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viernes, 20 de febrero de 2026

Un libro / Mientras escribo, de Stephen King

 


Stephen King enseña a escribir



Al igual que muchos lectores de este espacio, suelo ir mucho a librerías locales, aunque tengo una que es mi librería favorita. Es justamente en ella donde más preguntas/inquietudes escucho sobre el acto de escribir. Imagino que lo mismo sucede en otras librerías. Además, durante mi época de librero, no solo la escuchaba, sino que me pedían qué libro recomendar sobre este oficio que, más que talento, es persistencia.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Casa de citas / Colm Tóibín / David Levine

 



Thomas Mann según David Levine

Colm Tóibín
THOMAS MANN

Thomas Mann nació en 1875 y murió en 1955. A lo largo de su vida, fue considerado el hombre más respetable. Por alguna razón, aunque publicó su novela corta Muerte en Venecia en 1912, nadie lo relacionó con el protagonista. Esto se esconde a simple vista, ya que era evidentemente cercano a este personaje, y él mismo había estado en Venecia el año anterior, y su esposa escribió en sus memorias que Tommy no podía dejar de mirar a aquel hermoso chico en la playa. Thomas Mann, con un traje de cuatro piezas, daba una conferencia de dos horas sobre algún aspecto espantoso de la cultura alemana, y había un público de dos mil personas, y todos pensaban que era el alemán más serio del mundo. Volvía a casa y escribía en sus diarios: «Chico de la tercera fila». Lo miraba con atención, sonreía una vez, captaba su mirada. Y uno se da cuenta de que todo el tiempo, mientras daba esa conferencia de dos horas sobre Schiller, Heine y Goethe, en realidad pensaba en aquel tipo de la tercera fila. Puede que esto no sea en lo que realmente estuviera pensando, pero es lo que quiere escribir en su diario. Hay un momento maravilloso: a los setenta y cinco años, un poco deprimido, se enamora perdidamente de un camarero algo gordo de un hotel suizo. Escribe en su diario cómo cambiaría la fama mundial, que ya tiene, por su favor. Y su esposa e hija, en lugar de decirle: "¿Podrías dejar de hacer el ridículo en un hotel?", organizan encuentros entre él y el camarero para animarlo. Un momento, podría trabajar con eso, la idea de que la esposa y la hija, en lugar de hacer lo que deberían —estar indignadas, horrorizadas, horrorizadas— se conviertan en colaboradoras para hacer feliz al viejo mago haciéndole pasar tiempo con ese camarero carnoso llamado Fritz. Esto está hecho para mí: la ambigüedad política y la constante sensación de que lo público y lo privado están tan lejos. ¿Por qué no me había dado cuenta antes? Fueron necesarios los diarios para que todos abrieran los ojos al hecho de que Thomas Mann era una figura mucho más compleja de lo que él mismo pretendía sugerir.


Brick 115, verano 2025






lunes, 16 de febrero de 2026

Margaret Atwood / “Estoy muy vieja para escribir con escrúpulos”



La también poeta de 86 años añadió sobre sus memorias: “no tienes que hacer tanta investigación”, comentario que fue respondido con carcajadas de los asistentes. “Lo que puedes recordar son las catástrofes, las tragedias, lo malo que te hicieron, no lo que hiciste”.
La también poeta de 86 años añadió sobre sus memorias: “no tienes que hacer tanta investigación”, comentario que fue respondido con carcajadas de los asistentes. “Lo que puedes recordar son las catástrofes, las tragedias, lo malo que te hicieron, no lo que hiciste”. Foto: Roberto García
“Estoy muy vieja para escribir con escrúpulos”: afirma Margaret Atwood sobre su autobiografía, 'Libro de mis vidas'
Foto autor
Reyes Martínez Torrijos
15 de febrero de 2026 19:26

San Miguel de Allende, Gto. La escritora canadiense, Margaret Atwood, explicó a propósito de su autobiografía Libro de mis vidas: “estoy muy vieja para escribir con escrúpulos, remordimientos, dudas, inquietudes. Ya no tengo de esas”.

