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lunes, 31 de enero de 2022

Casa de citas / Somerset Maugham / Conrad

 

Joseph Conrad



William Somerset Maugham
CONRAD

—Leí mucho a Conrad. 

—¿Por placer, o para instruirse? 

—Por ambos motivos. Siento una gran admiración por ese novelista. 

Darya levantó los brazos, haciendo un extravagante ademán de protesta. 

—¡Ese polaco! —exclamó—. No sé cómo ustedes, los ingleses, se han dejado seducir por ese charlatán. Tiene la intrascendencia característica de sus compatriotas. Todo se reduce a un mar de palabras, frases retorcidas, retórica de relumbrón y a una afectada profundidad. Cuando a través de todo eso se llega al meollo de su pensamiento, sólo se encuentran trivialidades y lugares comunes. Conrad es como un actor de segundo orden que se pone un traje romántico y declama una obra de Víctor Hugo. Durante cinco minutos al espectador le parece sublime, pero después toda su alma se subleva y grita: «¡No, eso es falso, falso, falso!».

Dijo esto con un apasionamiento que Neil desconocía en las personas que hablaban de arte o literatura. Sus mejillas, pálidas de ordinario, se encendieron y sus ojos claros brillaron. 

—No hay nadie que describa el ambiente mejor que Conrad —dijo Neil—. Cuando leo un libro suyo me parece que aspiro, veo y siento el Este. 

—¡Tonterías! ¿Qué sabe usted del Este? Todo el mundo le diría que cometió errores mayúsculos. Pregúnteselo a Angus. 

—Desde luego, no siempre estuvo acertado —dijo Munro con su calma acostumbrada—. El Borneo que él describe no es el que nosotros conocemos. Lo vio desde la cubierta de un barco mercante, y no fue un observador muy sagaz ni siquiera en eso. Pero, ¿qué importa? Yo no sé por qué la fantasía ha de verse constreñida por la realidad. No creo que sea escaso el mérito de haber creado un país, un sombrío, siniestro, romántico y heroico país. 

—Mi pobre Angus, eres un sentimental. —Y añadió, dirigiéndose a Neil—: Usted tiene que leer a Turgueniev, tiene que leer a Tolstoi, tiene que leer a Dostoievski. 


Somerset Maugham / Neil MacAdam





CONRAD
by William Somerset Maugham

"I read a lot of Conrad."

"For pleasure or to improve your mind?"

"Both. I admire him awfully."

Darya threw up her arms in an extravagant gesture of protest.

"That Pole," she cried. "How can you English ever have let yourselves be taken in by that wordy mountebank? He has all the superficiality of his countrymen. That stream of words, those involved sentences, the showy rhetoric, that affectation of profundity: when you get through all that to the thought at the bottom, what do you find but a trivial commonplace? He was like a second-rate actor who puts on a romantic dress and declaims a play by Victor Hugo. For five minutes you say this is heroic, and then your whole soul revolts and you cry, no, this is false, false, false."

She spoke with a passion that Neil had never known anyone show when speaking of art or literature. Her cheeks, usually colourless, flushed and her pale eyes glowed.

"There's no one who got atmosphere like Conrad," said Neil. "I can smell and see and feel the East when I read him."

"Nonsense. What do you know about the East? Everyone will tell you that he made the grossest blunders. Ask Angus."

"Of course he was not always accurate," said Munro, in his measured, reflective way. "The Borneo he described is not the Borneo we know. He saw it from the deck of a merchant-vessel and he was not an acute observer even of what he saw. But does it matter? I don't know why fiction should be hampered by fact. I don't think it's a mean achievement to have created a country, a dark, sinister, romantic and heroic country of the soul."

"You're a sentimentalist, my poor Angus." And then again to Neil: "You must read Turgeniev, you must read Tolstoi, you must read Dostoevsky."

