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lunes, 7 de septiembre de 2026

Un libro / El legado de los espías, de John le Carré

John le Carré

La lección del maestro

Le Carré ha regresado en 'El legado de los espías' a su escritura rápida y limpia, animada por un oído excelente para los matices verbales


Antonio Muñoz Molina
19 de enero de 2018

Hábitos menores, gestos sutiles que pueden no advertirse, retratan a las personas de carne y hueso. George Smiley tiene el hábito de limpiarse las gafas con el forro de la corbata, y el de subírselas con el dedo índice cuando está escuchando a alguien y las gafas se le deslizan por la nariz. Cuando escucha lo que alguien le dice, George Smiley entra en una especie de trance de inmovilidad, entornando los ojos, como un melómano atento a cada pormenor de una interpretación.

miércoles, 11 de junio de 2025

Un libro / El espía que surgió del frío, de John le Carré

 



John le Carré
EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO


Aunque escribió muchas novelas excelentes con historias magníficas, siempre recuerdo la obra revelación de Le Carré, ‘El espía que surgió del frío’. No fue su primera, sino la tercera; las dos primeras no dejaron huella hasta su posterior reedición. Pero El espía rompió moldes. Antes de eso, el espionaje se centraba en personajes como Ashenden, de W. Somerset Maugham, y otros caballeros. Luego llegó Alec Leamas, desvencijado, maloliente, inmoral. Un impostor en un mundo de impostores. Y la brillante trama: usar a un tonto y crédulo testarudo para destruir a un enemigo de Alemania Oriental mediante subterfugios. Introdujo brevemente al sutil y taimado George Smiley, quien más tarde se revelaría como el controlador infinitamente taimado. Los giros y vueltas del juicio en Alemania Oriental son fascinantes y el doble —¿o triple?— impacto del relato es magistral. Consagró a Le Carré para siempre como el maestro de la novela de espías.


Frederick Forsyth
9 de octubre de 2021


viernes, 18 de diciembre de 2020

Casa de citas / John le Carré / Una mujer




John le Carré
UNA MUJER

Ella era una buena mujer, y nada era culpa suya. Todas eran buenas mujeres. Eran mujeres con una misión que cumplir para con él, lo mismo que Hannah tuvo en otro tiempo una misión para conmigo…, salvarle, fortalecerle, encauzar sus numerosas capacidades en una dirección, ayudarle a emprender el nuevo rumbo que le liberase de todos los nuevos rumbos que había emprendido antes. Y Barley la había alentado como las había alentado a todas ellas. Había permanecido a su lado en el lecho de la enfermedad como si él mismo no fuese el paciente sino un miembro del equipo médico. «A ver qué podemos hacer por este pobre tipo que le haga restablecerse y ponerse de nuevo en marcha».

    La única diferencia era que él nunca había creído en el remedio, como tampoco yo.
    Ella yacía tendida boca abajo, exhausta y posiblemente dormida. Había limpiado el piso. Como los presos limpiaban celdas y los deudos cuidan tumbas, ella había lavado la superficie de un mundo que no podía modificar. Otras personas podrían decirle a Barley que era demasiado duro consigo mismo. Las mujeres se lo decían con frecuencia. Cómo no debía hacerse responsable de las dos mitades de cada relación que se derrumbaba sobre él. Barley sabía a que atenerse. Conocía la distancia existente entre él mismo y todas las cosas. En aquellos días él era todavía el inigualado experto en su propia incurabilidad.
    La tocó en el hombro, pero ella no se movió, por lo que comprendió que estaba despierta.
    —Tuve que ir a la Embajada —dijo—. En Londres hay gente que reclama a coro mi presencia. Tengo que volver y enfrentarme a la música o me quitarán el pasaporte.
    Sacó una maleta de debajo de la cama y empezó a llenarla con las camisas que ella le había planchado.
    —Dijiste que esta vez no ibas a volver —respondió ella—. Que ya habías cumplido tu período inglés. Que habías terminado.
    —Me han apuntado en el vuelo de la mañana. No hay nada que pueda hacer. Dentro de unos minutos va a venir un coche a recogerme.
    Fue al cuarto de baño en busca de su cepillo de dientes y sus útiles de afeitar.
    —Están acumulando contra mí todos los cargos imaginables —exclamó—. No hay nada que pueda hacer.
    —Y yo vuelvo con mi marido —dijo ella.
    —Quédate aquí. Utiliza el piso. Lo que quieras. Van a ser sólo unas semanas.
    —Si no hubieras dicho todo aquello, habríamos estado de maravilla. Yo habría sido feliz teniendo sólo una aventura. Deberías ver tus cartas. Oírte a ti mismo.
    Barley no la miraba. Estaba inclinado sobre su maleta.
    —No se lo hagas a nadie más —dijo ella.
    Y no pudo mantener por más tiempo la calma. Empezó a sollozar y estaba sollozando cuando él se marchó, y aún seguía sollozando a la mañana siguiente cuando yo entré y le puse bajo las narices un impreso de declaración y le pregunté cuánto le había contado Barley. Nada. Me expuso toda la historia y, sin embargo, le defendió a capa y espada. Hannah habría hecho lo mismo. Y lo sigue haciendo, un desbordamiento de lealtad todavía hoy, cuando sus ilusiones quedaron ya destruidas.

