Los escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los que están ansiosos por morder la bala y pasar la plancha de los piratas, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes.
“Un día me dice
Hulga que la va a visitar una prima suya. Ivory Hunter. He olvidado su nombre
auténtico, está en el certificado de matrimonio, pero no lo recuerdo. Había
tenido unos tres maridos antes que yo; probablemente, ni se acordaba del nombre con que
nació.”
II
“Sí, señor, Ivory
era todo sexo. En todos los sentidos que quiera usted emplear la palabra. Pasó
exactamente un mes desde el día que la conocí al día que me casé con ella. No
cambió mucho, me daba bien de comer, siempre tenía interés en oír cosas de los
judíos del club, y fui yo quien redujo la sexualidad, bastante, por la presión
sanguínea y todo eso. Pero ella nunca se quejó. Recitábamos la Biblia juntos, y
todas las noches ella leía revistas en voz alta, buenas revistas, comoReader's Digest yThe Saturday Evening Post, hasta que me quedaba dormido. Siempre decía que
esperaba morirse antes que yo, porque se le partiría el corazón y quedaría
desamparada. Era cierto que no tenía mucho que dejarle. Ningún seguro, sólo
algunos ahorros en el banco que convertí en una cuenta conjunta, además de
poner el remolque a su nombre. No, no puedo decir que hubiera una mala palabra
entre nosotros hasta que se peleó con Hulga.”
III
“Ivory juró una y
otra vez que no era verdad. ¿Ella? ¿Dejar ella que un mejicano asqueroso como
Freddy le pusiera un dedo encima? Explicó que Hulga estaba furiosa y celosa
porque ese chico la había dejado pelada y creía que se estaba jodiendo a todo
bicho viviente entre Cat City e Indio. Afirmó que yo la había ofendido
prestando oídos a tales mentiras, aun cuando Hulga era más digna de lástima que
de insultos. Y se quitó el anillo de boda que yo le había dado —perteneció a mi
primera mujer, pero ella dijo que no importaba, porque sabía que yo había amado
a Hedda y que eso le añadía valor—, y me lo tendió diciendo que si no la creía,
que ahí tenía el anillo y que cogería el primer autobús que saliera hacia
cualquier parte. Así que se lo volví a poner en el dedo y nos hincamos de
rodillas en el suelo y rezamos juntos.”
Nota
Se trata de tres citas
de “Mojave”, uno de los cuentos de Música
para camaleones, tres fragmentos de la historia que George le cuenta a su
infiel mujer, y sólo tienen un propósito: picar al lector. Si bien la
curiosidad mató al gato, también hace al lector. En este enlace, el cuento
completo, por supuesto.
Y una vez que haya leído este cuento, el lector no soportará las ganas de leerse "Música para camaleones" de princiupio a fin. Vale la pena tener el libro en la biblioteca y saborearlo una y otra vez a lo largo de los años.
9 factores que explican el ‘no’ de los colombianos al acuerdo con las FARC
Javier Taeño
3 de octubre de 2016
La respuesta del pueblo colombiano ha sido NO. Por un estrecho margen, la sociedad rechazó el acuerdo entre el Gobierno de Santos y las FARCpara acabar con un conflicto que se ha extendido más de cinco décadas y que ha dejado miles de muertos y desaparecidos. Cuatro años de arduas negociaciones entre ambos que han sufrido un frenazo importante precisamente en el momento más inesperado.
Tanto las encuestas como la ostentosa campaña del Ejecutivo hacían pensar que el Sí se impondría sin problemas, algo que finalmente no ha ocurrido. Toca pensar en los errores cometidos y buscar nuevos escenarios. Estas son algunas de las razones que han precipitado la negativa de los colombianos.
1. Muchas dudas sobre el contenido del acuerdo entre el Gobierno y las FARC
Ha sido uno de los principales caballos de batalla entre Santos y los que se oponían al pacto y probablemente el Gobierno, a tenor de los resultados, no ha sido capaz de explicar todas sus ventajas. Entre los aspectos más controvertidos hay dos principales: la supuesta impunidad de la guerrilla y el nuevo espacio político que van a ocupar, ambos recogidos en el documento de 297 páginas.
