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martes, 14 de enero de 2025

Casa de citas / Alice Munro / La escritura y la vida

 

Alice Munro
Foto de George Duncan

Alice Munro

LA ESCRITURA Y LA VIDA


Alice hablaba a menudo de que tenía una vida real, que estaba oculta, y otra vida, en la que “fingía ser lo que la gente quería que fuera”. También hablaba de moverse por el mundo como “dos mujeres”. Una usaba la vida de la otra como material. De joven, había reconocido que sus deseos estaban tan en desacuerdo con su entorno (leer libros se consideraba una adicción peligrosa) que si se los denunciaba, se la ridiculizaba. Incluso cuando tenía treinta y tantos años, su hermano, que se había convertido en químico, le dijo: “He aprendido a aceptar mis limitaciones y creo que eso es lo que debes hacer. Nada de lo que escribes es bueno”. Cuando era madre joven, mentía en lugar de decirles a sus amigas que estaba escribiendo. No podía escribir en absoluto si había otro adulto en la casa. “Supongo que simplemente viví una vida muy engañosa”, dijo, “pero no me molestaba”. La mujer abierta era modesta, amable y vivaz, una oyente compasiva. Pero el esfuerzo de estar en público —el “trabajo constante de esa autopresentación  , escribió Alice a su agente— la hizo sentir tan desregulada que sintió que necesitaba dejar de hacer giras de promoción de libros. “No  soloestoy  siendo quisquillosa, creo que estoy haciendo un juicio verdadero de lo que es peligroso para mí”, escribió.

En catorce libros de relatos breves, más de cincuenta de los cuales fueron publicados en  The New Yorker , Alice creó una nueva forma de expresar la manera en que el pasado, asimilado de forma incompleta, crea las condiciones de vida en el presente. Sus historias avanzan hacia adelante y hacia atrás durante décadas, colocando una capa de experiencia en un ángulo sorprendente respecto a otra. A veces hay una revelación que parece un gran avance, pero después de que pasan suficientes años en la vida de un personaje nos damos cuenta de que la revelación no era tan importante. Puede parecer como si, por primera vez, estuviéramos comprendiendo la totalidad de la vida humana. Los patrones emocionales se replican; las revelaciones salen a la superficie y luego se desvanecen; las heridas se experimentan solo tardíamente. Su modo de escribir parece casi traumatizado. La negación está incorporada en la estructura de la historia. Ella captura lo que se siente al vivir junto al dolor y la vergüenza sin mirarlos directamente.

En toda su obra, recurre repetidamente a episodios de su propia vida, como si estuviera trazando el arco de un recuerdo en diferentes etapas, a medida que se vuelve más o menos soportable. Escribió por primera vez sobre su madre en 1959, poco después de su muerte, lo que se convirtió en lo que ella llamó "mi material central". Alice, la mayor de tres hijos, estaba en la adolescencia temprana cuando a su madre le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson. Se sintió humillada por los síntomas de su madre -su voz ininteligible, su babeo- y también por sus súplicas de atención. Después de ir a la universidad, con una beca, Alice rara vez regresó a casa. En momentos de desesperación, su madre decía: "Pronto veré a Alice", como una oración. "Querida querida", le escribió su madre, poco antes de morir. "Estoy tan llena de amor y buenos deseos que temo que mi carta se rompa por la esquina. Por favor, escribe pronto (solo para mí) todo. He encontrado mi amor y está centrado en mis hijos".

Alice no había visto a su madre en dos años y medio y no fue a su casa para el funeral. “El problema, el único problema, es mi madre”, escribió en un relato que se basó en esos recuerdos. En otro relato, describió cómo “eliminamos toda emoción de nuestro trato con ella, como si le quitáramos la carne a un prisionero para debilitarlo, hasta que murió”.


Rachel Aviv
La voz pasiva de Alice Munro
The New Yorker, 23 de diciembre de 2024



domingo, 5 de enero de 2025

Casa de citas / Los últimos años de Alice Munro


 LOS ÚLTIMOS AÑOS DE ALICE MUNRO

Gerry [el segundo marido de Alice Munro] y Alice compraron parcelas para su propio entierro en un cementerio en las afueras de Clinton. Jenny [hija de Alice Munro] dijo que podía imaginarlos sentados juntos tomando una copa de vino y drogas letales. En un relato titulado “Dolly”, publicado en 2012, cuando tenía ochenta años, Alice describió a una pareja de ancianos que planeaba suicidarse juntos. Sin embargo, antes de resolver los detalles, la mujer se enfurece por una vieja fuente de celos y abandona a su pareja. “Después de todo, ninguna mentira era tan fuerte como las mentiras que nos decimos a nosotros mismos y que, por desgracia, tenemos que seguir contándonos para que todo el vómito se quede en nuestro estómago”, le escribe. Por la mañana, cuando se despierta sola en un motel, la pelea parece rancia, sus discusiones repetitivas y confusas, y vuelve a casa en coche.