domingo, 15 de febrero de 2026

Maggie O’Farrell / Sobre la escritura



Maggie O’Farrell

Maggie O’Farrell

SOBRE LA ESCRITURA

 La mayoría de los escritores trabajan cuando están lejos de sus escritorios, cuando hacen la vista gorda, cuando están ocupados con alguna otra tarea mundana: fregar, doblar la ropa, llevar a los niños al colegio, la discusión con un niño pequeño sobre las ventajas y desventajas de usar un abrigo en diciembre.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Casa de citas / Abelardo Castillo

Abelardo Castillo

Abelardo Castillo
VERSOS

Desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos. Leopoldo Marechal solía recordar que, para Aristóteles, todos los géneros de la literatura son géneros de la poesía, y Ray Bradbury aconseja leer todos los días un poema antes de ponerse a escribir un cuento o una novela. Todo escritor verdadero es esencialmente un poeta. Ser poeta no significa escribir en verso, ni el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía. Cuando uno dice "poeta" piensa en Góngora, en Machado, en Lorca, en Neruda, en Vallejo. Son, digamos, poetas en estado puro. Pero hay otro tipo de escritor que llega a los versos a través de la prosa, como Borges, como Quevedo, incluso como Poe. Y hay todavía un tercer tipo, el gran prosista, que no puede escribir versos, aunque seguramente empezó haciéndolo en su adolescencia. William Faulkner le confesaba a Jean Steen: "Soy un poeta malogrado. Quizás todo novelista quiere escribir primero poesía y descubre que no puede, y entonces intenta escribir cuentos, que es la forma más exigente después de la poesía, y, al fracasar, sólo entonces se dedica a escribir novelas". 

La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo.


Abelardo Castillo
Ser escritor





lunes, 3 de febrero de 2025

Errata / Titulares de El PAÍS

 

Triunfo Arciniegas

ERRATA

1 de febrero de 2025


Ni el periódico más importante en español puede evitar una errata. Algunos pensarán que ante la gravedad de las noticias, lo que menos importa es una errata, que no señalo para que los lectores se entretengan en su búsqueda.

El cerebro acomoda las palabras, en una primera lectura incluye las letras que faltan o borra las que sobran. Por eso resulta tan dificil el oficio del corrector de pruebas.

La primera vez que subo un texto a Fabebook, en caliente, recién escrito en el mismo celular y con un solo dedo, no faltan las erratas. Nada raro que al escribir la fecha me equivoque por  novecientos años, sin contar con la obsesión por las tildes del maldito corrector. Voy matando erratas en las siguientes lecturas y enriqueciendo el texto con detalles. El párrafo inicial se multiplica en cinco o más, hasta que el texto adquiere su forma definitiva. Acá el corrector se empeña en que necesito una “firma” para la frase anterior. ¿Autenticada en notaría?

En la primera versión o las primeras versiones se acude a las palabras más simples o los verbos más socorridos y un error de sintaxis no es cosa rara. La tarea consiste buscar la precisión y la belleza. Es la delicia del oficio.

Una frase se reemplaza por otra más elegante y detallada, y en el proceso la primera pelea por mantenerse o conservar algún rastro, y de esa riña resulta con frecuencia la errata o el atentado contra la lógica. Sin querer se termina diciendo lo contrario o se cae en la incoherencia. Hace un momento escribí “elegante” y el maldito corrector decidió que necesitaba una “elefanta”. Con tantos libros en esta casa, me pregunto dónde voy a meter semejante animal.

No empiezo un texto con un panorama despejado. A menudo se trata una intuición, un malestar, un rostro borrado por la niebla. El mismo texto va diciéndose.

Casi nunca sucede pero las historias que tengo muy claras antes de la escritura se me echan perder. Casi nunca sucede que tenga una historia resuelta en la cabeza.

En estos últimos meses Alejandra y yo nos hemos dedicado a la diagramación, el diseño, la ilustración y la edición de las casi doscientas páginas de ‘Las batallas de Rosalino’ y las ciento veinte de ‘El muerto feliz’. Una s puede mantenerse oculta por días y meses y esquivar el raticida de numerosas lecturas. La cometa que se eleva en un capítulo no es exactamente la que se hizo en el anterior o un personaje alteró su propio nombre sin razón alguna. En mi caso, en un texto inédito, una errata puede mantenerse durante años.