Respecto al primero, los guerrilleros no están sujetos a amnistía, indulto o beneficio procesal por delitos de lesa humanidad. Se establece que se creará un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición que investigará las faltas graves “con mecanismos extrajudiciales complementarios”. Pero para los opositores este mecanismo no es suficiente y no tienen fe en él. Defienden que permite a las FARC escapar del peso de la justicia e integrarse fácilmente en la sociedad sin pagar por sus crímenes.
En lo que se refiere a su entrada en política, el pacto garantiza que las FARC tendráncinco escaños en el Senado y cinco en la Cámara de Representantes en los dos siguientes periodos legislativos. Su abandono de las armas propiciará que puedan ser elegidos por los colombianos como una opción política más, lo que es visto con recelo por algunos sectores sociales.
Niños reclutados por las FARC
2. La baja participación
Era una votación trascendental para Colombia, por lo que sorprende la bajísima participación en el referéndum. Y es que apenas el 37% de los llamados a la urna depositaron su voto con una altísima abstención del 63%. Este hecho llama bastante la atención, ya que por ejemplo en las dos últimas elecciones presidenciales estuvo en torno al 50%.
Pese a que el país no suele votar masivamente, en esta ocasión se trataba de algo determinante para el futuro, por lo que esa caída de más de 10 puntos es muy inesperada y ayuda a que los resultados estuvieran más apretados. También otro factor a tener en cuenta fueron las intensas lluvias que cayeron como consecuencia del huracán Matthew y que dificultaron la votación para muchos electores.
Ver fotos
Santos votando en el plebiscito (Reuters).
3. Las regiones que sufrieron la violencia han apoyado el acuerdo, pero las grandes ciudades no
Este ha sido un factor clave. El radio de acción de la guerrilla ha estado fundamentalmenteen entornos rurales alejados de las grandes ciudades del país, a las que llegaban los ecos de sus acciones criminales. Lo sorprendente es que a la hora de votar, las regiones más afectadas por el conflicto, es decir las víctimas, apoyaron el fin de la violencia, mientras que los grandes núcleos poblacionales eligieron el no, tal y como revela Semana que da los datos de estas localidades.
La conclusión es que los lugares que más han sufrido a las FARC quieren una nueva época de paz, mientras que las grandes ciudades se muestran más inflexibles con la guerrilla.
Bojayá, 2 de mayo de 2002 Una de las masacres de las FARC. Las FARC arrojaron un cilindro bomba a la iglesia donde se refugiaban 500 personas. El resultado: 48 niños muertos, 31 adultos muertos, incluyendo mujeres embarazadas, y 98 heridos.
4. No era un triunfo personal de Santos, sino de todos los colombianos
Una de las cosas que más han criticado los opositores al acuerdo es la forma en la que el presidente ha llevado las negociaciones. Pese a que es conocido por su corrección y mesura, hubo una frase que alentó a sus críticos, que la han usado como arma arrojadiza en las últimas semanas.
5. El tirón que todavía tiene el expresidente Uribe
Gobernó el país durante 8 años y se enfrentó con dureza a la guerrilla hasta conseguir reducirla a apenas 6.000 miembros, por eso la decisión de Santos – su antiguo ministro de Defensa- de negociar la paz con ellos le sorprendió mucho. En los últimos meses ha defendido el no, primero rechazando cualquier acuerdo con la guerrilla y ahora pidiendo que se renegocien los términos de la paz. Pero sobre todo ha demostrado que sigue teniendo detrás un ejército de fieles que están dispuestos a seguirle en cualquier cosa. El triunfo del no es el triunfo de Uribe.
6. No se olvidan fácilmente las heridas de la guerra
Un factor que también ha pesado mucho ha sido el de tener queelegir entre el futuro o el pasado. La opción de seguir adelante ofrece un escenario de paz a partir de ahora, pero los crímenes, el dolor y el sufrimiento de las últimas décadas también pesan mucho sobre el ánimo de los colombianos. Hay que tener en cuenta que la guerrilla lleva más de 50 años de actividad en los que han dejado más de 220.000 muertos y miles de desaparecidos.
7. Con la paz con las FARC no se acaban los conflictos internos
De hecho, existe otro grupo revolucionario, el Ejército de Liberación Nacional, con el que el Gobierno mantiene el conflicto y que podría ocupar el espacio que deja libre las FARC. Pese a que Santos también les ha tendido la mano, lo cierto es que todavía serían necesarios muchos meses para la negociación y eso es algo que el pueblo colombiano tiene muy en cuenta. También hay grandes grupos criminalesque se dedican a la extorsión, a las amenazas o al narcotráfico. En total, son unos 24 según los expertos.