John le Carré
La Casa Rusia
Círculo de Lectores, Bogotá, 1990, pp. 114-115

Çasa de citas / John le Carré / Sobre la bebida

 




John le Carré
SOBRE LA BEBIDA

En Rusia no hay que tener ninguna razón para beber, por amor de Dios. Cíteme un solo ruso que valga la pena que pueda enfrentarse sobrio a los problemas de su país.

John le Carré
La Casa Rusia
Círculo de Lectores, Bogotá, 1990, p. 94

jueves, 17 de diciembre de 2020

Casa de citas / John le Carré / Armas nucleares

 



John le Carré
ARMAS NUCLEARES

Alguien me preguntó si no creía yo que las armas nucleares habían conservado la paz durante cuarenta años. Yo dije que eso era una chorrada jesuítica. Lo mismo podría decirse que la pólvora había conservado la paz entre Waterloo y Sarajevo. Además, dije, ¿qué es la paz? La bomba atómica no impidió Carea y no impidió Vietnam. No impidió a nadie oprimir a Checoslovaquia, o bloquear Berlín, o construir el Muro de Berlín, o entrar en Afganistán. Si eso es paz, intentémosla sin la bomba. Dije que lo que se necesitaba no eran experimentos en el espacio, sino experimentos en la naturaleza humana. Las superpotencias deberían custodiar juntas el mundo. Yo estaba volando.

John le Carré
La Casa Rusia
Círculo de Lectores, Bogotá, 1990, p. 91

Casa de citas / John le Carré / Los soviéticos

 


John le Carré
LOS SOVIÉTICOS


Los soviéticos son los únicos tipos lo bastante chalados como para escuchar las chorradas —su mechón de pelo volvió a caer hacia el vaso—. Eso es lo que pasa allí. Sale uno a dar una vuelta por el campo y acaba discutiendo con una pandilla de poetas borrachos acerca de la libertad frente a la responsabilidad. Vas a echar una meada en algún mugriento retrete público, y alguien se asoma desde el cubículo contiguo y te pregunta si hay vida después de la muerte. Porque uno es occidental. Y por eso sabe. Así que uno se lo dice. Y ellos recuerdan. Nada se esfuma.

John le Carré
La Casa Rusia
Círculo de Lectores, Bogotá, 1990, p. 88

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Casa de citas / John le Carré / La tumba de Pasternak

Tumba de Boris Pasternak

John le Carré
LA TUMBA DE PASTERNAK

Boris Pasternak / La tumba de la poesía

García Márquez / Pasternak, 22 años después


Había establecido un campamento base en un extremo de la habitación, en una silla alta y recta tan alejada de nosotros como pudo encontrar. Se encaramó en ella de costado hacia nosotros y se inclinó sobre su vaso de whisky, que sostenía con las dos manos, mirándolo fijamente como un gran pensador, o, al menos, como un pensador solitario. No nos hablaba a nosotros, sino a sí mismo, enfática y mordazmente, sin rebullir más que para tomar un sorbo de su vaso o mover afirmativamente la cabeza en relación a algún punto privado y habitualmente abstruso de su narración. Hablaba con la mezcla de pedantería e incredulidad que la gente utiliza para reconstruir un episodio desastroso, como una muerte o un accidente de tráfico. Así que yo estaba aquí, y tú estabas allí, y el otro tipo venía por allá.
    —Fue en la última feria del libro de Moscú. El domingo. No el domingo anterior, el domingo siguiente —dijo.
    —Septiembre —sugirió Ned, y Barley, al oído, volvió la cabeza y murmuró «gracias», como si agradeciera sinceramente ser aguijoneado. Luego arrugó la nariz, se ajustó las gafas y empezó de nuevo.
    —Estábamos agotados —dijo—. La mayoría de los expositores se habían marchado el viernes. Éramos sólo unos cuantos los que quedábamos por allí. Los que tenían contratos que ultimar o carecían de razones especiales para apresurarse a regresar.
    —Era un hombre comprometido, en lo alto del escenario, y resultaba difícil no sentir simpatía por él, allí, erguido, solo. Era difícil pensar «vamos, por Dios, vamos». Y tanto más difícil cuanto ninguno de nosotros sabía dónde iba a ir a parar.
    Nos emborrachamos el sábado por la noche, y el domingo nos fuimos todos a Peredelkino en el coche de Jumbo.
    De nuevo pareció tener que recordarse a sí mismo que tenía un auditorio.
    —Peredelkino es el «poblado» de los escritores soviéticos —dijo, como si ninguno de nosotros hubiese oído hablar de él—. Disponen allí de dachas, siempre y cuando se porten bien. El Sindicato de Escritores lo gobierna sobre la base de su utilización exclusiva por sus miembros y decide quién tiene una dacha, quién escribe mejor en la cárcel, quién no escribe en absoluto.
    —¿Quién es Jumbo? —preguntó Ned, interviniendo contra su   costumbre.