Neil MacAdam by Somerset Maugham


sábado, 14 de abril de 2018

Casa de citas / Sergio Pitol / Conrad, un raro



Sergio Pitol
BIOGRAFÍA
JOSEPH CONRAD, UN RARO


Joseph Conrad es, hay que decirlo de inmediato, un novelista genial, una de las más altas cumbres de la literatura inglesa, y al mismo tiempo un escritor incómodo en aquel privilegiado Olimpo. Es distinto a sus contemporáneos, y también a sus antecesores, por la opulencia total de su lenguaje, por el tratamiento de sus temas, por la mirada con que contempla al mundo y a los hombres. Es un moralista a quien repugnan los sermones y moralinas. Es el autor de extraordinarias novelas de aventuras donde éstas terminan por convertirse en experiencias interiores, viajes al fondo de la noche, hazañas que ocurren en los pliegues más secretos del alma. Es un conocedor profundo del mapa inmenso conformado por el imperio inglés, y un testigo cuya mirada desnuda a cualquier empresa colonizadora. Es un "raro" en el sentido más radical de la palabra. Un novelista ajeno a cualquier escuela, que enriqueció a la literatura inglesa con un puñado de novelas excepcionales, entre otras: Lord Jim, Bajo las miradas de Occidente, Victoria, Nostromo, El agente secreto, La línea de sombra y Corazón de las tinieblas, que a juicio de algunos es su obra maestra.
Llegar a Conrad marca uno de los momentos inolvidables que puede registrar un lector. Volver a él es, ciertamente, una experiencia de mayor resonancia. Significa poner los pies, una vez más, sobre una infirme tierra de portentos, perderse en las varias capas de significación que esas páginas proponen, postrarse ante un lenguaje construido por una retórica soberbia, agitada, cuando al autor le parece conveniente, por ráfagas de ironía corrosiva.
Sobre todo es encontrarse de nuevo ante los Grandes Temas, esos que uno encontró en los trágicos griegos, en Dante, en los dramaturgos isabelinos, en Cervantes, Milton y Tolstoi. La obra de Conrad se nos presenta como monumental, conclusiva y totalizadora, y el lector llegará jadeante hasta las últimas líneas de cada una de sus novelas para descubrir que aquello que parecía ser un sólido mausoleo es más bien un tejido que puede hacerse y deshacerse, que su carácter es conjetural, que nada ha sido conclusivo, que la historia que acaba de leer puede ser descifrada de muy diferentes maneras, todas, eso sí, desoladoras.


SERGIO PITOL 
"El corazón de las tinieblas"
Pasión por la trama
Era, México, 1998, pp. 196 - 197 


sábado, 15 de diciembre de 2012

Casa de citas / Javier Marías / Conrad


Javier Marías
JOSEPH CONRAD

Cuando su hijo Borys estaba combatiendo en la Guerra del 14, su mujer, Jessie, llegó una noche a casa tras haber estado ausente todo el día y fue recibida por una criada llorosa que le informó de lo siguiente: el señor Conrad había comunicado al servicio que habían matado a Borys y llevaba horas encerrado en la habitación de su hijo. Sin embargo, añadió la criada, no había llegado ninguna carta ni telegrama. Cuando Jessie George Conrad subió con las piernas temblorosas y se encontró a su marido demudado, y le preguntó por su fuente de información, éste respondió ofendido: “¿Acaso no puedo tener presentimientos, igual que tú? ¡Sé que lo han matado!”. No mucho más tarde Conrad se calmó y se quedó dormido. Falló su presentimiento, pero al parecer, cuando la imaginación se le desataba no había forma de detenerla. Estaba siempre en estado de extrema tensión, y de ahí venía su irritabilidad, que apenas podía controlar y que sin embargo, una vez pasada, no le dejaba huella ni tan siquiera recuerdo. Cuando su mujer estaba dando a luz a su primer hijo, el mencionado Borys, Conrad daba vueltas agitado por el jardín de la casa. De pronto oyó berrear a un niño, e indignado se acercó a la cocina para ordenarle a la criada que tenían entonces: “¡Haga el favor de despedir a ese niño! ¡Va a molestar a la señora Conrad!”, le gritó. Pero al parecer la criada le gritó a él con aún mayor indignación: “¡Es su propio niño, señor!”

Javier Marías 
Vidas escritas 
Suma de Letras SL, 2002, págs. 33 y 34

BIOGRAFÍA DE JAVIER MARÍAS.