jueves, 13 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / Toto







Triunfo Arciniegas
Toto
Ciudad de México, 12 de julio de 2017

Uno viaja y los animalitos se quedan en casa. Llegaron en estos días unas fotos de Toto, feliz, revolcándose entre mis cobijas. Se escapó de la terraza y lo encontraron en mi cama. Toto del Carmen sigue conmigo, porque Aníbal Lester, el más reciente de mis perros, pasó a las manos de Alejandra, quien en este viaje lo dejó con su hermana Verónica.

Es un lío viajar tanto y mantener un animalito. Se enferman y se deprimen cuando se quedan solos. No puedo dejar de viajar. El otro día escribía que uno debería ser al menos dos: uno podría viajar mientras el otro se encargaría de los asuntos cotidianos y los afectos domésticos. 

En fin, no fui capaz de desprenderme de Toto. Le dije a Alejandra que le buscara dueño a Aníbal y, por suerte, prefirió quedárselo. Le encantan los animales, sobre todo los gatos y los perros. Pero cierta alergia le impide acercarse a los gatos. Se consuela haciéndoles fotos.

El gusto por los perros se lo heredamos todos a nuestro padre. Mamá los detestaba y ahora entiendo por qué: tenía que encargarse de su cuidado. Los llamaba chungos. No sé por qué la mirada de los perros siempre me recuerda a mi padre.





miércoles, 12 de julio de 2017

Así comienza Apegos feroces, de Vivian Gornik



Vivian Gornik
APEGOS FEROCES

Tengo ocho años. Mi madre y yo salimos de nuestro apartamento, que da al rellano del segundo piso. La señora Drucker está de pie, junto a la puerta abierta del apartamento de al lado, fumando un cigarrillo. Mi madre echa la llave y le pregunta:
–¿Qué haces aquí?
La señora Drucker señala hacia dentro con la cabeza.
–Éste, que quiere echarme un polvo. Le he dicho que ni tocarme sin pasar antes por la ducha.
Yo sé que «éste» es su marido. «Éste» siempre es el marido.
–¿Por qué? ¿Tan sucio está? –dice mi madre.
–Es un cerdo asqueroso –dice la señora Drucker.
–Drucker, eres una puta –dice mi madre.
La señora Drucker se encoge de hombros.
–No puedo montar en metro –dice.
En el Bronx, «montar en metro» era un eufemismo para ir a trabajar.

Viví en aquel bloque de pisos entre los seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres. Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está –maridos, padres, hermanos–, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre. Nunca hablaban como si supiesen quiénes eran, como si comprendieran el trato que habían hecho con la vida, pero a menudo actuaban como si lo supiesen. Astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Había años de aparente calma y, de repente, cundían el pánico y la locura: dos o tres vidas marcadas (quizá arruinadas) y el tumulto se apagaba. De nuevo calma silenciosa, letargo erótico, la normalidad de la abnegación cotidiana. Y yo –la niña que crecía entre todas ellas, formándose a su imagen y semejanza– me empapaba de ellas como de cloroformo impregnado en un paño apretado contra mi cara. He tardado treinta años en entender cuánto entendí de ellas.