Casa de citas / Alice Munro / La escritura y la vida

 

Alice Munro
Foto de George Duncan



Alice Munro

LA ESCRITURA Y LA VIDA


Alice hablaba a menudo de que tenía una vida real, que estaba oculta, y otra vida, en la que “fingía ser lo que la gente quería que fuera”. También hablaba de moverse por el mundo como “dos mujeres”. Una usaba la vida de la otra como material. De joven, había reconocido que sus deseos estaban tan en desacuerdo con su entorno (leer libros se consideraba una adicción peligrosa) que si se los denunciaba, se la ridiculizaba. Incluso cuando tenía treinta y tantos años, su hermano, que se había convertido en químico, le dijo: “He aprendido a aceptar mis limitaciones y creo que eso es lo que debes hacer. Nada de lo que escribes es bueno”. Cuando era madre joven, mentía en lugar de decirles a sus amigas que estaba escribiendo. No podía escribir en absoluto si había otro adulto en la casa. “Supongo que simplemente viví una vida muy engañosa”, dijo, “pero no me molestaba”. La mujer abierta era modesta, amable y vivaz, una oyente compasiva. Pero el esfuerzo de estar en público —el “trabajo constante de esa autopresentación ” , escribió Alice a su agente— la hizo sentir tan desregulada que sintió que necesitaba dejar de hacer giras de promoción de libros. “No  solo estoy  siendo quisquillosa, creo que estoy haciendo un juicio verdadero de lo que es peligroso para mí”, escribió.

