martes, 16 de marzo de 2021

Casa de citas / Alberto Moravia / Dormir juntos

 


Alberto Moravia
DORMIR JUNTOS

Una semana después nos mudarnos al apartamento, completamente amueblado. Este apartamento, causa de tantas preocupaciones para mí, no era en realidad ni grande ni lujoso. Tenía sólo dos estancias: una amplia sala de estar, más larga que ancha, y un dormitorio, también de grandes proporciones. El cuarto de baño, la cocina y el dormitorio de la criada eran muy pequeños, reducidos, como en todas las casas modernas, a las proporciones indispensables. Además, había una pequeña pieza, sin ventanas, de la que Emilia quería hacer su vestuario.
    El apartamento se encontraba en el último piso de una casa de reciente construcción, bruñida y blanca como si hubiera sido hecha de yeso, situada en una callejuela que formaba ligera pendiente. Todo un flanco de la calle estaba ocupado por una hilera de casas semejantes a la nuestra, mientras que a lo largo del otro corría el muro que cercaba el parque de una villa privada, del que emergían las ramas de grandes y frondosos árboles. Era una vista bellísima, como hice observar a Emilia, y casi podíamos tener la ilusión de que aquel parque —en el que se podían entrever, acá y allá, donde el arbolado era menos denso, senderos serpenteantes, fuentes y plazoletas— no estaba separado de nosotros por una calle y un muro y de que podíamos bajar y pasear por él tantas veces como lo deseáramos.
    Nos mudamos al apartamento por la tarde, yo tuve mucho quehacer durante el día y no recuerdo dónde cenamos ni con quién. Sólo recuerdo que, hacia medianoche, estaba de pie en el dormitorio, ante el espejo de tres caras, mirándome y quitándome lentamente la corbata. De pronto vi a Emilia, a través del espejo, coger una almohada de la cama de matrimonio y dirigirse hacia la puerta de la sala de estar. Le pregunté, sorprendido:
    —Pero ¿qué haces?
    Hablé sin moverme. Sin dejar de mirar a través del espejo, la vi detenerse en el umbral y volverse para decirme, en tono casual:
    —¿No te molestarás si duermo en el sofá-cama de la sala de estar?
    —¿Sólo por esta noche? —pregunté sorprendido y sin lograr entender lo que pretendía.
    —No; para siempre —respondió ella apresuradamente. A decir verdad, deseaba una casa nueva también para esto. No acabo de acostumbrarme a dormir con la ventana abierta, como a ti te gusta. Me despierto todas las mañanas al canto del gallo, luego no puedo volver a dormirme y paso todo el día cayéndome de sueño. Dime, ¿te disgusta que lo haga? Creo que es mucho mejor que durmamos separados.
    Yo tardaba en comprender, y al principio sentí sólo una oscura irritación, por una novedad tan imprevista. Dirigiéndome a ella, le dije:
    —Pero eso no puede ser… Tenemos sólo dos estancias: en una está la cama, y en la otra sólo hay butacas y el sofá. ¿Por qué? Además, dormir en un sofá, aunque sea convertible en cama, no es nada cómodo.
    —Nunca he tenido el valor de decírtelo —respondió ella bajando los ojos y sin mirarme.
    —Nunca te has quejado durante estos años —insistí. Creí que ya te habías acostumbrado.
    Ella levantó la cabeza, contenta, según me pareció, de que dirigiese la conversación hacia aquel tema.
    —Nunca he podido acostumbrarme. Siempre he dormido mal. Además, últimamente me siento muy nerviosa, porque en realidad casi no duermo nada. Si por lo menos nos acostáramos pronto… Pero, sea por lo que fuere, siempre nos metemos tarde en la cama, y entonces…
    No acabó la frase e hizo un ademán de dirigirse hacia la sala de estar. La alcancé y le dije apresuradamente:
    —Espera. Si quieres, puedo muy bien renunciar a dormir con la ventana abierta. ¿Entendido? De ahora en adelante dormiremos con la ventana cerrada.
    Mientras hablaba, me di cuenta de que aquella proposición no era sólo una demostración de afectuosa flexibilidad. En realidad —pensé— quería ponerla a prueba. La vi mover la cabeza y responder con un ligero suspiro:
    —No… ¿Por qué has de sacrificarte? Siempre has dicho que con las ventanas cerradas te sofocas. Es mejor que durmamos separados.
    —Te aseguro que será para mí un sacrificio sin importancia. Me acostumbraré.
    Pareció titubear, y luego dijo con imprevista firmeza:
    —No, no quiero ningún sacrificio, ni grande ni pequeño. Dormiré en la sala de estar.
    —¿Y si te dijera que eso no me gusta y que quiero que duermas conmigo?
    Titubeó de nuevo, y luego, con el tono afable que le era habitual, dijo:
    —Ricardo, ¿ves cómo eres? No quisiste hacer este sacrificio hace dos años, cuando nos casamos, y ahora quieres hacerlo a toda costa. ¿Por qué? ¿Qué más te da? Muchos duermen separados y no dejan de quererse por eso. Así estarás más libre por la mañana cuando te levantes para ir a trabajar…, y no me despertarás.
    —Pero acabas de decirme que te despiertas al canto del gallo, y yo no salgo nunca de casa a esa hora…
    —¡Uf, qué pesado eres! —exclamó.
    Y esta vez, sin hacerme más caso, salió de la estancia.
    Al quedar solo, me senté en la cama, que, desguarnecida de una de las almohadas, sugería ya la idea de la separación y el abandono, y quedé un momento como obnubilado, con la mirada fija en la puerta abierta por la que había desaparecido Emilia. Una pregunta acudió a mi mente. Emilia, ¿no quería seguir durmiendo conmigo porque en realidad la molestaba la luz del día, o simplemente porque no quería dormir más a mi lado? Me inclinaba por la segunda hipótesis, aunque con todo mi corazón quería creer en la primera. Sin embargo, sentía que si hubiese aceptado la explicación de Emilia, me habría quedado una duda. No me lo confesaba, pero la pregunta final era ésta: ¿Acaso ha dejado de amarme Emilia?

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