Con qué risita de rata se burlará de mí ahora la esquiva errata en este texto sobre las erratas.





jueves, 11 de noviembre de 2021

Casa de citas / Cristina Peri Rossi / Sobre la escritura

 

Cristina Peri Rossi


Cristina Peri Rossi

Biografía

SOBRE LA ESCRITURA

 
Yo creo que cualquier libro lleva toda la vida, en la medida en que un libro es un resumen de todas las experiencias que uno ha vivido hasta ese momento, de todo lo que ha leído, de todo lo que ha vivido, de sus propias contradicciones: de todo el ser hasta ese momento. 

 



miércoles, 22 de septiembre de 2021

Casa de citas / Mavis Gallant / Sobre la escritura

 


Mavis Gallant
SOBRE LA ESCRITURA

  Todavía no sé qué es aquello que empuja a alguien en su sano juicio a dejar tierra firme para pasarse la vida describiendo gente que no existe. Si se trata de un juego de niños, una extensión del mundo de la fantasía, algo que te aseguran frecuentemente aquellos que escriben sobre la escritura, ¿cómo se explica que exista un deseo primordial de hacer eso y solo eso, y considerarlo una ocupación tan racional como subir a los Alpes en bicicleta? 


Prólogo de Mavis Gallant a Los cuentos, Ed. Lumen, 2009





jueves, 16 de enero de 2020

Casa de citas / Zadie Smith / El misterio de escribir

Zadie Smith




Zadie Smith

EL MISTERIO DE ESCRIBIR


La complejidad es importante. Siempre debería haber algo de misterio en tu trabajo. Me asombra cómo algunos escritores llegan a las presentaciones de sus libros y los sacan de las cajas cual modelos de avión prefabricados. ¡Como si en ellos no hubiera misterios! Encuentro que cuanto más escribes, más te das cuenta del misterio de escribir. Aunque sea algo freudiano o subconsciente, siempre hay algo que no controlas, que simplemente ocurre. Cuantos más autores conoces, más sabes diferenciar al escritor y al que no lo es. Sólo hay que fijarse. Ni siquiera tienes que hablar con ellos para darte cuenta. Salta a la vista. A los de verdad no les gusta mucho entrar en detalle sobre su obra.





Casa de citas / Zadie Smith / Sobre el oficio de escribir


Zadie Smith

Zadie Smith
SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR


Lo que ha cambiado es que las frases son mejores, más cortas. Tengo más autocontrol. Pero el trabajo es el mismo. Es muy aburrido, por eso es difícil hablar sobre ello. Simplemente hago lo mismo cada día. Si entrevistas a un músico, o un actor, tienen cosas que contar. Yo no tengo historia. Voy a una biblioteca, me siento y escribo y luego vuelvo a casa. Y lo hago una y otra vez durante años. No tengo una idea romántica de lo que hago, para mí es una especie de manipulación con las palabras. Hay autores que crean drama en su vida, pero creo que la escritura pasa a pesar del drama. Las borracheras, los affaires- Nada de eso ayuda a la escritura. Quizá soy una escritora muy domesticada.


Zadie Smith / La clase es un límite de lo que puedes hacer

domingo, 1 de diciembre de 2019

Casa de citas / Paul Auster / Escribir

Paul Auster

Paul Auster
¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Paul Auster / Un recuerdo

