martes, 8 de noviembre de 2011

Casa de citas / Sylvia Plath


Sylvia Plath
CITAS

Prefiero a los médicos, a los abogados, a las parteras... Cualquiera antes que a los escritores. Son la cosa más narcisista que existe.

r

Le hablo a dios pero el cielo está vacío.

o

La realidad es relativa, depende de con qué lente la mires.

R

Desde las cenizas me levanto, con mi cabello rojo y devoro hombres como el aire.

a

Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás.

e

Tomé una respiración profunda y escuché el viejo rebuzno de mi corazón: soy yo, soy yo, soy yo.

Z

La perfección es terrible, ella no puede tener niños.

P

Tengo que admirar profundamente a alguien para valorarlo como amigo.

m

Tanto trabajando, leyendo, pensando, viviendo para hacer. El curso de la vida no es suficientemente largo.

V

Tus propias limitaciones te crucifican.

a

Quizás cuando nos encontramos deseando todo, es porque estamos peligrosamente cerca de no desear nada.

D


Mi alma debe estar detrás de ti. Estoy matando mi carne sin ella.

P

Me encuentro absolutamente colmada cuando he escrito un poema.

o

¡Satisfacción! No podría vivir sin ella. Es como agua o pan, o algo absolutamente esencial para mí.

s

La poesía es una disciplina tiránica; vas tan lejos, tan rápido, que en un espacio reducido tienes que desviarte a toda la periferia.

n

Saltos y espirales tan puros sin duda recorren eternamente el mundo, y no me quedaré despojada de belleza: el don de tu pequeña vida, tu olor a pasto mojado cuando duermes, azucenas, azucenas que no pueden compararse con tu carne.

r

Mis poemas surgen inmediatamente de la experiencia sensitiva y emocional que tengo.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / Los besos de María


Triunfo Arciniegas
Biografía
LOS BESOS DE MARÍA


Antes de partir a la guerra, un hombre dejó a su novia una docena de besos. "María, voy a salvar la patria, te dejo doce besos que son la vida mía, cuídalos", dijo el hombre en la puerta. "No te preocupes, Federico", dijo María y le hizo adiós con un pañuelo.

María iba a todas partes con sus besos, bien repartidos por toda la cara. Amaba a todos y todos amaban a María, pero el más gracioso le bailaba en la nariz y el preferido le volvía la boca como una rosa recién cortada. Los hombres la seguían como perros muertos de sed. "María, vida mía, tírame un beso", le decían, muertos de la necesidad. María no se sentía sola, no sabía mucho de la guerra y se declaraba feliz.

El lunes recibió una carta de Federico, que le contaba que la guerra iba bien, más o menos empatados en muertos y heridos, pero la extrañaba, y que por favor le enviara un beso. María se arrancó un beso de la mejilla y se lo entregó al cartero, que lo guardó en la cartera, subió a la bicicleta y echó a rodar calle abajo.

Con once besos María todavía era feliz.

El martes recibió otra carta. María vivía en la parte más alta de la ciudad y el cartero llegaba sudoroso y con la lengua afuera. Apartó las nubes para tocar la puerta y le sugirió a María que viviera un poco más abajo, donde su casa no se confundiera con las nubes, porque sus viejos huesos no daban para tanto, o le rogara a su enamorado que no le escribiera tan seguido. 

-¿Cómo sabes que son cartas de amor? -preguntó María.

-Sólo llevo cartas de amor -explicó el cartero-. Las reconozco por el olor, María. Huelen como los duraznos a las tres de la tarde.

Federico necesitaba otro beso porque lo habían herido en el corazón. "Seguramente se enamoró de un enemigo de ojos verdes", pensó María y al momento se arrepintió de pensarlo. Envió el beso por entrega inmediata y al día siguiente recibió las gracias y la solicitud de otro beso, esta vez para el capitán, que agonizaba con un balazo en la cabeza.

"La guerra se pone dura", decía Federico en la carta que María recibió el jueves. El beso para el capitán llegó tarde. Tres soldados malheridos se disputaron el beso de María y encontraron alivio. Soñaron con María.

María dejó de recibir cartas, para dicha del cartero, que pensó que el hombre había muerto de amor. Con nueve besos María aún era feliz. "Mira esa mujer llena de besos", decía la gente a su paso. María sonreía.

Un payaso en bicicleta le robó un beso. María lo persiguió pero no lo alcanzó. 

-Ese beso te va a matar -gritó María.

Le quedaban ocho. En eso pensó antes de dormir. Se los contempló en el espejo, toda vanidosa, toda feliz.