viernes, 13 de julio de 2018

Casa de citas / Alice Munro / La cabra


Alice Munro
Biografía
LA CABRA

 Sylvia había olvidado echar la llave de la puerta. Se dio cuenta de que en ese momento debería cerrar en vez de abrir, pero era demasiado tarde, ya había abierto.
Y allí no había nadie.
Sin embargo estaba segura, segurísima, de que el golpeteo era real.
Cerró la puerta, esta vez con llave.
Oyó un tamborileo guasón, un repiqueteo tintineante que venía de la pared de los ventanales. Encendió la luz, pero no vio nada y la volvió a apagar. Sería algún animal ¿quizás una ardilla? Las puertas francesas que se abrían entre las ventanas y daban al patio tampoco estaban cerradas con llave. Ni siquiera cerradas del todo. Las había dejado entreabiertas para ventilar la casa. Empezó a cerrarlas, alguien se rió muy cerca de ella, tan cerca que estaba en la habitación.
—Soy yo —dijo una voz de hombre—. ¿La he asustado?
Estaba apoyado contra el cristal, a su lado.
—Soy Clark, Clark, el que vive un poco más allá.
Sylvia no le iba a pedir que entrara, pero no se atrevía a cerrarle la puerta en las narices. El podría sujetarla antes de que pudiera hacerlo. Tampoco quería encender la luz. Dormía con una camiseta larga. Tendría que haber pegado un tirón al edredón del sofá y haberse envuelto en él, pero era demasiado tarde.
—¿Quiere vestirse? —preguntó Clark—. Aquí tengo precisamente lo que necesita.
Llevaba una bolsa de compras en la mano. Se la tiró, sin hacer ademán de alcanzársela.
—¿Cómo dice? —Sylvia hablaba con voz entrecortada.
—Mire y vea. No es una bomba. Ahí está, cójala.
Sylvia metió la mano en la bolsa sin mirar. Algo blando. Y en ese momento reconoció los botones de su chaqueta, la seda de la blusa, el cinturón de los pantalones.
—Se me ocurrió que era mejor devolverle esto. Es suyo, ¿no?
Sylvia apretó las mandíbulas para que no le castañetearan los dientes. La boca y la garganta se le habían secado de forma alarmante.
—Entendí que todo esto era suyo —dijo él en voz baja.
Sylvia tenía la lengua estropajosa. Le costó decir:
—¿Dónde está Carla?
—¿Se refiere usted a Carla, mi mujer?
Ahora podía verle mejor la cara. Podía ver cómo estaba disfrutando la escena.
—Mi mujer, Carla, está en la cama, en casa. Está durmiendo en la cama. En su sitio.
Era un hombre guapo con pinta de tonto. Alto, espigado, bien formado, pero con una actitud que parecía forzada. Un aire de amenaza intencionada y contenida. Un rizo de pelo negro le caía sobre la frente, un bigotito presumido, ojos que parecían a la vez prometedores y burlones, una sonrisa infantil siempre al borde de la ofuscación.
Nunca le había caído bien: lo había comentado con León. León decía que su actitud un tanto confianzuda no era más que inseguridad en sí mismo.
El hecho de que estuviera inseguro de sí mismo no significaba que en ese momento ella estuviera a salvo.
—Está agotada —dijo Clark—, después de su aventurilla. Tendría que haberse visto usted la cara… Tendría que haberse visto usted la cara que ha puesto al reconocer esa ropa. ¿Qué pensó usted? ¿Que la había asesinado?
—Me pilló por sorpresa —contestó Sylvia.
—Apuesto a que sí. Después de la generosa ayuda prestada para que escapara.
—La ayudé —dijo Sylvia con gran esfuerzo—. La ayudé porque parecía estar en un aprieto.
—Aprieto —repitió él como si estudiara la palabra—. Imagino que lo estaba. Se vio en un tremendo aprieto cuando saltó de ese autobús, buscó un teléfono y me llamó para que fuera a buscarla. Lloraba de tal manera que me costó adivinar lo que me decía.
—¿Quería volver?
—¡Oh, claro! Puede estar segura de que quería volver. Es una muchacha con muchos altibajos en sus emociones. No creo que usted la conozca tanto como yo.
—Parecía muy feliz con la idea de poder marcharse.
—No me diga… Bueno, creo en su palabra. No he venido aquí para discutir con usted.
Sylvia no dijo nada.
—Vine para decirle que no me hacen gracia sus injerencias en mi vida con mi mujer.
—Además de ser su mujer es un ser humano —dijo Sylvia a pesar de saber que haría mejor en callarse.
—¡Vaya por Dios! ¿Así es la cosa? ¿Mi mujer es un ser humano? ¿De veras? Gracias por la información. Pero no trate de hacerse la lista conmigo, Sylvia.
—No me estaba haciendo la lista.
