NATALIE PORTMAN
Tenía tan solo once años cuando un agente la descubrió en una pizzería. Le propuso entrar en el mundo de la moda, pero ella rechazó. Pidió, en cambio, ser puesta en contacto con quienes buscaban jóvenes actrices. Esa elección cambió el rumbo de su vida.
Antes de convertirse en una de las intérpretes más apreciadas de Hollywood, Natalie Portman se llamaba Natalie Hershlag. Nació el 9 de junio de 1981 en Jerusalén, hija única de un médico israelí especializado en fertilidad y de una artista estadounidense originaria de Ohio. Cuando tenía tres años, la familia se trasladó a los Estados Unidos. Creció entre Washington, Connecticut y Long Island, destacándose por su rendimiento escolar y por una auténtica pasión por el estudio. Hablaba hebreo desde la infancia y pasaba gran parte de sus días entre libros y lecciones.
Detrás de su historia familiar también estaba el peso de la Segunda Guerra Mundial. Su abuelo paterno había dirigido un movimiento juvenil judío en Polonia antes del conflicto. Logró llegar a Israel, pero no pudo volver a abrazar a sus padres, asesinados en Auschwitz. Su abuela paterna, nacida en Rumanía, sobrevivió en cambio a la guerra colaborando con la inteligencia británica. Fueron experiencias que marcaron profundamente a la familia y a las generaciones siguientes.
Cuando obtuvo su primer papel cinematográfico, Natalie decidió no utilizar el apellido de nacimiento. Eligió Portman, el apellido de soltera de su abuela, para proteger la privacidad de su familia. Tenía solo doce años.
La película era Léon. Interpretaba a Mathilda, una niña que se queda sola y forma un vínculo inesperado con un asesino a sueldo. Su interpretación impresionó al público y a la crítica, y atrajo inmediatamente la atención de la industria cinematográfica.
Con la notoriedad llegaron también comentarios que iban más allá de su talento.
Natalie contó más tarde que se sintió incómoda por la atención prestada a su aspecto físico. Decidió entonces concentrarse aún más en el trabajo, convencida de que la calidad de las interpretaciones hablaría por ella.
A finales de los años noventa obtuvo el papel de la reina Padmé Amidala en la trilogía precuela de Star Wars: Episode I – The Phantom Menace. La película era uno de los eventos cinematográficos más esperados de la década y el estreno mundial atrajo la atención de todo el planeta.
Natalie no participó.
En esos días tenía que presentar los exámenes finales de la escuela secundaria y eligió quedarse con los libros.
Más tarde explicó que la universidad representaba para ella una prioridad absoluta y que prefería ser una persona educada en lugar de una simple celebridad.
Fue precisamente su abuelo quien la animó a presentar la solicitud para Harvard.
Fue admitida.
Eligió estudiar psicología porque creía que comprender mejor el comportamiento humano podría ayudarla también como actriz. Durante el recorrido académico participó en proyectos de investigación científica y colaboró en estudios publicados en revistas especializadas. En 2003 se graduó con honores.
Mientras tanto, continuaba actuando.
Películas como Closer le valieron importantes reconocimientos y la primera nominación al Oscar. Para interpretar el personaje de Evey en V for Vendetta, se rapó completamente la cabeza sin dudarlo.
Luego llegó el proyecto que marcaría una nueva fase de su carrera.
Para prepararse para Black Swan, enfrentó meses de entrenamientos extenuantes. Pasaba hasta dieciséis horas al día entre ensayos de danza y preparación física. Perdió mucho peso y durante las grabaciones sufrió también varios problemas físicos, entre ellos una lesión en el tobillo y una costilla rota.
Todo ese esfuerzo fue recompensado.
En 2011 ganó el premio Oscar como mejor actriz protagonista, convirtiéndose en la primera intérprete nacida en los años ochenta en recibir ese reconocimiento.
En los años siguientes amplió aún más sus actividades. Regresó a Harvard como invitado para el discurso de graduación, debutó en la dirección con A Tale of Love and Darkness, basado en la novela de Amos Oz, y continuó trabajando entre el cine y proyectos culturales internacionales.
Además del inglés y el hebreo, también estudió otros idiomas, entre ellos francés, alemán, japonés y árabe.
Su historia había comenzado en una pizzería, con una propuesta que muchas chicas de su edad habrían aceptado sin pensarlo.
Ella, en cambio, eligió un camino diferente.
Años después se convertiría en una actriz premiada con el Oscar, sin renunciar a los estudios que siempre había considerado parte esencial de su vida.
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