PATACONES
Mientras más avanzo en edad, menos me gustan los patacones que me voy tropezando por ahí: o son demasiado gruesos, o tan delgados que se convierten en un snack de mierda, o están crudos por dentro, o parecen recalentados, o no quedaron bien dorados.
Una vez me dijo el escritor Roberto Burgos Cantor que eso de cocinar los patacones y agregarles la sal al final es convertir los patacones en palomitas de maíz: una verdadera tragedia. Lo pertinente es sumergir los patacones, después de aplastarlos y antes de darles las fritura final, en un mortero con agua de sal y ajo, para que se impregnen.
Una vez me dijo el escritor Roberto Burgos Cantor que eso de cocinar los patacones y agregarles la sal al final es convertir los patacones en palomitas de maíz: una verdadera tragedia. Lo pertinente es sumergir los patacones, después de aplastarlos y antes de darles las fritura final, en un mortero con agua de sal y ajo, para que se impregnen.
Y ni hablar de los patacones industriales que son más grandes que el plato que los contiene, y que parecen elaborados por un enemigo empeñado en romperle los dientes a uno. Comer eso es ya el nivel más bajo de la degradación humana.
Todo lo que quiero es un patacón bien hecho. ¿Es mucho pedir? Para volver a decir, en coro con Héctor Rojas Herazo, que el patacón es la forma más noble de la madera.
Alberto Salcedo Ramos en Casa de citas
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