domingo, 31 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / El juego de las cruces



Emma Reyes
EL JUEGO DE LAS CRUCES

Lo primero que nos enseñó la monja joven fue a jugar a las cruces, que ella llamaba persignarse. Nos enseñó que cada dedo tiene un nombre, pero solo los de las manos, los de los pies, como el Niño, no tienen nombre; para jugar a persignarnos había que cerrar toda la mano y dejar levantado el dedo que se llama Pulgar. Con Pulgar teníamos que hacer tres cruces como si fueran dos palitos cruzados el uno sobre el otro, la primera cruz se hace en la frente, la segunda en la boca, con la boca cerrada y la tercera en el centro del pecho; luego había que abrir rápidamente todos los dedos y con la mano bien estirada hacer una sola grande cruz con la punta de todos los dedos, primero en el centro de la frente, en el centro del pecho, en el hombro del lado izquierdo, luego en el hombro derecho y terminar dándole un beso chiquito en la uña a Pulgar, siempre con la boca cerrada. Ese juego me divertía mucho, porque siempre me equivocaba y se me enredaban todas las cruces, a veces comenzaba en el pecho y terminaba en la frente o empezaba en la boca y, en cambio de besar a Pulgar, besaba al meñique, porque me daba lástima que era tan chiquitico. La monja se ponía furiosa y me hacía volver a comenzar mil veces.
Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 98-99


sábado, 30 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / A lomo de hombre