—Bueno. Me alegro. No quiero enfadarla. Sólo tengo un par de cosas importantes que decirle. Una: no quiero que meta las narices nunca en nada que tenga que ver con la vida de mi mujer ni con la mía. Otra, que no quiero que ella vuelva por aquí. No es que Carla tenga demasiado interés en venir, de eso estoy segurísimo. Por el momento no tiene demasiada buena opinión de usted. Y ya es hora de que aprenda usted a limpiar la casa. Ahora —continuó—, ahora ¿le ha entrado esto bien en la cabeza?
—Más que de sobra.
—¡Vaya!, espero que sí. Espero que sí.
Sylvia dijo:
—Sí.
—¿Y sabe qué otra cosa se me ocurre?
—¿Cómo?
—Creo que me debe usted algo.
—¿Cómo?
—Creo que debe ofrecerme… Que debe ofrecerme sus disculpas.
—Muy bien. Si así lo quiere…, lo lamento.
Clark cambió de postura, quizá sólo para extender la mano y, al verlo moverse, Sylvia se estremeció.
El se echó a reír. Puso la mano en el marco de la puerta para asegurarse de que ella no fuera a cerrarla.
—¿Qué es eso? —preguntó Sylvia.
—¿Qué es qué? —repitió él como si ella estuviera maquinando un ardid, un ardid que no serviría de nada.
Pero en ese momento captó la imagen de algo reflejado en la ventana y giró en redondo para mirar.
Frente a la casa había una parcela lisa y ancha de terreno que, en esa época del año, se cubría con frecuencia de niebla por la noche. Esa noche la niebla estaba ahí, lo había estado todo aquel rato. Pero en ese momento se produjo un cambio. La niebla se había espesado, había tomado otro perfil, se había transformado en algo puntiagudo y radiante. Primero fue una bolita de diente de león que se tambaleaba hacia delante, luego se condensó en una especie de animal sobrenatural, blanco puro, endemoniadamente anguloso, algo así como un unicornio enorme, que se abalanzaba hacia ellos.
—¡Dios mío! —exclamó piadosamente Clark en voz baja.
Aferró a Sylvia por el hombro. El gesto no alarmó en absoluto a Sylvia: lo aceptó convencida de que lo hacía para protegerla o para tranquilizarse él.
Y en eso quedó al descubierto la visión. Salió entre la niebla, entre la luz creciente —parecía la de un coche que pasara por el camino trasero, probablemente en busca de sitio donde aparcar—, entre todo eso surgió una cabra blanca. Una saltarina cabrita blanca, apenas más grande que un perro pastor.
Clark soltó el hombro de Sylvia y dijo:
—¿De dónde demonios vienes?
—Es su cabra —aventuró Sylvia—. ¿No es su cabra?
—Flora —confirmó él—. Flora.
La cabra se detuvo a un metro de ellos, intimidada, y dejó caer la cabeza.
—Flora —repitió Clark—. ¿De dónde demonios vienes? Nos has acojonado.
Nos.
Flora se acercó sin levantar la vista. Embistió contra las piernas de Clark.
—¡Condenado y estúpido animal! —exclamó con voz temblorosa—. ¿De dónde vienes?
—Se había perdido —dijo Sylvia.
—Sí, se había perdido. La verdad es que no pensábamos volver a verla.
Flora alzó la cabeza. La luz de la luna captó el destello de sus ojos.
—Nos has asustado —insistió Clark—. ¿Estuviste por ahí buscando novio? Nos acojonaste ¿a usted no? Creimos que eras un fantasma.
—Fue efecto de la niebla —dijo Sylvia.
Cruzó la puerta y salió al patio. Del todo a salvo.
—Sí.
—Y además los faros de ese coche.
—Fue como una aparición —Clark se había recuperado.
Se alegró de haber encontrado esa palabra.
—Sí.
—La cabra del espacio sideral. Eso es lo que eres. Eres una condenada cabra del espacio sideral —repitió, acariciando a Flora.
Pero cuando Sylvia extendió la mano para hacer lo mismo —en la otra mano todavía tenía la bolsa con la ropa usada por Carla—, Flora bajó de inmediato la cabeza como dispuesta a dar un buen topetazo.
—Las cabras son impredecibles —comentó Clark—. Pueden parecer mansas, pero no lo son. Cuando ya están criadas no lo son.
—¿Flora ya está criada? Parece tan pequeña…
—Nunca será más grande de lo que es.
Se quedaron mirando a la cabra como si esperaran que les fuera a dar más tema de conversación. Pero por lo visto no iba a ser así. Desde ese momento no podrían avanzar ni retroceder. Sylvia creyó ver que una sombra de pesar cruzaba la cara de Clark.
El lo reconoció y dijo:
—Es tarde.
—Supongo que sí —como si se tratara de una visita cualquiera.
—Vamos, Flora, es hora de volver a casa.
—Ya me las arreglaré para conseguir quien me ayude si lo necesito. De cualquier modo, de momento creo que no hará falta —añadió casi riéndose—. Los dejaré en paz.
—Seguro. Será mejor que entre. Se va a enfriar.
—Antes la gente creía que las nieblas nocturnas eran maléficas.
—Eso sí que es una novedad para mí.
—Bien, pues, buenas noches. Buenas noches, Flora.
Sonó el teléfono.
—Con su permiso —dijo Sylvia.
Clark levantó la mano y se dio vuelta.
—Buenas noches.
Era Ruth.
—¡Ay! —contestó Sylvia—. Cambio de planes.