1
  Una amiga alemana me narra las circunstancias que precedieron al nacimiento de sus dos hijas.
  Hace diecinueve años, A., que estaba embarazada y había salido de cuentas hacía dos semanas, se sentó en el sofá de su salón y encendió el televisor. Quiso la suerte que aparecieran los títulos de crédito de una película que estaba empezando. Se trataba de Historia de una monja, un drama hollywoodense de los años cincuenta protagonizado por Audrey Hepburn. Contenta por haber encontrado esa distracción, A. se arrellanó para mirar la película, y de inmediato quedó embelesada por ella. A mitad de película se puso de parto. Su marido la llevó en coche al hospital, y jamás llegó a averiguar cómo acababa la cinta.
  Tres años después, estando embarazada de su segunda hija, A. se sentó en el sofá y volvió a encender el televisor. De nuevo ponían una película, y otra vez era la Historia de una monja, con Audrey Hepburn. Pero lo más extraordinario (y A. puso mucho énfasis en ese punto) fue que la película estaba en el preciso momento en que había dejado de verla tres años antes. En aquella ocasión la vio hasta el final. Menos de quince minutos después de que acabara, rompió aguas, y se dirigió al hospital a dar a luz a su segunda hija.
  A. no tuvo más hijos. El primer parto fue en extremo difícil (mi amiga casi no lo cuenta, y después pasó muchos meses enferma), pero el segundo fue rápido y sin complicaciones de ningún tipo.
2
  Hace cinco años, pasé el verano en Vermont con mi esposa y mis hijos; alquilamos una vieja y aislada granja en la cumbre de una montaña. Un día, una mujer del pueblo vecino se detuvo a visitarnos acompañada de sus dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de dieciocho meses. Mi hija Sophie acababa de cumplir tres, y ella y la niña disfrutaban de poder jugar juntas. Mi esposa y yo nos sentamos en la cocina con nuestra invitada, y los niños salieron fuera a divertirse.
  Al cabo de cinco minutos, oímos un estrépito. El pequeño había entrado en el vestíbulo principal, situado al otro extremo de la casa, y como mi mujer había colocado allí un jarrón con flores no hacía ni dos horas, no era difícil imaginar lo que había pasado. Ni siquiera tuve que mirar para saber que el suelo estaba cubierto de vidrios rotos y charquitos de agua, además de los tallos y pétalos de una docena de flores desperdigadas.
  Me enfadé. Malditos críos, me dije. Malditos padres, con sus malditos y torpes críos. ¿Quién les da derecho a ir de visita sin llamar antes?
  Le dije a mi esposa que limpiaría aquel desastre, y así ella y nuestra visita podrían continuar su conversación. Agarré la escoba, el recogedor y unas servilletas de papel, y me dirigí a la parte delantera de la casa.
  Mi esposa había colocado las flores sobre un baúl de madera que estaba justo debajo del pasamanos de la escalera. Ésta era especialmente estrecha y empinada, y había una ventana a no más de un metro del pie de la escalera. Menciono estos datos geográficos porque son importantes. La situación de cada cosa guarda una relación muy estrecha con lo que pasó a continuación.
  Mientras estaba limpiando aquel estropicio, mi hija salió corriendo de su habitación, que se hallaba en el descansillo de la segunda planta. Yo es taba lo bastante cerca del pie de la escalera para poder verla (un par de pasos más atrás, y habría quedado oculta a mis ojos), y en ese fugaz momento vi que tenía esa expresión de júbilo, de absoluta felicidad, que ha llenado mis años de madurez de una tremenda alegría. Entonces, al cabo de un instante, antes de que pudiera decirle hola, tropezó. La punta de su zapatilla de deportes se dobló contra el suelo, y así, sin más, sin previo aviso ni darle tiempo a gritar, salió volando por los aires. No estoy diciendo que cayera o rodara o rebotara por los escalones. Lo que quiero decir es que estaba volando. El impacto del traspié la había lanzado por el espacio, y por la trayectoria del vuelo me di cuenta de que se dirigía directamente a la ventana.
