viernes, 10 de diciembre de 2021

Casa de citas / Cortázar y Ugné Karvelis

Julio Cortázar y Ugné Karvelis



Miguel Herráez
CORTÁZAR UGNÉ KARVELIS


De regreso a París, un París en el mes de mayo convulsionado por estudiantes y obreros, la realidad se impuso con fuerza. No porque fuese aceptada la determinación de separarse dejó de ser dura. Habían sido muchos años de complicidades, de un casi perfecto acoplamiento de vidas en hoteles y casas, en trenes, aviones, países, calles, rincones, vivencias y recuerdos. Un lado adjunto extraordinario durante más de dos décadas de compartir básicamente París, pero también viajes por casi todo el mundo: Italia, Francia, España, Bélgica, Suiza, Holanda, Alemania, Luxemburgo, Austria, Cuba, Checoslovaquia, Portugal, Turquía, India, Hungría, Gran Bretaña, Argelia, Irán, Ceilán, Grecia; de compartir profesión y UNESCO, de compartir libros, amigos y vida. En aquel lejano Buenos Aires de 1948 ambos se habían descubierto mutuamente con un complemento que se ajustaba como la mano a un guante, habían dado con la alteridad, y eso acababa de desintegrarse de una manera definitiva en un París —en el que de inmediato Cortázar se implicará y subirá a escena— atrapado en las barricadas antigaullistas y en los gases lacrimógenos de la policía, en el golpeteo de los adoquines contra los furgones de la emblemática Compagniers Republicaines de Securité, la CRS, en el Barrio Latino y en la toma romántica de la Sorbonne por los estudiantes al grito de «prohibido prohibir» o «vive el presente». (Se dio la ocupación simbólica de diversos pabellones de la Cité universitaire, en el argentino participó activamente Cortázar.) El latigazo inicial de la ruptura tenía nombre y apellido, Ugné Karvelis; un lugar y una fecha algo anterior: Cuba, 1967.


    Ugné Karvelis, lituana, germanista, veintidós años más joven que el escritor, a principios de los sesenta trabajaba para la editorial Gallimard. En referencia al inicio de sus relaciones con el escritor, Karvelis cuenta: «La historia de amor fue un encuentro a cuatro: un libro, dos personas y un continente, América Latina. Un continente que yo quería y conocía más que Julio por aquellos años. Probablemente porque me era un mundo familiar. Quizá yo haya nacido en una vida anterior en el Trópico o haya otra razón que es también mágica. Yo vengo de un país subdesarrollado de Europa, Lituania, con una estructura agraria precapitalista. Por lo tanto, cosas que los franceses encuentran muy exóticas a mí me parecen totalmente naturales. Cuando conocí a Julio, él ya había escrito Rayuela. Ese libro fue mi gran encuentro con él. Yo quedé absolutamente deslumbrada con ese libro. Sé que todo el mundo dice que Rayuela es su libro. Pero yo creo que es mucho más mi libro que el de la mayoría de la gente: llegué a París en el mismo año que Julio, solo que yo tenía dieciséis años. Pero mate menos y vino tinto en vez de mate yo he llevado una vida igual a la vida que se describe en Rayuela, en la misma época y en los mismos parámetros geográficos. Nos habremos cruzado, Julio y yo, miles de veces en aquellos años».
    Fue a raíz de la antología montada en Gallimard con cuentos de Bestiario, Final del juego y Las armas secretas, cuando Karvelis empezó a tratar esporádicamente a Cortázar. También cuando se tradujo Rayuela al francés, en 1966, tuvo algún contacto profesional con él. La editorial quería rebautizar la novela como La marelle, pero el escritor optaba por eliminar el artículo, dejándola en Marelle. No obstante, según cuenta la propia Karvelis, fue en enero de 1967 y en La Habana cuando se decidió a abordar al hombre y al escritor. Por entonces se acababa de estrenar Blow up en Nueva York y Cortázar se hallaba inmerso en la escritura de 62. Modelo para armar y en La vuelta al día en ochenta mundos. Debía volar a Cuba sin Aurora, pues ella no podía acompañarle, dado que su madre  estaba gravemente enferma y la situación exigía su presencia en Buenos Aires al menos por un tiempo de dos meses, y el escritor encaraba su viaje caribeño con cierto desagrado. Cerrar la casa de París por varias semanas, desordenarse en el ritmo de trabajo, dedicar sus esfuerzos a actividades que, por definición, no le seducían en extremo, era una alta cuota solo comprensible en él por su inflexible amor por Cuba.