Alice Munro / Escapada


Alice Munro
Escapada
RBA, Barcelona, 2009.




THE GOAT
by Alice Munro

The door was not locked. And it occurred to Sylvia that she should be locking it now, not opening it, but it was too late, she had it open.
And nobody there.
Yet she was sure, sure, that the knocking had been real.
She closed the door and this time she locked it.
There was a playful sound, a tinkling tapping sound, coming from the wall of windows. She switched the light on, but saw nothing there, and switched it off again. Some animal—maybe a squirrel? The French doors leading to the patio had not been locked, either. Not even really closed, since she had left them open an inch or so to air the house. She started to close them, and then somebody laughed, close by, close enough to be in the room with her.
“It’s me,” a man said. “Did I scare you?”
He was pressed against the glass of the door; he was right beside her.
“It’s Clark,” he said. “Clark from down the road.”
She was not going to ask him in, but she was afraid to shut the door in his face. He might grab it before she could get it closed. She didn’t want to turn on the light, either. She slept in a T-shirt. She should have pulled the quilt from the sofa and wrapped it around herself, but it was too late now.
“Did you want to get dressed?” he said. “What I got in here could be the very things you need.”
He had a shopping bag in his hand. He thrust it at her, but did not try to move forward with it.
“What?” she said in a choppy voice.
“Look and see. It’s not a bomb. There, take it.”
She felt inside the bag, not looking. Something soft. And then she recognized the buttons of the jacket, the silk of the shirt, the belt on the pants.
“Just thought you’d better have them back,” he said. “They’re yours, aren’t they?”
She tightened her jaw so that her teeth wouldn’t chatter. A fearful dryness had attacked her mouth and throat.
“I understood they were yours,” he said.
Her tongue moved like a wad of wool. She forced herself to say, “Where’s Carla?”
“You mean my wife Carla?”
Now she could see his face more clearly. She could see how he was enjoying himself.
“My wife Carla is at home in bed. Where she belongs.”
He was both handsome and silly-looking. Tall, lean, well built, but with a slouch that seemed artificial. A contrived, self-conscious air of menace. A lock of dark hair falling over his forehead, a vain little mustache, eyes that appeared both hopeful and mocking, a boyish smile perpetually on the verge of a sulk.
She had always disliked the sight of him—she had mentioned her dislike to Leon, who said that the man was just unsure of himself, just a bit too friendly. The fact that he was unsure of himself would not make her any safer.
“Pretty worn out,” he said. “After her little adventure. You should have seen your face—you should have seen the look on you when you recognized those clothes. What did you think? Did you think I’d murdered her?”
“I was surprised,” Sylvia said.
“I bet you were. After you were such a big help to her running away.”
“I helped her—” Sylvia said with considerable effort. “I helped her because she seemed to be in distress.”
“Distress,” he said, as if examining the word. ‘‘I guess she was. She was in very big distress when she jumped off that bus and got on the phone to me to come and get her. She was crying so hard I could hardly make out what it was she was saying.”
“She wanted to come back?”
“Oh, yeah. You bet she wanted to come back. She was in real hysterics to come back. She is a girl who is very up and down in her emotions. But I guess you don’t know her as well as I do.”
“She seemed quite happy to be going.”
“Did she really? Well, I have to take your word for it. I didn’t come here to argue with you.”
Sylvia said nothing.
“Actually, I came here not just to return those clothes. I came here to tell you that I don’t appreciate you interfering in my life with my wife.”
“She is a human being,” Sylvia said, though she knew that it would be better if she could keep quiet. “Besides being your wife.”
“My goodness, is that so? My wife is a human being? Really? Thank you for the information. But don’t try getting smart with me. Sylvia.”
“I wasn’t trying to get smart.”
“Good. I’m glad you weren’t. I don’t want to get mad. I just have a couple of important things to say to you. One thing—that I don’t want you sticking your nose in anywhere, anytime, in my life. Another—that I’m not going to want her coming around here anymore. Not that she is going to want to come, I’m pretty sure of that. She doesn’t have too good an opinion of you at the moment. And it’s time you learned how to clean your own house. Now—” he said. “Now. Has that sunk in?”
“Quite sufficiently.”
“Oh, I really hope it has. I hope so.”
Sylvia said, “Yes.”
“And you know what else I think?”
“What?”
“I think you owe me something.”
“What?”
“I think you owe me—you owe me an apology.”
Sylvia said, “All right. If you think so. I’m sorry.”
He shifted, perhaps just to put out his hand, and with the movement of his body she shrieked.
He laughed. He put his hand on the doorframe to make sure she didn’t close it.
What’s that?”
“What’s what?” he said, as if she were trying out a trick and it would not work. But then he caught sight of something reflected in the window, and he snapped around to look.
Not far from the house was a wide shallow patch of land that often filled up with night fog at this time of year. The fog was there tonight, had been there all this while. But now the fog had changed. It had thickened, taken on a separate shape, transformed itself into something spiky and radiant. First, a live dandelion ball, tumbling forward, then it condensed itself into an unearthly sort of animal, pure white, hellbent, something like a giant unicorn rushing at them.
“Jesus Christ,” Clark said softly. He grabbed hold of Sylvia’s shoulder. This touch did not alarm her at all—she accepted it with the knowledge that he did it either to protect her or to reassure himself.
Then the vision exploded. Out of the fog, and out of the magnifying light—now revealed to be that of a car travelling along this back road, probably in search of a place to park—out of this appeared a white goat. A little dancing white goat, hardly bigger than a sheepdog.
Clark let go. He said, “Where the Christ did you come from?”
“It’s your goat,” Sylvia said. “Isn’t it your goat?”
“Flora,” he said. “Flora.”
The goat had stopped a yard or so away from them, had turned shy, and hung her head.
“Flora,” Clark said. “Where the hell did you come from? You scared the shit out of us.”
Us.
Flora came closer but still did not look up. She butted against Clark’s legs.
“Goddam stupid animal,” he said shakily.
“She was lost,” Sylvia said.
“Yeah. She was. Never thought we’d see her again, actually.”
Flora looked up. The moonlight caught a glitter in her eyes.
“Scared the shit out of us,” Clark said to her. “We thought you were a ghost.”
“It was the effect of the fog,” Sylvia said. She stepped out of the door now, onto the patio. Quite safe.
“Yeah.”
“Then the lights of that car.”
“Like an apparition,” he said, recovering. And pleased that he had thought of this description.
“Yes.”
“The goat from outer space. That’s what you are. You are a goddam goat from outer space,” he said, patting Flora. But when Sylvia put out her hand to do the same Flora immediately lowered her head as if preparing to butt.
“Goats are unpredictable,” Clark said. “They can seem tame but they’re not really. Not after they grow up.”
“Is she grown up? She looks so small.”
“She’s as big as she’s ever going to get.”
They stood looking down at the goat, as if hoping that she would provide them with more conversation. But she apparently was not going to. From this moment, they could go neither forward nor back. Sylvia believed that she might have seen a shadow of regret in his eyes that this was so.
But he acknowledged it. He said, “It’s late.”
“I guess it is,” Sylvia said, just as if this had been an ordinary visit.
“O.K., Flora. Time for us to go home.”
“I’ll make other arrangements for help if I need it,” she said. “I probably won’t need it now, anyway.” She added lightly, “I’ll stay out of your hair.”
“Sure,” he said. “You’d better get inside. You’ll get cold.”
“Good night,” she said. “Good night, Flora.”
The phone rang then.
“Excuse me.”
“Good night.”
It was Ruth.
“Ah,” Sylvia said. “A change in plans.”









