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sábado, 27 de julio de 2024

Casa de citas / César Aira / Literatura Infantil

 



César Aira
LITERATURA INFANTIL


Fue famosa la aversión de Borges por la literatura infantil. Hombre de otra época, era natural que la viera como una aberración, consecuencia deplorable de la expansión de la industria editorial y de la segmentación interesada de los mercados. Pudo tener otros motivos, el más patente, la formación de su gusto literario en la tradición inglesa, que fue la principal damnificada por la industria de lo infantil. Muchos clásicos ingleses parecían predestinados a la puerilización; Gulliver, Robinson Crusoe, Alicia, La isla del tesoro, Dickens, Wells, fueron objeto de criminales adaptaciones, simplificaciones, continuaciones, que


no podían dejar de herir la susceptibilidad de un lector agradecido. Ahondando un poco en este sentimiento, habría que preguntarse por la relación intrínseca entre lectura e infancia, relación original, y persistente aun en un lector tan civilizado como Borges. Uno empieza a leer porque es un niño, porque no tiene otra cosa que hacer, porque está disponible para los sueños ajenos; esos motivos se mantienen intactos en el lector adulto, y le dan una buena razón para respetar al niño que fue. Los libros siguen siendo los mismos, la biblioteca establece una continuidad sin rupturas de los sueños, las historias, y el destino. Hasta que de pronto, en algún momento del siglo XX, hay una bifurcación y el continuo se rompe. Por abyectos motivos comerciales (no hay otros, en realidad) empiezan a aparecer, para el escandalizado desconcierto de Borges, libros para los niños que ya no leerán los adultos.

Hasta ahí Borges, o la reconstrucción hipotética de su rechazo. Podemos coincidir en que el pecado original de la literatura infantil, más industria que género, está en este corte y separación de los dominios de la infancia y la vida adulta. Razonando mi propia aversión a la literatura infantil, yo agregaría que lo que la hace subliteratura es que no inventa a su lector, operación definitoria de la genuina literatura, sino que lo da por inventado y concluido, con rasgos determinados por la sospechosa raza de los psicopedagogos: de 3 a 5 años, de 5 a 8, de 8 a 12, para preadolescentes, adolescentes, varones, niñas; sus intereses se dan por sabidos, sus reacciones están calculadas. Queda obstruida de entrada la gran libertad creativa de la literatura, que es en primer lugar la libertad de crear al lector, y hacerlo niño y adulto al mismo tiempo, hombre y mujer, uno y muchos.



A esta separación le adjudico una consecuencia que lamento especialmente: que la industria editorial haya reservado para el ramo infantil las mejores flores de ingenio e invención en el aspecto físico de los libros. Los de adultos, los que yo compro y leo (y ¡ay! escribo), son objetos convencionales y aburridos, siempre iguales, hojas y tapas; las innovaciones y sorpresas las encontraremos sólo en la sección infantil de las librerías, donde por supuesto no encontraremos nada que valga la pena leer. (No cuento los libros de arte, caros, pesados, incómodos, y también convencionales).

Ahí, desperdiciados en los niños, que tienen sus propios juguetes, están los juguetes que nos gustaría tener: libros acordeón, libros de tela, con ventanitas en las páginas, desplegables, transparentes, con ruido, transformables (como los que hizo el genial Lothar Meggendorfer), libros impresos con tinta invisible, libros origami, elásticos, y los maravillosos flip-books o folioscopios.

Alguien podrá decir que la literatura, la buena literatura, hace todo eso, y más, sin necesidad de recurrir a manipulaciones del papel o el cartón. Que esos trucos son «cosas de niños». De acuerdo. Pero eso quiere decir que los niños han quedado implícitos en la literatura, y que es su presencia como origen persistente lo que la hace buena literatura. La técnica puede dejar atrás su origen, el arte no. La literatura está brotando siempre de su fuente primigenia, la infancia, y toda separación es nefasta. El libro como objeto mágico es la prehistoria de la literatura, pero no deberíamos alejarnos de nuestra prehistoria. En la tarea de reintegrar el origen, un preliminar necesario es la reunificación de los estadios de la vida, o la devolución de la infancia al lector adulto, que es donde debe estar.




domingo, 20 de noviembre de 2022

Casa de citas / Javier Cercas / El Nobel y César Aira

 

César Aira
Ilustración de Triunfo Arciniegas



Javier Cercas
EL NOBEL

El Nobel es un premio magnífico, sin duda el más prestigioso del mundo. Añado a esta obviedad una segunda: la literatura no es atletismo; no hay forma humana de precisar sin posibilidad de error si un escritor es mejor que otro, como sí la hay de precisar si un atleta corre o salta más que otro. El único jurado literario infalible es el tiempo, que da unas sorpresas tremendas. Dante, Shakespeare y Cervantes, sin ir más lejos, no eran escritores muy importantes en su época, y dudo mucho que los académicos suecos se hubiesen animado a premiarlos (de haberlo hecho, como mínimo se hubiera organizado un escándalo parecido al que se organizó cuando el galardón recayó en Bob Dylan): Dante ni siquiera escribió su obra capital en la lengua de prestigio en su época —el latín—, los dramas de Shakespeare apenas se consideraban literatura —no pasaban de ser entretenimiento— y Cervantes fue un escritor irrelevante hasta que arruinó su ya maltrecha reputación cometiendo el error más letal que puede cometer quien aspira a conquistar la estima de la sociedad literaria: escribir un best seller —el Quijote—. Esto, sobra decirlo, no significa que el Nobel se equivoque siempre: sus aciertos están a la vista. Es verdad que Alfred Nobel dejó dicho que su galardón debía concederse a escritores cuyas obras estuvieran escritas “en una dirección ideal”, cosa que no se sabe muy bien lo que significa (nada bueno, me temo). En todo caso, esa alarmante declaración de intenciones explica que penda sobre el Nobel la sospecha eterna de ser un premio subordinado a razones extraliterarias, de carácter humanitario —no por nada Nobel inventó la dinamita—, y que algunos hayan maliciado que el galardón de este año se ha concedido, como escribe Xavi Ayén, “por la condición de negro, emigrante y africano de Gurnah, como un tributo a la corrección política”. Lo cual explica a su vez que, interrogado sobre la posibilidad de que le vayan a conceder el Nobel a él, César Aira contestara: “No me lo darán porque para ello necesitan una justificación no literaria, nunca se limitan a decir ‘porque este tipo hace buenos libros”. La respuesta es extraña, sobre todo viniendo de un hombre tan inteligente como Aira: quiero decir que es extraño que al escritor argentino no se le haya ocurrido la posibilidad de que, simplemente, la Academia Sueca no considere sus libros lo bastante buenos como para distinguirlos con el Nobel.

 

Javier Cercas / El Nobel: ni más ni menos