domingo, 24 de mayo de 2026

Ida Vitale / El sapo sensible

 


Ida Vitale
EL SAPO SENSIBLE

Donde la escalera arranca del camino de piedra entre dos espacios de césped, en el último escalón, un sapo se le cruza a Byobu saltando de verde a verde. Lo sigue otro, igual de veloz. No hace mucho, Byobu leyó la lista horrorosa de pequeñas tragedias que podía padecer un inglés del siglo XIX: incluía posar en un camino a un sapo creyéndolo una piedra. Byobu no es inglés ni decimonónico, pero ahí está en un pie, como una garza, aunque por suerte para los batracios no lo sea. En una magnífica noche de verano como esta es común oírlos, pero verlos no es tan frecuente, pensó Byobu al aparecer el tercero. ¿Por qué el tercero? Bueno, porque tres es número sagrado, como todos sabemos, y porque, además, fueron tres.

Byobu tiene la suerte de contar con un testigo de lo que ocurrió. Suele serlo de pocas cosas de las muchas que ocurren a lo largo de los días solitarios de aquel. Pero esta vez estuvo, lo que le permitirá a Byobu contarlo en una conversación sin que alguien imagine que inventa. Para escribirlo, claro, el testigo no es necesario: no se requiere la verdad a la hora de hacer literatura, buena o mala.

Pero volvamos al sapo -el último-, que ha quedado quieto en el césped, quizá seguro de sus poderes miméticos, mientras el farol lo ilumina espléndidamente. Pasan en confusión por la cabeza de Byobu varios cuentos mágicos de distinto origen y su propio trato con algunas lagartijas, quizá adormiladas por el sol, a las que ha logrado acariciar hasta el punto de creerse con poderes hipnóticos.

Incluso le viene la memoria una breve anécdota de Gide que Giono cuenta, sedimento de una visita de varios días que aquel le hace. Giono, harto de perder al jugar al ajedrez con Gide, lo ha enviado a un café de Manosque a enfrentarse con el campeón del lugar. La partida es contemplada por un rústico que viene de pescar en el arroyo cercano, metido en el agua. Primero ha sacado de su bolsillo tibio tres ranas, que coloca frente al tablero en la mesa de mármol. La frescura de este las tranquiliza y se quedan inmóviles. Mientras se desarrolla la partida, el contemplador se las irá tragando una tras otra con ayuda de un vaso de vino. Durante la consumisión, Gide guarda un silencio protestante y asqueado que no impide que la partida del día siguiente se desarrolle con igual acompañamiento. Entonces sí, exigirá que el juego prosiga en lo de Giono y a puertas cerradas.

Entre recuerdo y recuerdo y de ranas a sapos, Byobu  siguiendo un impulso absurdo, adelanta su mano y roza el lomo del sapo, más precisamente lo que en un humano sería un hombro. El animalito permanece quieto bajo el suave movimiento circular. Esto no deja de asombrar a Byobu, que prolonga su gesto.  Cuando al cabo de varios minutos resuelve que es hora de seguir camino sucede lo increíble: el acariciado levanta una de sus patitas delanteras y con ella su cuerpo, de lado donde la mano bn pasa y vuelve a pasar. Y Byobu y el testigo comprueban que está haciendo lo suyo para disfrutar de la caricia imposible, nunca antes recibida, nunca antes otorgada.

Porque acaba de producirse el encuentro, más azaroso que el de un paraguas y una máquina de coser, entre un desdeñadísimo sapo al que le encanta ser acariciado y una mano humana que puede perder cinco dichosos minutos en darle el gusto.


Ida Vitale
El abc de Byobu
Lumen, Madrid, 2025, pp. 33-36

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