Mi madre y yo hemos salido a dar un paseo. Le pregunto si recuerda a las mujeres de aquel edificio del Bronx.
–Cómo no –responde.
Le digo que siempre he pensado que la rabia sexual era lo que las hacía estar tan locas.
–Totalmente –afirma sin aminorar el paso–. ¿Te acuerdas de la Drucker? Solía decir que si no se hubiese fumado un cigarrillo mientras tenía relaciones con su marido se habría tirado por la ventana. ¿Y Zimmerman, la de enfrente? La casaron a los dieciséis, odiaba al tipo a muerte y solía decir que si se mataba en el trabajo (era obrero de la construcción) sería un mitzvah. –Mi madre se detiene. El volumen de su voz disminuye, sobrecogida por su propio recuerdo–. De hecho, él solía tomarla por la fuerza –dice–. La pillaba en mitad del salón y la arrastraba hasta la cama. –Se queda mirando al vacío durante un momento. A continuación, me dice–: Los hombres europeos. Eran unos animales. Unos auténticos animales. –Retoma el paso–. Una vez, la Zimmerman lo dejó fuera. Él tocó nuestro timbre. No se dignó a mirarme. Preguntó si podía usar nuestra salida de incendios. Yo no le dirigí la palabra. Cruzó toda la casa y salió por la ventana. –Mi madre se echa a reír–. Esa salida de incendios, ¡qué buenos servicios nos prestó! ¿Te acuerdas de Cessa, la de arriba? No, claro, seguro que no te acuerdas. Vivió apenas un año justo después de mudarnos nosotros y luego ya fue cuando llegaron los rusos. Pues la Cessa y yo nos llevábamos muy bien. Si me paro a pensar, se me hace raro. Apenas nos conocíamos, incluyo a todas, a veces ni nos hablábamos, pero vivíamos unas encima de las otras y nos pasábamos el día saliendo y entrando las unas de casa de las otras. Todo el mundo se enteraba de todo nada más pasar. Unos pocos meses en el edificio y las mujeres ya eran, digamos, íntimas.
»Pues esta Cessa era una mujer joven y guapa que llevaba casada sólo unos pocos años. No quería a su marido, aunque tampoco lo odiaba. De hecho, él era un hombre bastante agradable. Qué quieres que te diga, no lo quería, así que se pasaba todo el día fuera de casa. Creo que se había buscado un amante por ahí. En fin, tenía una melena negra que le llegaba hasta el culo. Un día, se la cortó. Quería ser moderna. Su marido no le dijo nada, pero su padre llegó a la casa, le echó un vistazo a su pelo corto y le arreó un bofetón que casi la manda al otro barrio. Después, le ordenó al marido que la dejase encerrada en casa durante un mes. Solía bajar por la escalera de incendios hasta mi ventana para salir por la puerta de nuestra casa. Todas las tardes durante un mes. Un día, a su vuelta, nos tomamos las dos un café en la cocina y le digo: «Cessa, dile a tu padre que esto son los Estados Unidos, Cessa, los Estados Unidos. Eres una mujer libre». Ella me mira y dice: «¿Qué quieres? ¿Que le diga a mi padre que esto son los Estados Unidos? Pero si nació en Brooklyn».