8. El acuerdo como arma electoral para las presidenciales
A nadie se le escapa que laselecciones presidenciales de 2018 están a la vuelta de la esquina y que el fin de la violencia de las FARC puede ser un arma muy poderosa que garantice la victoria. De hecho, la victoria del no impulsa la candidatura de personas como Óscar Iván Zuluaga, Carlos Holmes Trujillo o Iván Duque. Todos ellos, considerados uribistas, ya están pensando en sus opciones de cara a los comicios, tal y como apunta la prensa colombiana. Mientras tanto, los que apoyaron el sí, quedan debilitados.
9. Es posible un acuerdo mejor
Los colombianos han votado siendo conscientes de que la victoria del no al acuerdo no supone el fin de las negociaciones. Tanto el Gobierno como las FARC han refrendado su compromiso de que es necesario alcanzar un entendimiento que goce del apoyo de la sociedad colombiana, por lo que todas las fuerzas deberán afinar sus propuestas para que sea respaldado por una mayoría.
"El amor que llevamos en el corazón es gigante y con nuestras palabras y acciones seremos capaces de alcanzar las paz", trinan las FARC. Hablan de paz y llevan más de medio siglo haciendo la guerra. ¿Alguien creerá que tienen corazón? De un amor así, que me libren los dioses. Porque con ese amor han masacrado colombianos años tras año, han extorsionado, han secuestrado, han traficado, han reclutado niños. ¿O se les llenó de amor el corazón en estos días? “Ahora sí vamos a trabajar por los humildes”, dicen, ya montados en el populismo. Humildes han sido sus víctimas. Humildes los niños que reclutaron y convirtieron en asesinos. Humildes los miles de muertos. Humildes los niños asesinados por las FARC, con una bomba en una iglesia o con las minas sembradas en el monte.
En su pagina, las FARC acaban de escribir: "Al pueblo colombiano que sueña con la paz, que cuente con nosotros".
Hace poco, con motivo de su muerte, escribía acerca del empeño y la suerte de Edward Albee, que siguió escribiendo después de reiterados fracasos de público y crítica. Tennessee Williams tuvo un empeño similar, pero no le acompañó la suerte, aunque tuvo más éxitos que Albee en sus comienzos. Yo era un adolescente cuando vi “Historia del Zoo”, en un montaje del TEI, dirigido por Layton: José Carlos Plaza estaba muy bien como Peter, pero el Jerry de Antonio Llopis, actor tan visceral como me temo que olvidado, era gigantesco. Recuerdo, muchos años más tarde, a María Jesús Valdés en el mismo montaje de “Tres mujeres altas” que también viste tú. Y a Rosa Novell, otro gran trabajo, en “Delicado equilibrio”, dirigida por Gas, en el Lliure. “¿Quién teme a Virginia Woolf?” ha dado grandes interpretaciones, pero nunca ha sido un texto que me enloquezca.
Recuerdo, desde luego, “La cabra”, una función con la valentía y el riesgo de un autor juvenil. Recuerdo la pasión absoluta, fulminante, que sintió José María Pou por ese espectáculo, cuyos derechos compró la misma noche que lo vio en Broadway, y que le valió un triunfo enorme: tres años girando la función con distintas actrices. Así que vi “La cabra” en cuatro producciones: el estreno catalán, dirigido y protagonizado por Pou y Marta Angelat; las producciones en castellano, con Mercè Arànega y Amparo Pamplona secundándole, y la función que vimos juntos en el Almeida, interpretada por Jonathan Pryce y Kate Fahy. A propósito de José María Pou, es muy interesante su columna del pasado domingo en “El Periódico”, donde habla de “The Lorca Play”, una de las piezas “malditas” de Albee, que propone estrenar aquí con motivo del ochenta aniversario del asesinato del poeta, aunque es consciente de su extensísimo reparto: 37 personajes.