    En La Habana, como siempre, fueron unos días asombrosos y extraordinariamente cordiales que borraron al instante la sombra de desazón con la que había subido las escaleras del avión tres días después del inicio de aquella Navidad de 1966. Participó en encuentros maratonianos, en charlas, en reuniones interminables que empezaban a primera hora de la mañana, seguían en almuerzos de ensaladas de mango, arroz congri, papitas y pollo, y se extendían hasta el amanecer del siguiente día con tragos de ron lentos y paladeados en compañía de voraces amigos, escritores, editores y lectores invitados como él: Marechal, Viñas, Dalmiro Sáenz, Fernández Moreno, Urondo, García Robles, Jitrik, Rozenmacher, Pacheco, Oviedo, Thiago de Mello, entre otros. Además tuvo la oportunidad de revalidar su apoyo, como lo hizo al mismo tiempo con Fernández Retamar, Haydée Santamaría, Arrufat, Lezama Lima y tantos otros, por la causa revolucionaria asistiendo a una conmemoración presidida por Fidel Castro en la plaza de la Revolución, acto en el que se recordó con sentimiento y se exaltó la figura del Che. Aquellos días, entre los concurrentes en la Casa de las Américas estaba también Ugné Karvelis, admiradora silenciosa de Cortázar. «Acorazada tras mi ejemplar de Rayuela, terminé por lanzarme al asalto del gran hombre, interponiéndome entre él y el mostrador de la recepción en donde iba a depositar su llave. ¡Oh!, sorpresa: me invitó de inmediato a tomar un mojito.»
    Ese año y medio transcurrido entre los días cubanos y la decisión de separarse de Aurora fue un período de comprensibles dificultades emocionales. Si aquel Cortázar se le antojó a Karvelis como el hombre de dos caras, pues «el hombre cerrado de París se desvanecía tras un nuevo ser, feliz, con todas las antenas afuera», este, ya de regreso a París, volvía a su refugio y a sus pautas cotidianas, volvía a su orden fortificado de Aurora y Général Beuret y sus paseos solitarios por el Canal Saint-Martin. Pero la decisión de Cortázar iba ganando terreno: la evidencia de su interés por Karvelis. «Yo vivo un tiempo de disolución y quizá de reconstrucción», le dirá el escritor a Porrúa en junio de 1968. Y así fue.
    A finales de junio, Aurora y Julio se trasladaron a Saignon y la herida de su relación resentida solo fue abriéndose más «Una crisis lenta pero inevitable», le dirá el escritor a Julio Silva, fue imponiéndose y espaciándose como una sombra, buscando sitio en la casa que aún olía a recién pintada y en la que el césped sembrado por Aurora comenzaba a ser una realidad más que virtual en medio del pasto silvestre que rodeaba la casa. Un mes más tarde la decisión de Julio de rehacer su vida —y, con ello, dejar que Aurora rehiciera la suya— estaba firmemente tomada, «con alguien a quien vos conocés, porque la visitás con frecuencia en la rue Sebastien-Bottin», seguirá diciéndole a su amigo.
    El paso siguiente fue una separación momentánea: Aurora se iría a París, Julio permanecería trabajando en Saignon en un nuevo proyecto, que sería Último round; en agosto, Julio volvería a París y Aurora viajaría en otoño a América, primero quizá a los Estados Unidos, a visitar a su hermana; y luego a la Argentina, a Buenos Aires. Así fue. «Aquel día —me comenta Rosario Moreno— Julio y Aurora estuvieron en nuestra casa comiendo, y luego Aurora me pidió que le guardase sus valijas y algunas cosas que quería llevarse a París.»
    Ese tiempo de reflexión que se marcaron sirvió para afianzar y clarificar posiciones cuyo único desenlace pasaba por la separación definitiva. «Hay alguien que llena plenamente mi vida, y con quien confío recorrer ese trecho final de una vida ya muy larga», le confesará a Porrúa.
    Cortázar alargó los días de permanencia en Saignon hasta mediados de septiembre, un septiembre lluvioso que acortó de golpe las tardes y perfumó los campos más intensamente. Mientras tanto, Aurora contó, como contaría en todo momento, con el apoyo de los amigos comunes, algo que a Cortázar siempre le preocupó y se preocupó de que ella no se sintiera sola o desplazada de las antiguas relaciones trenzadas por tantos años en París. Desde el principio Aurora había asumido la idea de que Cortázar era quien la había abandonado, cuando lo cierto era que la aparición de Karvelis en la vida del escritor vino a coincidir con el final de un proceso de descomposición de la pareja de lentas admisiones, según Cortázar; el final de un proceso formado por progresos, claudicaciones y falsas ilusiones. Por su parte, Karvelis viajó a Saignon, de paso hacia Saint-Tropez, y tuvo un encuentro con el escritor en el ranchito. A la vuelta de Cortázar a París, este dejó la casa de Général Beuret, en la que siguió Aurora, y se instaló en un apartamento cercano.
    Ese septiembre, ambos, Aurora y Julio, con un pasado recién desestructurado, lo recordarían siempre como una dura prueba, aunque entre ellos el cariño mutuo seguía y siguió intacto. Fue entonces, en esos días, cuando Cortázar conoció a García Márquez y a su mujer Mercedes Barcha, con quienes mantendría una buena amistad durante toda su vida. También fue cuando dio por concluidas las pruebas de 62. Modelo para armar y se las envió al editor; y es el instante, al que ya nos hemos referido, en que se fragua el plan de escribir una carta, con Goytisolo, Fuentes, Vargas Llosa, el propio Cortázar y otros escritores, a Fidel Castro acerca de la problemática de los intelectuales en La Habana.