Emma Reyes
A LOMO DE HOMBRE

Llegó el día del viaje, nos levantaron al amanecer, por una razón que nunca supimos decidieron que a nosotras no nos llevaran a caballo sino a lomo de hombre. Compraron dos sillas de mimbre, les hicieron un toldo y amarraron cada silla a la espalda de un indio, luego nos alzaron y nos sentaron encima. 
La señora María y el señor Suescún partieron adelante, detrás de ellos iban dos indios con las mulas del equipaje y, de últimos, los dos indios que nos llevaban. A los indios les dieron un canasto donde había comida para nosotras. Los dos indios estaban borrachos, cada uno llevaba un grande calabazo lleno de chicha; el que cargaba a Helena, que tenía la cara llena de viruelas, tenía diarrea y cada rato se quitaba el pantalón y se sentaba a ensuciar haciendo unos ruidos espantosos; el mío se paraba junto, muerto de risa, diciéndole: 
—Beba más chicha compadre, solo la chicha es güena pa’ las churrias. 
La señora María y el señor Suescún seguían adelante y al llegar al páramo ya no los vimos más; los indios seguían tranquilos, contando cuentos que nosotras no entendíamos; el de la diarrea cada vez iba peor; de pronto se sentó en una piedra y dijo que no seguía más; el otro, el mío, le dijo que si no nos apurábamos íbamos a perder el tren, que la señora María había dicho que nos esperaba en la estación. Nos dieron un pan y un plátano a cada una, ellos siguieron tomando chicha y se detuvieron en un rancho para que les llenaran los calabazos que ya estaban vacíos. En ese rancho se demoraron mucho tiempo hablando con otros indios. Cuando salieron ya no caminaban, iban en zigzag de lo borrachos que estaban; entonces se pusieron a pelear. Uno sacó un cuchillo y el de la diarrea le dijo: 
—No te puedo matar porque tengo que cagar. 
Se bajó el pantalón y se acurrucó; el otro guardó el cuchillo y se puso a cantar. Ya estaba oscureciendo, Helena empezó a llorar y se puso a llamar a la señora María a gritos, yo empecé a gritar al tiempo con ella, hasta que nos cansamos y nos dormimos. Nos despertamos cuando los indios nos estaban descargando en la estación del tren. Es curioso que ninguna de las dos se acuerda del nombre del pueblo donde se tomaba el tren. Recordamos la estación, el hotel y la iglesia, pero ninguna calle. Cuando llegamos, el tren ya se había ido hacía mucho tiempo y la señora María y el señor Suescún también se habían ido sin esperarnos. Los indios le preguntaron al hombre de la estación y a otras personas si no habían visto a una señora joven de vestido y sombrero gris acompañada de un cachaco de Bogotá. Todos los habían visto tomar el tren; poco a poco la gente empezó a rodearnos. Helena y yo nos miramos, las dos pensamos lo mismo; a las dos nos saltaron las lágrimas al mismo tiempo, a las dos nos salió de la boca una sola frase: 
—Nos abandonó, nos abandonó. 
Nuestras manos y nuestras cabezas se juntaron y nuestro llanto se volvió mudo. La gente en torno nuestro seguía aumentando, cada uno nos preguntaba lo mismo: 
—¿Tú cómo te llamas? 
—¿Cómo se llama tu mamá? 
—¿Cómo se llama tu papá? 
—¿De dónde vienen? 
—¿Para dónde van? 
Nada nos interesaba, a nadie respondíamos, los veíamos sin verlos, los oíamos sin oírlos, solo ella y yo sabíamos lo que era en ese momento nuestra vida. Alguien fue a llamar al cura de la iglesia. Gordo, barrigón, con la nariz como una bola y roja, llegó y se sentó en cuclillas junto a nosotras, empezó a darnos palmaditas en las mejillas y nos preguntó: 
—¿Cómo te llamas? 
—¿Cómo se llama tu mamá? 
—¿Cómo se llama tu papá? 
—¿De dónde vienen? 
—¿Adónde iban? 
Nosotras seguíamos mudas. Los indios que nos habían llevado desaparecieron, nadie los volvió a ver, la gente se fue alejando poco a poco hasta que quedamos solas con el cura y un soldado, o policía, nos tomaron de la mano y nos llevaron al hotel. La dueña era muy seria, toda vestida de carmelito con el pelo blanco cogido atrás por un moño. El soldado se quedó con nosotras en el patio y el cura se retiró a hablar con la dueña: Helena entendió que el cura le decía: 
—Guárdelas aquí, es seguro que en el tren de mañana va a volver la mamá a recogerlas, yo vendré mañana después de la misa. 
El comedor del hotel tenía puertas de vidrios que daban todas a la calle. Cuando nos hicieron sentar en una mesa, vimos que de nuevo la gente estaba apeñuscada contra las puertas, algunos tenían las caras aplastadas contra los vidrios para podernos ver más de cerca, todos discutían y nos señalaban. 
La señora nos hizo servir la comida y se sentó en medio de las dos y nos cortó la carne y las papas en pedacitos chiquitos, pero ninguna de las dos quisimos comer; algunas personas que estaban en el comedor se acercaron a la mesa y nos rogaban de comer al tiempo que nos preguntaban: 
—¿Cómo te llamas? 
—¿Cómo se llama tu mamá? 
—¿Cómo se llama tu papá? 
—¿De dónde vienen? 
—¿Adónde iban? 
Nos llevaron a una pieza donde había dos camas y nos acostaron a cada una en una. Cuando la señora salió y cerró la puerta con llave, Helena se bajó de su cama y se acostó en la mía, nos abrazamos fuertemente y nos quedamos dormidas. 
El cura y el soldado volvieron a la mañana siguiente, cuando la señora del hotel nos estaba peinando, nosotras seguíamos sin hablar. Nos llevaron a la estación, sentimos el pito del tren y lo vimos entrar en la estación. Cuando la gente empezó a descender, el soldado alzó a Helena y el cura a mí y teniéndonos muy alto nos mostraban a toda la gente que pasaba. La gente terminó de bajar y se fueron alejando. Desconsoladas nos pusieron de nuevo en el suelo y nos llevaron al hotel, donde pasamos el día metidas entre la cama... Creo que dormimos, porque ninguna de las dos hablaba. A la tarde que llegaba otro tren volvieron el cura y el soldado y se repitió la misma escena en la estación. Nosotras ya sabíamos que ella no volvería a buscarnos. Así pasaron tres días, los tres días a la mañana y a la tarde se repetía la misma escena en la estación del tren. El cura parecía preocupado y discutía con el soldado y la señora del hotel. Al cuarto día ya no nos llevaron a la estación, el cura vino con dos monjas vestidas de negro y blanco, una era vieja de anteojos y la otra muy joven y muy alegre, nos alzaba, nos besaba, nos acariciaba la cabeza. 
—¿Cómo te llamas? 
—¿Cómo se llama tu mamá? 
—¿Cómo se llama tu papá? 
—¿De dónde vienen? 
—¿Para dónde iban? 
Nos llevaron a un convento que quedaba en el campo, entramos a un grande patio con muchas flores donde había una estatua de un cura. Apenas llegamos empezaron a aparecer cantidades de monjas que salían de todas partes y empezaban a rodearnos: 
—¿Cómo te llamas? 
—¿Cómo se llama tu mamá? 
—¿Cómo se llama tu papá? 
—¿De dónde vienen? 
—¿Para dónde iban? 
Estas preguntas se repetían en todos los tonos de voz, fuertes, menos fuertes, agudas, chillonas, autoritarias, cariñosas. De pronto el silencio fue total, en torno nuestro solo veíamos un muro negro de las faldas de las monjas apeñuscadas las unas contra las otras. De pronto sentí la voz de Helena que me pareció fortísima y decía: 
—Yo me llamo Helena Reyes y mi hermanita se llama Emma Reyes. 
Me tomó de la mano y, empujando con la cabeza las faldas de las monjas, me llevó hacia el fondo del jardín donde había una jaula con muchos pajaritos. Las monjas se habían quedado como petrificadas, solo nos seguían con los ojos, cuando estuvimos junto a la jaula, lejos de las monjas, Helena me dijo: 
—Si tú hablas de la señora María yo te pego. 
Y ese silencio duró veinte años, ni en público ni en privado volvimos nunca a pronunciar su nombre ni a hablar de los años pasados con ella, ni de Guateque, ni de Eduardo, ni del Niño, ni de Betzabé. Nuestra vida empezaba en el convento y ninguna de las dos traicionó jamás ese secreto. .

Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 89-95


viernes, 29 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / El loco




Emma Reyes
EL LOCO

Una noche me mandaron sola al solar para buscar el balde del agua, yo lloraba del miedo, iba caminando en la punta de los pies y contra las paredes, casi sin respirar, con el oído atento al más mínimo ruido, ya había atravesado el teatro y, cuando estaba pasando las primeras piezas de madera, donde estaban los disfraces, sentí dos manos gigantes que me apretaron de la cintura y me levantaron en el aire. Como cuando abandonamos al Niño, me quedé muda, no me salía ni un ruido de la boca y sentía como una piedra en la garganta que me ahogaba. Al principio tampoco vi nada, sentí que las manos me descendían de nuevo hacia el piso, fue a ese momento que mi cara se encontró frente a frente con la cara del loco; los ojos saltados, una barba negra enorme, la boca abierta, sin un solo diente, me siguió descendiendo dulcemente y vi que su cuerpo estaba completamente desnudo, me acostó muy suavemente sobre el piso y se arrodilló junto a mí y empezó a besarme la cara. Yo sentía que los pelos de su barba me entraban por la boca, la nariz, los ojos, los oídos, trataba de darle puños y patadas, pero sus grandes manos eran más fuertes que mis piernas y mis brazos. A ese momento vi aparecer una luz contra la puerta del solar, eran las dos hermanas con una lámpara que lo estaban buscando. Cuando las vio se levantó como un resorte, yo seguía tendida en el suelo, ellas se iban acercando muy despacito y lo llamaban con una voz muy dulce, él seguía parado frente a mí, mirándome fijamente. Cuando vio que ya se acercaban, tomó su pipí con las dos manos e hizo pipí encima de mí, rociándome de la cabeza a los pies, como si fuera una planta. Cuando terminó, sin decir ni una palabra se acercó a ellas con una gran sonrisa de alegría. 
Una de las viejitas me alzó y me llevó donde la señora María y le dijo que ella no debería dejarnos salir solas en esa casa tan grande y menos de noche, que si ellas no hubieran salido quién sabe lo que me hubiera pasado. Helena se puso a desvestirme y me lavaron toda hasta la cabeza, siempre ayudadas por la viejita que seguía discutiendo con la señora María.

Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 86-87


jueves, 28 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / Mazamorra



Emma Reyes
MAZAMORRA

A Bogotá llegamos a un hotel miserable, que estaba junto a la Estación de la Sabana, teníamos una sola pieza para todas, el techo era de lata y el piso de ladrillo, estaba en el último patio junto al lavadero; no solamente moríamos de frío sino que, además, era tan oscura que durante el día teníamos que encender velas para poder ver. La señora María salía todos los días a la calle y volvía solo a la noche. Para que comiéramos las tres, nos dejaba diez centavos que solo nos alcanzaban para comprar pan y panela. El día lo pasábamos en la pieza o sentadas en el patio cuando había un poco de sol. Betzabé lloraba todo el día, decía que quería volver a Guateque, tenía verdadero terror de salir a la calle, el pan y la panela se los encargaba a dos viejitas que vivían en el mismo patio que nosotras, pues la tienda quedaba a tres cuadras y ella se aterraba de ir tan lejos en esa ciudad tan grande. En el mismo hotel vivía una mujer que era de Tunja y vivía con un policía, tenía dos niñas mucho más grandes que nosotras, era muy simpática y era la única que nos hablaba un poco. Cuando supo que nosotras solo comíamos pan y panela le dijo a Betzabé que eso era muy malo, que nos iban a dar lombrices y que además era muy poca comida, que ella hacía para ella y sus hijas mazamorra que era de más alimento. 
Cuando estaban discutiendo sobre el precio de la mazamorra llegaron las dos viejitas que nos traían el pan y la panela. Yo no sé cómo decidieron que, si nosotras dábamos nuestros diez centavos y las viejitas otros diez, más los diez de la mujer del policía, podríamos hacer una sola mazamorra para todos con carne, con papas y con habas. Había un solo problema, conseguir una olla muy grande, pues, según la mujer del policía, con todo ese dinero podíamos hacer tanta mazamorra que cada una podríamos tomar dos platos, uno al mediodía y calentar el otro para la noche. Betzabé dijo que ella tenía economizados cinco centavos, que ella los daba para comprar la olla, las viejitas dieron cada una un centavo, la mujer del policía dijo que, como era ella la que tenía la cocina, ella no daba para la olla. Detrás de la estación del tren había un mercado en la calle y decidieron que deberían ir todas juntas para saber cuánto valía una grande olla de barro. La olla valía veinte centavos y solo teníamos los cinco de Betzabé y los dos de las viejitas, es decir siete. Betzabé le habló a la señora María y, después de decir que la íbamos a arruinar, decidió darnos cinco centavos para la olla; a la mañana les dimos la gran noticia, ya teníamos doce. La mujer del policía dijo que bueno, que ella iba a dar los tres que tenía reservados para el jabón. En el primer patio vivía una señora un poco negra con un hijo ya grande que trabajaba en el tren; era el que cargaba el carbón para las máquinas, siempre estaba todo tiznado y a nosotras nos daba miedo mirarlo. La mujer del policía decidió hablar con ellos para ver si querían entrar en la vaca para la mazamorra, ellos aceptaron y el mismo día salieron a comprar la olla. Al día siguiente comimos la primera mazamorra, fue una verdadera fiesta; todos en el patio de atrás colocaron la grande olla entre muchos trapos en el hueco del sifón del patio y todos alrededor cada uno con su plato; había sagradamente un buen pedazo de carne para cada uno y muchas papas y habas y tallos. La mazamorra era hecha con masa. Era la mujer del policía la que hacía el mercado y era ella la que nos servía a todos. Naturalmente todos se volvieron amigos y Betzabé se hizo muy amiga del obrero del carbón. La señora María nunca participó en las mazamorras, regularmente no estaba, pero si estaba se quedaba encerrada en la pieza; tampoco tenía amistad con nadie, solo decía buenos días y seguía derecho, ella decía que eran gentes muy vulgares, pero le parecía bien que nosotras tomáramos mazamorra todos los días. 
Ya hacía como un mes que estábamos en esa casa y las mazamorras eran nuestra única diversión, el segundo plato, ese sí sin carne, lo ponían a calentar a las seis de la tarde; desde esa hora el que iba llegando se sentaba en el patio a esperar la llegada de la olla. Cuando aparecía la olla, todos dábamos un grito de alegría. Fue una tarde justamente que apareció el policía marido de doña Inés, como la llamábamos todos. Doña Inés empezaba a servir, estaba agachada con el plato y el cucharón en la mano, todos teníamos los ojos puestos sobre la olla. Fue el pum-pum de los dos disparos que nos hizo levantar los ojos, el policía con un revólver en la mano acababa de darle dos tiros a su mujer, que cayó como una piedra sobre la olla de la mazamorra, la olla se abrió en mil pedazos, todo el mundo corrió, Betzabé nos tiró contra la puerta de la pieza y nos encerramos todas tres con llave al interior. La mujer no se murió, pero nunca más volvimos a tener la mazamorra; volver a reunir el dinero para comprar una nueva olla era absolutamente imposible y de la parte nuestra la señora María nos prohibió todo contacto con las gentes de la casa. A los pocos días ella nos anunció que le habían dado la agencia de chocolate de un pueblo que se llamaba Fusagasugá. 
Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 75-79