Al despertar, sólo tenía siete. "¿Cómo es posible que me roben mientras duermo?" Se lo preguntó al espejo y el espejo no respondió. Pensó que tal vez un ángel había entrado a su cuarto, tal vez un vampiro, tal vez quién sabe. Sacudió la cama, buscó debajo, entre los zapatos y las medias, revolvió todo el cuarto porque un beso se puede encontrar en cualquier parte, y luego toda la casa. El corazón le subía y le bajaba como un yoyo. Al fin, desde la ventana, descubrió que su gato se relamía de gusto en el jardín. "Miserable ladrón", gritó "Te voy a volver al revés y te sacaré el beso." El gato no se volvió a dejar ver.

María se dedicó a cuidar los besos.

-¿Quién fuera un pájaro en ese árbol de besos? –decían los hombres.

-Ay –decían otros-. ¿Quién fuera el cielo de semejante enjambre de estrellas?

Un limosnero ciego inventó una canción. Al poco tiempo toda la gente cantaba la canción de los besos de María en todas partes. Furiosa, María buscó al limosnero y le hizo algunos reclamos. "Mis besos son mis besos", gritó María. ¿Quién le daba derecho a cantar sobre sus besos? 

-No se habla de otra cosa en la ciudad -dijo el limosnero-. Vas de boca en boca, María. 

La mujer precisó ciertas inexactitudes, y el limosnero aceptó modificar algunas estrofas. 

-Me tomé algunas libertades por el afán de cuadrar la rima –se disculpó-. Y me imaginé qué pasaría con el resto de los besos. 

María le arrojó una moneda y le aseguró que no pensaba perder un beso más.

Eso pensaba María. Los besos estaban inquietos, se le saltaban de la cara, se le escapaban en la oscuridad. María no quería quedarse sin besos, pero los besos como que buscaban dueño.

Un viento terrible le arrancó tres besos.

La lluvia le derritió otro.

De tres besos dependía la vida de María cuando se enamoró del negro Nicanor.

-Aléjate, llevas besos de otro -dijo el negro.

-Ay, Nicanor, son besos de María -dijo María.

-Se nota que son de otro.

-Prueba y verás que son míos -dijo María.

-¿Cuál vas a darme? 

-El que tú quieras -dijo María.

El negro pidió el beso de la frente. "Sabe a chocolate", dijo, relamiéndose. "Espérame el domingo en el parque de los girasoles." Y se fue volando.

María llegó temprano y se sentó a esperar.

El negro apareció pronto con un copito de nieve y una cometa de corazones. Fueron al monte de los suspiros a elevar la cometa. El beso que le quedaba en la nariz a María subió por la cuerda, llegó a la cometa y se extravió entre las nubes.

Al anochecer, el negro le pidió el último beso.

-María, dame el beso de tu boca.

María se lo dio con gusto y durmió feliz.

Entonces apareció el hombre que se había ido a la guerra. "Federico, te daba por muerto", gritó María, muerta del asombro. El hombre no reconoció a María sin sus besos. Se despidió casi de inmediato y compró el periódico para saber dónde había otra guerra. Allí murió con una bala en el corazón y el dulce nombre de María en la boca.




domingo, 6 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / La muchacha y el gato


Triunfo Arciniegas
LA MUCHACHA Y EL GATO

Nausícaa encontró a Ulises en el bar de Circe y al gato en el callejón sin luz. Eran animales desamparados. Ulises vendía una jaula dorada porque se le habían muerto los pájaros, y el gato agonizaba, mojado y maloliente, entre cajas de cartón despedazadas y botellas vacías. “Amanecieron tiesos y abrazos”, explicó Ulises. Nausícaa compró la jaula y recogió al gato en una bolsa de papel después de limpiarlo con su falda. Ulises se quedó en la tercera cerveza y el retrato de una mujer hermosa. Nausícaa curó al gato. Al amanecer, borracho, Ulises maldecía en el parque un nombre de mujer, y Nausícaa dormía plácida.
     Ulises era triste y hermoso, como un dios apaleado. Se consolaba con el cuerpo de Nausícaa, y bebían la dicha sagrada. Las bicicletas, las hojas secas en el parque, las sábanas y los cuerpos desnudos, la ventana y la pereza de las tardes eran el mundo de Nausícaa. Y el gato. Ulises le dio el nombre al gato: Telémaco. Se dejaba limpiar las uñas, limar las uñas, pintar las uñas, lamer. El gato era gris y bello, ágil, y detestaba los pájaros. Nausícaa, gozosa, le llenaba el platito de la leche tres veces al día. Se enroscaba en sus piernas. Venía a despertarla.
     Una mañana despertó a Nausícaa por última vez. Lo sintió tiritar a través de las cobijas, entre los muslos abiertos: agonizaba. Se desprendió del sueño asustada y le hizo beber agua tibia. El animal vomitó, subió las escaleras como un gusano acuchillado y murió antes del mediodía. Nausícaa perdió la risa. No bajó a almorzar. No peinó sus cabellos ni pintó sus uñas. Como otro día, secó con su falda y envolvió en la bolsa de papel el cuerpo del gato. Recogió sus piernas y se abrazó. “Nausícaa, ven”, le gritaron. No podía. Era una suave estatua sin consuelo. El cartero, en su vaca de metal, trajo una carta verde de Ulises: había encontrado a Penélope y le pedía la jaula para sus pájaros. Nausícaa dejó de llorar.