  ¿Qué hice? No sé qué hice. Cuando la vi tropezar yo me encontraba en un lugar desde el que no podía hacer nada, pero cuando ella se hallaba a mitad de camino entre el descansillo y la ventana, yo ya había llegado al peldaño inferior de la escalera. ¿Cómo llegué allí? Debía de mediar menos de un metro de distancia, pero parece imposible cubrir esa distancia en un intervalo tan breve: una milésima de milésima de fracción de segundo. Sin embargo, yo estaba allí, y en el momento en que llegué a ese lugar levanté la vista, abrí los brazos y la atrapé.
3
  Yo tenía catorce años. Era el tercer año seguido que mis padres me enviaban a un campamento de verano en el estado de Nueva York. Allí pasaba la mayor parte del tiempo jugando al baloncesto y al béisbol, pero como era un campamento mixto también había otras actividades: veladas «sociales», los primeros magreos con chicas, incursiones para cazar bragas, las tonterías adolescentes de costumbre. También recuerdo que fumábamos cigarrillos baratos a escondidas, que aprendíamos a doblar la sábana de encima de la cama de tal manera que la víctima, al meterse dentro, quedaba con las piernas atrapadas, y que hacíamos grandes batallas con globos llenos de agua.
  Nada de esto es importante. Simplemente quiero subrayar que los catorce años puede ser una edad muy vulnerable. Ya no eres un niño, pero tampoco un adulto, y vas rebotando entre lo que eres y lo que estás a punto de ser. En mi caso, aún era lo bastante joven para pensar que tenía posibilidades de llegar a jugar en la liga profesional, pero lo bastante mayor para cuestionar la existencia de Dios. Había leído el Manifiesto comunista, aunque aún me gustaba ver los dibujos animados del sábado por la mañana. Cada vez que veía mi cara en el espejo, me parecía estar viendo a otra persona.
  En mi grupo había dieciséis o dieciocho chicos. Casi todos llevábamos juntos varios años, pero aquel verano se nos habían unido algunos recién llegados. Uno se llamaba Ralph. Era un chico tranquilo, que no demostraba mucho entusiasmo por hacer regates con la pelota de baloncesto ni practicar lanzamientos con la de béisbol, y aunque no es que nadie se las hiciera pasar canutas, le costaba un poco integrarse. Aquel año había suspendido un par de asignaturas, y casi todo el tiempo que tenía libre lo pasaba tomando clases particulares con uno de los monitores. Era una pena, y a mí me daba un poco de lástima, pero tampoco demasiada, no la suficiente como para hacerme perder el sueño.
  Los monitores eran todos estudiantes de la Universidad de Nueva York, y originarios de Brooklyn y Queens. Chicos ocurrentes que jugaban al baloncesto y que en el futuro serían dentistas, contables y maestros; chavales de ciudad hasta la médula. La parafernalia de lo que es un campamento de verano tradicional les era tan ajena como la IRT[Compañía de metro y ferrocarriles elevados de Nueva York] para un granjero de Iowa. Las canoas, los acolladores, el escalar montañas, montar tiendas de campaña, cantar alrededor de un fuego de campamento, eran cosas que no se hallaban entre el inventario de sus intereses. Eran capaces de instruirnos en cómo hacer un bloqueo o luchar por un rebote, pero por lo demás se dedicaban a alborotar y a contar chistes.
  Imaginaos nuestra sorpresa, entonces, cuando, una tarde, nuestro monitor anunció que íbamos a dar un paseo por el bosque. Le había venido esa inspiración, y no iba a permitir que nadie le hiciera cambiar de idea. Ya está bien de baloncesto, dijo. Estamos en plena naturaleza, y ya va siendo hora de que la aprovechemos y demostremos que sabemos ir de acampada… o algo parecido. Y así, después del período de descanso que seguía al almuerzo, todo el grupo de dieciséis o dieciocho muchachos, junto con dos o tres monitores, puso rumbo al bosque.
  Era finales de julio de 1961. Recuerdo que todos estábamos bastante animados, y después de caminar una media hora casi todo el mundo estaba de acuerdo en que aquella excursión había sido una buena idea. Nadie llevaba brújula, por supuesto, ni tenía la más remota idea de adónde nos dirigíamos, pero lo estábamos pasando en grande, y si acabábamos perdiéndonos, ¿qué más daba? Tarde o temprano encontraríamos el camino de vuelta.