    —Jumbo Oliphant. Peter Oliphant. Presidente de «Lupus Books». Fascista escocés de salón. Masón cinturón negro. Cree tener una longitud de onda especial con los soviéticos. Tarjeta de oro —acordándose de Bob, inclinó la cabeza hacia él—. Me temo que no es American Express. Es una tarjeta de oro de la feria del libro de Moscú, distribuida por los organizadores rusos y que indica que se es un tipo importante. Coche gratis, intérprete gratis, hotel gratis, caviar gratis. Jumbo nació con una tarjeta de oro en la boca.
    Bob sonrió demasiado ampliamente para demostrar que se tomaba a bien la broma. Pero era hombre de gran corazón, y Barley se había dado cuenta. Se me ocurrió la idea de que Barley era una de esas personas para las que un buen carácter no puede permanecer oculto, lo mismo que él no podría enmascarar su propia accesibilidad.
    —Así que allá nos fuimos todos —continuó volviendo a su ensoñación—. Oliphant, de «Lupus». Emery, de la «Bodley Head». Y alguna chica de «Penguin» cuyo nombre no recuerdo. Sí, sí que lo recuerdo, Magda. ¿Cómo diablos podría yo olvidarme de una Magda? Y Blair, de «A B».
    —Viajando como nababs en la estúpida limusina de Jumbo —dijo Barley, lanzando frases cortas como ropas viejas extraídas del baúl de su memoria—. Un coche corriente no era lo bastante bueno para Jumbo, tenía que ser un maldito y enorme «Chaika», con cortinas en el dormitorio, sin frenos y con un gorila al que le olía el aliento como conductor. El plan era echar un vistazo a la dacha de Pasternak, que se rumoreaba iba a ser declarada museo, aunque otro rumor insistía en que los bastardos se disponían a derribarla. Quizá también su tumba. Al principio, Jumbo Oliphant no sabía quién era Pasternak, pero Magda murmuró «Zhivago», y Jumbo había visto la película —dijo Barley—. No había ninguna prisa, todo lo que querían era pasear un poco y tomar el aire del campo. Pero el chófer de Jumbo utilizó el carril especial reservado para automovilistas oficiales en «Chaikas», así que hicieron el viaje en diez segundos en lugar de una hora, aparcaron en un charco y se dirigieron al cementerio, temblando todavía de gratitud por el viaje.
    —El cementerio está en la falda de una colina, entre un montón de árboles. El chófer se queda en el coche. Está lloviendo. No mucho, pero él está preocupado por su horrible traje. —Hizo una pausa, aparentemente para meditar en la enormidad del chófer—. Gorila chiflado —murmuró.
    Pero me dio la impresión de que Barley estaba despotricando contra sí mismo y no contra el chófer. Me parecía oír en Barley todo un coro autoacusador, y me pregunté si también lo oirían los otros. Tenía dentro de sí personas que realmente le volvían loco.
    La cuestión era, explicó Barley, que habían acertado a ir un día en que las masas liberadas habían acudido también en gran número. En el pasado, dijo, siempre que había estado allí había encontrado el lugar desierto. Sólo las cercadas tumbas y los pequeños árboles. Pero aquel domingo de septiembre, con los poco familiares aromas de libertad en el aire, había unos doscientos entusiastas apiñados en torno a la tumba, y más cuando se marcharon, de todas las formas y tamaños. La tumba desaparecía bajo una montaña de flores, dijo Barley. Llegaban ofrendas sin cesar. La gente iba pasando los ramos por encima de sus cabezas para hacerlos llegar hasta el montón.
    Luego empezaron las lecturas. El tipo bajito leyó poesía. La chica alta leyó prosa. Una avioneta pasó volando a tan baja altura que no se podía oír ni una palabra. Y volvió a pasar una y otra vez.
    —¡Bang! ¡Bang! —chilló Barley, agitando de un lado a otro en el aire su larga muñeca, al tiempo que emitía un sonido nasal de disgusto.
    Pero la avioneta no podía apagar el entusiasmo de la multitud, como tampoco podía hacerla la lluvia. Alguien empezó a cantar, los demás cogieron el estribillo y acabaron todos coreándolo y balanceándose al compás de la música. Finalmente, el avión se marchó, presumiblemente porque se estaba quedando sin combustible. Pero no era eso lo que uno sentía, dijo Barley. En absoluto. Uno sentía que el canto había expulsado del cielo a aquel cerdo.
    El canto se fue haciendo más fuerte, más profundo y más místico. Barley conocía tres palabras de ruso, y los otros ninguna. Eso no les impidió sumarse al coro. No le impidió a Magda llorar a lágrima viva. Ni a Jumbo Oliphant jurar, con un nudo en la garganta, mientras se alejaban colina abajo que publicaría hasta la última palabra que Pasternak hubiera escrito, no sólo la película, sino también lo demás, y que lo subvencionaría de su propio bolsillo en cuanto volviese a su dorado castillo de los muelles.