La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención. Últimamente estamos a malas. La manera que tiene mi madre de «lidiar» con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: «Me odias. Sé que me odias». Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente –un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos– le dice: «Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia». Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: «Ésta es mi hija. Me odia». Y a continuación se dirige a mí e implora: «¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?». Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.
Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente. Ahora ambas vivimos en el Lower Manhattan, nuestros apartamentos están a kilómetro y medio de distancia y, cuando nos visitamos, lo hacemos a pie. Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural. Las dos tenemos aventuras a diario con conductores de autobús, mendigas que arrastran carritos, acomodadores y locos callejeros. Pasear saca lo mejor de nosotras. Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.
Nuestros mejores momentos juntas son cuando hablamos del pasado. Yo le digo: «Mamá, ¿te acuerdas de la señora Kornfeld? Cuéntame esa historia otra vez», y ella se recrea contándomela de nuevo. (Lo único que odia es el presente; en cuanto el presente se hace pasado, comienza a amarlo inmediatamente). Cada vez que cuenta la historia, es la misma y también es completamente distinta, porque cada vez que la oigo soy más mayor y se me ocurren preguntas que no le hice la última vez.
La primera vez que mi madre me contó que su tío Sol había intentado acostarse con ella, yo tenía veintidós y la escuché en silencio: embobada y aterrorizada. Me sabía de memoria los antecedentes. Ella era la menor de dieciocho hermanos, ocho de los cuales sobrevivieron hasta la edad adulta. (Imaginaos: mi abuela se pasó veinte años embarazada). Cuando la familia llegó a Nueva York desde Rusia, Sol, el hermano menor de mi abuela y de la misma edad que su hijo mayor (su madre también se había pasado veinte años embarazada), iba con ellos. Los dos hermanos mayores de mi madre habían llegado unos años antes que el resto de la familia, para trabajar en la industria textil, y habían alquilado un piso sin agua caliente en el Lower East Side para los once: baño en el pasillo, cocina de carbón, una hilera de oscuros cuchitriles interiores. Mi madre, que por entonces tenía diez años, dormía sobre dos sillas en la cocina porque mi abuela tenía un inquilino.
A Sol lo habían llamado a las durante la Primera Guerra Mundial y lo enviaron a Europa. Cuando volvió a Nueva York, mi madre tenía dieciséis años y era la única hija que quedaba en casa. Así que aquí llega, un desconocido lleno de glamur, la sobrinita que había dejado atrás ahora es casi una mujer, con ojos negros, una melenita brillante y castaña y una sonrisa arrebatadora, encantos que fingía no saber cómo emplear (ése fue siempre el estilo de mi madre: una coquetería descarada libre de la más mínima vergüenza), y empieza a dormir en uno de aquellos cuchitriles a un par de paredes de ella, con los padres de la chica roncando ruidosamente en el extremo opuesto del apartamento.
–Una noche –contaba mi madre–, me desperté sobresaltada, no sé por qué, y de pronto vi que Sol estaba encima de mí. Empecé a decir: «¿Qué pasa?». Creí que les había ocurrido algo a mis padres, pero estaba tan raro que pensé que igual era sonámbulo. No me dijo ni una sola palabra. Me tomó en brazos y me llevó hasta su habitación. Me echó sobre la cama, se puso a mi lado y me rodeó con los brazos, y empezó a acariciarme el cuerpo. Entonces me levantó el camisón y se puso a acariciarme el muslo. Y de repente me apartó y dijo: «Vuelve a tu cama». Yo me levanté y volví a acostarme. Nunca habló de lo que sucedió aquella noche, ni yo tampoco.
La segunda vez que oí la historia yo tenía treinta años. La repitió prácticamente palabra por palabra mientras subíamos por la avenida Lexington, a la altura de las calles que empiezan por sesenta. Cuando llegó al final, le dije:
–¿Y tú nunca le dijiste nada?
Ella negó con la cabeza.
–¿Y por qué, mamá? –pregunté.
Abrió los ojos de par en par, frunció los labios.
–No lo sé –respondió desconcertada–. Sólo sé que tenía mucho miedo. –La miré, como ella decía, «raro»–. ¿Qué pasa? –preguntó–. ¿No te gusta mi respuesta?
–No –protesté–, no es eso. Es que me extraña que no pronunciaras ni una sola palabra, que no mostraras tus miedos de ninguna manera.
La tercera vez que me contó la historia yo estaba a punto de cumplir los cuarenta. Íbamos caminando por la Octava Avenida y, a medida que nos íbamos acercando a la calle Cuarenta y dos, le dije:
–Mamá, ¿alguna vez se te ha ocurrido preguntarte por qué te quedaste callada cuando Sol intentó seducirte?
Me lanzó una breve mirada. Pero esta vez me llevaba la delantera.
–¿Adónde quieres llegar? –preguntó enfadada–. ¿Insinúas que me estaba gustando? ¿Es ahí adonde quieres llegar?
Me entró un risa tensa y maliciosa.
–No, mamá. No me refería a eso. Lo que digo es que se me hace raro que no dijeras nada.
Volvió a repetir que estaba muy asustada.
–¡Anda ya! —respondí secamente.
–Me das asco –me soltó furiosa en plena calle–. La sabelotodo de mi hija. Tendría que mandarte a la universidad para que te sacaras un par de títulos más, de lo sabelotodo que eres. Ahora resulta que yo quería que mi tío me violase, ¿no? ¡Menuda ocurrencia!
Después de aquel paseo, estuvimos un mes sin hablarnos.

Vivian Gornick
Apegos feroces
Sexto Piso, México, 2017


Vivian Gornick
Poster de T.A.


Vivian Gornick (Nueva York, 14 de junio de 1935) es periodista y crítica de alto rango. Fue reportera de The Village People en los setenta. Sus trabajos han sido publicados, entre otros, por The New York Times, The Nation y The Atlantic Monthly. Fierce Attachments, de 1987, ahora traducido por Sexto Piso como Apegos feroces, es el más apreciado de sus once títulos. En realidad, una obra maestra.