Casa de citas / Alice Munro / Poeta


Poeta, 2012
Fotografìa de Bob Orsillo

Alice Munro
Biografía
POETA

Todo empezó cuando leyeron el aviso fúnebre, el aviso fúnebre de Mr. Jamieson. Estaba en el periódico de la ciudad y su cara apareció en el noticiero de la tarde. Hasta el año anterior no habían conocido a los Jamieson más que como vecinos encerrados en sí mismos. Ella enseñaba botánica en un College a sesenta y cinco kilómetros de distancia, de modo que pasaba mucho tiempo en la carretera. Él era poeta.
Es lo único que todo el mundo sabía. Pero él parecía estar ocupado en otras cosas. Para ser poeta y un hombre mayor -—tal vez tuviera veinte años más que Mrs. Jamieson— era recio y activo. Mejoró el sistema de desagüe de su casa, limpió la alcantarilla y la recubrió con piedras. Cavó, plantó y cercó un huerto; abrió sendas entre los bosques; se ocupaba de las reparaciones de la casa.
La casa en sí era un desatino triangular de aspecto extraño, construido por él hacía años con algunos amigos sobre los cimientos de una antigua granja derruida. Se decía que eran hippies, aunque Mr. Jamieson era un poco demasiado viejo para serlo, incluso antes de que apareciera Mrs. Jamieson. Corría el rumor de que cultivaban marihuana en los bosques, la vendían y guardaban el dinero en frascos sellados de cristal, enterrados por la finca. Clark oyó contar la historia a personas conocidas del pueblo. Decía que eran gilipolleces.
—Alguien habría entrado y cavado ya. Alguien habría encontrado la manera de hacerle decir dónde estaban.
Hasta que no leyeron la nota necrológica, Carla y Clark no se enteraron de que él hubiera ganado un premio importante cinco años antes de morir. Un premio como poeta. Nadie había hablado nunca de eso. Por lo visto a la gente le parecía creíble lo del dinero procedente de la droga enterrado en frascos de cristal, pero no que hubiera ganado dinero por escribir poesía.