    —Jumbo tiene esos acalorados arrebatos de entusiasmo —explicó Barley con desarmadora sonrisa, volviendo a su auditorio, pero especialmente a Ned—. A veces se mantienen durante varios minutos seguidos.
    Luego hizo una pausa, volvió a fruncir el ceño, se quitó sus extrañas gafas redondas, que parecían más un castigo que una ayuda, y fue mirando sucesivamente a todos como para recordarse a sí mismo la situación en que se encontraba.
    Estaban todavía bajando por la colina, dijo, y todavía sumidos en sus lamentos, cuando aquel mismo tipo ruso bajó corriendo hacia ellos, sosteniendo su cigarrillo a un lado de la cara como si fuese una vela y preguntando en inglés si eran americanos.
    De nuevo Clive se nos adelantó a todos. Levantó lentamente la cabeza. Había un tono cortante en su imperioso acento.
    —¿El mismo? ¿Qué mismo tipo ruso? No hemos tenido ninguno.
    Sus palabras hicieron de nuevo a Barley desagradablemente consciente de la presencia de Clive, y torció el gesto en una mueca de disgusto.
    —Era el lector, hombre —dijo—. El tipo que leía la poesía de Pasternak junto a la tumba. Preguntó si éramos americanos. Gracias a Dios, no, le dije yo. Británicos.
    Y yo observé, como supongo que observamos todos, que era el propio Barley, no Oliphant, ni Emery ni Magda, quien se había convertido en portavoz de su grupo.
    Barley había pasado al diálogo directo. Tenía un oído tan bueno como el de un ave. Ponía acento ruso para el tipo bajito y una voz bronca para Oliphant. La imitación le salía como algo natural, sin darse cuenta.
    —¿Son ustedes escritores? —preguntó el tipo bajito, en la voz que le adjudicaba Barley.
    —No, por desgracia. Sólo editores —dijo Barley, con su propia voz.
    —¿Editores ingleses?
    —Hemos venido para la feria del libro de Moscú. Yo dirijo un establecimiento llamado «Abercrombie Blair», y éste es el propio presidente de «Lupus Books». Un fulano muy rico. Algún día le nombrarán caballero. Tarjeta de oro y bar. ¿Verdad, Jumbo?
    Oliphant protestó que Barley estaba diciendo demasiado. Pero el tipo bajito quería más.
    —¿Puedo preguntarles entonces qué estaban haciendo junto a la tumba de Pasternak? —preguntó.
    —Una visita casual —dijo Oliphant, interviniendo de nuevo—. Pura casualidad. Vimos una aglomeración de gente y nos acercamos a ver qué pasaba. Mera casualidad. Vámonos.
    Pero Barley no tenía ninguna intención de irse. Estaba irritado por los modales de Oliphant, dijo, y no iba a quedarse impasible mientras un gordo millonario escocés desairaba a un subalimentado desconocido ruso.
    —Estamos haciendo lo mismo que todos los demás —respondió Barley—. Estamos rindiendo nuestro homenaje de respeto y admiración a un gran escritor. Y también nos ha gustado la lectura que ha hecho usted. Muy conmovedora. Cosa de calidad. Soberbia.
    —¿Respetan ustedes a Boris Pasternak? —preguntó el tipo bajito.
    De nuevo Oliphant, el gran activista de los derechos civiles, representado por una voz áspera y una mandíbula torcida.
    —No tenemos ninguna postura con respecto a Boris Pasternak o cualquier otro escritor soviético —dijo—. Estamos aquí como huéspedes. Exclusivamente como huéspedes. No tenemos opinión acerca de asuntos internos soviéticos.
    —Creemos que es maravilloso —dijo Barley—. Una auténtica figura mundial.
    —¿Pero por qué? —preguntó el tipo bajito, provocando el conflicto.
    Barley no necesitaba que le apremiasen. No importaba que no estuviese totalmente convencido de que Pasternak fuese el genio que se aseguraba, dijo. No importaba que, en realidad, considerase que Pasternak había sido alabado en exceso. Eso era opinión de editor, mientras que esto era la guerra.
    —Respetamos su talento y su arte —respondió Barley—. Respetamos su humanidad. Respetamos su familia y su cultura. Y, décimo o el número que sea, respetamos su capacidad de llegar al corazón del pueblo ruso, pese a que hayan intentado silenciarle una pandilla de ratas de oficina que son probablemente los mismos que nos enviaron esa avioneta.
    —¿Puede usted recitar algo de él? —preguntó el tipo bajito.
    Barley tenía esa clase de memoria, nos explicó con cierto azoramiento.
    —Le recité la primera estrofa de «Premio Nobel». Me pareció que resultaba adecuada después de aquel maldito avión.
    —¿Quiere recitárnosla también a nosotros? —dijo Clive, como si fuese necesario comprobarlo todo.
    Barley farfulló por lo bajo, y cruzó por mi mente la idea de que quizá fuera realmente un hombre muy tímido.
    —
    » Como una bestia acorralada, estoy separado
    »de mis amigos, de la libertad, del sol.
    »Pero los cazadores van ganando terreno,
    »y ya no tengo a dónde huir.

