituto Benjamenta de la novela de Walser y el Bausler Institut de Jaeggy tienen puntos en común, y no es casual que la estructura de Los hermosos años del castigo remita a la de Jacob von Gunten. Walser aparte, y tal vez porque dicen que la improvisación musical se genera en la misma región del cerebro que se utiliza cuando se escribe narrativa autobiográfica, la voz narrativa de Los hermosos años del castigo me ha parecido, en esta nueva lectura del libro, que se ajustaba muy bien al tono de improvisación musical que tiene la voz –modulación sometida a un juego pérfido-  de la cantante del nada inocente grupo CocoRosie. Esa delicada voz de Jaeggy, tan falsamente cándida, nos va introduciendo en el instituto Bausler, oscuro hermano de sangre del manicomio de Herisau y perversa factoría de futuras mujeres correctas. Ambiente sobrio, calmo, terriblemente reprimido, y muy suizo, très suisse. “Je me suis suissidé”, recuerdo que decía alguien con toda la frialdad de este mundo. Voces bajas y constantes. Ya en el cuento Los gemelos se leía, como anticipando la explosión de locura que cerrará, al cabo de los años, la historia de aprendizaje en el Instituto de Appenzell: “Como si la existencia no fuera sino una secuencia de voces, un alternarse de voces bajas y constantes, bien educadas. Y finalmente una voz aullante, como fuera de sí, de poseso”. 

Un ambiente sobrio y disciplinado y aparentemente cómodo, pero que va dibujando las frágiles fronteras entre la perfección y la locura, nos llevará hacia Fredérique, la  “muchacha altiva” que es amiga de la narradora y será la  voz suavemente aullante, desquiciada, que reencontraremos al final del fúnebre paraíso suizo. Muchos años después, cuando hasta el instituto se ha desvanecido ya de la memoria de todos, la narradora tendrá todavía un recuerdo para aquel lugar donde no aprendieron a ser correctas y buenas esposas y donde en realidad no aprendieron absolutamente nada, salvo a ser unas perfectas inocentes modernas, lo que a la larga les dejó un rescoldo infinito de odio hacia la contención y hacia las dulces cortinas de los interiores burgueses: “Le dije a Fredérique que tal vez habían sido nuestros pensamientos, o las emanaciones que habitan la edad de la inocencia, los que habían destruido el Bausler Institut. Y es que ella decía que la inocencia era una invención de los modernos”.

 El PaísBabelia, 12 de septiembre de 2009

· Los hermosos años del castigo. Fleur Jaeggy. Traducción de Juana Bignozzi. Tusquets.   Enero 2009.

ENRIQUE VILA-MATAS


CUENTOS DE FLEUR JAEGGY