  Entonces se puso a llover. Al principio casi ni nos dimos cuenta, apenas cuatro gotas entre las hojas y las ramas, nada preocupante. Seguimos caminando, pues no íbamos a permitir que una llovizna insignificante nos estropeara la diversión, pero al cabo de pocos minutos comenzó a caer un buen chaparrón. Todos acabamos empapados, y los monitores decidieron dar media vuelta y regresar. El único problema era que nadie sabía dónde estaba el campamento. El bosque era espeso, poblado de racimos de árboles y arbustos espinosos, y habíamos caminado sin rumbo, cambiando bruscamente de dirección siempre que aparecía algún obstáculo en el camino. Y, para colmo, la visibilidad era cada vez menor. Primero porque el bosque era oscuro, y luego por la lluvia que caía y por lo negro que estaba el cielo: parecía que fuera de noche, y no las tres o las cuatro de la tarde.
  Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. La tormenta estaba justo encima de nosotros, y resultó ser una tormenta de verano de padre y muy señor mío. Jamás había visto ni he vuelto a ver nada semejante. La lluvia caía con tanta fuerza que hacía daño; cada vez que retumbaba un trueno, sentías el ruido vibrando en tu propio cuerpo. Inmediatamente después venía el rayo, y uno tras otro caían a nuestro alrededor como lanzas. Era como si las armas se materializaran de la nada: un súbito resplandor que lo volvía todo de un vivo blanco espectral. Alcanzaron algunos árboles, y las ramas comenzaron a prender. Todo se oscurecía por un instante, a continuación se oía otro estrépito en el cielo, y el rayo regresaba por un lugar diferente.
  Naturalmente, lo que nos asustaba eran los rayos. Habría sido de estúpidos no tener miedo, y, presa del pánico, intentábamos huir de ellos. Pero la tormenta cubría una gran extensión, y allí donde íbamos sólo encontrábamos más rayos. Era una huida en desbandada, una carrera en círculos. Entonces, de pronto, alguien divisó un claro en el bosque. Se inició una breve disputa acerca de si era más seguro permanecer en un espacio abierto o seguir bajo los árboles. Ganaron los que estaban a favor del claro, y hacia allí corrimos.
  Era un pequeño prado, probablemente un pastizal perteneciente a algún granjero de la zona, y para llegar tuvimos que arrastrarnos bajo una alambrada. Uno a uno, nos pusimos barriga abajo y reptamos lentamente. Yo estaba en mitad de la línea, justo detrás de Ralph. En el momento en que él pasaba por debajo de la alambrada, hubo otro destello. Yo me hallaba a menos de un metro de él, pero como la lluvia me azotaba los párpados, casi no veía lo que pasaba. Lo único que vi fue que Ralph había dejado de moverse. Me imaginé que había quedado aturdido, de modo que le adelanté. En cuanto estuve al otro lado, le agarré del brazo y le arrastré.
  No sé cuánto permanecimos en aquel campo. Imagino que una hora, y ni la lluvia, ni los truenos ni los relámpagos cesaron un momento. Parecía una tormenta sacada de las páginas de la Biblia, y seguía y seguía, como si jamás fuera a acabar.
  Dos o tres chicos estaban heridos —quizá les tocó un rayo, quizá simplemente fue el impacto del rayo al dar en la tierra junto a ellos—, y el prado comenzó a llenarse de lamentos. Otros chicos lloraban y rezaban. Y otros, con miedo en la voz, procuraban dar consejos sensatos. Desembarazaos de todo lo que sea metálico, decían, el metal atrae el rayo. Todos nos sacamos el cinturón y lo arrojamos bien lejos.
  No recuerdo haber abierto la boca. No recuerdo haber llorado. Otro chico y yo intentábamos cuidar de Ralph. Seguía inconsciente. Le frotamos los brazos y las manos, le sujetamos la lengua para que no se la tragara, le dijimos palabras de ánimo. Al cabo de un rato, su piel comenzó a adquirir un tinte azul. El cuerpo estaba frío, pero a pesar de la acumulación de detalles ni se me ocurrió pensar que ya no volvería a levantarse. Yo sólo tenía catorce años, después de todo, ¿y qué sabía? Jamás había visto un muerto.