sábado, 5 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / Visiones


Fotografía de Zena Holloway

Triunfo Arciniegas
VISIONES

Las niñas saltan al pozo y descienden con los ojos abiertos. Sus cabellos verticales. El pozo abierto las recoge y se cierra como una flor nocturna.
Los soldados agonizan de amor en las garitas. El alba, como una serpiente entre la hierba, riega su leche espesa. Una mujer recién bañada extiende las sábanas sin rastros de semen en las cuerdas de la mañana.
En el escaño la gorda duerme el sopor del mediodía. Las pletóricas tetas ondulantes. Una graciosa mosca recorre su nariz. Dormida, saca la lengua de reptil para mojarse el rostro. La mosca vuela al bosque de cabellos sucios, se extravía y atemoriza las comarcas de piojos.
En este lado del mundo el aire azota las puertas y el polvo se anida como una serpiente.
Tercas, las hormigas transportan hacia los túneles las letras de un diccionario infinito. Una bestia sin nombre roe los huesos de las víctimas. Alguien se detiene en la página del día, perplejo, porque ha olvidado para siempre una palabra.
En los dedos del viento, la frágil memoria de mi rostro.
La gorda, en el escaño, sube el arrugado párpado izquierdo, contempla la sudorosa pantorrilla del ciclista, baja el párpado como una pesada cortina, como piedra de sueño. Bosteza. Vaca de ojos muertos. La oscuridad lame y borra su cuerpo.
En el corazón de la noche, alrededor de la hoguera, gritando como locos hasta enronquecer, los hombres desnudos se chamuscan el miembro.
Las niñas abren su flor en el pozo de la noche.
Ladrones y amantes se desatan.
Como animal herido, la noche se revuelca. Vomita sus delirios, tiende las trampas y nos deja tirados en el alba.
Las niñas duermen con las manos entre los muslos.


viernes, 4 de noviembre de 2011

Casa de citas / William Faulkner


William Faulkner
CITAS


La fórmula del novelista

99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.


La responsabilidad del escritor

El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...


El prostíbulo

El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.


Entre el escocés y nada

-Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.
-¿Bourbon?
-No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.


El dinero

El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.



Sobre la técnica

1
Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error. El buen artista cree que nadie sabe lo bastante para darle consejos, tiene una vanidad suprema. No importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.
2
Algunas veces la técnica arremete y se apodera del sueño antes de que el propio escritor pueda aprehenderlo. Eso es tour de force y la obra terminada es simplemente cuestión de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor probablemente conoce cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la obra antes de escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue fácil. Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó sólo unas seis semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo de doce horas al día haciendo trabajo manual. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las sometí a las catástrofes naturales universales, que son la inundación y el fuego, con una motivación natural simple que le diera dirección a su desarrollo. Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también más fácil en otro sentido. Porque en mi caso siempre hay un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la página 275. Claro está que yo no sé lo que sucedería si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez y el valor de no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis obras ha satisfecho mis propias normas, debo juzgarlas sobre la base de aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia del mismo modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón o asesino más que al que se convirtió en sacerdote.