    Entre finales de 1968 y la primera mitad de 1969 fue también un tiempo viajero. Solo entre diciembre y junio visitó Checoslovaquia, Cuba, Polonia, Uganda y Egipto. Saignon seguía siendo el lugar del sosiego, ahora con Ugné.
    Saignon para él siempre fue un refugio. Ahí estaban las colinas de lavanda, el silencio de los días y los fieles Franceschini. Apenas recorría el sendero umbroso y arbolado, saludaba al entonces pequeño Frédéric, monegasco, vecino suyo y pronto aliado en los juegos del hijo de Ugné, Christophe. Su primer viaje de adolescente a París lo hizo en la Fafner de Cortázar, de quien nos dice que este «siempre estaba en la estratosfera, su cabeza se encontraba por encima de la realidad; lo recuerdo escribiendo en todo momento». Apenas Cortázar enfilaba el camino de hierba y piedras, ya cruzaba la pequeña plaza del pueblo con la fuente de cuatro caños y empujaba la puerta de madera de Aldo y de Rosario. Normalmente, tras intercambiar cigarrillos, curioseaba por el estudio, preguntaba por lo que en ese momento estuviera pintando Rosario, una pintora que no vende sus cuadros por voluntad propia: los regala.
    «Luego mateaba con Aldo, a mí no me gusta el mate», nos dice Rosario. «Julio era una magnífica persona, pero algo interesado también, y digo esto con cariño», sigue comentándonos, «Aldo tenía que resolverle todos los problemas domésticos». Aun así, pese a esa supuesta incapacidad, Cortázar era aficionado a rodearse de materiales de bricolaje. Bajaba al cercano Apt y compraba clavos, martillos, destornilladores y otros utensilios. Tomasello, como hemos señalado con casa también en Saignon, ha dicho en algún momento que a Cortázar le encantaban los destornilladores y que él mismo había llegado a contarle cuarenta unidades.
    Saignon, además se convirtió en referencia para los amigos de Cortázar y punto de encuentros y proyectos. En esa casa, sin calle y sin número, en una de esas reuniones multitudinarias, por ejemplo, se planeó en agosto de 1970, y en torno a un asado, la idea de fundar la revista Libre.
    El motivo de la cita había sido el estreno de la obra teatral El tuerto es rey , de Carlos Fuentes, en el festival de Avignon, cita a la que acudió una buena parte de lo que los libros han bautizado como el boom de la literatura latinoamericana. «Tuve a Carlos, a Mario Vargas, a García Márquez, a Pepe Donoso, a Goytisolo, a todos ellos rodeados de amiguitas, admiradoras (y ores), lo que elevaba su número a casi cuarenta; ya te imaginás», le comentó el escritor a Jonquières, «el clima, las botellas de “pastis”, las charlas, las músicas, la estupefacción de los aldeanos de Saignon ante la llegada de un ómnibus especialmente alquilado por los monstruos para descolgarse en mi casa».
    María Pilar Donoso, viuda del escritor chileno José Donoso, deja testimonio de dicha reunión y se detiene en una anécdota en la que ella y Rita, la mujer de Fuentes, fueron confundidas por prostitutas:
    "Los García Márquez viajaron con los niños, que ya eran suficientemente grandes como para disfrutar del viaje. Los Vargas Llosa y nosotros dejamos a los nuestros en el Parvulario Pedralbes, Patricia y yo muy frustradas al despedirnos de ellos, que en vez de llorar agitaban las manos y reían contentos ante la perspectiva de pasar unos días sin sus padres.
    Cortázar y Ugné Karvelis estaban como en su casa en Avignon, pues la propiedad de Julio en el pueblito de Saignon queda bastante cerca.
    La noche del estreno, después de la función, fuimos todos a cenar a un restaurante. Rita, la mujer de Carlos, estaba muy bella esa noche con un palazzo pyjamas confeccionado por ella misma con un sari hindú verde oro. Yo también iba vestida con un sari pero a la manera hindú, como un traje largo recogido en pliegues por delante, con un hombro fuera. íbamos juntas a corta distancia del grupo que formaban Fuentes, Pepe y Juan Goytisolo. Caminábamos lentamente disfrutando del espectáculo de las calles medievales llenas de gente. Muchos jóvenes, muchos hippies en esa época. El ambiente era festivo, la temperatura tibia muy agradable, y Rita y yo hablábamos muy serias de la educación de nuestras hijas.