Como diría Jorge Fiestas, “cualquier película con Isabelle Huppert dentro me gusta más”. Hará unos años escribí: “La actriz más audaz de su generación, la menos previsible, la más fría y la más incendiada”. Guardo una entrevista que le hizo Françoise Santucci en “Libération” donde decía: “Hay una única manera de abordar un personaje: tiene que resonar dentro de ti. El problema es que siempre se puede depurar más, y ser obsesiva es bueno para el trabajo pero ensombrece la vida”. Huppert siempre dice cosas interesantes en las entrevistas. Anoté algunas de las que le dijo hace poco, en San Sebastián, a Rocío García: “Yo no encuentro peligro en lo que hago. Peligro sería trabajar con malos directores y papeles sin interés”. O esta: “Donde el espectador sufre, el actor disfruta. Yo nunca sufro trabajando”. Hablando de entrevistas, hay otra estupenda, de Jean-Michel Frodon en la revista “Caimán”. No te pierdas ese número, con un gran monográfico Huppert. Lo que echo de menos es verla más en escena. Solo la he visto tres veces y las tres fueron sacudidas imborrables: “4.48 Psychosis”, de Sarah Kane, dirigida por Claude Régy, en 2002, en Temporada Alta/Teatre de Salt: un escorpión rodeado por un círculo de fuego; “Hedda Gabler”, de Ibsen, dirigida por Eric Lacascade, en el Lliure, en 2005 (reparto flojo, pero a ella no podías quitarle la vista de encima). Y en 2006, “Quartett”, de Müller, en el Odéon, con Ariel García Valdés (¡pareja descomunal!), a las órdenes de Bob Wilson. O sea, que hace diez años que no la veo en teatro.
Me han preguntado por qué voy a votar por el SÍ. Y esta es mi respuesta:
En primera instancia, creo que es muy importante hacer un paneo histórico sobre los grandes y escasos procesos de paz que han resultado exitosos en el planeta, para demostrar que ninguno es perfecto; que por supuesto quisiéramos que todos los que consideramos bandidos, delincuentes, extorsionistas y asesinos, se pudrieran en la cárcel. Que, como dijera un dirigente de derecha, da rabia pensar que después de todo lo que han hecho, terminen sembrando florecitas en el campo dizque para pagar sus crímenes. Pero estoy aún más de acuerdo con lo que alguien le respondió a ese dirigente: yo si prefiero ver a esos señores que tanto daño han causado, sembrando flores y no minas quiebrapatas, ni masacrando gente.
La historia demuestra que en más de medio siglo de guerra, ni uno ni otro bando fue capaz de derrotar totalmente al otro. Ni Tirofijo llegó al poder por las armas, ni Uribe pudo acabar militarmente con esa guerrilla, aunque tuvo ocho largos años para hacerlo —y que no vengan con el cuento de que le faltaron otros dos, tres o cuatro años para hacerlo—.
Así las cosas, después de casi 60 años de guerra atroz con esta guerrilla, prefiero una paz imperfecta (porque la perfecta solo está en el cielo) que una guerra recrudecida y sin ninguna esperanza, que puede durar fácil otro medio siglo y otros cientos de miles de nuestros muertos (incluidos, Dios no lo quiera, algunos de nuestros hijos, nietos o familiares).
Y eso no significa que respalde a un político abyecto y manipulador como Santos, de la misma calaña que todos los que le han precedido en esa silla en el último siglo (incluido Uribe, uno de los más despreciables y temibles).
No. No es respaldar a ese deshonroso personaje que está en el poder, y menos a los indeseables guerrilleros. No. Es apoyar la posibilidad de que por fin tengamos algo, algo de esa paz que hemos buscado, así no sea la ideal, por supuesto.
Y una reflexión: si no es ahora ¿cree que vamos a tener otra oportunidad en breve tiempo para lograr un acuerdo? Y si se llegara a dar, ¿cree que van a estar dos angelitos inmaculados al frente de esa firma? Me explico: ¿será que nos toca esperar a tener un presidente honesto, transparente y prócer, de un lado, y del otro un ángel de Dios, para —ahí sí— apoyar un acuerdo?
Hay que verlo como un momento histórico que tenemos la oportunidad única de aprovechar o desaprovechar ahora mismo. Y por supuesto que cualquier acuerdo siempre será imperfecto, y no nos tendrá contentos al 100%; pero prefiero eso, a seguir en una guerra irracional que desde siempre y hasta hace poco hemos sufrido con esa guerrilla.