DE OTROS MUNDOS

MESTER DE BREVERÍA

DRAGON

RIMBAUD 
Vivian Gornick dans les joutes de sa mère / Amours dramatiques à New York
Viviane Gornick  / Le livre de ma mère / Attachement féroce

DANTE
Vivian Gornick / Tra figlia e madre l’amore è feroce / Jonathan Lethem

FOTOS DE TRIUNFO ARCINIEGAS
Retratos ajenos / Vivian Gornick







martes, 11 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / La ciudad y los perros


Fotografía de Miguel Gutiérrez
Caracas, 10 de julio de 2017

Fotografía de Miguel
Caracas, 10 de julio de 2017

Fotografía de Miguel Gutiérrez
Caracas, 10 de julio de 2017
Triunfo Arciniegas
LA CIUDAD Y LOS PERROS
Ciudad de México, 11 de julio de 2017

Veo las fotos y no puedo dejar de pensar en el título de una de las novelas de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. Son casi treinta, armados hasta los dientes, y la presa es una muchacha de diecisiete años, Paula Colmenares Boscán, estudiante de Derecho de la Universidad Central.

Se trata de tres fotografías tomadas por Miguel Gutiérrez en Caracas el día de ayer (10 de julio de 2017), un registro más de los cien días de las protestas contra el infame gobierno de Nicolás Maduro. Y van noventa y pico de muertos.

En la primera foto la víctima yace en el piso, acorralada por la jauría. Uno de los uniformados se detiene junto a ella, y en la segunda le pone su asquerosa bota encima, sin ninguna necesidad. O sí, para humillarla. Ese es el trabajo de la GNB, al fin y al cabo: intimidar, amedrentar.

Y en la tercera foto, donde la bandera de Venezuela y la piel de la muchacha se funden, concentrando la mirada del espectador y volviendo memorable el arte de Miguel Gutiérrez, la jauría se lleva a la víctima. Cumplen con su deber patriótico, se rinden al Socialismo del Siglo XXI. Andan en manada, amparados por el uniforme de la Guardia Nacional Boliviariana, GNB, porque hay otros sin uniforme, los colectivos, que también se movilizan en moto y se cubren el rostro con un trapo rojo. Los vi con estos ojos en el supuesto entierro de Hugo Chávez. Eran jóvenes, muy jóvenes, y me recordaron a los sicarios de Medellín: esperaban que pasara el féretro mientras aceleraban sus motos inmóviles y luego se adelantaban, y así durante los diez kilómetros del cortejo. Los unos y los otros atacan a gente desarmada, se meten a sus casas, roban, cometen toda clase de atropellos.

Me pregunto qué hubiera sido de esta muchacha sin las fotografías de Miguel Gutiérrez, que ya le dieron la vuelta al mundo.

En otros tiempos, cuando era infeliz e indocumentado en Venezuela, se decía: "Si no le teme a Dios, témele a la PTJ". Policía Técnica Judicial o algo así. Las letras han cambiado, pero no la policía. El dicho se mantiene.



Casa de citas / Vargas Llosa / Los editores y el ciego


Mario Vargas Llosa
Biografía

LOS EDITORES Y EL CIEGO


La absoluta falta de vanidad de Corín Tellado era portentosa. Decía que la maravillaba siempre pensar que la leía tanta gente y era evidente que lo decía de verdad. Su editor le había hecho creer que tiraba sólo 30.000 ejemplares de cada una de sus novelas y, aunque ella sabía que probablemente aquella cifra estaba por debajo de la realidad, no le importaba. Si los editores le hacían las cuentas del tío, se encogía de hombros. Me contó que, a veces, sus exigencias eran más fastidiosas que las de los censores, en tiempos de Franco, que habían tijereteado sus historias muchas veces. Eso a ella tampoco le importaba mucho porque suavizaba las frases incriminadas ¡y ya está! Y me reveló, como prueba de su paciencia franciscana y su espíritu de templanza ante las incomprensiones del mundo, que, en una de sus novelas, se inventó un protagonista ciego. El editor le devolvió el manuscrito con una orden: "Opérelo". Y ella, por supuesto, lo operó.