    El tipo bajito miraba con el ceño fruncido el encendido extremo de su cigarrillo mientras escuchaba esto, dijo Barley, y, por un momento, llegó a preguntarse si habría sido víctima de una provocación, como temía Oliphant.
    —Si respetan tanto a Pasternak, ¿por qué no vienen a conocer a unos amigos míos? —sugirió el hombrecillo—. Somos escritores aquí. Tenemos una dacha. Sería un honor para nosotros hablar con unos distinguidos editores británicos.
    Antes de que el hombre hubiera terminado de hablar, Oliphant fue presa de un violento ataque de nerviosismo, dijo Barley. Jumbo sabía lo que pasaba si se aceptaban invitaciones de rusos desconocidos. Era un experto en el asunto. Sabía cómo te enredaban, te drogaban, te comprometían con fotografías vergonzosas y te obligaban a dimitir de tus cargos y a renunciar a tus posibilidades de obtener un título mobiliario. Estaba además en vías de concluir un ambicioso acuerdo editorial conjunto a través de la VAAP, Y lo último que necesitaba era ser encontrado en compañía de indeseables. Oliphant lanzó todo esto a Barley en un teatral susurro que daba por supuesto que el pequeño desconocido era sordo.
    —Y de todos modos —terminó con aire triunfante Oliphant—, está lloviendo. ¿Qué vamos a hacer con respecto al coche?
    Oliphant miró su reloj. Magda miró al suelo. Emery miró a Magda y pensó que podía haber cosas peores que hacer en una tarde de domingo en Moscú. Pero Barley, según dijo, miró de nuevo al desconocido y decidió que le gustaba lo que veía. No tenía ningún plan con respecto a la muchacha ni con respecto a posibles títulos nobiliarios. Ya había decidido que prefería ser fotografiado en cueros con un montón de fulanas rusas antes que completamente vestido y del brazo de Jumbo Oliphant. Así pues, hizo montar a todos en el coche de Jumbo y resolvió quedarse con el desconocido.
    —Nezhdanov —declaró de pronto Barley a la silenciosa habitación, interrumpiendo el flujo de sus palabras—. Acabo de acordarme del nombre del fulano. Nezhdanov. Autor teatral. Dirigía uno de esos estudios teatrales, no podía estrenar sus propias obras.
    Habló Walter, y su potente voz quebró el momentáneo silencio.
    —Mi querido amigo, Vitaly Nezhdanov es un héroe de nuestros días. Dentro de cinco semanas se estrenan en Moscú tres obras cortas suyas, y todoel mundo abriga las más peregrinas esperanzas sobre ellas. No es que tenga ni la más mínima calidad, pero no podemos decirlo porque es un disidente. O lo era.
    Por primera vez desde que le había puesto los ojos encima, el rostro de Barley adquirió un aspecto de sublime felicidad, y tuve al instante la impresión de que aquél era el hombre auténtico, que hasta entonces había permanecido oculto por las nubes.
    —¡Oh!, eso es estupendo —dijo, con la sencilla satisfacción de quien es capaz de gozar con el éxito ajeno—. Fantástico. Eso es lo que Vitaly necesitaba. Gracias por decírmelo —terminó, con aire rejuvenecido.
    Luego, su rostro se oscureció de nuevo, y empezó a beber su whisky a sorbitos.
    —Bueno, ya hemos llegado —murmuró vagamente—. Cuantos más seamos, mayor será la diversión. Le presento a mi primo. Tómese un bocadillo de salchicha.
    Pero advertí que sus ojos, como sus palabras, habían adquirido una calidad remota, como si estuviera previendo ya una dura prueba.
    Tendí la vista a lo largo de la mesa. Bob sonriente. Bob sonreiría en su lecho de muerte, pero con una sinceridad de viejo scout. Clive de perfil, con el rostro tan profundo y tan afilado como un hacha. Walter nunca en reposo. Walter con su inteligente cabeza echada hacia atrás, retorciendo un mechón de pelo en torno a su esponjoso dedo índice mientras sonreía en dirección al ornamentado techo, se contorsionaba y sudaba. Y Ned, el dirigente —competente e ingenioso Ned—, Ned el lingüista y el guerrero, el ejecutor y el planificador, sentado como había estado desde el principio, erguido, esperando la orden de avanzar. Algunas personas, reflexioné mirándole, han recibido la maldición de una cantidad excesiva de lealtad, pues podría llegar un día en que no les quedara nada a lo que servir.