    De pronto sentimos un frenazo y un enorme coche policial se detuvo ante nosotros. «Mesdames!», nos espetó el flic, el policía se nos acercó. Rita se dio cuenta inmediatamente de la situación. Yo, más ingenua, no comprendía nada. «Mais messieurs …», les dijo con su mejor acento y entonación teatral más dramática, «nous en sommes pas des prostituées…».
  Pasamos tres o cuatro días en Avignon. Uno de ellos Cortázar y Ugné organizaron un almuerzo en una bonita posada campestre para los amigos del grupo de Barcelona y otros que de París u otros sitios estaban también de paso por allí. Después fuimos a la casa de Cortázar a pasar la tarde y allí sucedieron dos cosas importantes: se fundó la revista Libre y Mario Vargas Llosa cambió de peinado.
    Este es el tiempo de Último round. El libro se acopla a los mismos parámetros de La vuelta al día en ochenta mundos: fotografías, recortes de prensa, poemas, dibujos, relatos, comentarios. Todo propio y ajeno. Todo estructurado pero a la vez desestructurado, sin más ábsides que los impuestos por el ritmo y dirección del lector. De la serie de textos, cabe citar los tres cuentos, «Silvia», «El viaje» y «Siestas», además de las aproximaciones que Cortázar hace al cine de Resnais, a la poesía de Mallarmé, a la grafología o, críticamente, a la figura de Salvador Dalí. Al igual que en el otro almanaque hallamos referencias autobiográficas, como el texto «Uno de tantos días en Saignon», pero también reflexiones lúcidas, si bien algo encubiertas por una apariencia de ironía, como «Del cuento breve y sus alrededores».
    Del conjunto, subrayo la narración «Silvia» por su componente fantástico y biografista. La anécdota trata de un encuentro de amigos en una casa de campo y de una joven, Silvia, a quien solo ven los niños, pero a quien también ve el personaje-narrador del cuento. Según Alain Sicard, profesor en la Universidad de Poitiers, el cuento fue escrito a raíz de otro encuentro, este verificable, en la Provence. Estuvieron presentes, entre otros, Cortázar, Saúl y Gladis Yurkievich, el propio Alain Sicard, su mujer y sus dos hijos. Y una joven nurse .
    Su explicación es la siguiente:
    Saúl había preparado un asado e invitó a Julio a la Provence. Yo viajaba con mi mujer y mis dos hijos. Llevábamos también a una muchacha que se encargaba del cuidado de los niños. Por descuido, en el momento de las presentaciones, yo olvidé presentarle a Julio a aquella muchacha que había venido con nosotros. Era una joven de 13 o 14 años. Muy bonita, por cierto. Saúl, Gladis (su esposa), mi mujer y yo, conversábamos de cosas muy intelectuales. Un tanto como en el cuento, donde desempeño el papel muy horroroso y pedante del profesor Borel. Esa discusión es el telón de fondo de todo el cuento. Porque el narrador, Julio, está observando a esta muchacha que pasa y vuelve a pasar delante del fogón encendido y a partir de allí se desarrolla toda la secuencia fantasmática con la niña. Estuvimos aquella noche conversando hasta la una o las dos de la mañana, hora en la que nos separamos todos un poco borrachos. Antes nos citamos para almorzar al día siguiente en un restaurante cercano. A las doce ya Julio estaba allí y nos contó que, durante la noche, había escrito un cuento. Entonces no lo leí. Pero cuando apareció publicado me di cuenta inmediatamente de que aquel era el cuento.
    En cierto sentido, los viajes emprendidos a raíz de la separación con Aurora no dejaban de ser, además de una obligación básicamente laboral, un mecanismo de defensa frente a la gente, el teléfono, la casa, los amigos, la presión emocional que sentía en París por la ruptura. Esa coerción fue la que le empujará a instalarse por casi dos meses, marzo y abril de 1970, en Londres. En principio, Vargas Llosa le buscó hospedaje en Cadogan Gardens; si bien, al final, se instalaron él y Ugné, que lo acompañó unos días, en la casa del escritor peruano y de su esposa Patricia, dado que estos se encontraban de viaje. No pudieron coincidir ambas parejas en Londres, algo que habían ansiado tanto Julio como Mario.
    En Londres, Julio y Ugné se adaptaron e hicieron planes, pero a los pocos días de tomar posesión, el frío fue en aumento, tanto que, al final, nevó. La ciudad, que en la semanas previas no había pasado de los cinco grados de máxima, descendió vertiginosamente por debajo de cero, el hielo hizo acto de presencia en los cristales de la ventanas, en las fachadas de las casas, en las aceras, y la humedad fue colándose en habitaciones y camas. Añadamos que Ugné tuvo que partir, con lo que Julio se quedó solo.