Casa de citas / Vargas Llosa / Corín Tellado en París




Mario Vargas Llosa

Corin Tellado en París

Yo me enteré de su existencia en París, en los años sesenta, cuando descubrí que una sobrina mía, que venía de Lima a estudiar un curso de "Civilización francesa" en La Sorbona, se había traído un maletín lleno de novelas de su autora favorita, por si sus libros escaseaban en la tierra de Balzac. Su precaución, por lo demás, era inútil porque, como advertí poco después, en la rue de la Pompe, en el elegante barrio XVI, había todo un quiosco dedicado exclusivamente a vender, alquilar o hacer intercambio de novelitas de Corín Tellado, cuyas clientas eran sobre todo las empleadas domésticas españolas e hispanoamericanas entonces muy numerosas en París.


lunes, 10 de julio de 2017

Casa de citas / Boris Izaguirre / Corín Tellado

Corín Tellado
Poster de T.A.

Boris Izaguirre
CORÍN TELLADO
Biografía

Una vez hablamos por teléfono por algo que había escrito sobre ella. "Quiero agradecerte tu respeto", me dijo y lamenté entender que esa palabra le fuera tantas veces negada por el mundo editorial en español.

Corín Tellado / Palabras de despedida



Casa de citas / Boris Izaguirre / Corín Tellado y la tata



Boris Izaguirre
Corín Tellado y la tata
Biografía

En mi casa de Caracas, nuestra tata Victoria Lorenzo aprendió a leer con esas novelas de Corín Tellado publicadas mensualmente en la revista Variedades. Y fue ese milagro, el que mi tata abandonara el analfabetismo, lo que me llevó a leerlas también.

Corín Tellado / Palabras de despedida


Casa de citas / Corín Tellado / El deporte nacional es la envidia


Corín Tellado
Poster de T.A.



Corín Tellado
Biografía
EL DEPORTE NACIONAL ES LA ENVIDIA

Leo muchísimo. Leer y escribir es lo que más me gusta. Esa gente que me trata con ironía no se da cuenta de que yo traigo a España montones de divisas, aunque no se diga, desde hace 48 años. Y encima pasas inadvertida, y cuando llega la hora de hablar de ti lo hacen con ironía. Pues si me tratan con ironía, me olvido de ellos. El deporte nacional es la envidia. Nosotros, los españoles, somos muy envidiosos. En otros sitios, a quien tiene mérito se lo dan. A mí nunca me han dado nada. Ahora ya me importa un pito.

Corín Tellado / Tengo una universidad de 48 años de trabajo


domingo, 9 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / Leopoldo López en casa


Triunfo Arciniegas
Leopoldo López en casa
Ciudad de México, 9 de julio de 2017



Que Leopoldo López salga de la cárcel es un primer paso. El otro será que Nicolás Maduro ocupe su lugar, allí mismo, en Ramo Verde.

Estas son las palabras de su hermana, Diana López: "Leopoldo es inocente, nunca debió estar preso. Recibió una medida humanitaria de casa por cárcel, seguiremos luchando por su libertad plena y la liberación de todos los presos políticos en Venezuela que hoy suman más de 400 personas arbitrariamente detenidas".

Así que anoche Leopoldo López durmió en casa. Es una buena noticia. Pero hay otros, muchos otros, que esperan volver a casa. Ya sea de la cárcel o del infame exilio. Y otros más que nunca volverán. La represión del llamado Socialismo del Siglo XXI ya suma 89 muertos en tan solo estos tres últimos meses.


Casa de citas / Corín Tellado / Tenacidad

Corín Tellado
Poster de T.A.

Corín Tellado
Biografía
TENACIDAD

Pues verás, mi hijo venia de la Universidad y yo a lo mejor terminaba de trabajar y me encontraba en el despacho, todavía en pijama y con bata, y él me decía: "¿Pero qué estás haciendo?". Y, yo: "Es que ahora mismo acabé la novela y estoy haciendo el esquema de la que empezaré el lunes". "¿Pero, cómo puedes?". "Puedo". Por eso no me he repetido; cuando acabo una ya preparo el argumento de la siguiente.

Corín Tellado / Tengo una universidad de 48 años de trabajo



Casa de citas / Corín Tellado / Dejaron de gustarme los hombres guapos

Corín Tellado

Corín Tellado
Biografía
DEJARON DE GUSTARME LOS HOMBRES GUAPOS

A mí me gustaba mi marido, pero, ibah!, dejaron de gustarme los hombres altos y guapos desde que fracasé.


sábado, 8 de julio de 2017

Triunfo Arciniegas / Diario / En el corazón de Corín Tellado

Corín Tellado
Poster de T.A.