John le Carré
La Casa Rusia
Círculo de Lectores, Bogotá, 1990, pp. 79-86


Casa de citas / John le Carré / Palfrey, un palafrén

 


John le Carré
PALFREY, UN PALAFRÉN

Por lo que a mí se refiere, tuve que esperar otra semana: antes de que Ned decidiese con la adecuada renuencia que era el momento de recurrir al viejo Palfrey. Llevo siendo el viejo Palfrey desde todo el tiempo que puedo recordar. Todavía no he llegado a comprender qué fue de mis nombres de pila. «¿Dónde está el viejo Palfrey? —dicen—. ¿Dónde está nuestra águila legal doméstica? ¡Traed al viejo leguleyo! ¡Esto es mejor echárselo al viejo Palfrey!».
    Es fácil tratar conmigo. No hacen falta grandes complicaciones. Mis nombres son Horatio Benedict de Palfrey, pero puede usted olvidarse inmediatamente de los dos primeros, y el hecho es que nadie se ha acordado jamás del «de». En el Servicio soy Harry, por lo que con frecuencia, dado mi natural obediente, soy Harry también para mí mismo. A solas en mi pequeño pisito de soltero, me siento inclinado a llamarme a mí mismo Harry mientras me preparo una chuleta. Asesor legal de los ilegales, ése soy yo, y en otro tiempo socio más joven de la desaparecida casa de Mackie, «Mackie de Palfrey, Procuradores y Notarios Públicos», de Chancery Lane. Pero eso fue hace veinte años. Durante veinte años he sido su más humilde servidor secreto, dispuesto en cualquier momento a robar la balanza de la misma diosa ciega a quien mi joven corazón había aprendido a venerar.