    El frío y el enfermar en el extranjero, además de acobardarle, eran dos de las cosas que más podían turbar a Cortázar, y la casa de los Vargas Llosa, debido a que la calefacción se había estropeado, se convirtió en una especie de iglú. Empezó a toser, lo cual ya era de por sí un síntoma de alarma. Intentó combatir el frío a base de whisky, calcetines dobles, jerséis y una manta que cada mañana se ponía a modo de capa, pero esa ofensiva no fue suficiente: el frío penetraba las lanas y las guatas, helaba los tejidos, lo paralizaba en el trabajo de traducción que estaba haciendo. Comenzó a sentirse molesto, irritante. De otro lado, no quería abandonar la casa de los Vargas Llosa, ya que habitarla era un modo de guardarla, además de atender el correo, como tuvo que atenderlo haciéndose pasar (con barba incluida) por el mismo Vargas Llosa en la estafeta más próxima, y vigilar el coche de Mario, auto que ni Ugné ni Julio se atrevieron a manejar en un país donde se conduce, como es sabido, por la izquierda, y solo el intento de hacerlo era temerario para dos inexpertos como ellos. Por lo que se decidió a buscar otro alojamiento. La intención fue la de no alejarse demasiado y así poder ejercer de casero, aunque fuese de una manera más o menos indirecta. Tras investigar por los alrededores, dio con un hotelito, el Astor House, en Trebovir Road, donde se trasladó y donde pudo leer, escribir más cómodamente y seguir traduciendo en una habitación con calefacción.
    La cosa poco a poco cambió. Pese a la ventisca, los días londinenses le sirvieron como estímulo. Londres le gustaba. Cortázar nunca fue ajeno al hechizo de la ciudad y el peculiar espíritu inglés: el trazado de sus calles, los frontispicios de las casas, los escaparates de cristal y madera de sus tiendas, el recuerdo histórico de la guerra tan presente. Además siempre quedaba «El tigre de Tippoo» devorando a un europeo en el Victoria and Albert Museum. Los días que le restaron visitó exposiciones y teatros, anduvo la ciudad de arriba abajo. De entre los encuentros, tuvo uno con Octavio Paz, a quien le contó lo de su separación con Aurora y lo de su nueva pareja, Ugné. También recordaron los momentos vividos en la India. Después regresó a París.
    El hecho de la separación entre Aurora y Julio nunca supuso un alejamiento entre ellos. Ambos mantuvieron su amistad a lo largo del tiempo. Pero las nuevas circunstancias sí alteraron, lógicamente, el orden de sus vidas; en especial el de Aurora, quien empezó a vivir largas temporadas en la Argentina, si bien conservó el pavillon de Général Beuret, al que regresaba durante los períodos en que tenía que residir en París por su trabajo en la UNESCO. Cortázar pasó a vivir a un apartamento cercano al que tenía Ugné Karvelis en el 19 de la rue Savoie, junto a Notre-Dame y a tres manzanas del Sena, próxima al Pont des Arts. El de Cortázar era un apartamento pequeño, de techos bajos, lo que le incomodaba, pero tan bien situado como el de Ugné, dado que apenas ponía un pie en la acera se hallaba cerca de los cafés y los cines del Barrio Latino, a corta distancia del río, que siempre fue uno de sus lugares preferidos. Precisamente la circunstancia de esas estrecheces fue lo que les animó a mantener cierta independencia en ambos apartamentos y así poder trabajar con mayor comodidad.
    En el primer trimestre de 1971 ya habrá noticias de dos cuentos que quedarán posteriormente integrados en el volumen Octaedro . Se trata de «Cuello de gatito negro» y de «Lugar llamado Kindberg». También en este período, Cortázar inició los trámites para lograr la naturalización francesa. La cosa burocrática en Francia, y más tras el mayo del 68, recomendaba, ante contingentes imprevistos, hallarse lo más integrado posible. De ahí que, desde una discreción más que buscada, el escritor comenzara los trámites para obtener la doble nacionalidad, dado que la argentina no se perdía al convertirse en ciudadano francés. Pese a ese deseo de discreción, la noticia saltó a la prensa y, envuelta en sensacionalismos, se manipuló, con lo que no fue entendida su posición, pues algunos sectores argentinos quisieron ver una renuncia a sus orígenes étnico-culturales. De otro lado, pensó que la cuestión de la nacionalización se resolvería en un año, pero lo cierto es que tuvieron que pasar diez, ya con Miterrand en la presidencia de la República, para que el escritor obtuviera, tras dos negativas del gobierno de Giscard d’Estaing, su condición de francés adoptivo.
    En este sentido, el escritor español José María Guelbenzu señala cierta ocasión en que Cortázar fue recriminado por esa supuesta renuncia de su argentinidad: «Recuerdo una llegada de Julio Cortázar al aeropuerto de Madrid, recién estrenada su nacionalidad francesa, en que una turista argentina, al reconocerlo, se lo reprochó de manera bastante desagradable. Es un asunto gracioso porque la Argentina está (o al menos estaba) llena de argentinos que le reprochaban inventarse una Argentina y un Buenos Aires ficticios, de vivir fuera, en París, y escribir de adentro, inventando una realidad argentina que poco tenía que ver con la realidad real. Se lo reprochaban gentes que eran argentinos hasta la muerte, pero que, miren por dónde, se han sentido siempre los parisinos del Cono Sur».
