lunes, 15 de marzo de 2021

Casa de citas / Alberto Moravia / El apartamento

 



Alberto Moravia
EL APARTAMENTO

He dicho que el amor por la casa tenía en Emilia todas las características de una pasión. Añadiré que, aquel día, aquella pasión se me mostró ligada y confundida con la sensualidad, como si el hecho de haberle adquirido, al fin, un apartamento, me hubiese hecho ante sus ojos no sólo más amable, sino también, en un sentido completamente físico, más cercano e íntimo.

Habíamos ido a visitar el apartamento, y Emilia, al principio, se limitó a dar conmigo una vuelta por las estancias frías y vacías, mientras yo le explicaba el destino de cada habitación y la forma en que pensaba disponer los muebles. Pero al final de la visita, cuando me acercaba a una ventana con objeto de abrirla y mostrarle la vista que desde allí se gozaba, ella se me acercó y, apretándose contra mí con todo su cuerpo, me pidió en voz baja que la besara. Aquello era algo completamente nuevo en ella, por lo general discreta y casi tímida en sus relaciones de amor. Turbado por aquella novedad y por el tono de su voz, la besé, tal como ella quería. Pero mientras duraba el beso, uno de los más violentos y más abandonados que jamás intercambiamos, sentí que ella se apretaba aún más contra mí, como para invitarme a una mayor intimidad. Después, con frenesí, se arrancó literalmente la falda, se desabrochó la blusa y apretó su vientre contra el mío. Y luego, acabado el beso, con voz bajísima, que era casi un soplo inarticulado, aunque claramente melodiosa y apremiante, me susurró al oído —o, por lo menos, así me lo pareció— que la poseyera. Y entretanto, con toda la fuerza de su cuerpo, me inclinó hacia abajo, hacia el pavimento. Nos gozamos en el suelo, sobre el embaldosado polvoriento, bajo el alféizar de la ventana que había querido abrir. Sin embargo, en el ardor de aquella coyunda tan desenfrenada e insólita, advertí no sólo el amor que sentía por mí en aquel tiempo, sino, sobre todo, el desahogo de su contenida pasión por la casa, que en ella se expresaba, de una manera muy natural, a través del canal de una imprevista sensualidad. En suma, en aquel coito, consumado sobre un pavimento sucio, en la helada penumbra del apartamento aún vacío, pensé que ella se entregaba al donante de la casa, no al marido. Y aquellas estancias desnudas y sonoras, que olían a barniz y a pintura aún frescos, habían removido, en lo más profundo de su ser, algo que hasta entonces jamás había tenido el poder de despertar ninguna de mis caricias.

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