Triunfo Arciniegas
En el corazón de Corín Tellado
Ciudad de México, 8 de julio de 2017



Corín Tellado escribió más de cuatro mil quinientas novelas. Algunos redondean la cifra en cinco mil. "Ya sabes, Lope también escribió mucho", le dijo a una periodista. María del Socorro Amalia Tellado López, tal era su nombre, podía hacer dos novelas en una semana, qué barbaridad, con jornadas diarias de treinta o cincuenta páginas, y hubieran sido más si pero sus pobres dedos nunca fueron tan veloces en la Olivetti. Como mecanógrafa nunca alcanzaba la velocidad de su mente de novelista. 

Vargas Llosa la trató con merecido respeto. Consideró a la asturiana "el fenómeno sociocultural más notable que haya experimentado la lengua española desde el Siglo de Oro" y la entrevistó para la televisión peruana. "Aunque esto parezca herejía, y lo sea desde un punto de vista cualitativo, no lo es desde el cuantitativo, porque ni Borges ni García Márquez ni Ortega y Gasset ni cualquier otro de los más originales creadores o pensadores de nuestra lengua ha llegado a tanta gente ni influido tanto en su manera de sentir, hablar, amar, odiar y entender la vida y las relaciones humanas", precisó Vargas Llosa.


Por su parte, Cabrera Infante la llamó "la inocente pornógrafa", aunque -como él mismo lo reconoció- no era tanto ni lo uno ni lo otro, y le dedicó un capítulo de su libro O.

Con tirajes de sesenta mil ejemplares, llegó a vender setecientos cincuenta mil en una sola semana. Hace más de veinte años se estimaba que había vendido cuatrocientos millones de ejemplares. Es difícil precisar la cifra actual, tanto como elaborar su bibliografía completa. Además, escribió obras para niños y, quién lo creyera, veintiséis novelas eróticas, bajo el seudónimo de Ada Miller, un homenaje al autor de Trópico de Cáncer. Si alguna vez tropiezo con una, sé que la devoraré de inmediato. Tengo apuntados en mi libreta algunos títulos: Prefiero el sexo, Inquietante Lauren, Tengo que ser infiel, Trauma sexual y Fuego erótico. En cuestión de títulos, Corín Tellado se quedaba algo corta pero no le faltaba, digamos, "precisión".

Se dice que después de Cervantes, y para rabia de más de un escribidor de la Madre Patria, era la escritora más leída de la lengua española. Cervantes es grande, por supuesto, el más grande, pero nunca ha despertado tal fiebre.

Corín Tellado escribía en un sótano de lunes a viernes, de seis de la mañana a dos de la tarde. Dormía la siesta y luego hacía correcciones. Y sólo se tomaba un mes de vacaciones al año. Con razón decía que había sacrificado su vida a la literatura: "Me hice daño a mí misma". Y remató: "Pero dejaré de escribir cuando me caiga la cabeza sobre la máquina". Nunca se rindió. Al final, en su lecho de enferma, dictaba las obras a su nuera.

No creo un gran personaje ni en su vasta obra figura una sola novela que pueda considerarse memorable. Poco o nada quedará de estas mujeres de "túrgidos senos". Pero hizo más amable o al menos más llevadera la existencia de miles y miles de personas. Poco o nada quedará de todos nosotros, al fin y al cabo. 

Fue una mujer dura. "Nunca estuve locamente enamorada", confesó. De su breve matrimonio le quedaron dos hijos. Desde la luna de miel supo que había sido un error. "No pegábamos ni con cola. Él hubiera sido feliz con otra mujer, y yo lo hubiera sido con otro hombre, pero juntos éramos un fracaso como pareja. No teníamos nada en común". 

Se separó a los tres años, aunque nunca se divorció. Durante años, su esposo le siguió enviando cartas que ella nunca abrió. Cuando se enteró de su muerte, la dulce Corín las quemó sin leerlas. No acudió al entierro.

No se le conocen amantes, aunque quedan las dudas. "Hay cosas de mi vida que sólo yo conozco y que nadie sabrá jamás", dijo. "Mi verdadera vida no se la digo ni se la diré a nadie. A nadie".


FICCIONES


DANTE