Alice Munro / Escapada



Alice Munro
Escapada
RBA, Barcelona, 2009, pp. 14-15



POET
by Alice Munro

It had started when they read the obituary, Mr. Jamieson’s obituary, in the city paper. Until the year before, they had known the Jamiesons only as neighbors who kept to themselves. She taught botany at the college forty miles away, so she had to spend a good deal of her time on the road. He was a poet. 

But for a poet, and for an old man—perhaps twenty years older than Mrs. Jamieson—he was rugged and active. He improved the drainage system on his place, cleaning out the culvert and lining it with rocks. He dug and planted and fenced a vegetable garden, cut paths through the woods, looked after repairs on the house—not just the sort of repairs that almost any house owner could manage after a while but those that involved plumbing, wiring, roofing, too.

When they read the obituary, Carla and Clark learned for the first time that Leon Jamieson had been the recipient of a large prize five years before his death. A prize for poetry.

Alice Munro / Runaway / Short Story



Casa de citas / Alice Munro / Esa clase de lugares


Alice Munro


Alice Munro
Biografía
ESA CLASE DE LUGARES


Estuve con mis dos viejas amigas en ese pueblecito, ese pueblecito minúsculo. Esa clase de lugares donde muy de tarde en tarde paran los autobuses de turistas, un pueblo perdido. Los turistas bajaban, echaban un vistazo y se quedaban desconcertados porque no estaban en ninguna parte. No había nada que comprar.

Alice Munro / Escapada



Alice Munro
Escapada
RBA, Barcelona, 2009, pag. 20




THE SORT OF PLACE
by Alice Munro


Where I was, this little tiny village with my two old friends, well, it was the sort of place where the very occasional tourist bus would stop, as if it had got lost, and the tourists would get off and look around and they were absolutely bewildered because they weren’t anywhere. There was nothing to buy.