    Este tema lo acompañó siempre. Y siempre, también, fue polémica. En ese mismo ánimo se inscribiría la controversia que sostuvo con el escritor peruano José María Arguedas. Cortázar, como sabemos, era defensor de abandonar el ambiente localista y de romper su perímetro para así explorar la vida, convencido de que el alejamiento físico no provocaba la pérdida de visión del mundo denominado patria y patriotismo. Mientras que Arguedas, poco relacionado con el viaje y sus circunstancias, defendió la imperiosa necesidad de vivir en la tierra en que se ha nacido como el único modo posible de entenderla mejor y así poder defenderla.


    Se ha especulado con la idea de que la obra de Cortázar, gracias a la intervención de Karvelis y por los vínculos de ella con el mundo de la edición, sufrirá por esta época un notable impulso. Es decir, que la relación con Karvelis, en el plano profesional, implicó un reforzamiento de Cortázar en el ágora literario. Es posible, pero con la perspectiva de los cuarenta años que nos separa es fácil advertir cómo no fue nada decisivo, entre otras razones porque, recordémoslo, a la altura de 1968 Cortázar y su obra iban abriéndose espacios con fuerza por sí mismos en el panorama literario sin la necesidad de empujes adicionales, aunque si los hubo, tampoco le perjudicó.
    En estos años, Cortázar había publicado el núcleo más significativo de su producción, y su presencia, con la excepción paradójica en editoriales de España, ausencia que muy pronto será subsanada a través de Seix Barral y luego por Alfaguara, en al menos doce idiomas, aparte del castellano, era un hecho. Pero, además, era una realidad creciente, pues no hablamos de ediciones semisecretas de puro testimonio sino editoriales arraigadas en el mercado librero.
    Como hemos señalado, en el momento de romper con Bernárdez, Cortázar acababa de revisar las pruebas finales de 62. Modelo para armar y estaba trabajando en un volumen de fotografías, estas de Sara Facio y Alicia D’Amico con texto de Julio, Buenos Aires, Buenos Aires , y en el nuevo volumen Último round. Ya había publicado, pues, los tomos de cuentos Bestiario, Final del juego, ampliada, como se ha dicho, en Sudamericana; Las armas secretas, Historias de Cronopios y de famas, Todos los fuegos el fuego y La vuelta al día en ochenta mundos . Más las novelas Los premios y Rayuela. ¿Fue determinante la convivencia con Karvelis para que Cortázar fuese más conocido en el ámbito de la literatura? Creemos que no.
    De igual manera, también se ha teorizado con la creciente politización de Cortázar a partir de 1968, actitud motivada del mismo modo por su vida junto a Karvelis, quien manifiestamente, a su vez, se encontraba comprometida con la revolución castrista. Si es cierto y hemos observado cómo la imagen de hombre exterior que Cortázar irradiaba en estos años era algo progresivo desde principios de la década, no lo es menos que la actividad política de Cortázar será un hecho constatable especialmente conforme las respectivas situaciones de los países como la propia Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia, Paraguay, Nicaragua o El Salvador entren en un camino sin retorno en materia de derechos humanos, y eso viene, en efecto, a coincidir con los años cercanos a Karvelis. No obstante, el paulatino proceso de descomposición democrática, sus vaivenes ideológicos, los cuartelazos y los nacientes regímenes militares de la zona del llamado Cono Sur, cuyo segmento temporal llegará hasta principios de los años ochenta, son circunstancias impulsadoras de una irrefrenable disposición de denuncia por parte del escritor, quien, desde 1973 a 1983, vivirá sujeto, básicamente vía Tribunal Bertrand Russell, a una actividad pública de primera línea.
    Pongamos por caso Chile.
    La experiencia socialista en Chile tuvo su expresión con la llegada al poder de Salvador Allende, liderando la Unidad Popular en 1970. La otra cara de esa realidad será la intransigencia de un ejército, el chileno, opuesto a cualquier cambio profundo que pudiera afectar el aceitado sistema capitalista en vigor. En medio, la política económica de nacionalizaciones emprendida por el gobierno de Allende, a todas luces inaceptable por los intereses norteamericanos (recordemos la presión en contra de esta ejercido por la empresa telefónica ITT), encabezados estos por Nixon y su hombre fuerte, Henry Kissinger. La consecuencia no será otra que tres años de allenderismo, con su política expropiativa en aumento progresivo, y el rechazo expreso a dichas prácticas por parte de una oligarquía inamovible a la renuncia de sus privilegios. La respuesta la darán determinados sectores de las Fuerzas Armadas, en connivencia con esferas de las sociedad civil chilena: el bombardeo del Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973.