Y claro que existen otros grupos y muchos más bandos de gente miserable haciendo la guerra ahora mismo, y que al firmar el acuerdo con las Farc no van a desaparecer de la noche a la mañana; pero tampoco olvidemos que si bien esa guerrilla no es el único generador de violencia, si es, sin lugar a ninguna duda y de lejos, la más fuerte y la de mayor capacidad de daño que hemos tenido en todo el territorio nacional y en toda nuestra historia.
En resumen, voy a decir SÍ para darle una oportunidad al país, no de terminar ya la violencia de un plumazo (asunto imposible en cualquier momento), pero sí de empezar a tejer otros caminos posibles que conduzcan hacia la terminación de este conflicto.
Releo por enésima vez Un día de trabajo, de Truman Capote, una de las mejores piezas de Música para camaleones, ese libro en el que todo es caza mayor. Pocos escritores de su quinta (y de después) hubieran elegido ese asunto: una jornada con Mary Sánchez, su asistenta, que trabaja “nueve horas al día, a cinco dólares la hora, seis días a la semana”. Una lluviosa mañana de abril de 1979, Capote la acompaña como un diablo cojuelo por todos los pisos que ha que limpiar, y escruta bibliotecas y cuartos de baño y fotos enmarcadas, y habla con ella de todo lo divino y lo humano, y fuman incontables porros de marihuana, y asaltan una nevera y devoran helados y pasteles, como si él tuviera de nuevo seis años y estuviera otra vez en Monroeville y ella fuera su querida tía Sook Faulk, y luego buscan en la radio una emisora latina y rompen a bailar, y los dueños de esa casa, los estiradísimos señores Berkowitz, les encuentran, colgados y felices, y les echan a patadas, y Truman y Mary acaban, cuando comienza a anochecer, en una pequeña iglesia solitaria, arrodillados, rezando “por todas las almas perdidas en la oscuridad”.
¡Maravillosa jornada, maravilloso texto! Puro late style, como Las joyas de los Cabot, de Cheever, o Los ojos de las estrellas, de Salter, esos relatos en lo que parece no pasar nada y pasa todo: pasa la vida. El estilo tardío sobreviene cuando un escritor se libera de la losa de “tener que demostrar” y extiende los colores de su paleta, y elige los esenciales, o combina tonos insólitos, verde espliego con vainilla y magenta, y juega, y baila, y reza, y se deja besar por “un diablo de azucarados labios rojos”, y olfatea un aire nuevo, que parece “un espejo destrozado”, un torrente de mercurio.
Truman Capote
El estilo tardío llega cuando un escritor se libera de la losa de “tener que demostrar”
Música para camaleones es lo que más suelen denigrar editoriales y críticos: un libro misceláneo, de textos “sin unidad”. Capote recupera, reescribe o añade materiales con imbatible alegría, con absoluta libertad, sabiendo que el libro va a ser recibido como fondos de cajón (y así fue), y porque su ansia de demostrar está concentrada en Plegarias atendidas, la novela en la que lleva trabajando, dice, diez, quince, veinte años, con la que pretende convertirse en “la respuesta americana a Proust”. No hay presión: nadie está esperando Música para camaleones.