jueves, 12 de julio de 2018

Casa de citas / Alice Munro / Hijas






Alice Munro
Biografía
HIJAS


Judith, mi hija pequeña, había ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos días antes. Había ido con el chico con el que estaba viviendo, y cuyo nombre era Don. Se iban a México por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me quedaría en su apartamento. Por ahora vivo en Vancouver. A veces digo que no tengo mi centro de operaciones en Vancouver.
–¿Dónde está Nichola? –pregunté, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis.
Nichola es mi hija mayor. Era estudiante del conservatorio, después se hizo camarera, luego se quedó sin trabajo. Si hubiese estado en el aeropuerto, probablemente yo habría dicho algo inoportuno. Le habría preguntado cuáles eran sus planes y ella se habría echado el cabello hacia atrás con elegancia y habría dicho: “¿Planes?”, como si fuese una palabra que yo hubiese inventado.
–Sabía que lo primero que harías sería preguntar por Nichola.
–No es así. He dicho hola y…
–Bueno, coge tu maleta –dijo Don con voz neutral.
–¿Está bien?
–Estoy segura de que sí –dijo Judith en un falso tono de burla–. No estarías sí si fuese yo quien no estuviera aquí.
–Pues claro que sí.
–No. Nichola es el bebé de la familia. ¿Sabes? Tiene cuatro años más que yo.
–Yo debería saberlo.
Judith dijo que no sabía exactamente dónde estaba Nichola. Dijo que Nichola se había ido de su apartamento (¡aquel basurero!) y que la había telefoneado incluso (lo que ya es mucho, se podría decir, que Nichola telefonee) para decir que quería estar incomunicada durante un tiempo, pero estaba bien.
–Le dije que te ibas a preocupar –dijo Judith más amablemente, camino de la camioneta. Don estaba delante, con mi maleta–. Pero no te preocupes. Está bien, créeme.
La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que él oyera estas cosas. Pensé en las conversaciones que debían de haber tenido, Don y Judith. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith estaban a veces en buenas relaciones. O Don, Judith, Nichola y otros cuyos nombres ni siquiera conocía. Habría hablado de mí. Judith y Nichola intercambiando opiniones, contando anécdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiese tenido un chico y una chica. O dos chicos. No habrían hecho eso. Los chicos probablemente no pueden saber tanto de una.
Yo hacía lo mismo a esa edad. Cuando tenía la edad que tiene ahora Judith hablaba con mis amigos en la cafetería de la facultad, o por la noche, tomando café en nuestras habitaciones baratas. Cuando tenía la edad que Nichola tiene ahora, yo la tenía a ella en un capazo, o revolviéndose en mi regazo, y tomaba también café todas las tardes lluviosas de Vancouver, con una vecina amiga, Ruth Boudreau, que leía mucho y estaba desconcertada por su situación, como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante algún tiempo no hablamos de nuestros matrimonios. Cuán minuciosamente tratamos de nuestros padres y madres, lamentamos sus casamientos, sus equivocadas ambiciones o su miedo a la ambición, con cuánta competencia los archivamos, los definimos más allá de cualquier posibilidad de cambio. Qué presunción.
Observé a Don caminando delante. Un muchacho alto y de aspecto ascético, con el cabello oscuro cortado a la manera de los franciscanos y un estudiado asomo de barba. ¿Qué derecho tenía a oír hablar de mí, a saber cosas de mí misma que probablemente yo había olvidado? Decía que su barba y su estilo de peinados eran afectados.
Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:
–¿Sabes? Esos años en los que crecías…, bueno, son solo una especie de impresión borrosa para mí. No puedo distinguir un año de otro.
Yo me ofendí. No recordaba cada año distinto con dolor y claridad. Podría haber dicho la edad que tenía cuando iba a ver los trajes de noche en el escaparate de Benbow´s Ladies´Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un traje nuevo, iluminado –el de lentejuelas y tui, el rosa y lila, el zafiro, el narciso trompón–, y yo, una adoradora de la fangosa acera. Podría haber dicho la edad que tenía cuando falsifiqué la firma de mi madre en un boletín de malas notas, cuando tuve el sarampión, cuando empapelamos la habitación delantera. Pero los años en que Judith y Nichola eran pequeñas, cuando yo vivía con su padre, sí, borrosos sería la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recoger y doblar pañales; puedo recordar las cocinas de dos casas y dónde estaba el cesto de la ropa. Recuerdo los programas de televisión: Popeye el marino, Los tres secuces, Divertirama. Cuando empezaba Divertirama era el momento de dar la luz y hacer la cena. Pero no podía diferenciar los años. Vivíamos en las afueras de Vancouver en un barrio dormitorio: dormir, dormitorio, dormilón…, algo así. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y los biberones nocturnos, y la lluvia incesante de la costa Oeste.
Oscuros cedros goteando, el laurel brillante goteando, las esposas bostezando, sesteando, haciendo visitas, bebiendo café y doblando pañales; los maridos llegando a casa por la noche desde la ciudad atravesando el agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba a casa con su Burberry empapada y esperaba que me despertara; servía carne y patatas y una de las cuatro verduras que él toleraba. Comía con un apetito voraz, y luego se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habíamos convertido en una pareja de caricatura, más de mediana edad a nuestros veinte años de lo que seríamos en la edad madura.
Esos torpes años son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida. Rincones de los patios que yo nunca visité permanecerán en sus mentes.
–¿No quería verme Nichola? –le pregunté a Judith.
–La mitad de su tiempo no quiere ver a nadie –respondió.
Judith se adelantó y tocó el hombro de Don. Yo conocía un gesto: una disculpa, una seguridad ansiosa. Tocas a un hombre de ese modo para recordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que estás haciendo por ti algo que le aburre o que hace peligrar ligeramente su dignidad. Ver a mi hija tocar a un hombre –a un chico–, de ese modo me hacía sentirme más mayor de lo que me harían sentir los nietos. Sentí su triste nerviosismo, podía predecir sus sumisas atenciones. Mi franca y robusta hija, mi cándida y rubia hija. ¿Por qué iba yo a pensar que ella no sería susceptible, que siempre sería directa, de paso firme, independiente? Del mismo modo que voy por ahí diciendo que Nichola es tímida y solitaria, fría, seductora. Muchas personas deben de conocer cosas que contradirían lo que yo digo.
Por la mañana Don y Judith partieron hacia México. Decidí que quería ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mí. Telefoneé a un antiguo amante mío, pero respondió un contestador: “Al habla Tom Shepherd. Voy a estar fuera de la ciudad durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y número de teléfono”.
La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abría la boca para preguntarle el significado de ese disparate. Después colgué. Sentí como si me hubiera fallado deliberadamente, como si hubiésemos quedado en encontrarnos en un lugar público y luego no se hubiera presentado. Recordé que una vez lo había hecho.


Alice Munro
Lunas de Júpiter
Random House Mondadori, México, 2013, p. 271-275