miércoles, 27 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / El abandono


Women Carrying a Child in Her Arms
John Flaxman  


Emma Reyes
EL ABANDONO


Un día llegó la señorita María llegó a la casa de muy mal genio. El Niño estaba llorando porque era la hora de su tetero y ella decidió darle ese día un baño. Cuando estaba todo desnudo, lo alzó muy alto y mirándolo a la cara dijo: 
—Este desgraciado se empieza a parecer a Eduardo. 
Entonces Helena le dijo que hubiera sido mejor guardar a Eduardo que mandar a hacer otro nuevo; Helena no había terminado la frase, que ya ella la estaba reventando a bofetadas. Antes de que terminara con ella, yo corrí a esconderme en el horno, el único sitio donde ella no podía entrar. 
Al día siguiente no fue a la agencia y estuvo todo el día encerrada en la pieza; Betzabé le subió el almuerzo y dijo que no quería comer. Cuando empezaba a estar oscuro nos llamó para que subiéramos a su pieza. Todas las cosas estaban en desorden y en el centro los dos baúles abiertos: había comenzado a empacar la ropa. Nos anunció que volvíamos a Bogotá, nos acusó de ser la causa de todas sus desgracias. 
—Sin ustedes mi vida sería otra, nunca hubiera venido a este pueblo miserable. Yo podría estar muy lejos y tener todo en la vida. Pero con ustedes siempre entre los pies, estoy atada como un animal, eso es, atada como una vaca, pero, eso sí, les aseguro que esta situación no puede durar más tiempo, yo les juro y se acordarán de mis palabras que a la primera oportunidad que se me presente las voy a regalar a alguien, no me importa a quién. Y ahora, lárguense de aquí que yo no las vea más, porque las voy a reventar a palos. 
Nos tomamos de la mano y bajamos la escalera, fuimos derecho a la pieza del Niño, nos sentamos junto al canasto y nos pusimos a llorar. El Niño nos miraba con los ojos grandes abiertos y como si hubiera sentido lo profundo de nuestro dolor, las lágrimas le empezaron a caer a chorros, sin dar ni un grito. Solo hacía pucheritos con la boca y sus ojos eran de una tristeza profunda. 
Los preparativos de viaje duraron varios días. Como ella no iba a la agencia, estaba siempre en casa y, por un sí o un no, nos gritaba o nos daba fuerte. Fueron días muy largos y muy tristes. 
La víspera del viaje llegó Toribio con los caballos y tres indios más, todos durmieron en el solar esa noche, cantaron y tocaron tiple. Toribio me quería mucho y me trajo de regalo un canastico lleno de ciruelas. Esa noche dormimos todos en una sola pieza sobre unas esteras y el Niño siempre en su canasto. Cuando me despertaron estaba todavía oscuro, Betzabé ya tenía hecho el desayuno y la señorita María estaba bañando al Niño, cosa que no hacía casi nunca, pues la única que le limpiaba la cara y la caca era yo. Helena me ayudó a vestirme mientras Betzabé ponía en un canasto los cuatro chiros que representaban la ropa del Niño. Mientras yo tomaba mi agua de panela con una mogolla, ellas dos envolvieron al Niño en una grande cobija y lo ligaron con una especie de banda blanca. Betzabé bajó para hacerse las trenzas y buscar el pañolón; la señorita María que estaba muy nerviosa empezó a gritarle para que se apurara porque íbamos a llegar tarde. 
Betzabé alzó al Niño y el canastico con su ropa, me tomó de la mano y salimos casi corriendo. Cuando salíamos, los caballos estaban relinchando y sentí que Toribio estaba cantando en el solar. 
Betzabé me dijo en el camino que íbamos al río, estaba tan oscuro que yo no veía el camino y había tanto viento como el día del incendio. Cuando llegamos al puente, que yo conocía muy bien, en cambio de bajar al pozo donde íbamos siempre a lavar la ropa, ella siguió derecho y luego cruzamos por un pequeño camino que bordeaba el río y que tenía árboles grandes. Al fondo de ese camino vimos una grande casa blanca que no era de paja sino con el techo de tejas. Betzabé me dijo de esperarla junto a un árbol torcido que caía sobre el río. La seguí con los ojos, vi que caminaba como en la punta de los pies, ligero, ligero, como si quisiera volar. Se acercó a la grande puerta y puso primero el canasto y luego el Niño bien arrimado contra la puerta y cuando empezó a cubrirle la cabecita con la cobija me di cuenta que habíamos ido para abandonarlo; quise gritar y no pude, las piernas me temblaban, como un resorte salté en dirección de la puerta. Betzabé me alcanzó a agarrar de una pierna, yo me tiré al suelo y empecé a dar golpes con la cabeza contra la tierra, sentía que me ahogaba, Betzabé se esforzaba por alzarme pero yo me agarraba a las plantas y me contorsionaba como una lombriz. Casi al oído me suplicaba levantarme, no hacer ruido y correr antes de que alguien se despertara; yo seguía amarrada a las plantas y con la cara pegada a la tierra, creo que en ese momento aprendí de un solo golpe lo que es la injusticia y que un niño de cuatro años puede ya sentir el deseo de no querer vivir más y ambicionar ser devorado por las entrañas de la tierra. Ese día quedará sin duda como el más cruel de mi existencia. 
No lloraba, porque las lágrimas no hubieran bastado, no gritaba porque mi sentimiento de revuelta era más fuerte que mi voz. Betzabé, arrodillada junto a mí, me suplicaba de levantarme. El Niño empezó a llorar, yo sentí que su llanto salía del fondo de la tierra, levanté la cabeza y vi que Betzabé tenía la cara bañada en lágrimas. Perdí toda resistencia, le tendí una mano y ella me levantó en sus brazos, empezó a correr como loca; yo sentía que me apretaba fuerte, fuerte contra ella y sus lágrimas me caían por detrás de la oreja y se deslizaban por mi cuello, casi sin respiración; solo se detuvo cuando llegamos al puente; del resto no me acuerdo, solo recuerdo cuando Toribio me alzó para ponerme en la silla de la mula que debía transportarnos a Bogotá. Helena me cuenta que me quedé tres días sin poder hablar. 
Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 69-73