  Supongo que la culpa fue de la alambrada. Los otros chicos heridos por el rayo estaban como atontados, sintieron dolor en las extremidades durante una hora más o menos, y luego se recuperaron. Pero Ralph estaba bajo la alambrada cuando cayó el rayo, y quedó electrocutado en el acto.
  Más tarde, cuando me dijeron que había muerto, me enteré de que tenía una quemadura de veinte centímetros en la espalda. Recuerdo que intenté asimilar esa noticia, y que me dije que la vida, para mí, nunca volvería a ser lo mismo. Y por extraño que parezca, ni se me ocurrió pensar en lo cerca que estaba de él cuando pasó aquello. No pensé: uno o dos segundos después, y me habría tocado a mí. Lo único que recordaba era que le había sujetado la lengua y le había mirado los dientes. La boca le formaba una leve mueca, y tenía los labios un tanto separados: yo me había pasado una hora mirándole la punta de los dientes. Treinta y cuatro años después, aún los recuerdo. Y sus ojos medio cerrados, medio abiertos. También los recuerdo.
4
  No hace muchos años, recibí una carta de una mujer que vive en Bruselas. En ella me contaba la historia de un amigo suyo, un hombre al que conoce desde niña.
  En 1940, este hombre se alistó en el ejército belga. Cuando ese mismo año el país cayó en manos de los alemanes lo capturaron y lo metieron en un campo de prisioneros. Permaneció allí hasta el fin de la guerra, en 1945.
  A los prisioneros se les permitía escribirse con los colaboradores de la Cruz Roja de Bélgica. Al hombre, de manera arbitraria, se le asignó una amiga por correspondencia —una enfermera de la Cruz Roja de Bruselas—, y durante los cinco años siguientes él y esa mujer se estuvieron escribiendo cada mes. Con el tiempo se hicieron grandes amigos. Hubo un momento (no estoy seguro del todo de cómo ocurrió) en que se dieron cuenta de que aquello era más que amistad. Siguieron escribiéndose, cada vez con mayor intimidad, y al final se declararon su amor. ¿Era eso posible? Nunca se habían visto, no habían pasado ni un minuto el uno en compañía del otro.
  Cuando la guerra acabó, el hombre fue liberado del campamento y regresó a Bruselas. Conoció a la enfermera, la enfermera le conoció a él, y ninguno quedó decepcionado. Poco después se casaron.
  Pasaron los años. Tuvieron hijos, se hicieron mayores, y el mundo se volvió un poco distinto de lo que era. Su hijo acabó sus estudios en Bélgica y fue a Alemania a hacer un curso de posgrado. Allí, en la universidad, se enamoró de una joven alemana. Les escribió a sus padres y les dijo que pretendía casarse con ella.
  Los padres del novio y la novia estaban de lo más felices. Las dos familias decidieron que tenían que conocerse, y el día señalado la familia alemana se presentó en Bruselas, en casa de la familia belga. Mientras el padre alemán entraba en el salón y el belga se levantaba para darle la bienvenida, los dos se miraron a los ojos y se reconocieron. Habían pasado muchos años, pero los dos sabían perfectamente quién era el otro. En una época de sus vidas, se habían visto cada día. El padre alemán había sido guardián del campo de prisioneros en el que el padre belga había pasado la guerra.
  Como se apresuró a añadir la mujer que me escribió la carta, no había resentimiento entre ellos. Por monstruoso que pudiera haber sido el régimen alemán, durante aquellos cinco años el padre alemán no había hecho nada para enemistarse con el padre belga.
  Sea como fuere, esos dos hombres son ahora dos grandes amigos. Y la mayor alegría de sus vidas es el nieto que tienen en común.
5
  Yo tenía ocho años. En aquel momento de mi vida, nada me importaba más que el béisbol. Mi equipo era el New York Giants, y seguía las actividades de aquellos hombres de gorra naranja y negro con la devoción de un verdadero creyente. Incluso ahora, al recordar ese equipo que ya no existe, que jugaba en un estadio que ya no existe, soy capaz de recitar los nombres de casi todos los jugadores. Alvin Dark, Whitey Lockman, Don Mueller, Johnny Antonelli, Monte Irvin, Hoyt Wilhelm. Pero ninguno era tan grande, tan perfecto ni tan digno de veneración como Willie Mays, el incandescente Say-Hey Kid.