    Según me han explicado, un palafrén, que es lo que significa
palfrey, no era un caballo de guerra ni un cazador, sino un caballo de silla considerado adecuado para las damas. Bueno, pues sólo hay una damita que condujera jamás durante algún trecho a este Palfrey, pero lo condujo casi hasta su tumba, y se llamaba Hannah. Y fue por causa de Hannah por lo que me apresuré a buscar cobijo en el interior de la ciudadela secreta en que la pasión no tiene lugar, donde los muros son tan gruesos que no puedo oír sus puños golpeando contra ellos, ni su lacrimosa voz implorando que la deje entrar y arrostre el escándalo que tanto aterrorizaba a un joven procurador en el umbral de una carrera respetable.
    Esperanza en el rostro y nada en el corazón, dijo ella. Una mujer más juiciosa podría haberse guardado para sí esa clase de observaciones, según he pensado siempre. A veces se llega a la verdad a través de la autoindulgencia. «Entonces, ¿por qué insiste en un caso desesperado? —protestaba yo—. Si el paciente está muerto, ¿por qué seguir intentando resucitarle?».
    Porque ella era una mujer, parecía ser la respuesta. Porque ella creía en la redención de las almas masculinas. Porque yo no había pagado lo suficiente por mi insuficiencia.
    Pero ya he pagado ahora, créanme.
    Es por causa de Hannah por lo que continúo caminando por los corredores secretos, llamando a mi cobardía deber, ya mi debilidad, sacrificio.
    Es por causa de Hannah por lo que permanezco hasta altas horas de la noche aquí, en el gris cubículo de mi despacho que ostenta en su puerta el letrero de LEGAL, rodeado de carpetas y cintas y películas amontonadas como el caso de Jarndyce contra Jarndyce, mientras redacto el exculpatorio informe de la operación que denominamos «Pájaro Azul» y de su protagonista, Bartholomew, alias Barley, Scott Blair.
    Y es también por causa de Hannah por lo que, incluso mientras garrapatea su exculpación, este viejo Palfrey deja de vez en cuando la pluma, y levanta la cabeza y sueña.


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martes, 15 de diciembre de 2020

Casa de citas / John le Carré / Una feria en Moscú

 



John le Carré
UNA FERIA EN MOSCÚ

En una ancha calle de Moscú, situada a menos de doscientos metros de la estación de Leningrado, en el último piso de un recargado y horrible hotel construido por Stalin en el estilo conocido por los moscovitas como «Imperio durante la Peste», la primera feria de material sonoro para la enseñanza del idioma inglés y la difusión de la cultura británica, organizada por el Consejo Británico, se arrastraba penosamente a su fin. Eran poco más de las cinco y media y el tiempo estival se mostraba un tanto errático. Tras los violentos chaparrones que se habían sucedido durante todo el día, un sol débil brillaba en los charcos y levantaba nubecillas de vapor en las aceras. De los transeúntes, los más jóvenes llevaban pantalones vaqueros y zapatos de lona, pero sus mayores continuaban arrebujados en sus prendas de abrigo.
    La sala que el Consejo había alquilado no era cara, pero tampoco era apropiada para la ocasión. Yo la he visto. No hace mucho, estando en Moscú para otra misión completamente distinta, subí de puntillas la gran escalera desierta y, con un pasaporte diplomático en el bolsillo, me detuve en la eterna penumbra que envuelve a los viejos salones de baile cuando están dormidos… Con sus gruesas columnas oscuras y sus espejos dorados, resultaba más adecuada para las últimas horas de un trasatlántico yéndose a pique, que para el lanzamiento de una gran iniciativa. En el techo, ceñudos rusos tocados con gorras proletarias agitaban sus puños en dirección a Lenin. Su vigor contrastaba inevitablemente con los desportillados bastidores de cassettes magnetofónicas que se alineaban a lo largo de las paredes, presentando Winnie the Pooh eInglés para ordenadores en tres horas. Las cabinas de audición, forradas de arpillera y suministradas por los servicios locales, poseían toda la melancolía de unas sillas de lona en una playa desierta bajo la lluvia. Los puestos de los expositores, apiñados bajo la sombra de una galería salediza, parecían tan blasfemos como unas oficinas de apuestas en un templo.

    Sin embargo, allí se había celebrado una especie de feria. Habían acudido visitantes, como suelen acudir los moscovitas, siempre que tengan los documentos y la posición social necesaria para satisfacer a los muchachos de fría mirada y cazadoras de cuero apostados en la puerta. Por cortesía, por curiosidad. Para hablar con occidentales. Porque está ahí. Y ahora, en la quinta y última tarde, se desarrollaba el gran cóctel de despedida de expositores e invitados. Un puñado de miembros de la reducida nómina de la burocracia cultural soviética se congregaba bajo la gran araña central, las damas con sus peinados estilo colmena y sus floreados vestidos diseñados para cuerpos más esbeltos, los caballeros estilizados por los brillantes trajes de confección francesa que significaban el acceso a las tiendas especiales. Sólo sus anfitriones británicos, vestidos en apagadas tonalidades grises, observaban la monotonía de la austeridad socialista. Aumentó en intensidad el rumor de las conversaciones, una brigada de azafatas con delantal distribuyeron los rizados canapés de salchichón y vino blanco caliente. Un alto diplomático británico que no era el embajador estrechaba las mejores manos y decía que estaba encantado.
    Sólo Niki Landau se había apartado de las celebraciones. Estaba inclinado sobre la mesa de su vacío stand, sumando sus últimos pedidos y cotejando los recibos con los gastos, pues Landau tenía por norma no salir nunca a divertirse hasta haber terminado su trabajo del día.

