Juan Manuel Roca
DE LENGUAS Y TRABALENGUAS
Lo políticamente correcto
Me pica la lengua de la corrección esto que escribe León Gil desde nuestra ciudad común. El poeta dice con sorna que “en un lenguaje políticamente correcto el libro “Los Miserables” habría que re-titularlo “Las personitas en situación de pobreza”.
Y creo que tiene razón. Esos autores clásicos como Víctor Hugo no daban pie con bola en materia de corrección política. Pero, querido León, no te olvides de ser aún más correcto. Debería llamarse “Los y las miserables”. Habría que proponer una modernización de esa jerga excluyente de los viejos autores canónicos.
Monsieur Franz Fannon: ¿no sería mejor titular su volumen “Los condenados y condenadas de la tierra”? No solo hay perseguidos y juzgados.
Ahora bien, si en Francia llovía, por acá no escampa ni siquiera en Macondo. Dime León, ¿no tendría más corrección política si el brujo de Aracataca hubiera escrito “Recorderis de mis mujeres casquivanas" y no satanizarlas de entrada llamándolas “putas tristes”?
Y Jean Paul Sartre, que al fin de cuentas lo miraba todo de reojo por ser bisojo, ¿cómo diablos no tituló su ahora olvidada obra con el título menos agreste de “La meretriz educada” y no con ese despectivo marbete de “La puta respetuosa”?
Sí,ni siquiera autores recientes logran evadirse de las lenguas irrespetuosas e incorrectas. Cómo es eso de zaherir la sensibilidad del lector con este dicterio soez: “Memorias de un hijueputa”. ¿No sería mejor titularlo “Escolios de un hachepé? "¿O de un malnacido?" Hasta creo que por momentos el otro Vallejo, César, ha podido dudar y no asociar la palabra negro con algo negativo. ¿Que tal “Los heraldos afro-descendientes?
Otra cosa es la truculencia insoportable, desde que Knut Hamsum publicó una novela suya con el famélico título de “Hambre”. ¿No sería menos agreste titularla “Apetito? Yo recuerdo que se inicia con un hombre en “situación vulnerable”, o "en situación de calle" que cuando levanta los ojos de un canasto en el que alguien lleva unas salchichas, conserva en su mirada “apetente” en lugar de sus ojos dos salchichas debajo de las cejas. El pobre habitante callejero (¡vaya!) de la ciudad de Cristianía, era tan “vulnerable” que el camino que más había recorrido en su "exclusión" era de su covacha a la casa de empeños. Qué situación más “vulnerable” es no tener ya ni siquiera trebejos para empeñar. Es una gran novela la del olvidado y maravilloso Knut Hamsum, pero para nosotros -los que somos correctos políticamente-, lastrada de un lenguaje brutal y excluyente.
¿Y el racismo? Ah, el racismo, qué decir del racismo. ¿Por qué la bendita ballena de Moby Dick tendría que ser blanca e impoluta como una hostia? Pero asociar el maravilloso color negro con algo negativo sí es tener hasta los tuétanos un prejuicio racial.
A todas estas recuerdo una frase que escribí en mis primeros papeloides y que decía con cierto descreste surreal que el que viaja en bicicleta es un ladrón del paisaje. Un amigo doctrinario de una izquierda partidista y simplista me dijo que era incorrecto juzgar como un ladrón del paisaje a alguien que viaja en bicicleta. ¿Qué tal, me dijo, que el tipo sea un mandadero de una comuna popular o, peor aún, un obrero en camino de la fábrica? Era alguien que hablaba como una cartilla -aún los hay- y que cuando te llaman "compañero" "chorrean como sopa", (Michaux, dixit).

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