martes, 26 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / El niño




Emma Reyes
EL NIÑO
Por varios días la señorita María se quedó encerrada en la pieza con el Niño. No recuerdo cómo ni cuándo volvimos a verlo, solo recuerdo que un día Betzabé se puso a desocupar el cuarto de los trastos, el mismo en que nos habían encerrado la noche que la señorita María estaba enferma. El cuarto estaba, si se puede decir, en el centro de la casa, entre el primer patio y el solar. La señorita María, con el Niño en los brazos, dirigía el trabajo. Hizo lavar el piso, que era de ladrillo, bajaron de la pieza de ella una especie de canasto de paja que servía de cuna para el Niño y como muebles solo dejaron una silla mecedora y una mesa vieja donde pusieron las únicas tres camisitas que tenía el Niño. A la mañana siguiente, cuando Betzabé fue a levantarme y vestirme, me dijo que la señorita María y Helena habían vuelto a la agencia. Fue la primera vez que yo pregunté por el Niño. Betzabé me dijo que estaba en el cuarto de los trastos. 
Salté de la cama y fui corriendo a la pieza, entré en punta de pies. La cuna la habían puesto sobre una estera en la mitad del cuarto, me senté en el suelo y empecé a mirarlo despacito y por pedacitos. Las orejitas eran chiquitas, perfectas, la carita muy blanca, la boca de labios gruesos, el pelito era negro, los pies largos y finos, las manos eran chiquiticas, no le pude abrir los dedos, los tenía apretados y húmedos, la boca la tenía entreabierta de un lado y parecía que estuviera riendo. Al rato vino Betzabé con una botella de tetero, lo alzó, se sentó en la silla y se puso a darle el tetero. El Niño abrió los ojos. Se parecían a los de Eduardo, negros, enormes. Yo no me cansaba de mirarlo. Le pregunté a Betzabé cómo se llamaba, dijo que la señorita María había dicho que se llamaría José sin Sal, pues no pensaba bautizarlo. Helena y yo lo llamábamos el Niño. 
Mi vida cambió; ni el marrano, ni las gallinas y sus huevos, ni los árboles y sus frutas, nada me volvió a interesar fuera de estar junto a él; si estaba despierto, yo estaba sentada junto, hablando y jugando con él, si dormía me sentaba en la puerta a esperar que se despertara, si lloraba corría, gritando a Betzabé para que viniera con el tetero. La señorita María había prohibido terminantemente que lo sacáramos del cuarto, no quería que los vecinos lo vieran o lo sintieran llorar. Como no tomaba ni aire ni sol, era cada día más blanco transparente, pero crecía y engordaba. Como único vestido le ponían una camisita de bayetilla blanca y una tira larga que le enrollaban en la cintura, que llamaban fajero y que Betzabé decía que no había que quitársela porque se le salía el alma por el ombligo. Yo le pregunté que qué era el alma y ella me dijo que era todo lo que uno tenía por dentro. 
Como no tenía ni pañales, ni calzoncito, hacía caca y pipí sobre la cuna que estaba cubierta con un pedazo de caucho rojo. Betzabé me enseñó a limpiarle con hojas de lengua vaca que cogíamos en el solar, pero a la noche, como yo dormía, regularmente a la mañana lo encontraba untado de caca hasta el pelo. 
La señorita María volvió a la vida de antes, es decir que salía a las seis de la mañana para la agencia y volvía tarde a la noche. El único día que veía al Niño era los sábados que Betzabé y yo íbamos al río a lavar la ropa y ella y Helena se quedaban en la casa. 
Cuando el Niño empezó a crecer y a moverse mucho, le cambiaron la cuna de paja por uno de los cajones vacíos del chocolate. Eran unos cajones muy profundos y yo ya casi no podía estirar los brazos hasta el fondo para limpiarlo. Cuando Betzabé no me veía, yo me montaba sobre una piedra y me dejaba escurrir entre el cajón, el Niño reía y gritaba de alegría cuando yo me metía en el cajón con él. Igual que el marrano, era mío y nadie se ocupaba de él, yo tenía la impresión que del Niño tampoco se ocupaba nadie y que era solo mío. 
Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 55-58




FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

MESTER DE BREVERÍA

DRAGON

RIMBAUD


lunes, 25 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / El río

Wild River
Frank Lee

Emma Reyes
EL RÍO

Los sábados eran el gran día; ese día tenía que ir con Betzabé para lavar la ropa en el río. Salíamos muy temprano a la mañana. Betzabé se ponía en la cabeza el atado de la ropa y en un canasto llevaba la comida para las dos, yo llevaba el chorote para el chocolate. El camino era largo, a ratos Betzabé me alzaba para ir más rápido. El río Súnuba me parecía enorme, era el primero que veía en mi vida, a las orillas había cantidades de árboles, aguacates, guayabos, naranjos; siempre íbamos al mismo sitio donde el río hacía una curva y desde donde veíamos el puente. Apenas llegábamos, Betzabé jabonaba la ropa y la tendía sobre el pasto para despercudirla al sol, luego nos íbamos a recoger leña y a coger frutas; de regreso prendíamos el fuego y poníamos la olla con las papas y las mazorcas. Mientras se hacía la sopa, Betzabé juagaba la ropa, yo soplaba el fuego y cuidaba la olla. Cuando terminaba de extender la ropa, nos desvestíamos, ella se ponía un chingue, a mí me dejaba desnuda, me tomaba en los brazos y nos metíamos al río. ¡Qué felicidad! Yo hubiera querido que esos baños no terminaran nunca. Claro que cuando había tempestades y el río estaba crecido no podíamos bañarnos. Una vez fue terrible, estábamos almorzando, nos acabábamos de vestir y de un solo golpe el río subió varios metros; perdimos casi toda la ropa, lo único que Betzabé alcanzó a salvar fueron las sábanas. Con una rapidez increíble, me alzó y me subió sobre un árbol. Yo me agarraba con todas mis fuerzas y sentí que el agua con la fuerza que venía lo hacía temblar desde las raíces, ella corrió por entre el agua agarrándose a las ramas hasta llegar al puente y empezó a gritar; al rato vinieron una cantidad de indios que se amarraron por la cintura con unos lazos y todos unidos bajaron hasta el árbol donde yo estaba agrapada y me bajaron. Naturalmente perdimos la olla y toda la comida, regresamos temprano y muy agitadas. Betzabé lloraba porque creía que la señorita María la iba a echar de la casa por haber dejado perder la ropa pero, al contrario, se rió enormemente de nuestra aventura y dijo que la ropa no importaba.

Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 47-49




FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

MESTER DE BREVERÍA

DRAGON

RIMBAUD


sábado, 23 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / El General Rebollo