Sí, lo he releído cien veces, pero reparo ahora en un pasaje, a mitad del relato, que quintaesencia como pocas su estilo y sus obsesiones. Capote y Mary Sánchez caminan por Park Avenue, y la cámara invisible se mueve en un plácido travelling, y primero brota su capacidad de ensueño, está lloviendo pero él se siente “como si hiciera un día cálido y sereno, con el cielo turquesa, y las calles duras y resbaladizas fuesen largas playas caribeñas con reflejos de perla”, y asoma luego el Capote memorialístico ante la casa donde vivía Willa Cather, su mentora, y aquellas tardes tan lejanas, bebiendo Bristol Cream frente a la chimenea, cuando “la lumbre inflamaba el pálido azul de sus ojos”, y de repente la cámara se alza hasta la cúspide de un edificio en la calle 84, una reunión social con los Kennedy, JFK atento y goloso por las historias del modista Oleg Cassini narrando las especialidades eróticas de sus jóvenes modelos, y ahí vemos el pico y las garras del halcón Capote, cerniéndose sobre los chismes de la clase dirigente, y el tren fantasma sigue recorriendo ventanas como al final de I vitelloni (Los inútiles), y de repente la muerte saluda con la mano en la calle 87, desde un cuarto piso del numero 1060, y en aquella otra fiesta había una mujer muy guapa y muy inteligente pero que no quería vivir, y todo el mundo dijo que estaba preciosa, y justo después de la cena, antes de irse a acostar, la señora Capote se tomó treinta pastillas de Seconal y no volvió a despertarse, su madre (caigo en la cuenta) repentinamente como Marilyn, otra alma perdida en la noche, otra adorable criatura, y Mary Sánchez dice “No tenía derecho a hacer eso”, acelera el paso, rápidas zancadas bajo la lluvia, fin del travelling, nos ha contado todo eso en apenas dos páginas, sin que nos percatáramos de la estructura, de los giros, de los cambios de tono: puro estilo tardío, puro magisterio, pura música. EL PAÍS
Quiero leer ese libro, pero no doy abasto. Capote ha sido y es capital en mi vida. Uno de los libros que más veces he releído (y regalado) es “Música para camaleones”. Me gusta casi todo lo suyo (y el “casi” es porque “Plegarias atendidas” se quedó en tres capítulos), pero “Música” es la paleta de todos sus colores, todos sus tonos. ¡Hay tanto que disfrutar y que aprender ahí! Entre las muchas piezas de caza mayor siempre vuelvo a “Un día de trabajo”, esa jornada con Mary Sánchez, su asistenta, una lluviosa mañana de abril de 1979, donde, en una ventana alta de la calle 87, aparece el fantasma de su madre la noche en que se tomó treinta pastillas de Seconal, y Truman y Mary acaban en una pequeña iglesia solitaria, rezando “por todas las almas perdidas en la oscuridad”. Puro “late style”, como “Las joyas de los Cabot”, de Cheever, o “Los ojos de las estrellas”, de Salter. De lo tardío a lo temprano: ahora pienso en esos relatos adolescentes que han tardado tantos años en aparecer, y me pregunto lo que se habrán preguntado tantos admiradores de Capote: ¿aparecerán algún día los capitulos perdidos de “Plegarias atendidas”?
Seis bebés dormidos (2016) Hospital Domingo Guzmán Lander, Estado de Anzoátegui, Venezuela
Triunfo Arciniegas
SEIS BEBÉS EN CAJAS DE CARTÓN
Cúcuta, 27 de septiembre de 2016
Ya sabíamos que en Venezuela se pasa hambre: lo sabe el mundo entero. Ya sabíamos que muchos venezolanos pasan el día con dos comidas diarias, y a veces con una. Que no hay harina ni aceite ni papel higiénico ni medicinas. Que la inflación alcanzará la astronómica cifra de 720 por ciento al año. Ya sabíamos que el chavismo, represivo, totalitario y absolutamente rendido a los militares, dilapidó las incalculables riquezas de Venezuela y la transformó en el país más corrupto de Latinoamérica. Ya sabíamos que los hermanos venezolanos entierran a sus muertos en cajas de cartón. Y son muchos los muertos: a los venezolanos, si no los matan el hambre y las enfermedades, se encarga la delincuencia. Caracas es ahora la ciudad más peligrosa del mundo. Pero no sabíamos que la cuna de los recién nacidos en el socialismo del siglo XXI es una pinche caja de cartón.
Y la miseria que denuncia la foto no es casualidad. De los 243.638 niños que nacieron en Venezuela en el 2015, murieron 4.903. La tasa de mortalidad entre recién nacidos pasó de 0,02% en 2012 a un 2,01% en 2015. No es la primera foto de un hospital venezolano que circula por el mundo. Hemos visto botellas de plástico repletas de agua para hacer equilibrio y cosas así, las camas tristes, las paredes manchadas. Y las fotos de los supermercados vacíos, para hacer un doloroso juego de palabras, son el pan de cada día.
“Patria o muerte”, gritaba Chávez hasta que se enfermó. ¿Ahora sólo dicen “patria”? De patria no queda mucho, sólo desgracias. Como en el poema de Quevedo sobre el hombre que contempla los muros de su patria, que una vez fueron fuertes y ahora lucen desmoronados: “y no hallé cosa en que poner los ojos no fuese recuerdo de la muerte”.