sábado, 2 de junio de 2012

Triunfo Arciniegas / Besos de sapo



Triunfo Arciniegas
BESOS DE SAPO

El sapo tenía una venta de besos en la plaza de mercado del Señor de los Milagros, y era una venta exitosa, por cierto. Venían a ver al sapo desde tierras lejanas y recibían el paquete de besos luego de contar las historias más terribles. A muchos se les vio corriendo, felices, con los besos en una caja de caramelos o en una botella de Coca-Cola.
       Muy temprano llegó un hombre con cara de necesidad. Traía los zapatos rotos y el corazón remendado. Y en sus manos, un sombrero más retorcido que un alambre.
         -¿Para qué necesitas mis besos? -dijo el sapo.
         -Quiero que María Inés me quiera -respondió el hombre.
         -¿Por qué?
         -No quiero vivir sin María Inés.
       -Dame treinta rosas amarillas y un tarrito de mermelada de albaricoque.
       El pobre hombre buscó las rosas y la mermelada con tanta devoción, con tanto fervor, que la noticia voló a los oídos de María Inés, y cuando regresó de afán a su país, María Inés lo esperaba con los brazos abiertos, muerta de curiosidad por los besos de sapo.
Una muchacha pálida, que había olvidado quién era de tanto mirar la luna, llegó tambaleándose a la plaza de mercado del Señor de los Milagros, y el sapo le entregó sin preguntas media docena de besos atados con una cinta roja. La muchacha se los comió uno a uno y recordó que venía del mar, que respondía al nombre de Juana Peralta y le había dado el corazón a un tal Nicasio Almirante. Luego recordó quién era el tal Nicasio y se fue corriendo.
         El sapo era de una eficacia asombrosa. Sus besos servían hasta para curar el dolor de estómago. Una vez una señora acudió con lágrimas a la famosa plaza de mercado del Señor de los Milagros porque se habían robado su vaca de pintas negras.
         -Deja de llorar, Lola ya está en el patio de tu casa –dijo el sapo.
         -¿Y vas a darme besos?
         -Te doy uno para Lola, aunque no lo necesita.
         -¿Sólo uno?
       -Le das tréboles frescos machacados con azúcar morena y agüita de yerbabuena porque volvió muy asustada. La ordeñas, haces un queso y me lo traes.
A la semana siguiente la señora volvió con el queso y la vaca.
-Eres el héroe de la familia -dijo.
Lola cubrió al sapo con besos de novia agradecida.
-No más, no más, que me haces colorear -suplicó el sapo.
Había escapado viva de milagro. A punto de sacrificarla, los ladrones se quedaron dormidos de un momento a otro, con la taza del chocolate entre los dedos. Lola reventó la cuerda del cautiverio y caminó bajo la luna llena hasta encontrar el patio de su casa.
El sapo había alcanzado la felicidad. Venían a verlo de todas partes del mundo para saber la historia de la vaca y él contaba cada vez una versión distinta. O la historia de los besos. Dijo, por ejemplo, que se le ocurrió la idea del negocio después de leer Historia universal del beso, una antigua edición de tres tomos empastados en cuero y con ilustraciones a todo color, que descubrió en el mercado de las pulgas. Otra vez dijo que un hombre muy viejo le había ofrecido tres deseos a la orilla de un pozo. Este era el primero: cumplir los deseos ajenos. Había estado tan entretenido que aún no solicitaba los otros dos.
La fama de sus historias casi igualaba el prestigio de los besos. A nadie le sorprendería que se hiciera escritor y sus libros se vendieran como pan caliente, con la sonrisa de oreja a oreja en la foto de la solapa.
        Le gustaba ser sapo. Se veía al espejo y reconocía que el poeta Whitman tenía razón: el sapo es la obra maestra de Dios. “Soy como soy y me gusta como soy”, decía cada mañana. La gente lo adoraba.