Emma Reyes
EL GENERAL REBOLLO
El Cojo siempre me estaba esperando a la entrada del muladar, yo desocupaba la bacinilla, la limpiaba rápidamente con hierbas o papeles viejos, la escondía en un hueco, siempre el mismo, detrás de un eucalipto. Un día el Cojo no quería jugar porque tenía dolor de estómago y nos sentamos abajo del rodadero a mirar jugar a los otros. La greda estaba mojada y yo me puse a hacer un muñequito de greda. El Cojo tenía siempre el mismo y único pantalón, tres veces más grande que él y amarrado a la cintura con un lazo. En los bolsillos de ese pantalón escondía todo: piedras, trompos, cuerdas, bolas de cristal y un pedazo de cuchillo sin mango. Cuando yo terminé el muñeco de barro, él lo tomó, sacó su medio cuchillo y con la punta le hizo dos huecos en la cabeza que eran los ojos y otro más grande que era la boca. Pero cuando terminó me dijo: 
—Ese muñeco es muy chiquito, vamos a hacerlo más grande. 
Y lo hicimos más grande, siempre agregándole barro al chico. 
Al día siguiente volvimos y el muñeco estaba tirado donde lo habíamos dejado y el Cojo dijo: 
—Vamos a hacerlo más grande. —Y volvieron los otros y dijeron: 
—Vamos a hacerlo más grande. 
Alguno encontró una vieja tabla muy, muy grande y decidimos que haríamos crecer el muñeco hasta que fuera grande como la tabla y así, sobre la tabla, lo podríamos transportar y hacer procesiones. Por varios días agregamos y agregamos barro al muñeco hasta que fue grande como la tabla. Entonces decidimos darle un nombre, decidimos llamarlo el General Rebollo. No sé cómo ni por qué elegimos ese nombre, en todo caso el General Rebollo se convirtió en nuestro Dios; lo vestíamos con todo lo que encontrábamos en el basurero, se acabaron las carreras, las guerras, los saltos. Todos nuestros juegos eran solo alrededor del General Rebollo; el General Rebollo era naturalmente el personaje central de todas nuestras invenciones. Por días y días solo vivimos alrededor de su tabla, a veces lo hacíamos pasar por bueno, otras por malo, la mayor parte del tiempo era como un ser mágico y lleno de poder; así pasaron muchos días y muchos domingos, que para mí eran los peores días de la semana. Todos los domingos, a partir del mediodía y hasta la noche, me dejaban sola, encerrada con llave en nuestra única pieza; no tenía más luz que la que entraba por las grietas y el grande hueco de la chapa y pasaba horas con el ojo pegado al hueco para ver lo que pasaba en la calle y para consolarme del miedo. Regularmente, cuando la señora del cabello largo regresaba con Helena y el Piojo, me encontraban ya dormida contra la puerta, rendida de tanto haber mirado por el hueco y de tanto soñar con el General Rebollo. 
Después de habernos inspirado mil y un juegos, el General Rebollo empezó a dejar de ser nuestro héroe, nuestras pequeñísimas imaginaciones no encontraban más inspiración en su presencia y los candidatos a jugar con él disminuían día a día. El General Rebollo empezaba a pasar largas horas de soledad, las decoraciones que lo cubrían ya no las renovaba nadie. Hasta que un día el Cojo, que seguía siendo el más fiel, se subió sobre un viejo cajón, dio tres golpes con su bastón improvisado y con una voz aguda y cortada por la emoción gritó: 
—¡¡¡El General Rebollo se murió!!! En esos medios uno nace sabiendo lo que quiere decir hambre, frío y muerte. Con las cabezas agachadas y los ojos llenos de lágrimas, nos fuimos acercando lentamente al General Rebollo. 
—¡De rodillas! —gritó de nuevo el Cojo. 
Todos nos arrodillamos, el llanto nos ahogaba, ninguno se atrevía a decir ni una palabra. El hijo del carbonero, que era grande, estaba siempre sentado en una piedra leyendo hojas de periódicos que sacaba del basurero. Con el periódico en la mano se acercó al grupo y nos dijo: 
—Chinos pendejos, si se les murió el General, pues entiérrenlo. —Y se fue. 
Todos nos pusimos de pie y decidimos alzar la tabla con el General y enterrarlo en el basurero; pero todos nuestros esfuerzos fueron inútiles, no logramos ni mover la tabla. Resolvimos enterrarlo por pedazos, partimos cada pierna en tres pedazos, los brazos igualmente. El Cojo dijo que la cabeza había que enterrarla entera. Trajeron una vieja lata y depositamos la cabeza; entre cuatro, los más grandes, la transportaron primero. Todos desfilamos detrás, llorando como huérfanos. La misma ceremonia se repitió con cada uno de los pedazos de las piernas y de los brazos, quedaba solo el tronco, lo partimos en muchos pedacitos y nos pusimos a hacer muchas bolitas de barro y, cuando ya no quedaba nada del tronco del General Rebollo, decidimos jugar a la guerra con las bolas.
Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 19-23




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viernes, 22 de marzo de 2019

Casa de citas / Emma Reyes / Bacinilla



Emma Reyes
BACINILLA
Nuestra vida se pasaba en la calle; todas las mañanas yo tenía que ir al muladar que estaba detrás de la fábrica para vaciar la bacinilla que habíamos usado todos durante la noche; era una enorme bacinilla blanca esmaltada pero del esmalte ya quedaba muy poco. No había día que la bacinilla no estuviera llena hasta el tope y los olores que salían de esa bacinilla eran tan nauseabundos que muchas veces yo vomitaba encima. En nuestra pieza no había ni luz eléctrica ni inodoro; nuestro único inodoro era esa bacinilla, ahí hacíamos lo chico y lo grande, lo líquido y lo sólido. Los viajes de la pieza al muladar con la bacinilla desbordante eran los momentos más amargos del día. Tenía que caminar casi sin respirar, con los ojos fijos sobre la caca, siguiendo su ritmo poseída del terror de derramarla antes de llegar, lo que me traía castigos terribles; la apretaba fuertemente con las dos manos como si llevara un objeto precioso. El peso también era enorme, superior a mis fuerzas. 

Emma Reyes
Memoria por correspondencia
Bogotá, Laguna Libros, 2012, pp. 18-19




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