    El golpe de Estado, con la muerte de Salvador Allende y la anulación de la Constitución de 1925, puso a la cabeza del país la figura de Augusto Pinochet. Pinochet, que se había sumado tardíamente a la asonada, pero que rápidamente capitaneará la rebelión militar, por años será el rostro siniestro de un régimen autoritario y bárbaro, el cual asumirá la triste hazaña de hacer presos solo en el primer mes de su mandato a más de cincuenta mil personas que serán distribuidas en estadios de fútbol y cárceles, cuando no asesinadas sin juicio previo, valiéndose de artimañas como la tristemente famosa y trágica «ley de fugas».
    Las primeras medidas que adoptó el nuevo régimen fueron encaminadas a restar cualquier posibilidad de oposición, por lo que disolvió los partidos políticos integrados en la Unidad Popular, así como prohibió el resto de organizaciones político-sindicales. El paso siguiente e inmediato fue el de la depuración de la Administración Pública, desde oficinistas hasta maestros y profesores universitarios, con el fin de afianzar y asegurarse el taponamiento del más mínimo brote de cuestionamiento a su propia esencia. Tortura, fusilamientos y «desaparecidos», con la intervención de la policía secreta, la inhumana Dina, bajo la dirección del coronel Manuel Contreras, implicó, según cifras refrendadas por organizaciones internacionales, más de quince mil muertos a manos de las fuerzas militares y paramilitares pinochetistas.
    Por las dimensiones de lo que se ha calificado como «genocidio chileno», el cual extendió sus tentáculos ejecutivos más allá del propio ámbito del país andino (el general Prats fue asesinado en Buenos Aires, Montalvo Bernardo Leighton, que fuera ministro del Interior, lo mataron en Roma; a Orlando Letelier, en Washington), numerosos intelectuales latinoamericanos y europeos se movilizaron en los años setenta. Es razonable, si seguimos la trayectoria de Cortázar, que este se involucrara a fondo en la defensa de las víctimas de una situación que pedía solidaridad más allá de alineamientos ideológicos. Y así lo hizo.
    La adhesión de Cortázar a la causa chilena se inició desde la misma toma de poder por parte de Salvador Allende. A mediados de noviembre de 1970, Cortázar voló a Santiago y expresó su completo respaldo al recién constituido gobierno socialista. A partir de ese momento su posición de soporte y auxilio, y más desde el golpe de Estado de Pinochet, irá en aumento: se integrará en comisiones, participará en congresos culturales y en actos diversos directamente formulados a tal fin, como fueron el «Comité para la defensa de los Presos Políticos» o el propio Tribunal Bertrand Russell, viajando a Bélgica, México, Italia o la RDA , entre otros países y otros foros de diálogo. Allá donde fuera útil su participación. En abril de 1975, su amigo y profesor de literatura latinoamericana Jean L. Andreu le invitó a hablar sobre Rayuela en la Universidad de Toulouse, donde trabajaba, a lo que Cortázar le contestó: «No podría ahora. Todo me parece distinto, distante, absurdo. América Latina es una jungla salvaje. La limpiaremos un día, lo sé. Pero hoy tengo que estar solo, tengo que volver a mí mismo». (Fue, precisamente, en este mismo trimestre cuando contrajo en un viaje a Turquía una extraña enfermedad que no pudo diagnosticársele. El virus en cuestión lo mantuvo afiebrado mes y medio, con una hospitalización en París de una semana, virus y fiebre que poco a poco fueron remitiendo y por los que perdió siete kilos.)
    Según Cortázar, el plateamiento era el de insistir ante la prensa, no dejar que la opinión pública se olvidara de lo que estaba ocurriendo en Chile; alertar a la gente de las arbitrariedades que la Junta Militar estaba cometiendo con la más aborrecible de las alevosías y en nombre de un supuesto orden. Incluso decidió ir a EE. UU., superando su antigua animadversión a aceptar viajar a ese país (recordemos que, años atrás, había renunciado a la invitación del profesor y escritor Frank McShane para impartir unas conferencias en la Universidad de Columbia), y llevar allá su protesta, aprovechando un coloquio organizado por el Center for Inter-American Relationes y el PEN Club internacional sobre el tema de las traducciones, plataforma desde la que pudo expresar su opinión acerca del pinochetismo, al tiempo que establecer lazos y alientos desde los grupos de izquierda de los Estados Unidos contra Pinochet y contra todos sus cómplices.
   

    Por las mismas fechas (junio de 1974) participó activamente, con otros escritores e intelectuales y amigos como Saúl Yurkievich y Mario Muchnik, en la elaboración del libro Chili: le dossier noir , que vio la luz en Gallimard; y en la organización del «Primer Encuentro Cultural Antifascista de Santiago», que pretendía ser el homenaje en París a un congreso que debió hacerse en Chile a iniciativa de Salvador Allende, Pablo Neruda y otros intelectuales y políticos. Para el que se celebraría en París, se intentaba darle un componente de taller creativo, de manifestación, de discurso popular, con el que desafiar a la Junta desde una convocatoria integrante de grupos de teatro, conferencias, música, y a partir de nombres ya de reconocida proyección internacional como los de Gabriel García Márquez, Ernesto Cardenal, Carlos Fuentes, Atahualpa Yupanqui, Alejo Carpentier, Glauber Rocha o Jorge Amado, entre otros.