         Todo estuvo de maravilla hasta que el sapo se enamoró. Como todos los sapos, se enamoró de la más bella, una que no quería nada, que no parecía de este mundo, una que pasó por ahí y ni siquiera lo miró.
         El sapo cerró el negocio y corrió detrás de la hermosa.
         -¿Qué quieres?
         -Quiero verte –dijo el sapo.
         -No estoy en exhibición –dijo la mujer.
        -Quiero vivir contigo –dijo el sapo, todo débil-. Quiero chapotear en el pozo de tu corazón. Quiero bañarme en la fuente de tus cabellos. Te daré todos los besos que quieras.
         -Si con esos sueños te despertaste, querido, vuélvete a dormir.
         -Me llamaste querido –dijo el sapo, y de regocijo casi revienta.
         -¿Tú eres el presumido que vende besos?
         -Lo veo y no lo creo, princesa. Habías oído de mí. ¿Acaso me buscabas?
         -Nunca había oído hablar de ti. ¿A cómo vendes los besos?
         -Por docenas hago descuentos –dijo el sapo, todo coqueto.
         -No quiero tus besos.
       -Quiero los tuyos –dijo el sapo, y estiró la lengua para atrapar una mariposa que le llenó la barriga de colores.
         -Descarado. Así no se le habla a una princesa.
         -Perdona este alboroto, princesa. Tengo el corazón como potro desbocado.
         -¿Qué harías por mí?
         -Lo haría todo por ti –dijo el sapo.
         -Tengo sed. Tráeme un viento raspado.
         El sapo trajo el vaso de viento raspado más dulce, más colorido, más suave de toda la plaza de mercado.
         -Vas bien. Tráeme una cometa.
         El sapo no sólo trajo la cometa sino que volvió volando.
         -Te ves bien en el aire. Tráeme una rosa de azúcar.
         Nadie sabía de las rosas de azúcar, pero el sapo regresó con una.
         -Te mereces un beso.
         -Nunca he querido tanto algo en mi vida –dijo el sapo y cerró los ojos.
        Se sintió llenó de estrellas, se sintió untado de chocolate, se sintió perdido en una infinita sala de conciertos donde se oía toda clase de música.
         Al abrir los ojos era completa y absolutamente feliz.
         -Estoy a punto de pedir mis otros dos deseos, pero me aguanto –dijo.
         -¿De qué hablas? Déjate de secretos.
         -Tengo dos deseos pendientes –explicó el sapo.
         -Sólo tienes que pedirlos.
         -Los reservo para la luna de miel –confesó el sapo.
         -En ese caso, casémonos cuanto antes.
         -¿No se vería raro? Eres toda una princesa.
         -Casos peores se han visto.
         -No soy un príncipe, soy un sapo.
         -Se nota de lejos.
         -¿Y de cerca?
         -No cabe la menor duda –bromeó la princesa-. No seas tonto, sabía que eras un sapo cuando te busqué. Abandoné un reino por conocerte.
         -¿Me buscaste? El corazón me salta como un sapo.
        -Sabía de ti –dijo la princesa, sonriendo-. Ya eres mi amor y tienes derecho a mis secretos.
        El sapo hizo tres saltos tan perfectos que merecieron tres besos.
      -Ay, tus besos dan felicidad. Dan ganas de vivir. De trabajar. Con permiso, debo abrir el negocio. De algo tenemos que vivir.
        -Te mereces todos los besos, querido, te desvives por la felicidad ajena.
     La hilera de clientes atravesaba el pueblo. Habían esperado con paciencia porque sabían que el sapo volvería y entonces recuperarían la dicha. Así fue. Los besos mantenían su legendaria eficacia y, además, ahora el sapo vivía con una mujer hermosa cuya sola presencia daba ganas de cantar. Sus besos, ay, sus besos de mujer encantada aseguraban la felicidad del sapo.






1 comentario:

David Orell dijo...

Hola!!! estaba buscando una fotografía y he dado con tu blog, me permites que tome la foto del sapo de esta entrada??
de paso te invito a conocer mi blog.
www.kassius9.com

Un saludo!