    Y en un extremo de su ángulo visual, reducida a una simple y borrosa mancha azul, aquella mujer soviética que él estaba ignorando deliberadamente. Complicaciones , pensaba mientras trabajaba. Evitar.

John le Carré
La Casa Rusia
Círculo de Lectores, Bogotá, 1990, pp. 11-12





lunes, 14 de diciembre de 2020

Triunfo Arciniegas / Diario / Kim Ki-duk y John le Carré

John le Carré
Ilustración de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
Kim Ki-duk y John le Carré
14 de diciembre de 2020

La muerte continúa su inacabable cosecha, con o sin coronavirus. En estos días fallecieron dos grandes: el cineasta coreano Kim Ki-duk y el novelista inglés John le Carré. Se llevaban treinta años. Kin Ki-duk cumpliría sesenta este 20 de diciembre, y Le Carré había cumplido ochenta y nueve el pasado 19 de octubre. Ambos, muy exitosos y prolíficos. 

En la edición de The Guardian de ayer, domingo 13 de diciembre, John Banville, Tom Stoppard, Margaret Atwood, Ian Rankin y otros evocan al hombre y su obra con profunda emoción. "Era un gran hombre, en muchos sentidos", dice Banville. En bares, cafés y restaurantes, atestados o vacíos, Le Carré se sentaba dando la espalda a la pared y con la vista fija en la puerta, como el espía que fue en sus antiguos tiempos y que, en realidad, nunca dejó de ser. Todo escritor es un espía, entre otras cosas.

Aunque solo he leído unas pocas novelas de Le Carré, me gustaba su obra, y sobre todo su manera de llevar el oficio. No se dejaba manosear por la fama ni vivía cazando premios, dedicado a la escritura en Cornualles, lejos del mundanal ruido, "lo más lejos posible de Londres sin caer al mar", como el perfecto caballero inglés que era. 

Se le recordará por El espía que surgió del frío, El topo y El jardinero fiel, entre otros títulos, y por su personaje, el agente George Smiley. Le  tengo especial cariño a "El sastre de Panamá". Una narración rica, de sorprendente arquitectura, la cuidadosa dedicación a los detalles, las tramas complejas pero nunca enredadas que el lector sigue como adicto o hechizado, hacen que las suyas sean algo más que novelas de espionaje. Un escritor de peso completo. Amazon puede verse ahora una miniserie de seis episodios basada en uno de sus libros, The Night Manager, con un reparto extraordinario: Hugh Laurie, Tom Hiddleston, la maravillosa Olivia Colman y la bellísima Elizabeth Debicki.

Kim Ki-duk

No he visto la mayoría de las películas de Kim Ki-duk, el cineasta del silencio, pero recuerdo ahora dos que son extraordinarias: Hierro 3 y El arco. La primera, obra maestra y original historia de amor, enseña el delicado arte de volverse invisible, y la segunda trata de un viejo pescador que encuentra una niña y espera la edad para desposarla. Mientras en la primera el espacio se reduce a un apartamento, en la segunda el mundo entero es una barca. Ambas películas son lecciones de poesía.

Kim Ki-duk vivió de prisa, entre escándalos. Pintor, albañil, escultor y acólito de un templo budista, este hijo de campesinos viajó a Francia a los treinta y sobrevivió haciendo retratos de los transeúntes. En París vio por primera vez una película. Se hizo cineasta luego, cuando volvió a Corea, y la vida le alcanzó para dirigir más de veinte largometrajes. Aunque fue un trabajo de solo 17 días, con Hierro 3 obtuvo el León de Plata en Venecia y la Espiga de Oro en Valladalid. Con Pietà el León de Oro y con Samaritan Girl el Oso de Plata. Son apenas algunos de sus premios.

Sin embargo, porque de todo hay en la viña del Señor, un reconocido crítico de cine de El País, Carlos Boyero, escribió hace ocho años: "Para haberte desencantado de alguien o de algo forzosamente tienes que haber estado antes encantado y eso no me ha ocurrido jamás con el cine de este señor que tanto idolatran los festivales. Incluyo en mi indiferencia algunas celebradas películas como Hierro 3 y Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera que le gustan a gente que no profesa culto de fe en la obra de este hombre." Como el texto se titula Otro violento desvarío de Kim ki-duk, más de uno se preguntará de quién es en realidad el desvarío.

De este señor, de este hombre, nos acordaremos toda la vida, incluso cuando el nombre de este crítico se haya perdido en el polvo del olvido.