    Cabe reseñar, de otro lado, que la decisión de viajar a Norteamérica invitado por el PEN Club implicó el principio de otros regresos a EE. UU. Cortázar supo ver lo eficaz que podía ser utilizar el escaparate amplísimo que ese país le ofrecía para canalizar su concepción ideológica en favor de Latinoamérica, además de que, de esa manera, podía explorar un ámbito que le resultaba altamente interesante, al tiempo que se le presentaba la posibilidad de encontrarse con viejos amigos, como Gregory Rabassa, Jaime Alazraki o Sara Blackburn (su esposo, Paul, había muerto en 1973), algunos de ellos hasta entonces solo epistolares.
    La cadena de viajes a EE. UU. se concentraron en poco tiempo. Entre noviembre y diciembre de 1975 pasó cinco semanas en la Universidad de Oklahoma, la cual había organizado un ciclo con especialistas en su honor. El tiempo libre le permitió recorrer en un coche alquilado parte del oeste del país, Arizona y Nevada, estados en los que se detuvo y visitó algunos lugares que desde siempre le habían resultado atractivos, como el Grand Canyon, junto al desierto de Mohave, y el valle de la Muerte, en la meseta del Colorado; y otros que le confirmaron el juicio negativo in situ que le merecían ciudades como Las Vegas. Estuvo después en San Francisco y en sus alrededores (desde Santa Rosa hasta Salinas), que le gustó mucho y al que volvería, y voló a Nueva York. Dos años más tarde viajó a Canadá, a una reunión internacional de escritores. Su actividad se centró especialmente en Montreal, donde conoció a Carol Dunlop. Meses después repitió con Nueva York y se entrevistó en esta ocasión con Frank MacShane, que acababa de biografiar a Raymond Chandler. Desde 1979, comenzó a recibir invitaciones multiplicadas para que acudiera a citas en los EE. UU. y tuvo que seleccionar y desestimar, como una de la Universidad de Harvard. En abril de 1980 conferenció en el Barnard College y en el City College, ambos de Nueva York, viaje que aprovechó para ir a Washington y luego a Montreal. Seis meses después aceptó impartir en Berkeley (donde vivió ya con Carol) unas semanas reconfortantes a orillas de la bahía, entre la universidad y San Francisco. De estos últimos días data el cuento «Botella al mar», del libro Deshoras.
    En estos años publicará Viaje alrededor de una mesa (1970), el libro de poemas Pameos y meopas (1971) y Prosa del observatorio (1972), que es una serie de textos monologados sobre fotografías suyas que sacó en la India de los observatorios del sultán Jai Singh. El profesor Joaquín Marco, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, tuvo contactos con Cortázar en este tiempo, fue editor suyo también. Me contó lo siguiente:
    «Tuve varios encuentros con Cortázar en Barcelona. Edité una antología de sus cuentos en la colección RTV, de Salvat/Alianza, donde trabajé entonces dirigiendo ésta y otras colecciones. Fue cuando le conocí. La selección la realizó él mismo. Más tarde, en Ocnos le publiqué Pameos y meopas, que eran poemas inéditos. Hicimos una modesta promoción, con cartel incluido, fue en 1971. De ese tiempo, más o menos, recuerdo una anécdota acerca de su hospedaje en Barcelona, que es un anticipo sobre su libro de Los autonautas de la cosmopista. Un día me llamó por teléfono y concertamos una cita. Luego, mientras charlábamos, le pregunté en qué hotel iba a dormir, y me respondió que lo hacía en la plaza de Lesseps, pero que no era en un hotel sino en su propia camioneta. Era de estos seres mágicos con los que uno se tropieza pocas veces. Recuerdo que aquel día, en un restaurante, hablamos mucho, mano a mano. Le pedí que me explicara el fenómeno del peronismo, algo que yo no acababa de entender.»
  

    A finales de los años setenta, cuando le preguntaban si habría otra novela en algún plazo breve, solía decir que le gustaría, pero que escribirla exigía un tiempo del que él, por su constante y cada vez más amplio enredo en el ámbito de lo que entendía por actividad política (en ese período, en especial, el tema que lo ocupará será la defensa de la Nicaragua sandinista), carecía. Esa cuota de tiempo fragmentado, decía, solo le permitía acometer cuentos y relatos breves, dado que estos podía escribirlos en habitaciones de hoteles, en el compartimento de un tren o en la terminal de un aeropuerto; en un receso entre conferencias o mientras volaba a nueve mil metros de altura y contemplaba a través de la ventanilla del avión el mundo infinitamente diminuto y destemporalizado, tan silencioso como inmóvil allá abajo; y tan ajeno también.

Miguel Herráez
Julio Cortázar / Una biografía revisada



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