El Sonido y la Furia

1
La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia para librarme del sueño que seguiría angustiándome mientras no la contara. Es una tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque es valiente, generosa, dulce y honrada. Es mucho más valiente, honrada y generosa que yo.
2
Empezó con una imagen mental. Yo no comprendí en aquel momento que era simbólica. La imagen era la de los fondillos enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un peral, desde donde ella podía ver a través de una ventana el lugar donde se estaba efectuando el funeral de su abuela y se lo contaba a sus hermanos que estaban al pie del árbol. Cuando llegué a explicar quiénes eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se habían enlodado los calzoncitos de la niña, comprendí que sería imposible meterlo todo en un cuento y que el relato tendría que ser un libro. Y entonces comprendí el simbolismo de los calzoncitos enlodados, y esa imagen fue reemplazada por la de la niña huérfana de padre y madre que se descuelga por el tubo de desagüe del techo para escaparse del único hogar que tiene, donde nunca ha recibido amor ni afecto ni comprensión. Yo había empezado a contar la historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué. Me di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté de volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco resultó. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo mismo las veces de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años después de la publicación del libro, cuando escribí, como apéndice de otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la historia, aun cuando lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente fracasaría otra vez.
3
La única emoción que puedo sentir por Benjy es aflicción y compasión por toda la humanidad. No se puede sentir nada por Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir por él personalmente es preocupación en cuanto a que sea creíble tal cual yo lo creé. Benjy fue un prólogo, como el sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple su cometido y se va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene conocimiento alguno del bien y del mal.
4
Benjy no era lo suficientemente racional ni siquiera para ser un egoísta. Era un animal. Reconocía la ternura y el amor, aunque no habría podido nombrarlos; y fue la amenaza a la ternura y al amor lo que lo llevó a gritar cuando sintió el cambio en Caddy. Ya no tenía a Caddy; siendo un idiota, ni siquiera estaba consciente de la ausencia de Caddy. Sólo sabía que algo andaba mal, lo cual creaba un vacío en el que sufría. Trató de llenar ese vacío. Lo único que tenía era una de las pantuflas desechadas de Caddy. La pantufla era la ternura y el amor de Benjy que éste podría haber nombrado, y sólo sabía que le faltaban. Era mugroso porque no podía coordinar y porque la mugre no significaba nada para él. Así como no podía distinguir entre el bien y el mal, tampoco podía distinguir entre lo limpio y lo sucio. La pantufla le daba consuelo aun cuando ya no recordaba la persona a la que había pertenecido, como tampoco podía recordar por qué sufría. Si Caddy hubiese reaparecido, Benjy probablemente no la habría reconocido.


Un escritor necesita tres cosas

Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental. La composición de la historia es simplemente cuestión de trabajar hasta el momento de explicar por qué ocurrió la historia o qué otras cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora que pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno de sus instrumentos, el ambiente que conoce. Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero puesto que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar torpemente en palabras lo que la música pura habría expresado mejor. Es decir, que la música lo expresaría mejor y más simplemente, pero yo prefiero usar palabras, del mismo modo que prefiero leer a escuchar. Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio.



De cómo empecé a escribir

Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.



Trabajos

Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.


Escritores

Los dos grandes hombres de mi tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe.



Lecturas

Los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.



Freud

Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.


Los críticos

1
El artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está tratando de decir: "Yo pasé por aquí". La finalidad de su función no es el artista mismo. El artista está un peldaño por encima del crítico, porque el artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá a todo el mundo menos al artista.
2
Esa es una opinión y, como ya le dije, yo no leo a los críticos. Dudo que un hombre que está tratando de escribir sobre la gente esté más interesado en sus relaciones familiares que en la forma de sus narices, a menos que ello sea necesario para ayudar al desarrollo de la historia. Si el escritor se concentra en lo que sí necesita interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no le quedará mucho tiempo para otras cosas, como las ideas y hechos tales como la forma de las narices o las relaciones familiares, puesto que en mi opinión las ideas y los hechos tienen muy poca relación con la verdad.



Sobre la inmortalidad

La finalidad de todo artista es detener el movimiento que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse en virtud de qué es la vida. Puesto que el hombre es mortal, la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá. Esa es la manera que tiene el artista de escribir "Yo estuve aquí" en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir.


El designio

Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme.


The Paris Review
Primavera de 1956, No. 12
Entrevista de Jean Stein






jueves, 3 de noviembre de 2011

Casa de citas / Hemingway / Sobre la escritura

Ernest Hemingway
Fotografía de Helen Pierce Breaker

Ernest Hemingway
CASA DE CITAS



Sobre la escritura

1

Cuando estoy trabajando en un libro o en un cuento escribo todas las mañanas desde que aparece la primera luz. Nadie lo molesta a uno y hace frío o fresco y uno empieza a trabajar y entra en calor a medida que escribe. Uno lee lo que ha escrito y como se detiene siempre cuando sabe lo que va a pasar después, arranca desde ahí. Uno escribe hasta llegar al lugar hasta donde tiene todavía jugo y sabe qué va a ocurrir después y entonces para y trata de vivir eso hasta el día siguiente donde le da de nuevo. Uno ha empezado a las seis de la mañana, digamos, y puede seguir hasta mediodía o terminar antes. Cuando para está tan vacío y al mismo tiempo nunca vacío sino lleno, como cuando se ha hecho el amor con alguien que uno quiere. Nada puede herirlo, nada puede suceder, nada significa nada hasta el día siguiente en que vuelve a hacerlo. Lo difícil es la espera hasta el día siguiente.