  Aquella primavera me llevaron a mi primer partido de liga. Unos amigos de mi padre tenían asientos de tribuna en el Polo Grounds, y una noche de abril fui con mis padres y sus amigos a ver a los Giants contra los Milwakee Braves. No sé quién ganó, no recuerdo un solo detalle del partido, pero sí recuerdo que, cuando acabó, mis padres y sus amigos se quedaron charlando en sus asientos hasta que todos los espectadores se hubieron marchado. Se nos hizo tan tarde que tuvimos que cruzar el campo y salir por una de las puertas centrales, que era la única que estaba abierta. Y dio la casualidad de que esa salida estaba justo debajo de los vestuarios de los jugadores.
  En el momento en que nos acercamos a la puerta, atisbé a Willie Mays. No había duda alguna de que era él. Se trataba de Willie Mays en persona, ya sin el uniforme del equipo, vestido con ropa de calle a menos de tres metros de mí. Conseguí que mis piernas me llevaran hacia él, y a continuación, haciendo acopio de todo mi valor, hice que las palabras me salieran de la boca:
  —Señor Mays —le dije—, ¿podría firmarme un autógrafo?
  Mays debía de tener unos veinticuatro años, pero fui incapaz de llamarle por su nombre de pila.
  Su respuesta a mi pregunta fue brusca pero amigable.
  —Claro, chaval —dijo—. ¿Tienes un lápiz?
  Recuerdo que estaba tan lleno de vida, hasta tal punto rebosaba juventud y energía, que no dejaba de dar saltitos mientras hablaba.
  Pero yo no llevaba lápiz, de modo que le pedí a mi padre si podía prestarme el suyo. Él tampoco llevaba. Ni mi madre. Y resultó que los demás adultos tampoco.
  El gran Willie Mays seguía allí, mirándome en silencio. Cuando quedó claro que no había nadie en el grupo que llevara nada con lo que escribir, se volvió hacia mí y se encogió de hombros.
  —Lo siento, chaval —dijo—. Si no tienes lápiz, no puedo firmarte un autógrafo.
  Y salió del estadio perdiéndose en la noche.
  No quería llorar, pero las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas, y no pude hacer nada para impedirlo. Y lo peor fue que seguí llorando en el coche hasta que llegamos a casa. Sí, estaba abatido, decepcionado, pero también irritado conmigo mismo por no ser capaz de controlar las lágrimas. No era ningún crío. Tenía ocho años, y se suponía que un muchacho de esa edad no debía llorar por algo así. No sólo no tenía el autógrafo de Willie Mays, sino que tampoco tenía nada más. La vida me había puesto a prueba, y yo no había sabido dar la talla.
  Después de aquella noche, comencé a llevar un lápiz conmigo allí donde iba. Adquirí la costumbre de no salir de casa sin antes asegurarme de que llevaba un lápiz en el bolsillo. No es que planeara hacer nada con él, pero no quería que me pillaran otra vez desprevenido. En una ocasión ya me habían pillado con las manos vacías, y no iba a permitir que eso volviera a pasarme.
  Cuando menos, los años me han enseñado esto: si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.
  Como me gusta decirles a mis hijos, así es como me hice escritor.



domingo, 10 de marzo de 2019

Casa de citas / Don Winslow / Sobre el oficio de escribir




Don Winslow

SOBRE EL OFICIO DE ESCRIBIR


Mire, en el primer libro, El poder del perro, el manuscrito original eran 2.000 páginas. El editor me dijo: “Déjalo en la mitad”. Y yo le contesté: “¿Lo corto en diagonal, en horizontal o en vertical? ¿Cómo lo hago? ¿Te mando solo las páginas impares?”. Y me contestaron: “Muy gracioso. Corta el rollo. Déjalo en la mitad”. No fue tan duro sacrificar cosas, era que no encontraba la forma de hacerlo. Estaba perdido. Hasta que me di cuenta de que la cuestión central del libro, y creo que de cualquier novela negra, es la gente que busca la manera de vivir con decencia en un mundo indecente. Una vez que entendí eso fue fácil cortar. Pero hay 100 páginas de ese libro que aún me arrepiento de haber quitado.

Don Winslow / “El problema de las drogas es de EE UU y Europa. México lo paga en sangre”




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