2

Siempre reescribo cada día hasta donde dejé. Naturalmente cuando está todo terminado se revisa de nuevo. Hay otra oportunidad de corregir y reescribir cuando alguien lo pasa a máquina en limpio. La última oportundad son las pruebas de imprenta. Uno agradece estas distintas oportunidades.

3

Reescribí el final de “Adiós a las armas”, la última página, treinta y nueve veces antes de quedar satisfecho.


El compromiso

Depende de lo que usted llame compromiso. ¿Lo dice en el sentido de una mujer que se ha comprometido? ¿O es el compromiso del estadista? ¿O el compromiso con su almacenero o con su sastre de que les va a pagar un poquito más pero en cuotas? Un escritor que puede escribir y enseñar tendría que hacer las dos cosas. Muchos escritores competentes han probado que podía hacerse. Yo no podría, lo sé, y admiro a los que pueden hacerlo. Me inclino a pensar, sin embargo, que la vida académica pondría punto a la experiencia exterior lo que limitaría posiblemente el conocimiento del mundo. El conocimiento, no obstante, demanda más responsabilidad de un escritor y hace más difícil la escritura. Tratar de escribir algo de valor permanente es una tarea que toma todo el tiempo aunque sólo se usen unas pocas horas en escribir realmente. Un escritor puede compararse a un pozo. Hay muchas clases de pozos como hay de escritores. Lo importante es tener agua buena en el pozo y es mejor sacar una cantidad regular que dejar el pozo seco y esperar que se vuelva a llenar.


Los amigos

Cuanto más uno se adentra en la escritura, más solo está. La mayoría de sus mejores y más viejos amigos muere. Otros se van. Uno no los ve más que en ocasiones, pero uno escribe y tiene el mismo contacto con ellos como cuando estábamos juntos en el café en los viejos días. Uno se manda cartas irresponsables, obscenas, alegres, a veces cómicas, y es casi tan bueno como conversar. Pero uno está más solo porque debe trabajar y el tiempo para trabajar es cada vez más corto y si uno lo desperdicia siente como si hubiera cometido un pecado para el cual no hay perdón.




La observación

Seguramente. Si un escritor deja de observar está acabado. Pero no tiene que observar candentemente ni pensar cómo le será útil. Quizás eso sirva al principio. Pero después todo lo que ve va a la gran reserva de cosas que sabe o ha visto. En la literatura se está limitando por lo que ya ha sido hecho satisfactoriamente. Así que he tratado de aprender a hacer algo distinto. Primero he tratado de eliminar todo lo que es innecesario para comunicar experiencia al lector, de modo que después de leer algo, él o ella lo conviertan en parte de su experiencia y les parezca que realmente ha ocurrido. Esto es muy difícil de hacer y he trabajado duramente en esto.


The Paris Review
Primavera de 1958, No. 18
Entrevista de George Plimpton



miércoles, 2 de noviembre de 2011

Casa de citas / John Cheever / El ego de los escritores



John Cheever
EL EGO DE LOS ESCRITORES


El ego de los escritores

Creo que en los escritores hay una tendencia intensa al egocentrismo. Los buenos escritores a menudo son excelentes en cientos de cosas, pero la escritura propicia que el ego se amplíe sobremanera. Mi querido amigo Yevtushenko tiene, considero, un ego que puede reventar un cristal a veinte pies de distancia; pero conozco algún que otro banquero fraudulento que puede hacerlo mucho mejor.

The Paris Review
Otoño 1976, No. 67
Entrevistada realizada por Anne Grant
Traducción de Martín Abadía




martes, 1 de noviembre de 2011

Triunfo Arciniegas / Niebla


Triunfo Arciniegas
NIEBLA

Abrí mi casa a los extraños. Llegaban apartando la niebla con las manos, aturdidos, perseguidos por un hilo de sangre. No averigüé sus nombres, sus historias, sus gestos. Sólo requerían de una cama para pasar la noche, de una taza de café para emprender el día. Unos caían rendidos, lastimados por los accidentes del camino o el acoso de una bala reciente. Otros, sentados, temerosos, esperaron el alba junto a la puerta como si fuese un tren que podría pasar de largo o como si consideraran la última noche en su país una estación equivocada. Dijeron adiós, los ojos ya en tierra ajena, el rostro todavía tiznado por la sombra. Unos se voltearon para arrojarme una moneda. Otros prometieron un presente. La mayoría nunca regresó.


Triunfo Arciniegas
Noticias de la niebla
Ediciones Gato Negro